El juego de las lágrimas: cuando el femicidio se vuelve trivia

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Argentina ocupa el tercer lugar en la región –detrás de México y de Brasil- en materia de femicidios. Hace algunos días, en un programa de televisión abierta y en horario central se usó una de esas muertes como entretenimiento.  Después, pidieron disculpas y así hasta la próxima asesinada. Hasta la próxima tómbola. 

“Pooor veinte mil pesos van a mirar los monitores que tienen enfrentados, van a usar las piramidecitas para las respuestas, uno , dos, tres y cuatro, tiene que ver con el informe de hoy y la pregunta dice: ¿En qué playa de Uruguay apareció el cuerpo sin vida de Lola, asesinada en diciembre de 2014? Las opciones son: Punta del Diablo, Barra de Valizas, Piriápolis o Cabo Polonio? Busquen su respuesta, preparados, listos ¡tiempo! ”, propone Leo Montero, conductor de Mejor de noche, un programa de entretenimientos de Canal 9.

Se escucha, en el minuto 0.54 una carcajada tan parecida a la de los reidores de antaño que la reacción es inmediata: detener el video y volver la grabación a cero, para verificar que la risotada esté ahí. Y sí, está. Vuelve a rebotar, impúdica, entre la pantalla y el piso del estudio en el que la noche del martes 5 de enero el femicidio pasó de crimen a respuesta en concurso de televisión, de tragedia a chiste. Si alguien podía lanzar una carcajada así después de haber escuchado el nombre de la adolescente a la que mataron hundiéndole la cabeza en la arena, algo grave acababa de pasar. Las muertas acababan de perder lo último que les habían dejado: sus coronas de espinas, sus mantos negros, el aire trágico. Ya eran juego, respuesta. Nada.

En Argentina no matan a una mujer por día, pero casi: cada 29 horas, un cuerpo más se agrega a esa montaña invisible que recién vimos caminar y llenar las calles el 3 de junio de 2015, cuando el asesinato de Chiara Páez, una nena de 14 años, marcó el límite. Algún límite. Ese día, en el chat de cinco periodistas hartas de ver pasar muertas como si fueran nubes brotó una chispa y tuvo nombre: Ni una menos. Esa tarde, el río de gente arrastró un río de imágenes: chicas, nenas, señoras. Las muertas invisibles salieron de paseo, en andas, y todos verificamos lo que ya sospechábamos. Que eran cientos. Miles. Que la próxima ya estaba en camino.

 

Femicidio en el country y cinismo de clase

 

En 2018 fueron 225. En 2019 fueron 299. En 2020 aun no lo sabemos porque el informe anual del Observatorio de Femicidios Adriana Marisel Zambrano, dependiente de la ONG La casa del encuentro y el primer intento serio de cuantificar el asesinato de mujeres en nuestro país todavía no cerró su documento. Sin embargo, desde el Observatorio Lucía Pérez de violencia patriarcal ya avisan que 2020 dejó un total de 300 muertas entre femicidios, transfemicidios y travesticidios. Marta Montero es la mamá de Lucía Pérez –asesinada en octubre de 2016 en Mar del Plata y por cuyo crimen no hubo condenas, en un fallo tan escandaloso que en 2020 fue anulado por la Cámara de Casación Penal de Buenos Aires- aquí no hubo accidente ni casualidad. “Lo que se busca con estas cosas es normalizar, naturalizar. Que el femicidio de Lola o el de cualquiera se vuelva una pregunta más es casi como decir “Estas son cosas que pasan”. Por eso, cuando me enteré, me puse furiosa. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo pudo ser que nadie haya reaccionado, que nadie –ni de la producción, ni los conductores, nadie- haya visto que eso era una barbaridad? Cuando me pasó lo de Lucía un montón de gente, de mujeres, de chicas, me acompañaron. Y si Lucía fue la hija, la hermana o la amiga de todas, hoy todas las víctimas son como hijas para mí. Por eso fue que esto me indignó tanto”, cuenta por teléfono desde Mar del Plata.

Lucía Pérez. Drogada, violada y asesinada a los 16 años. De los tres imputados originales, ninguno fue acusado por su muerte, uno murió en libertad y los otros dos están presos por vender droga a menores. Ya se ordenó un nuevo juicio y se promueve el jury contra los tres magistrados que dejaron en libertad a los imputados. “Se juzgó a la victima y no a los acusados”, dijo el Tribunal de Casación Penal en 2020.

Tal vez tenga razón. Tal vez sea eso. Como último paso en el proceso de amnesia colectiva, hacer del asunto “un tema más” (algo sobre lo que pueda preguntarse en un programa de entretenimientos en televisión, como se pregunta sobre las guerras mundiales o sobre las capitales de Europa) puede que sea la mejor estrategia. Primero dejamos que las asesinen, después las invitamos a que nos hagan reír y hasta ganar plata. Literal, “el sueño del pibe”. Pero también la pesadilla de las pibas, a juzgar por lo que ha sucedido y sigue sucediendo con los femicidios en nuestro país. Sólo algunos pocos ejemplos: a Paulina Lebbos la mataron en 2006 y hoy, casi 15 años después la causa tiene 126 cuerpos, tres fiscales y ningún culpable. A Anahí Benítez la secuestraron hace cuatro años cuando salió a caminar, la causa tiene ya 30 cuerpos y el hombre cuyo ADN se encontró en el cuerpo de la chica –semienterrada en el bosque de Santa Catalina- hoy está en un neuropsiquiátrico, al tiempo que el hombre en cuya casa habría estado retenida Anahí por días (y quien fuera condenado a prisión perpetua) está pidiendo la anulación del juicio. Otro tanto en el caso de Araceli Fulles, atacada en San Martin el 2 de abril de 2017. Sus restos aparecieron después de semanas, enterrados  bajo una carpeta de cemento, y no la encontró la policía sino la insistencia de Halcón, un ovejero belga de rastreo. Hubo un solo detenido (Darío Badaracco, el dueño de la casa adonde apareció el cadáver) y hoy más de media docena de imputados –entre ellos, uniformados y familiares de uniformados- esperan el juicio en libertad y en perfecto silencio. No es casual: a Badaracco, el único encarcelado, lo mataron en el penal de Sierra Chica obligándolo a tomar agua hirviendo.  Murió a los días.

¡Pero si era  un chiste!

Sin embargo, la mamá de Lucía no estaba sola en su furia. Con el hashtag #NuestrasMuertasNoSonUnChiste, activistas, colectivas feministas y gente preocupada por la matanza de mujeres en nuestro país no sólo repudiaron lo sucedido en el programa sino que fueron aun más allá, pidiendo algún tipo de sanción efectiva contra el programa. Desde la Campaña Nacional “Somos Lucía” se reclamó por la aplicación de la ley 27.499 (Ley Micaela, la norma que obliga a capacitarse en género a todos los funcionarios públicos) también en el caso de los medios de comunicación. Después de todo, así como este año y en plena pandemia hubo conductoras instando a probar suerte con el dióxido de cloro, cada tanto un nuevo conductor o conductora saca a relucir no sólo su profunda misoginia sino el enorme nivel de ignorancia que tienen sobre leyes y fenómenos. Lo que sucedió frente a cámaras durante la emisión del programa Mejor de noche encuadra dentro de lo que se ha tipificado como violencia simbólica. En efecto, según la Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres (ley 26.485, sancionada en 2006 y de aplicación en todo el territorio nacional, uno de sus objetivos es “garantizar las condiciones aptas para prevenir, sancionar y erradicar la discriminación y violencia contra las mujeres en cualquiera de sus manifestaciones y ámbitos”·

Lola Chomnalez fue asesinada  en 2014. Tenía 15 años. Por su crimen no hay culpables pero sí una trivia: la que hicieron en el programa Mejor de noche, de Canal Nueve.

Además, en  el artículo 3 de la ley antes citada se menciona específicamente el derecho de niñas y adolescentes (y eso era Lola) a que se respete su dignidad. Pero no hay dignidad aquí. La televisión de aire en el prime time es uno de esos ámbitos en los que la violencia se disfraza de otra cosa –la violencia sexista siempre se disfraza de otra cosa- y se incorpora al discurso de los medios como un  material más. Quitada la sangre seca, ahogados los gritos y los golpes, cualquier femicidio se desglosa en cuatro opciones (A, B, C y D) y por veinte mil pesos la familia de Lola Chomnalez y quienes nos sentimos conmocionados por su crimen todavía impune volvemos a verla, sólo que ahora surfeando las olas del minuto a minuto. ¿Quién da más?

Algo bastante similar ocurrió hace algunos meses, cuando el banco HSBC tuvo la desgraciada idea de utilizar a las víctimas de violencia de género para promocionar su variado menú de seguros. Por ejemplo: en caso de que un violento además de golpear a su pareja quebrara la pantalla del plasma o hiciera añicos la licuadora, el banco tenía un producto a disposición: “Cobertura en objetos específicos”, se lee en la placa.  Lo mismo si en su arranque criminal el violento la emprendía contra puertas y ventanas: la “cobertura en instalaciones” resolvía la cuestión. ¿Qué es demasiado burdo para ser real? No crean: vean.

El repudio social fue tal que el banco optó por levantar el aviso, pero el comercial todavía puede verse en la Web, ya que muchos medios especializados y periódicos lo utilizaron no sólo para criticarlo sino como ejemplo de lo que se conoce como pink washing o “lavado rosa”, que es como se denomina al mea culpa de empresas e instituciones que –tras décadas de ignorar o minimizar la discriminación y la violencia de género- una mañana se despiertan, recuerdan que estamos en el siglo XXI y se deciden a “hacer algo con mujeres”. Lo utilitario y oportunista de esa “conversión” queda en evidencia en avisos como éste, en donde el supuesto compromiso para luchar contra la violencia machista en realidad es la limousine rosada en la que sacan a pasear sus productos y servicios, como sobrevuelan -tarjeta en mano- los empleados de las funerarias las inmediaciones de las terapias intensivas.

 

Femicidios: la violencia contra las mujeres continúa siendo alarmante en nuestro país

 

Teoría del error

Claro que -cuando ni el pink washing ni la huída por la tangente del supuesto “humor” alcanzan- la escalera de emergencia del error siempre está ahí para ayudarlos a escapar de la casa en llamas. Siempre todo termina ahí: en la esquina de Error y Juventud, o en Error e Inexperiencia, cuando no la intersección de Error y Pandemia, porque a la hora de barrer la culpa a la calle hasta el COVID (y la supuesta falta de personal jerárquico que revise y descarte un juego como éste) viene bien a la hora de explicar lo inadmisible: usar a la muerta nuestra de cada día en un multiple choice y “poooor veinte mil pesos!”

El conductor del programa Mejor de Noche, Leo Montero, salió luego del escándalo a decir exactamente eso: que había sido un “error”, que pedía “disculpas”. Sus excusas fueron levantadas en varios lados y tuvieron también su rebote en las redes sociales.

https://amp.diariopopular.com.ar/espectaculos/leo-montero-pidio-disculpas-la-utilizacion-femicidio-n527932https://amp.diariopopular.com.ar/espectaculos/leo-montero-pidio-disculpas-la-utilizacion-femicidio-n527932?fbclid=IwAR1A4XS0nG5yXYLOissanX0WnYUODc8evmx7yuPmflQKzRUhhvLIScFxV8A

Tambien Kuarzo Entertainment Argentina, la productora detrás de este ciclo y de otros, como Gran Hermano, salió en Twitter a hacer lo propio:

Pero, con todo, la cuestión de fondo sigue sin saldarse: ¿cómo pudieron? ¿Cómo es que una vez más -después del Paro Nacional de Mujeres, después de cada femicidio (uno cada 29 horas en 2020), a cinco años del primer Ni una menos- la violencia patriarcal vuelve a ser material risible, opción en un juego, parte de un entretenimiento? Nunca lo sabremos porque, como suele suceder, todo se resolvió rápido y a puertas cerradas, con el máximo responsable de la producción suspendido por 45 días. Hubo también una disculpa al aire del conductor, en la que destacó lo mal que se habían sentido todos en el programa no por lo que acababan de hacer sino por la reacción del público. En una suerte de mea culpa al aire, centrada -¿cuándo no?- en la conmoción que habrían experimentado los responsables del ciclo.

«Quedó fuera de lugar, estamos arrepentidos, dolidos y tristes, así estuvimos todos el día. Nos dio mucha bronca lo que sucedió”, sostuvo al día siguiente de la funesta trivia. “Fue un error grave de parte nuestra y pedimos miles de disculpas. Visto así, fuera de contexto, es algo que no haremos nunca más porque es innecesario, porque duele, porque queda horrible y porque está mal. Esta situación nos dolió y mucho». Resulta interesante repasar sus palabras: arrepentimiento, tristeza, dolor (lo que supuestamente “siente” el programa o al menos la gente responsable del  mismo) y una repentina toma de conciencia de que “duele, queda horrible y está mal”.  Disculpas públicas, acto de contrición y aquí no ha pasado nada. Como siempre, como en tantas otras partes. En 2017, un candidato abrió una reunión partidaria con la siguiente frase: “Me acaban de sugerir un juego muy entretenido: todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos”. Tras el escándalo en los medios y en las redes sociales, ¿adivinan? Sí, pidió disculpas. Sí, dijo que había sido “un error”. Hoy el autor de la “broma”, Sebastián Piñera, es presidente de Chile. Como los de Dios, también los caminos del machismo son insondables. Pero tranquilos, muchachos, que siempre llevan lejos. Y siempre gratis.

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