Cinco años de #NiUnaMenos: la marcha que rompió el machismo en Argentina

Compartir

“Una para Todas», fue la consigna que hoy ya es «une para todes». ¿Cuánto o en cuántas nos transforma una movilización? A 5 años de la marcha que levantó el estandarte de igualdad y libertad, cinco protagonistas rememoran las marcas de aquel día y sus consecuencias en el presente. Se rompieron silencios y complicidades. Nacieron redes y solidaridades. Con el proyecto de aborto legal en el horizonte, #NiUnaMenos todavía es una asignatura pendiente, porque el patriarcado no se deconstruye rápido ni fácil. Pero las mujeres y diversidades unides están aquí para hacerlo realidad.

Las mujeres se agolpan en círculos en las esquinas del microcentro porteño y forman fila en dirección al Congreso de la Nación. Algunas, apretadas, se mantienen juntas debajo de los techos de los cafés sosteniendo firmes sus consignas delineadas con marcadores negros sobre cartulinas de colores. Desde las ventanas de las oficinas, otras miran atentas el fenómeno inédito. Sólo es posible cruzar Av. de Mayo con una torsión dorsal que permite avanzar a paso lento y escurridizo entre los cuerpos que se rozan, aprietan y se reconocen. La escena parece lejana en este contexto de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, pero el 3 de junio de 2015 millares de mujeres, pusieron sus cuerpos, para congregarse bajo una misma consigna: Ni Una Menos. La escena se repitió en mas de 14 provincia de la Argentina.

Pasaron 5 años de esa primera marcha multitudinaria  que marcó un antes y después en el movimiento feminista. La concentración trascendió los espacios tradicionales de discusión y alcanzó una masificación sin precedentes.  El asesinato de Chiara Páez, una niña de 14 años que se encontraba cursando un embarazo, hizo estallar el sentimiento de bronca y hartazgo colectivo ante la violencia machista expresada en su dimensión más cruda y extrema: los femicidios. 

Periodistas y referentes del campo cultural tomaron el reclamos y empujaron la convocatoria a la marcha que no tardó en encontrar adherentes en todo el espectro de la sociedad. Después de años en los que la arena social y política se encontraba marcada por las estructuras partidarias, y por una fuerte polarización de las misma, la marcha y la convocatoria llevada adelante por mujeres y disidencias, logró interpelar transversalmente a la sociedad y puso en agenda un tema que excedió tal polarización. El feminismo dejó de ser una mala palabra, y miles de personas reivindicaron la consigna “vivas nos queremos” como uno de los reclamos más desesperados, pero paradójicamente los más básicos, que se pueden demandar: la vida.

Desde ese marcha, el movimiento feminista creció, amplió su agenda y sus demandas de manera categórica, y las personas que participaron de esa movilización también. ¿Cómo se amplió el reclamo a lo largo de estos 5 años, cómo se transformaron esos cuerpos colectivos e individuales movilizados?

Yamila, por ese entonces estudiante de antropología, había llegado de un viaje por Ecuador y hacía rato que no participaba de una manifestación. Ese 3 de junio fue en subte D con una amiga y cuando salió de la estación Callao no podía creer la cantidad de personas que llegaban por todas las esquinas.  Lo primero que le apareció en la mente fue el rostro de Melina Romero. “El tratamiento mediático del caso me enfureció. Melina fue asesinada y violada, pero se la cuestionó por qué había ido a bailar esa noche. Se la estaba culpabilizando y responsabilizando por su propia muerte”, cuenta Yamila. Melina Romero fue asesinada por una patota de varones en San Martín después de haber sido abusada sexualmente y arrojada a un arroyo. A partir de ahí, Yamila empezó a militar por una comunicación libre y con perspectiva feminista: “Éramos nosotras las que teníamos que comunicar nuestras luchas y nuestras muertas, delegar esa responsabilidad a los medios hegemónicos era delegarlas nuestras propias vidas”, dice convencida. 

Las marchas siguientes, fue con una cámara en el hombro y con una pechera de prensa como comunicadora popular y de medios alternativos. A la última fue embarazada: “despues de haber transitado el proceso más feminista de su vida”, segun sus porpias palabras. El de decidir sobre su propio cuerpo y su destino: “creo que sin feminismo y sin estas discusiones yo jamás podría haberme permitido maternar sin reproducir mandatos y estereotipos que sentía profundamente opresivos”.

Paloma es docente, en el 2015 había empezado una especialización en educación por el arte donde conoció un grupo de mujeres también educadoras, “libres y potentes”, las recuerda. Después de decidirlo en una asamblea fueron todas juntas a la marcha. “No estaba preparada para ver lo que iba a ver. Me sorprendió ver esa experiencia de ser mujer que mostraban las instalaciones, canciones, consignas y pancartas que nos unían a todas por igual.” Recuerda que en una toallita femenina manchada de sangre colgada de una soga leyó por primera vez la palabra misoprostol. Esa movilización, para ella, fue y se sintió como una olla a presión que estalló, una bronca contenida que no tenía más cause. A partir de ese momento, la bronca colectiva la empujó a tomar una decisión militante que la iba a acompañar en su profesión: se especializó en educación sexual integral y la militó en la escuela pública. Hoy en el living de su casa, explora los textos literarios que va a enviarles por mail a sus alumnes y reconoce en cada texto el sesgo de género naturalizado que en las consignas invita a cuestionar.

Andrea, vive en Villa 20, escribe desde un hotel en Almagro en donde la aislaron tras haber sido diagnosticada con Coronavirus esta semana. Es parte del Frente Popular Venceremos. Ese 3 de Junio ella, con su hijo en brazos, se encontró con María y Guillermina en el merendero sobre la calle Unanue. Se tomaron el premetro y después el subte para sumarse al resto de la organización. Cuando llegaron, sus compañeras estaban a las carcajadas en el medio de la 9 de Julio con las manos llenas de pintura: se estaban pintando la cara de violeta, verde y rosa. Barbi, una médica que milita en la organización, la abrazo tan fuerte que no la soltó en toda la movilización. A partir de ahí inauguraron una tradición: en todas las movilizaciones por los derechos de las mujeres van abrazadas, entrelazadas unas con las otras, para ser más fuertes, como escenificando esa red feminista que supieron construir en el barrio. Barbie, recuerda, que con una mezcla de bronca y alegría caminaron por Diagonal Norte y entre abrazos se repitieron con los ojos de vidrio: “no nos merecemos más esto. Esta violencia se tiene que acabar”.

Hoy Andrea,  tras participar de las marchas y gracias a la organización, se reconoce como feminista, porque “como nos organizamos en el hogar, en los comedores, también nos organizamos en la calle. La violencia es más que pegar, hay violencia verbal, violencia económica, y esto se tiene que acabar”. Esta al frente de un espacio género y mujeres en donde profundizan las redes entre ellas y cada 3 de junio reflexionan sobre su rol en el barrio, la familia y la política. Con una voz entre emocionada y quebrada por la angustia de estar lejos de su hijo en un hotel, sostiene con firmeza: “No estamos más solas. Porque si nos unimos, venceremos. Si nos organizamos venceremos”.

Diana Aravena, es militante de la agrupación Nacional Putos Peronistas y trabajadora de la cooperativa textil La Paquito, también es profesora en la Escuela Isauro Arancibia. El 3 de junio del 2015 caminó por Av. de Mayo hacia Congreso. A su lado caminaban orgullosas sus compañeras travas, llevaban la mirada al frente, y los brazos en alto haciendo la v con las manos. Nunca antes habían caminado tan acompañadas. Una horda de mujeres y lesbianas estaban con ellas, las que extendían las manos y las saludaban, y también las otras, las compañeras de barrios populares, las trabajadoras, las docentes, la sindicalistas porque como sostiene Diana: “la lucha es de género, pero también es de clase, nos une la violencia patriarcal y nuestra condición de mujeres, travas y tortas pobres”. Diana, sintió una mezcla de alegría, por saberse juntas y experimentar masivamente la llamada sororidad, pero también profunda bronca y tristeza por reclamar por las que faltan. Esa marcha, para Diana, fue un empujón colectivo para seguir reclamando por “los derechos de trans y de lesbianas junto a todas y llevar esa unidad también a otros ámbitos para que haya mas y mejor justicia social”. Desde su casa, hace barbijos junto a sus compañeras de la cooperativa La Paquito, imprime en su tela imágenes de la lucha feminista y también el sueño por una Ley de Inclusión Laboral Trans.

Lucrecia es militante de un partido político, el 3 de Junio del 2015 caminó desde su lugar de trabajo a la marcha, la concentración de su agrupación era en el obelisco. La organización de la marcha demandaba algo inédito hasta ese momento en las movilizaciones de las que participaba su partido: las mujeres, lesbianas y disidencias se iban a encargar integralmente de la seguridad, cuestión de la que sabían, y mucho, porque lo habían hecho históricamente en los Encuentro Nacionales de Mujeres. Cuando llegó, abrió sus brazos y estrechó sus manos con las compañeras que tenía al lado para formar el cordón de seguridad. Desde ahí, en fila con sus compañeras, miró con bronca a los dirigentes varones parados al lado de la columna a los que días atrás, por decisión de la mayoría, les habían pedido, “exigido” -repone-, no participar de ese encuentro. Lucrecia recuerda: “El primer NI Una Menos fue como una especie de velatorio colectivo. Había circulado una convocatoria que pedía que vayamos vestidas de negro para duelar a las miles de muertas que el patriarcado nos había arrebatado. Aunque, después impulsó un debate muy interesante, el reclamo no era por la muerte, sino por la decisión se seguir con vida”.  Para ella y sus compañeras, el 3 de junio se constituyó como una especie de “hecho maldito”, especialmente para la política, porque a partir de ahí la condena a todas las formas de la violencia machista fue perseguida en cada estructura política de esta sociedad, y la dimensión popular del feminismo brotó de manera incontenible.

Estos testimonios ponen en evidencia que la frase histórica de los feminismos, “lo personal es político”, ese 3 de junio fue llevada a su extremo. Habíamos transformado algo tan íntimo como un funeral que sucede en el seno familiar en algo profundamente político y colectivo. Pero, ¿qué estábamos verdaderamente duelando?  Duelábamos a Chiara, a Melina, a Lucía, a cada una de las compañeras que se llevó la violencia machista. Nos estábamos duelando a nosotras mismas: las lógicas que habitamos y reproducimos, las que a partir de allí, para muchas, ya no iban a ser las mismas. 

La popularización del movimiento se forjó en ese crisol vestido de negro que se reflejó en una “unicidad” -en esa “UNA” de la consigna- para hacerse diverso y plural. Fue al calor de la experiencia particular de cada persona, y colectivo, que transitó y transita espacios feministas lo que empujó a la ampliación del concepto de violencia y de la lucha feminista.  Así, ese reclamo de vida o muerte del primer 3 de junio, engloba hoy el de las violencias que sufrimos de manera cotidiana, y que se vuelven igual de desesperadas e intolerables: la que engendra el amor romántico, la violencia de la no paridad de género en las listas políticas, lo agresivo y opresor de los estereotipos sociales y de género, la inaceptable brecha salarial entre los género, la tiranía sanguinaria y cruel de los cuerpos flacos y hegemónicos, la injusticia de las compañeras trans sin acceso al empleo, la esclavitud de las tareas domésticas y de cuidado no igualitarias, lo precario de lo derechos laborales para las mujeres, lo nefasto de las lógicas productivas excluyentes y explotadoras, entre miles de otros reclamos. 

Ese 3 de junio de 2015, hace tan sólo 5 años, las semillas del feminismo se plantaron en un campo popular y diverso que las pioneras de las primeras épocas supieron desmalezar. Entonces, creció con más fuerza y entendimiento la reivindicación por al aborto legal y las luchas adentro y afuera del Congreso para el acceso al aborto seguro. La lucha por el derecho al juego en las canchas y en las plazas. La reivindicación por el cupo laboral trans. Las maternidades libres, y disidentes. La visibilización lésbica, y el orgullo desenfrenado de los putos y de las tortas.  Entonces, los desafíos y complejidades de esa consigna que supo abrazar a miles de nosotras, hoy se amplían al grito de “una para todes, todes para una”.

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 12/07/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto