De Evita a Cristina: mujeres que vuelan dragones

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Evita corrió los estrechos límites de la sociedad y los amplió a un ritmo único: a 100 años de su nacimiento, en pleno auge del feminismo, la conquista del derecho al voto para las mujeres adquiere una nueva dimensión. Su vida política incluyó el libro La Razón de Mi Vida, lanzado poco antes de que Perón fuera elegido por segunda vez. Hoy otra mujer peronista, ampliadora serial de derechos y autora de un libro político-autobiográfico está en el centro de la política nacional en vísperas de las elecciones.  Cristina y Evita, sus vidas y estilos vistos a la luz de la historia.

Foto: Joaquín Salguero

El 11 de noviembre de 1951 hubo elecciones presidenciales. La fómula Juan Domingo Perón- Hortensio Quijano consagró la reelección peronista con un 63,4% de los votos frente a la de la UCR encabezada por Ricardo Balbín con 32,3%. Era la primera vez en la historia argentina que las mujeres podían votar al presidente. Como se puede ver en la figura 1, no hay mujeres en las listas, pero en la parte superior están las imágenes de Perón y de Evita.

¿Por qué Eva no fue candidata? Se ha especulado muchísimo con esa pregunta: que Perón no quiso, que las FFAA vetaron con énfasis esa posibilidad, que ella estaba enferma. Todo puede ser cierto.

Apenas tres meses antes, el 22 de agosto de 1951, Evita protagonizó uno de los momentos más dramáticos y conmovedores de su corta e intensa vida política. Centenares de miles de personas se congregaron en la ancha avenida 9 de julio frente al entonces Ministerio de Obras Públicas. Ella y su compañero aparecieron  desde un balcón ministerial del cual colgaba un cartel que rezaba: “Juan Domingo Perón-Eva Perón – 1952-1958, la fórmula de la patria”. La CGT y el partido peronista femenino exigían la fórmula Perón-Perón. El ida y vuelta que ese día se generó en un diálogo entre la líder y la multitud fue de una espontaneidad pocas veces visto. Eva trataba de decir que lo importante no son las candidaturas sino la lucha, “nooooooo” se escuchó como un estruendo, querían la confirmación de que sería candidata. Tomó la palabra Perón para pedir calma, y el resultado fue el mismo. Finalmente Evita pidió unos días y el 31 de agosto por cadena nacional anunció que no se postulaba: “Renuncio a los honores, pero no a la lucha”. Volvió a ser Quijano el vice pero no pudo asumir porque murió antes.

Al mes siguiente, en septiembre, apareció el famoso libro de Eva Perón “La Razón de mi vida”. Claramente se enmarcaba en la campaña electoral, pero también fue un libro testimonio y legado: Evita tenía cáncer de útero y falleció solo nueve meses después. Corrió los estrechos límites de la sociedad de entonces todo lo que pudo. Las ideas de una sociedad jerárquica se estremecieron con el peronismo que las desafiaba desde una altivez e irreverencia plebeya. El historiador Daniel James en su libro Resistencia e Integración logra una síntesis maravillosa en una de las entrevistas que le hace a los trabajadores de esa época: “con Perón nos sentíamos machos”. Aquí la referencia no es a machirulos, no es machismo, refleja que en ese contexto político se animaron a levantar la cabeza y mirar a los ojos al patrón. Pero también estaba el machismo. Para las FFAA, la Iglesia, los sectores políticos conservadores y una buena parte de la sociedad era inaceptable que una mujer, nacida en los Toldos, de origen humilde, hija “ilegítima” de un estanciero, y con esos aires irreverentes, asumiera un puesto de tan alta «dignidad institucional». Con el agravante de que si algo le llegara a pasar a Perón, ella podría asumir la presidencia. Ese límite estuvo cerca de cruzarse, pero a Evita no le dieron las fuerzas. Es obvio que Perón lo dudó, sino no hubiesen aceptado aquel acto multitudinario.

Hay muchas ocasiones en que la historia retoma los hilos que quedaron truncos. Lo hace en contextos diferentes, con mentalidades que han cambiado, con relaciones de fuerza tensadas en puntos de equilibrio inestables. Los auténticos líderes populares son muy imposibles de construir, no lo logra el marketing, ni el voluntarismo, ni las técnicas de laboratorio, ni siquiera la bendición de otros líderes populares. Un líder es el que logra unir a sectores que de otra manera no se unirían: con carisma, fuerza de carácter y manejo de los factores de su tiempo. Es una construcción social, no un producto.

Cristina Fernandez de Kirchner, Cristina, es la primera dirigente que desde la época de Evita ha logrado concitar pasiones arrebatadoras. El amor a toda prueba y los odios más enconados. Hay muchas líneas de continuidad con Evita, y también muchas diferencias. Si se comienza por indagar en la reacción de los que la desprecian, los parecidos son asombrosos. Los gorilas han cambiado menos que los peronistas en la Argentina.

Imposible perder de vista que la reciente aparición del libro “Sinceramente” cae de lleno en una de las campañas electorales más polarizadas que se recuerden, no solo por lo que dicen las encuestas, sino porque se enfrentan dos proyectos políticos antagónicos. Cristina no llegó a la política de la mano de Néstor Kirchner, más bien podría ser lo contrario: llegó a Néstor Kirchner de la mano de la política, se conocieron militando. Antes de ser presidenta tuvo una dilatada trayectoria como legisladora, y ni remotamente estuvo en sus planes ocupar el rol de primera dama que tan alegre e intrascendentemente ocupa hoy en día Juliana Awada prestándose al juego de que opinen de ella a través de la ropa que usa.

Recuerdo que en aquel programa de Mirtha Legrand de 2003, antes de asumir la presidencia pero ya con Menem resignado del balotaje, en el que les preguntó a Néstor y Cristina: «¿Se viene el zurdaje?». Un hecho previo que fue muy revelador. CFK fue con pantalones de jean, ese detalle no se le escapó a la casi centenaria conductora (cuando murió Evita tenía 25 años), y le comentó: “Qué raro una primera dama con pantalones” y la respuesta fue certera y definitoria: “Yo no soy una primera dama, soy una militante política”.

Los ataques a CFK son de largo aliento, pero en 2007 arreciaron a partir del momento en que se supo que sería la candidata a presidenta del Frente para la Victoria. Como ella misma ha contado, fueron muchos los representantes del poder que le pidieron a Néstor que no la postulara, entre ellos nada más y nada menos que Héctor Magneto. La primera descalificación fue decir que ella iba a ser el títere de Néstor. Con su habitual picardía, el patagónico respondió: “¿Cristina un títere mío? Se ve que no la conocen”.

Aún no había empezado el tsunami feminista argentino que puso en jaque todos los paradigmas machistas, todavía no existían los pañuelos verdes, fue un feminismo previo, un feminismo de los hechos más que de las proclamas. Pero los tiempos definitivamente  habían cambiado desde la época de Evita. En el prólogo de La Razón de mi vida, Evita escribió refiriéndose a Perón: “Muchos me reprocharán que haya escrito todo esto pensando solamente en él; yo me adelanto a confesar que es cierto, totalmente cierto. Y yo tengo mis razones, mis poderosas razones que nadie podrá discutir ni poner en duda: yo no era ni soy nada más que una humilde mujer… un gorrión en una inmensa bandada de gorriones … Y él era y es el cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios”.

Este texto hoy sería imposible, pero en 1951 suena casi a una concesión de época. Está muy claro que no era un simple gorrión, más bien se parecía a Daenerys montando un dragón echando fuego sobre sus enemigos. Pero era también hija de su tiempo, como todos lo somos, y marcó su época dando a luz otro tiempo. Solo estuvo en política ocho años,pero fue una estrella fugaz que dejó una estela indeleble.

Cristina fue presidenta durante ocho años, por voto popular. En su reelección sacó uno de los mayores porcentajes de la historia. “Sinceramente” es el libro de una ex presidenta, y el de una virtual candidata, que en estos momentos lidera las encuestas. Pero también es el de una militante atacada con artillería pesada que busca sintonizar con sus seguidores sin intermediarios, como lo hizo antes con sus discursos de presidenta.

Evita fue injuriada mucho más que discutida, y ese es un dato clave. No buscaban rebatir sus argumentos, siempre intentaron descalificarla: la puta de los cabarets baratos, la soberbia de los tapados y las carteras, la loca que cachetea a los funcionarios, la primera dama demasiado joven para presidir la Sociedad de Beneficencia, la demagoga que dio el voto femenino para ganar elecciones, la autoritaria que le sacaba plata a los empresarios a la fuerza para la Fundación Eva Perón, la actriz que representa papeles y no es auténtica. No importaban los resultados de sus gestiones, se la invalidaba en su ser. Se la odiaba hasta en la enfermedad, como quedó plasmado en ese “Viva el cáncer” y no se la respetó ni en su lecho de muerte, la historia trágica de su cuerpo embalsamado es un hilo muy interesante para tratar de entender por qué Evita molestaba tanto.

Con CFK las agresiones fuertes y sistemáticas empezaron a los pocos meses de asumir la presidencia, en 2008 durante el conflicto de los productores rurales. La yegua le decían, ignorando tal vez que ese fue el mismo epíteto que usó el distinguido miembro de la oligarquía, Pereyra Iraola, en 1950 cuando Eva llevó adelante la expropiación de sus campos, en las afueras de La Plata, para hacer en esos terrenos la Ciudad de los Niños.

A Cristina no se la discutió desde la racionalidad, se la descalificó. También les molestó su formas de hablar, su inclinación por vestir bien. Ese gesto los enloquece ¿Cómo puede ser que hable siempre de los pobres y use ropa cara? Hay ahí una lógica muy perversa: está muy bien que una primera dama vista muy bien, casi que es su única ocupación y obligación, pero si lo hacen ellas es intolerable, como si la preocupación por la pobreza debiera venir acompañada de vestimentas en harapos. El mensaje es exactamente el contrario: “todas deberíamos vestir como reinas, todas tenemos que ser reinas” y eso le arruina la fiesta a las mentalidades nacidas para tener súbditos. Desde que dejó el poder CFK sufrió un sistemático ataque desde todos los ángulos posibles, la convirtieron en la más clara expresión del alter ego del proyecto de Cambiemos, “la chorra” fue el personaje que construyeron con todos los medios de comunicación a su alcance, el poder judicial, los políticos tránsfugas y los que siempre la enfrentaron. Sin embargo, no hicieron otra cosa que agrandar su figura. Lo mismo pasó con Evita.

Cristina y Eva son las representantes de mujeres que se abrieron camino sin pedir permiso, sin culpas de ser quienes son, con los aciertos y errores expuestos, con una comunicación directa con las masas, con su base electoral más fiel entre los más humildes y los jóvenes. Y con los mismos adversarios, y las mismas formas del odio.

A cien años del nacimiento de Evita es muy difícil no hacer esta comparación que emerge sola. Ellas no son las fabricantes de grietas políticas entre argentinos, al contrario, son las mujeres que dejan bien expuesta la grieta social que está profundamente instalada desde hace muchas décadas.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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