El nuevo valor del cuidado: género, familia y trabajo en cuarentena

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Mariana se siente un “comodín”. Ha tomado los roles que hizo falta, sin cuestionarse ni por un segundo por qué: es maestra, es cocinera, es enfermera, es todo y cualquier cosa que sea necesario. Siempre asumió que el trabajo fuera de casa es más importante, hasta que llegó la cuarentena. Las autoras, parte del colectivo Mamá Cultiva, interpelan el sentido común del día a día en cuarentena partir de experiencias íntimas y extremas con chicxs que necesitan cuidados especiales y con mujeres dispuestas a deconstruir los roles impuestos para los géneros. Porque al valor del cuidado hay que reconocerlo, para luego conquistarlo.

Si algo puso en evidencia esta pandemia es que el trabajo en casa es trabajo, y es agotador. Los platos no se lavan solos, tampoco se genera espontáneamente el rollo de papel higiénico en el baño, y la ropa no viaja sola del tender al placard: descubrimientos de la cuarentena.

Al segundo grito de “Ma” me despierto. Son las 8:10 am. Saco las piernas de la cama y me abrigo. Voy a su habitación, lo saludo y le digo que ya vuelvo con el desayuno. Prendo la tele de paso por el comedor. Sirvo el yogur, abro las galletitas y cuando voy al comedor ya está ahí viendo los dibujitos. Pongo la pava mientras agarro el celular y empiezo a leer los mensajes, la mayoría son de trabajo. Con el desayuno listo me voy a la computadora. Tengo 10 minutos. Contesto algunos mails. Maaaa. Se terminó el yogur (fueron 8). Voy, le sirvo, vuelvo corriendo. Sigo con los mails. Suena la alarma de la medicación. Voy y vuelvo, me siento a escribir la nota que dejé sin terminar ayer. Suena el timbre. Es una moto, me trae papeles del trabajo que tengo que firmar. Vuelvo. Se despertó la más grande, quiere desayunar pero es casi la hora de almorzar. Tengo que cocinar algo rápido. Pongo la olla. Los mensajes de trabajo caen uno detrás de otro. Hay mucho que resolver. Aprovecho que algunos mensajes son audios para barrer el living. Contesto mensajes con audios, mientras pongo el lavarropas y miro las plantas. Listo. Ahora que hija mayor se sentó a ver la tele con hijo menor vuelvo a agregar renglones a la nota. “Maaa ¿me traés papel?” Sí. Voy. Ahora sí. Releo lo escrito para retomar, pero me distrae un mail que es urgente. “¡Maaa! Está la comida.” Me debato entre ir a comer o ponerme con la urgencia. Hija adolescente puso la mesa y me mira apoyada en el marco de la puerta: “¿venís, ma?”.  Nos sentamos a comer. Son las 13.40 hs.

Pero, ¿qué es el cuidado?

Mariana se siente un “comodín”: ha tomado los roles que hizo falta, sin cuestionarse ni por un segundo por qué: es maestra, es cocinera, es enfermera, es todo y cualquier cosa que sea necesario. Ahora se replantea por qué nunca delegó alguna/s de esa/s tarea/s y por qué siempre asumió que el trabajo fuera de casa es más importante que el de adentro, si al fin y al cabo sin el de adentro, no habría afuera. Ahora, Mariana se lo está preguntando.

El cuidado es, ante todo, un derecho humano. Así lo establecen diversos tratados, declaraciones y marcos internacionales a los que nuestro país adhiere. En estos términos, los Estados tienen la obligación de poner en marcha políticas públicas que garanticen el bienestar de la población, obligación que alcanza tanto a las personas que requieren de cuidados (niñes, personas con discapacidad o algún impedimento momentáneo de su autonomía y adultes mayores) como a las personas que llevan a cabo las funciones de cuidar. 

En el régimen patriarcal, los Estados resuelven esta cuestión delegando en las mujeres e identidades feminizadas dichas funciones, sin reconocer estas labores. Esto se agrava en países en condiciones económicas vulnerables, donde la gestión pública se retira y achica, para dar lugar a la informalidad y la quita de derechos básicos.

Así, millones de personas se ven condenadas a la injusticia. Los roles de género son taxativos: la crianza feminizada asigna desde muy temprano a las mujeres la carga mental de cuidar de les otres y libera a los varones de la misma. Sin capacitación ni asistencia, desde muy corta edad, somos nosotras las que estamos predestinadas a asegurar la supervivencia de los vulnerables, sin apoyo, contención, ni salario.

Madre hay una sola, por desgracia

Cecilia no se acuerda de cuándo fue la última vez que hizo algo para sí misma. Como madre de un hijo con alto grado de dependencia debido a su discapacidad, sabe que en su vida ya no hay lugar para el ocio. En cuarentena, el nene no va al colegio especial (el momento en que Cecilia aprovechaba para dedicarse a mantener la limpieza y el orden sin tener que ocuparse de las necesidades de Lautaro al mismo tiempo) y todo es muchísimo más difícil: el nene no soporta el encierro, pero al ser grupo de riesgo, no tiene más alternativa que quedarse adentro. Y Cecilia, para no exponerlo, sale lo menos posible. A veces, piensa que se va a volver loca. Y se siente muy sola. 

Hay pocas cosas más hermosas que el nacimiento de un cachorro humano. Es un momento tan cargado de esperanzas, un salto de fe tan enorme que es hasta luminoso. Cada vez que asistimos a esa nueva vida que comienza nos enternece como ninguna otra cosa. Pero si esa vida sufre, la ternura se transforma en desesperación. Esa desesperación es el motor de la búsqueda hacia una mejor salud para el ser que sufre. Esa búsqueda casi siempre se transforma en postergación para la vida del ser que cuida; casi siempre, ese ser es una mujer.

¿Qué pasa cuando el cachorro humano no logra, por cuestiones de salud, ir al jardín, ni a ninguna institución educativa o disciplinaria? ¿Qué pasa si necesita cuidados especiales digamos… para siempre? ¿Quién, en el núcleo familiar se verá en la obligación de postergar su vida, sus proyectos, sus deseos, sus planes? 

¿Y qué ocurre cuando es un ser adulto quien necesita cuidados? Cuando son nuestrxs xadres, parejas, familiares que no tienen quién les cuide ante la llegada de la vejez o la enfermedad, ¿Le pagamos a una cuidadora? ¿Cuánto vale ese cuidado? ¿Y si no tenemos los recursos para pagarle a otra persona? ¿Quién sacrificará su vida en función de sostener la vida de otre?

El tiempo que entregamos

En una reunión virtual de amigas, Sol -encerrada en el baño para que los hijos no la interrumpan- comenta que en esta cuarentena se dio cuenta de que en su casa es una figura pública, porque nunca se preocupó por generar espacios de privacidad para sí misma: está siempre a disposición. Trabaja para sus jefes ocho horas por día de lunes a viernes, pero trabaja para su familia las 24 horas, siete días a la semana. 

El cuidado es tiempo. Tiempo dedicado a las tareas domésticas, a cubrir las necesidades básicas de otro ser humano. Tiempo dedicado a garantizar las condiciones dignas para la vida. El cuidado es esencial e imprescindible, y sin embargo pareciera no tener valor, y cuando lo tiene, el mismo es bajo, precario, en negro. A las que cuidan personas con discapacidad dentro de una familia, personas con cierto grado de dependencia, les resulta imposible sostener otro trabajo, estudiar una carrera, ir a tomar algo con amigas, tomar sol, tener ratos de soledad, momentos de autocuidado. Viven en un encierro impuesto por un sistema que las invisibiliza, que no reconoce desde ningún lugar su labor. Que cada tanto, las aplaude y las moraliza, las idealiza y las coloca en un lugar santificado, muy parecido a aplaudir al personal de salud, que mientras tanto debe pelear por sueldos justos y condiciones laborales dignas.

Las cuidadoras no somos “luchonas” ni heroínas, no somos personas admirables por nuestra abnegación. No es un lugar romántico y para la abrumadora mayoría, no es una elección. Es no tener derecho a desarrollar nuestras capacidades personales, ni al ocio, es depender económicamente de “ayudas” para siempre. Las personas que cuidamos, cuidamos en soledad: somos menos ciudadanas porque no producimos capital. Sostenemos vidas y la sostenibilidad de la vida, pese a ser ni más ni menos que la sostenibilidad del sistema capitalista, no es rentable ni cotiza en bolsa.

Salir 

Ana cuenta cómo es su viudez: es la que piensa qué van a comer, la que hace las compras, la que lava los productos que compra, los guarda, la que hace la comida, la sirve, la que levanta la mesa y lava los platos, los trastos, y al terminar se sienta con la hija a hacer los deberes que mandan del colegio. La cuarentena le sirvió para tomar una decisión: en cuanto termine, va a contratar a una niñera para poder terminar una carrera que abandonó hace años, cuando tuvo que cuidar de su marido. Necesita retomar su desarrollo profesional.

El COVID-19 es un resaltador de las tareas de cuidado y de quiénes las ejercen, por mandato social. Como apunta Corina Rodríguez Enríquez, economista feminista, la pandemia familiarizó los cuidados, despolitizándolos, al encerrarnos entre cuatro paredes donde es lo privado lo que prima. Tras puertas cerradas, las políticas públicas se alejan, no llegan, no alcanzan. Las mujeres que cumplen una doble jornada laboral, ahora ven sus horas fusionadas en un continuo temporal que unifica más que nunca los roles e intensifica la carga mental. Si cuidar es trabajo, las que trabajan fuera de casa ya no trabajan el doble: trabajan al cuadrado.

Desde Mamá Cultiva Argentina entendimos hace ya un tiempo que, si lo personal es político, también lo es el cuidado. Por ello seguimos tejiendo redes que nos permiten transformar el reconocimiento del cuidado en un reclamo que se haga escuchar. Tenemos las herramientas: las aprendemos sobre la marcha, entramando estrategias, con una ventaja impensada: quienes cuidamos, en especial quienes cuidamos a personas con discapacidad, no somos ajenas al encierro, y desde ese encierro, podemos y debemos (se lo debemos a las que vengan después) construir una salida que sea mejor, una salida que sea feminista. 

Nos acompañamos, y acompañamos a las mujeres que se acercan a nosotras, porque hay otras maneras de abrazar que no necesitan corporalidad. Lo hacemos poniendo en palabras el cuidado, permitiéndonos el espacio para cansarnos, enojarnos sin culpa, cultivar juntas la planta que nos trae una autonomía que muchas veces ni imaginamos y nos permite construir, desde esta pandemia que nos atraviesa, una salida distinta, la salida a una sociedad que ya no nos oculte más, porque somos quienes llevamos adelante una tarea vital, que se merece el reconocimiento real y concreto de leyes, sueldo y organización colectiva, sin aplausos.


Las autoras son integrantes de Mamá Cultiva Argentina

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