Utopías y distopias en las dos orillas

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Las coaliciones que conducen, desde hace un mes Alberto Fernández en Argentina, y desde hace unos días Pedro Sánchez en España, son, en los tiempos que corren, «anómalas». Pero también podemos pensar en estos gobiernos como reflejos de virtuosas «persistencias», como calificaría José Pablo Feinmann a esas tradiciones políticas empecinadas bajo la superficie del «mundo plano» que impone el neoliberalismo. Anómala y persistente es la voluntad de libertad e igualdad de los pueblos.

Destinos paralelos

Ni Argentina, ni España, tienen las cosas fáciles. En ambas orillas han triunfado en las urnas coaliciones de izquierda. En ambas orillas, quienes enfrentan a los nuevos gobiernos son oposiciones de «extrema derecha» y de «derecha extrema». Los desafíos que enfrentan son disímiles, pero la estructura retórica que teje alianzas y contraalianzas en ambos casos guarda similitudes notables. En una época de crisis de las «democracias realmente existentes» como en la que vivimos, la escenificación que se promueve de un lado y del otro de las bancadas en los parlamentos y los platós de televisión es la de utopías y antiutopías alternativas.

La izquierda, en su mejor versión, sigue apostando a la formulación de utopías más o menos atrevidas. En países azotados por todas las clases posibles de desigualdad en distribución y reconocimiento, las izquierdas apuestan por la promoción de políticas positivas que achiquen los baremos, porque imaginan países y un mundo en cuyos espacios sea posible una convivencia más justa. En cambio, ante la desigualdad, las derechas proponen más desigualdad, y ante las fricciones y violencias que estas desigualdades producen, las derechas apuestan por seguridad y apartheid.

De este modo, las derechas y las izquierdas son, en última instancia, respuestas de la imaginación política. Sin embargo, debemos estar atentos a las trampas retóricas que utiliza la derecha para impugnar el uso de la imaginación política tildándola de «infantil». La distopía es el resultado del aferramiento a la «política normal», antiutópica, gerencial, que enfrenta los desafíos de la convivencia desde el miedo y el prejuicio, pero es también imaginación política (eso sí, antiutópica).

Utopía versus espiritualismo

Lo utópico, en cambio, implica resistirse ante el estado de cosas que impone el presente como verdad sustantiva. Cuando es verdaderamente fértil, se traduce en antimoralismo y antifatalismo, proclamando que otro mundo es posible. Cuando en ella anida el resentimiento, da lugar a la ciega violencia del acorralamiento. Mientras lo utópico nos hace caminar es saludable, porque nos permite estar en contacto con el mundo y con la gente que nos envuelve y nos hace posible. En cambio, cuando se teje en la oscuridad de una consciencia solipsista y monológica, se convierte en una enfermedad psíquica que dilata nuestra distancia con el mundo. Esa enfermedad se llama «espiritualismo». En su forma más perversa es una forma de negación o apatía ante el mundo, que acaba, por comodidad, al servicio de las tendencias políticas conservadoras.

La «salud psicológica» de una sociedad se mide en función de la capacidad que tenga de soñar alternativas edificantes y emprender su realización. En contraposición, las sociedades enfermas tienen por objetivo exclusivo blindarse ante todo aquello que amenaza el status quo, con el fin de garantizar a cualquier precio los marcadores de privilegio.

En el primer caso, nos encontramos con ciudadanías atrevidas, que enfrentan los problemas del presente sin perder de vista los horizontes de bien que han elegido como destino. ¿En qué tipo de mundo queremos vivir? ¿Qué tipo de país queremos habitar? ¿Qué necesitamos cultivar para alcanzar nuestros objetivos? La educación que necesitan nuestras hijas y nuestros hijos es una educación «profundamente» política, moralmente «futurista». Para ello debemos ofrecerles herramientas que les permitan imaginar esos otros mundos posibles a este mundo presente que ahora mismo se consume a sí mismo, destruyéndose a sí mismo. Pero para ayudarlos, nosotros mismos debemos recuperar la imaginación política y moral, volver a preguntarnos ¿qué mundo, qué país nos merecemos?

Bienvenidas anomalías (o virtuosas persistencias)

Las coaliciones que conducen, desde hace un mes Alberto Fernández en Argentina, y desde hace unos días Pedro Sánchez en España, son, en los tiempos que corren, «anómalas» – como llamó Ricardo Forster a los gobiernos progresistas latinoamericanos en la pasada década, especialmente si tenemos en cuenta el Zeitgeist bajo el que vivimos. Pero también podemos pensar en estos gobiernos como reflejos de virtuosas «persistencias», como calificaría José Pablo Feinmann a esas tradiciones políticas empecinadas bajo la superficie del «mundo plano» que impone el neoliberalismo. Anómala y persistente es la voluntad de libertad e igualdad de los pueblos.

Analizadas en términos absolutos, son discretísimas matizaciones al orden de injusticia sistémica que nos rodea. Sin embargo, analizadas en términos relativos, y en vista de las respuestas que producen sus respectivas oposiciones, son amenazantes terremotos políticos. La razón no está en las medidas puntuales que proponen, ni en las políticas que, finalmente, sean capaces de implementar. La razón está en el hecho de que han vuelto a poner a la imaginación política progresista en el escenario público. A estos gobiernos se les podrá tildar de falta de valentía en el futuro, o se los impugnará por no haber avanzado lo suficiente en sus programas de recuperación de derechos y construcción de alternativas incluyentes, pero no se les podrá negar que con su sola existencia nos autorizan a soñar, y hacen del sueño por un mundo más justo un ejercicio legítimo.

Esta es la lección que debería asumir la izquierda radical que acompaña al baile del «cuanto peor mejor» al que invita la extrema derecha: las democracias siguen siendo el mejor trampolín para avanzar en las políticas radicales. Ceder el espacio democrático a las formas neofascistas que hoy disputan el alma de las clases populares, ofreciéndoles paliativos al resentimiento y al odio que engendra la precariedad a la que ellos mismos les han empujado, no es una opción legítima para las fuerzas del cambio.

Urgencias y horizontes de sentido

Por el momento, el principal proyecto del ejecutivo argentino es terminar con el hambre. Se trata de un modesto empeño si se lo mira a la luz de la desigualdad que impera en la Argentina posmacrista. Se trata de una política de emergencia que no admite segundos pensamientos. Sin embargo, la oposición no acompaña, o lo hace a regañadientes, midiendo a cada paso las consecuencias que supondrá regresar a millones de individuos alienados por la desesperación y la desesperanza de la pobreza extrema al orden social y a la política. Nadie que vuelve a comer aplaca su deseo, sino que lo multiplica. Los doce años kirchneristas lo demostraron, y la derecha macrista hizo bien en señalarlo, acusando a los pobres de querer disfrutar aquello que es privilegio exclusivo de «las clases acomodadas».

Pedro Sánchez, atenazado, por encima, por el ordoliberalismo europeo, y por debajo, por los desafíos territoriales, apuesta a la sobriedad presupuestaria y al diálogo político, pero también a empezar a desarmar las políticas de austeridad que han convertido a España en otro país que multiplica millonarios al mismo ritmo que fabrica pobres. La idea, en ambos casos, es achatar la pirámide fiscal, para hacer que los ricos, esta vez, contribuyan para hacer que los de abajo vuelvan a respirar. Pero la distribución va acompañada de una firme apuesta por el reconocimiento que se traduce en un gobierno que se autodenomina como feminista y ecologista.

¿Reforma o revolución?

Y aquí encontramos otra coincidencia. Ambas coaliciones combinan (1) elementos «socialdemócratas» (el Peronismo «tradicional» y el Partido Socialista Obrero Español) que aspiran a una gestión progresista y redistributiva, que reconozca y garantice derechos postergados, pero sin que ello implique una crítica profunda al capitalismo como modelo de relaciones sociales; y (2) un inconformismo «genuinamente» socialista, el de Unidas-podemos y el de un porción importante del kirchnerismo y otros aliados de izquierda, quienes no renuncian a la crítica profunda del status quo, animando de este modo a la imaginación política a mantener viva la utopía de otro mundo posible.

Para sus respectivos críticos, estas coaliciones están llamadas al fracaso. Durante meses escuchamos al establishment argentino asustando al electorado esgrimiendo una incompatibilidad insuperable entre el «albertismo» y el «cristinismo». De igual modo, desde que se anunció el acuerdo de coalición entre el PSOE y Unidas-Podemos, la derecha extrema y la extrema derecha se han afirmado en su interpretación del «experimento Frankestein».

Sin embargo, como señalaba Nathan Robinson recientemente sobre una cuestión análoga en los Estados Unidos acerca de Bernie Sanders y el creciente auge del socialismo entre la «generación Y» en el país del norte, las políticas socialdemócratas no están necesariamente en contradicción con un proyecto genuinamente socialista. Pueden ser un trampolín hacia formas más radicales de democratización que, necesariamente, implican una crítica radical del capitalismo, entendido como un modelo injusto de relaciones sociales. Por lo tanto, contrariamente a lo ocurrido en otras circunstancias, estas coaliciones pueden interpretarse como más equilibradas, en tanto contienen, en un marco de acción progresista social-demócrata, fuertes dosis de inconformismo que pondrán en cuestión cualquier tentación conservadora en su seno.

Participación y movilización

El lenguaje, como siempre, no se dice solo. Exige, no solo un emisor, sino también un receptor. Cortazar fue el que dijo, acertadamente, que hay dos tipos de lectores. Por un lado, “el tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos pro­blemas ajenos que le permitan sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo”. Por el otro, el «lector-cómplice», aquel que es capaz de participar y padecer la experiencia propuesta.

Las derechas españolas y argentinas tienen miedo a que los gobiernos de izquierdas agiten lectores-cómplices, es decir, que las ciudadanías vuelvan creer que están autorizadas a imaginar un futuro mejor, un orden social más justo. Ante esa pretensión de los de abajo, las derechas alistan sus ejércitos, construyen sus muros, y combaten a quienes pretenden poner límite al carácter excluyente del reparto. En vez de preocuparse por multiplicar los peces y los panes para distribuirlos equitativamente entre todos, las derechas apuestan a la desposesión y la explotación.

Las ciudadanías progresistas tiene que exigir a sus respectivos gobiernos que avancen, y tiene que hacerlo movilizándose, para contraponer a las distopías defendidas por los Abascal, las Bullrich, los Macri, los Casado, las Arrimadas y las Vidal, las utopías alternativas que, pese a las decepciones y los engaños, siguen animando el horizonte democrático.

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