El valor de la palabra

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Nuestros antepasados decían que el hombre es «palabra que camina», queriendo simbolizar la integridad no solo en el decir sino también en el obrar. Los periodistas, con sus palabras pueden provocar males a futuro, pueden negar la realidad y manipularla a su antojo. Presentando una realidad paralela o inexistente en el acontecer cotidiano pueden sumir a los pueblos en la desesperanza y la tristeza.

Nuestros antepasados decían que el hombre es «palabra que camina», queriendo simbolizar la integridad no solo en el decir sino también en el obrar. Quizá hace más tiempo, Mateo, evangelista apócrifo, decía: «por sus frutos los reconoceréis», haciendo ver que el hombre era fácilmente identificable por sus acciones, «así como el árbol bueno no puede dar frutos malos, el árbol malo no puede dar frutos buenos» concluía Mateo.

Mi viejo, que seguramente no leyó nada de Mateo, ni sospechó que nuestros antepasados eran tan sabios, me enseñó: «si el rico miente, le queda el dinero, si el humilde miente, no le queda nada». Mi viejo no terminó la escuela primaria y nosotros no eramos ricos, sin embargo tenía la inteligencia de quien ha transitado la vida con probidad, éticamente, y me dejó su legado.

En todos los casos, «la palabra» como metáfora de «vida recta», siempre fue sacralizada por las tres religiones monoteístas mesiánicas y por todos los pueblos que pudieron transferir sus respectivas culturas. Así como los padres dejan sus legados a sus hijos, y los hijos, en estos casos se sienten reconocidos y orgullosos, igual ocurre con los pueblos cuando recuerdan su acervo: a sus patriotas, es decir a sus padres.

Entre muchas, hay tres profesiones que trabajan con la palabra: los guías de turismo, los abogados, los periodistas. En estos casos la palabra es la herramienta con la cual se desempeñan. Pero los frutos no son los mismos.

Si un guía de turismo dice que lo que tiene a su derecha es la torre Eiffel y está mostrando el obelisco, fuera del bochorno, semejante desprolijidad no afectará a ninguno del grupo que guía, pero si un abogado asesora mal a su representado, esto es: habla mal, pues, su representado podrá terminar preso o deberá pagar una multa que se podría haber evitado.

Los periodistas, con sus palabras pueden provocar males a futuro, pueden negar la realidad y manipular grandes masas de gente y terminar manejándola a su antojo. Cuando presentan una realidad paralela o inexistente en el acontecer cotidiano pueden sumir a los pueblos en la desesperanza y la tristeza: «El fruto es malo», el hombre deja de ser «palabra que camina», y su hijo no tiene motivo para sentirse orgulloso. Ante esta realidad, que sí es real, al hijo le quedan dos caminos: escapar de esa realidad a través de la locura, o convertirse en un perverso como su padre…después de todo, lo único que le puede dejar es dinero.

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