Una larga y profunda historia de reforzar desigualdades

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Si bien es cierto que a las Universidades llegan muchos menos pobres de los que sería deseable, eso no puede ser motivo de jactancia para nadie y, mucho menos, para quienes han proclamado el objetivo de la pobreza cero. Por ello, las declaraciones de la gobernadora Vidal, ante los/as elegantes comensales de las no menos refinadas mesas del Rotary Club, no pueden leerse más que como un “sinceramiento” de perversión y una laceración social ofensiva y premeditada. Lo que sólo demuestra, es la voluntad de enclasamiento, la falta de interés en cualquier proyecto pedagógico igualitarista y la vocación por cercenar derechos. En esas palabras, lo que se celebra, en lo profundo, es esa diferencia constitutiva de sí mismos y la estigmatización de la que derivan toda una serie de inhabilitaciones, como la invalidación política pero también el desempeño en cualquier ámbito cultural y/o artístico.

Cuando las élites argentinas le dieron forma al Estado y a sus mecanismos institucionales, a fines del siglo XIX, se sintieron confiadas y orgullosas de su creación: una república limitada que dejaba poco margen de maniobra a la oposición y a participación de sectores más amplios.

Sin embargo, por el ingreso de la Argentina al mercado capitalista internacional, el incipiente surgimiento del movimiento obrero y la visibilización de los/as pobres y sus demandas, se sintieron atemorizadas y comenzaron a consolidar la idea de que eran las “minorías espirituales superiores” y no la plebe, las que habían hecho la patria y daban carácter a una nación.

Sólo ellas contaban con legitimidad para asumir la dirección moral, social, cultural y política del país. Así con nostalgias señoriales y pretendido patriciado, según las definiciones de José Luis Romero y Juan Carlos Torre, respectivamente. En contraposición fueron construyendo una identidad para las clases subalternas, convenida sólo de rasgos negativos. Así, la Modernidad creada a partir de matrices metropolitanas, como ha sostenido Cancino, no incluyó ni a “rotos”, ni a gauchos, ni a indios.

Éste fue un mecanismo central de la política de las derechas radicales, pero también de su versión liberal- conservadora y que se expresó con significativos grados de violencia, humillación y desprecio. Es necesario recordar que en tiempos del Yrigoyenismo se articularon en acciones conjuntas tanto liberales, como conservadores, nacionalistas, militaristas y clericales, lo que evidenciaba la alianza de los sectores patronales ante lo que percibían como una intimidación de los que no tenían ningún derecho más que obedecer. De tal modo, se fueron formando grupos políticos e ideológicos dispuestos a fomentar postulados antidemocráticos, antiplebeyos, antifemeninos, xenófobos y conspirativos que impulsaban la clausura del orden democrático y la instalación de gobiernos anti igualitaristas.

Bien podría decirse que la desigualdad es anterior al surgimiento de estas tendencias, pero precisamente ese es un punto que las élites derechistas señalaban y señalan enfáticamente, concibiendo a la desigualdad como un dato “natural”, consustancial al orden humano. En ese sentido, y como ha establecido el historiador británico Hobsbawm, lo significativo es que para estos sectores, todo intento de cambio social proveniente de sectores tradicionalmente considerados inferiores es experimentado por los/as auto-considerados superiores como un cuestionamiento del orden natural, una violación de la lógica social y, por lo mismo, merecedor de censura y reprimenda.

Así, construyeron e impusieron una identidad que les permitía considerarse parte de un colectivo portador de “la verdad”, con capacidad de imponer las nociones culturales que debían regir al país. Los unía la certeza de compartir una cosmovisión sobre el pasado, el presente y el futuro y de ellos como actores indispensables e incuestionables, unidos por una “estructura del sentir”, es decir por una actitud de fondo y una intención.

Todo esto, implicaba una constante denigración de la cultura popular, que les servía para la tipificación y rechazo de lo que se consideraba bajo, vulgar y servil, al tiempo que afirmaba su ensayada superioridad que podía ser satisfecha con placeres sublimados, refinados, “desinteresados” y distinguidos que permitían sostener la necesidad de imponer un orden inamovible, con sometimiento permanente de los “inferiores”.

Más de un siglo después, observamos muchas continuidades y alguna que otra novedad propia de la dinámica histórica y de la cosmética del marketing y los ánimos de las redes sociales.

Si bien es cierto que a las Universidades llegan muchos menos pobres de los que sería deseable, eso no puede ser motivo de jactancia para nadie y, mucho menos, para quienes han proclamado el objetivo de la pobreza cero. Por ello, las declaraciones de la gobernadora Vidal, ante los/as elegantes comensales de las no menos refinadas mesas del Rotary Club, no pueden leerse más que como un “sinceramiento” de perversión y una laceración social ofensiva y premeditada.

Quizás la gobernadora de Buenos Aires desconozca que buena parte de los/as actuales docentes universitarios, investigadores/as y científicos/as (sobre todo aquellos que pudimos acceder a las Universidades Públicas en torno al fin de la última dictadura o los/as más jóvenes que ingresaron en este siglo XXI), provenimos de hogares modestos (padres y madres obreros/as, y muchos/as de los/as propios/as estudiantes fueron, fuimos o son ellos mismos trabajadores). Pero, que lo sepa o no es un mero detalle (tampoco es tan trascendente nuestro origen de clase, aunque sea una bella particularidad de nuestro país), lo que en verdad importa es la voluntad de enclasamiento, la falta de interés en cualquier proyecto pedagógico igualitarista y la vocación por cercenar derechos. En esas palabras de Vidal, lo que se celebra, en lo profundo, es esa diferencia constitutiva de sí mismos y la estigmatización de la que derivan toda una serie de inhabilitaciones, como la invalidación política pero también el desempeño en cualquier ámbito cultural y/o artístico.

La integración de las mayorías a espacios que las élites consideran propios ponen en evidencia que los mecanismos de subordinación social se han relajado o pueden dejar de existir y que, además, el Estado no está para satisfacer esos desvaríos irracionales de los/as pobres y sus abstractas pretensiones de igualdad de todos/as frente al Estado. De tal modo, la movilidad social y la difusión de ciertos modos de existencia asociados a las expectativas de los sectores subalternos, como el acceso a una educación formal (incluso universitaria), a ciertas formas de ocio o el disfrute de determinada calidad de vida y hasta de muerte, borran los límites de clase que las élites degradadas culturalmente en relación a sus antecesores, se empeñan en sostener y acreditar. Por ello, el enojo y la fuerte carga esencialista que hace referencia a lo innato, a lo determinado e inmutable. Se trata de formas que tienden a alcanzar la hegemonía de poder pero que, al mismo tiempo, expresaban su propia fragilidad en la apelación misma de su iterabilidad, como ha escrito Judith Butler.

Que nadie se confunda, no buscan refutar las diferencias, reconocer una triste realidad, mucho menos superarlas, sino basarse en ellas para sostener la exclusión y la desigualdad. Pero, además la “naturalización” de las identidades y la denegación de su carácter político, social y cultural no son sólo una mala lectura, una apreciación que desconoce la historicidad y la dinámica social, sino que se trata, básicamente, de un proyecto político e ideológico que requiere de la creación de un sujeto ahistórico, desvalorizado y acobardado, porque las propuestas identitarias han tenido -y tienen- un carácter modelizador respecto de las conductas, sentidos de la “vida buena” y a la reproducción del orden social.

Olga Echeverría es Profesora, Licenciada y Doctora en Historia por la Universidad pública. Profesora titular en la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Investigadora de Carrera de CONICET, especializada en el estudio de las derechas y sus sensibilidades políticas, sociales y culturales. Hija (como tantos/as) de padre y madre trabajador/a.

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