Eli Villanueva, la multicampeona de Boca: ayer goleadora, hoy utilera

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Romperla en la cancha y luego asistir a la nueva generación es lo que hace a María Elizabeth Villanueva una grande. Fue gloria del equipo cuando el fútbol femenino era invisible para las mayorías y hoy es utilera del equipo campeón femenino: 21 años en el club como futbolista, 17 trofeos con 15 campeonatos invictos. Se crió en los potreros de Zárate jugando en equipo con sus hermanas y cosechando fruta. Una convocatoria de Boca escuchada en una radio de campo por su mamá le cambió la vida. 

Foto @BocaFutFemenino- Lucila Guede

Foto @EliVillanueva

La construcción de un equipo campeón incluye detalles que a veces no aparecen en la foto. María Elizabeth Villanueva no se lleva los flashes, pero ahí está, ahora vestida de utilera, pero con el alma de delantera. Supo ser goleadora y levantar copas como la que alza hoy, también con los mismos colores: 21 años en Boca como futbolista y 17 trofeos -15 campeonatos invictos-. Por eso esa cara de felicidad, pero también por el objetivo conseguido. Después de ocho años, Boca volvió a dar la vuelta olímpica porque consolidó un colectivo que se impuso en lo táctico y lo físico, pero que construyó grupo e identidad. El aporte de Villanueva, ahora corriendo afuera de la cancha, estuvo ahí: el ADN azul y oro de una campeona que los manuales del fútbol no conocen.

Dice Eli que Norma Farías, su mamá, algo debe haber hecho desde el cielo. Fue quien la hizo fanática de Boca. Norma fue también una fabricante de futbolistas: tuvo nueve hijes -ocho mujeres y un varón- y todas fueron jugadoras. Así empezó esta 7 brava que ahora atiende a las jugadoras en el vestuario, asiste en los ejercicios en el campo y alienta a cada una de Las Gladiadoras.

En los potreros de Zárate, donde nació, el equipo de las Villanueva era imbatible. “Kuki, mi hermana mayor era defensora. Zuli era arquera. Adriana también era defensora -enumera Eli-. Ella te daba hacha y tiza. Pasaba la pelota pero la jugadora no, no sabés la fuerza que tenía. De hecho sacaba laterales con la mano y llegaba al área. Alejandra jugaba de 10, le decían Maradona. Era una de las mejores, la rompía. Verónica era mediocampista y era rápida. Marcela, mi melliza, era defensora. Zurda, jugaba de central. Sabrina, la más chica, era 4 o 6. Y bueno, yo siempre delantera. Fui la que tuve la suerte de ir a Boca”.

Antes de la prueba en el club donde ahora trabaja como utilera de Primera y Reserva, la familia se mudó a Baradero. Villanueva, ya delantera de 11 corazones, como se llamaba el equipo que dirigía el suegro de su hermana mayor, tenía 9 años. Su papá, Juan, era boxeador y trabajaba como albañil. Siempre estuvo en contra de que sus hijas jugaran al fútbol. Norma, su mamá, se separó y se fue con sus hijas más chicas a Baradero. Ocupaba la vereda opuesta: siempre las alentó a jugar.


“No sabés lo que éramos -cuenta con emoción-. No nos podían parar. Primero jugábamos en cancha de 5, de 7, después de 9, de 11. Mi mamá nos llevaba a todos lados. Hacía campeonatos por el lechón o por trofeo y no nos podían ganar. Jugábamos a dos toques. Se hacían lindos los partidos. Hicimos partidos en Entre Ríos, en San Pedro, en Baradero mismo. Ahí trabajamos en el campo, juntábamos fruta para un patrón que las vendía. Y hacíamos de caseras en distintas casas. Hasta que un día mi mamá escuchó en la radio que estaban probando jugadoras en Boca y le dijo a mi primo que nos lleve. Ahí arrancó todo”.

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Esta historia se le vino a Villanueva otra vez a la memoria cuando Boca le ganó la final a River y festejó el primer torneo de la Era semiprofesional. Clarisa Huber, que abrió la cuenta ese día, la fue a abrazar al final del partido. “Esto es por vos también, Eli -le dijo-. Por todo lo que sufrimos y pasamos para estar acá”.

Huber destaca que hoy Boca está donde está por lo que es y por su historia: “Muchas les dieron al club muchas alegrías y no fueron reconocidas o no tuvieron el mismo marco de difusión. Son un poco invisibles, pero nosotras las conocemos. Fueron nuestras formadoras. Por eso le dije a Eli: disfrutalo como si lo hubieras jugado”.

Habían compartido cancha. También con Fabiana Vallejos y Andrea Ojeda. En Boca y en la Selección. “Soy de Boca desde la cuna. Esto es todo para mí. Es como un abrazo de mi mamá, como dijo Maradona”, dice Villanueva.

En 1991, después de aquel aviso en la radio, viajó a la prueba con Verónica y Marcela, dos de sus hermanas. El club iniciaba su participación en el torneo femenino que AFA comenzó a organizar ese año. Quedaron las tres, pero la situación económica familiar no permitía que todas pudieran viajar a entrenarse tres veces por semana. Eli tenía 15 años. Su mamá eligió que fuera ella la que siguiera.

“Yo era la más entusiasmada. Salía a entrenar por mi cuenta, corría, lustraba mis botines. Mis hermanas eran un poquito más vagas para eso. Y bueno, no nos alcanzaba la plata. Mi mamá vendía juguetes y pastelitos para juntar algo y que yo pudiera venir a Buenos Aires”, recuerda.

Hoy vive en La Boca, a seis cuadras de la cancha. Por entonces y durante años se subía al tren en Baradero, bajaba en Zárate, desde ahí iba a Villa Ballester; después a Retiro y desde Retiro hasta La Boca o La Candela, el predio donde Boca entrenaba. Dice que la cuidaba la gente del tren y los vendedores que ya la conocían.

Rosana Gómez fue su compañera en Boca y en la Selección. Hoy trabaja para Conmebol y recuerda que Villanueva fue su espejo: “En los ‘90 había un canal, Siempre Mujer, que pasaba el fútbol femenino. Yo la veía jugar y quería ser como ella. Era una delantera rápida, desequilibrante. A mí me marcó el camino, tenemos una historia parecida. Me vine desde Rosario a Buenos Aires y tuve la suerte de conocerla y jugar con ella”.

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Villanueva jugó en el primer partido de un equipo nacional bajo el ala de la AFA, contra Chile, en 1993. Estuvo en el Mundial 2003, el primero en el que compitió una Selección bajo la organización de la FIFA, y fue parte de una generación de jugadoras que fueron invisibilizadas. En 2006, en efecto, se consagraron campeonas del Sudamericano que se disputó en Mar del Plata. Le ganaron la definición a Brasil en un estadio José María Minella que apenas tuvo poco más de 100 personas en las tribunas. Era la época en la que tampoco se contaban los goles. Eli, que además logró un tercer puesto en la Copa Libertadores, tiene más de cien con la camiseta de Boca, dice y se ríe, pero no sabe con certeza cuántos: “Se hacían muchos goles en mi época”.

Hoy, caminando por el club, se cruza con ex futbolistas varones considerados ídolos. Le dicen: “Así que vos sos la que jugaba acá”.
-¿Es chocante que a ellos los reconozcan y a vos no?

-Qué se yo. Yo hice todo lo que hice porque lo sentía, porque me gustaba. Lo hice sin darme cuenta.

-¿Hoy te piden autógrafos?

-Sí, y es lindo. Hace poco fui a una actividad a beneficio y fue impresionante darle una alegría a la gente. Me quedé a sacarme todas las fotos que me pedían. Acá por ahí no me conocen, pero en Zárate y en Baradero, sí. Ahora sale a la luz el fútbol femenino y eso está bueno.

-¿Pensaste que ibas a ver alguna vez este reconocimiento? Que las y los hinchas las sigan, que el fútbol sea semi profesional…

-Nunca. Yo venía a Boca por un sándwich, por el amor a la camiseta, después por un viático. Pero venía porque me gustaba jugar al fútbol. Ahora aspiramos a que le den la bolilla como a los hombres. Estaría bueno que todas las chicas puedan tomarlo como un trabajo.

Villanueva nombra a dos compañeras que la ayudaron mucho: Sandra Borjas y Laura Godoy. Cuenta orgullosa que se dio el lujo de dar la vuelta olímpica de 1992 en la Bombonera, donde jugó algunos partidos, y que pudo jugar en el club con Sabrina, su hermana más chica, que disputó algunos partidos en Primera.

Y menciona a la Camada 333: “Es el nombre que le pusimos a la generación que integramos con todas esas jugadoras. Son muchas, las voy a nombrar y me voy a olvidar. Marisa Jerez, Romina Ferro, Vanina Correa, Eva González, Mariela Ricotti, Valeria Cotelo, Natalia Gatti y tantas otras. Eramos amigas y hacíamos todo juntas: desde tomar chocolatada hasta salir a bailar. Y jugar a la quiniela, de ahí viene el número”.

La bandera Camada 333 estuvo colgada en la final, Villanueva la tiene en su casa. Rosana Gómez trabajaba por entonces en una casa de juego, a algunas les gustaba el número y le jugaban. A veces, ganaban. La Camada 333, dice, es parte de la identidad boquense.

-¿Les hablás de la historia a las jugadoras de ahora, les das consejos?

-Algunas me piden consejos. Hablamos mucho con Fabi (Vallejos), Clari (Huber) y Andreíta (Ojeda). A ellas las vi crecer en el club, conmigo. El fútbol cambió mucho en lo táctico, en lo físico. Pero yo les hablo.

-¿Qué aportaste para este campeonato desde tu lugar?

-Y, por ejemplo a Andreíta la veía jugar más atrasada en la cancha. Le comenté a Christian (Meloni, el DT), que ella es goleadora. Hacía goles conmigo. Tiene el arco en la cabeza. Además es compañera, no es egoísta, da pases, siempre busca que gane el equipo. Y bueno, jugó más de frente al arco también.

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-Carolina Troncoso es la que juega en el que era tu puesto.

-Sí, hablo mucho con Fanny (Rodríguez), con Quiño (Florencia Quiñonez). Con Caro también, porque juega de 7 como yo. Siempre le digo que meta la diagonal. Y fijate que contra River no hizo goles Caro, pero fue una de las figuras. Metió muchas diagonales. Siempre observo a las delanteras porque soy delantera. Ganamos muy bien este torneo y me parece que lo importante fue el grupo. Hay un grupo unido y eso es así, funciona. Como nosotras con la 333.

-Festejaste mucho este título, como si hubieras jugado.

-Sí, y me saqué una foto con Fabi, Clari y Andreíta. Me encantó estar con ellas. Sabemos lo que sufrimos con el fútbol femenino, así que el hecho de que ahora se dé para nosotras es un re orgullo. A mí me llamaron del club cuando estaba trabajando para una empresa de alimentos naturales. Me ofrecieron venir a trabajar de esto y me puse a llorar de la emoción. Me faltaba el primer título como profesional y lo tuve también. Seguro mi mamá está contenta desde el cielo. Ella también eligió esto para mí.

En una página partidaria alguien sube una foto en la que se la ve vestida con la ropa del club, con gorro y un paraguas, a puro festejo. Norma Farías, la que la alentó a cumplir sueños, aparece tatuada en su muñeca izquierda.

Villanueva celebra y casi nadie sabe que es una ídola del club.

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Ayelén Pujol

Ayelén Pujol

Ayelén Pujol es periodista deportiva y escribe para distintos medios: Nuestras Voces, La Nación, Página 12 y RED/ACCIÓN. Además es columnista de deportes en Radio Provincia y comenta los partidos de Boca y River en Radio Del Plata. Publicó dos libros sobre fútbol femenino, su especialidad: ¡Qué Jugadora! y Barriletas Cósmicas, ambos sobre la historia de las mujeres futbolistas. Hubiera querido ser jugadora y por eso despunta el vicio en el Norita Fútbol Club. A veces, hace goles.

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