Dos mujeres, un Mundial y una amistad recuperada en pandemia después de 50 años

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Era agosto de 1971 en México. Teresa Suárez integraba la Selección argentina de fútbol y fue parte del equipo que consiguió el primer triunfo de la historia frente a Inglaterra en un Mundial. Susanne Augustensen fue delantera del plantel danes que se llevó la copa. En esos días nació una amistad. Durante un tiempo se enviaron cartas donde compartieron anécdotas, historias, proyectos pero la comunicación se interrumpió. En plena pandemia, 50 años después, Teresa la contactó por Instagram. Historia de un encuentro futbolero y un intercambio epistolar.

Los sobres están en el último cajón de la cómoda en la que Teresa Suárez guarda ropa. Sentada al lado de la estufa, en su casa de San Fernando, la mujer que integró la primera Selección argentina que le ganó a Inglaterra en un Mundial –el de 1971 que fue organizado por empresarios y no por la FIFA– desempolva recuerdos. La epopeya que salió de la papelera de reciclaje de la historia del fútbol argentino tiene una mamushka de historias. Entre ellas, la de una amistad de medio siglo.

Las postales danesas están intactas. Susanne Augustensen, delantera de la Selección de Dinamarca que conquistó el trofeo en aquellos 40 días maravillosos en México, se las envió a Teresa. En la final, contra las locales, el Estadio Azteca explotaba: 110 mil personas desbordaron las tribunas para ver esa definición. La delantera europea tenía 15 años. Aquel 5 de septiembre de 1971 elegiría un camino para esquivar la presión: no mirar a las gradas. Su país ganaría con un hat trick suyo.

En plena pandemia, Teresa Suárez recupera la imagen de la tarde en la que fue a despedir a su amiga. El vínculo había nacido en ese Mundial. En la puerta del Hotel Beverly de la capital mexicana, donde concentraba la selección danesa, intercambiaron direcciones. Y posaron para la foto que ahora tiene en sus manos. La última vez que se vieron marcaría también el inicio de un intercambio epistolar.

Puerta del Hotel.

***

Diciembre de 1971.

Rte: Susanne Augustensen

(…) Aquí hace frío. Cuando llegamos, la gente nos recibió con entusiasmo, pero ahora no parecemos las campeonas del mundo. ¿Cómo están tus cosas en Argentina? ¿Cómo están ustedes? (…)

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La “Dinamita nórdica” –como apodaron los medios mexicanos a Dinamarca– estallaría de goles el arco argentino. El choque fue por una de las semifinales.

Teresa Suárez, una de las “Gauchitas” –mote que recibían las argentinas– fue clave para aguantar los primeros 44 minutos sin goles. Después, como todas sus compañeras, no pudo parar a las rivales, que se metían por todos lados. Transitaba el lateral derecho. Tenía la confianza en alto: venían de ganarle a Inglaterra 4 a 1, un triunfo que no dimensionaría. Al menos, no en ese momento.

Las pioneras argentinas en México.

Ese no era el puesto que había elegido cuando su mamá Vila la paró en una cancha para que jugara un partido de fútbol de mujeres entre casadas y solteras, en una fiesta de una sociedad de fomento cerca de su casa. Desde entonces, Teresa no dejaría de jugar: armaría equipos con amigas y participaría de exhibiciones por todo el país. Hasta que un día la invitarían a una práctica: un combinado se preparaba para viajar a México a una Copa del Mundo no oficial.

Antes del Mundial usaba la 5, en una época del fútbol en la que el número de camiseta indicaba tu lugar en la cancha. Se corrió del centro del campo sólo para aquella Copa: entendió, cuando fue a ese entrenamiento, que Zunilda Troncoso era la mejor en la posición.

–Oficina de la mejor número 4 del mundo, buenas tardes.

Cincuenta años después, con 69, Teresa Suárez atiende el teléfono. Vive –vivió casi siempre– enfrente de un potrero. Cuenta, medio en broma medio en serio, que fue la mejor de la historia en su puesto: el que ocupó en el Estadio Azteca. “Lo que pasa es que nadie lo sabe porque no me vieron jugar”, dice y se ríe.

Durante la pandemia tuvo taquicardia. La médica le dijo que puede ser que el encierro le genere estrés. Y la mandó a caminar cinco cuadras por día: Teresa Suárez sale a la calle, mira el potrero, y encara.

En 1971 intentó defender los avances de Dinamarca. Las crónicas de la época dicen que las argentinas hacían cualquier cosa por parar a las rivales: les tiraban de la camiseta o intentaban agarrarlas de los brazos. Describen también que el público hinchó por Argentina. Las danesas golearon 5 a 0.

“Yo todavía estoy mareada, nos pegaron un baile bárbaro –dice Suárez–. Ahí la mejor 4 del mundo no paró a nadie”.

El búnker argentino en el distrito federal tenía una habitación que era la más divertida. Teresa Suárez tenía 20 años por entonces, el pelo corto y la sonrisa pícara. Estaba en ese cuarto junto a Zulma Gómez, Susana Lopreito, Virginia Andrada y Pelusita Cáceres. Un grupo de jugadoras danesas fueron a visitar el complejo. Ahí se conocieron.

Como la organización no dejaba que las visitantes ingresaran a las habitaciones, se encontraban en la recepción. Una futbolista mexicana de quien no recuerda el nombre hacía de traductora. Hablaban de los partidos, del público, del estadio y de cómo era la vida de cada una. Se miraban y sonreían.

***

Mayo de 1972.

Rte: Teresa Suárez

(…) A nosotras no nos recibió nadie en el aeropuerto. Ni saben que existimos. Volveremos a encontrarnos en el Mundial el año que viene! (…)

***

Susanne Augustesen está sentada sobre un tronco, en un parque, en la primavera de 1972. Abre la carta. Lee. Ya tiene 16 años. La goleadora vive en Holbaeck, una ciudad costera a 60 kilómetros de Copenhague. Desde Italia, llegan –llegarán– varias ofertas futbolísticas, pero sus padres decidirán que no se irá a jugar al exterior antes de que cumpla 18 años.

Sussane a los 16 años.

Mientras tanto, practica handball. En sus ratos libres, se junta a jugar al fútbol con los amigos de su colegio.

“Mis compañeros me aceptaban porque yo era buena –recuerda ahora, en su país de nacimiento, a los 64 años–. Cuando una es habilidosa, los hombres no tienen problemas”.’

Susanne con su equipo del colegio.

Susanne se destacaba por su velocidad, su técnica y su inteligencia. No tiene oficina ni el humor de Suárez, pero dice que jugaba como Pelé, que tenía su elegancia. Sus características la convirtieron en la goleadora de la final de México.

Aquella tarde en el Azteca, Dinamarca llegaba a la final como defensora del título. Había ganado el Mundial anterior, en Italia, con otro equipo. México venía con el impulso de la victoria frente a las italianas. Susanne no levantó la cabeza hasta que comenzó el partido. Los tres goles le dieron la razón: fueron con la zurda, aunque ella es diestra.

“Recuerdo todo como un sueño –dice–. En Copenhague, una multitud nos recibió para festejar”.

No ocurrió lo mismo con la prensa ni con la Asociación Danesa de Fútbol (DBU). Tras el campeonato, Vilhelm Skousen, presidente de la entidad, juró que durante su mandato las mujeres jamás formarían parte de la asociación nacional. “No podemos y no tomaremos el fútbol femenino en serio”, auguró. Hasta que en 1972, la UEFA dictaminó que las asociaciones miembro tenían que incorporar al fútbol femenino.

Augustensen, ahora, no titubea: “El principal acto de discriminación que recibí a nivel futbolístico fue por parte de la DBU”.

En 1974, Susanne integraba la Selección de handball. Cuando le dijeron que debía elegir un deporte, no dudó. Resignó el Mundial de handball en Rusia y, con 18 años, se marchó al fútbol italiano. En 21 temporadas, ganó el campeonato nacional seis veces y la Copa Italia, dos. Además, fue la goleadora de la Serie A ocho veces. Marcó más de 600 goles. Sin embargo, desde que se marchó de Dinamarca, jamás volvió a jugar con su Selección.

***

Es 1980. Teresa Suárez juega en San Fernando. Volvió a ser 5. Sale de su casa y escucha un grito: “¡Tortita!”. Se da vuelta, no ve a nadie. El hombre está escondido.

Sentada al lado de la estufa, 40 años después, le pone palabras a aquellas agresiones. “Es discriminación, nosotras sufríamos por jugar al fútbol”.

En Dinamarca, Susanne se entera de la anécdota. “Uno tiene poder si excluye a otro. A nosotras nos quieren afuera del deporte más popular”, dice.

Ahora es feminista. Teresa Suárez también. Ninguna de las dos sabía que tendrían que pasar 20 años para que la FIFA organizara, finalmente, una Copa del Mundo para mujeres.

Se mandaron cartas un tiempo, pero el contacto se perdió cuando Augustensen se mudó a Italia. Hasta que, en plena pandemia, Teresa se abrió una cuenta de Instagram para sobrellevar el encierro y volvió a escribirle a su amiga, otra vez en inglés, el idioma que estudió para comunicarse con ella. Cincuenta años después, tipeó.

­–Hola, Susanne, ¿cómo estás? Soy Teresa, ¿te acordás de mí?

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