Federici: “La lucha de las mujeres ya cambió el mundo”

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La feminista italiana Silvia Fedirici está presentado en Argentina su último libro El patriarcado del salario: críticas feministas al marxismo. Su recorrido por Buenos Aires incluyó el encuentro con organizaciones en la villa 21-24 de Barracas, la participación en una asamblea de Ni Una Menos, una reunión con la intersindical feminista y una conferencia callejera en el barrio de Flores: “El objetivo del feminismo no es sólo cambiar la situación de las mujeres sino cambiar la sociedad”, dijo Federici esa tarde, rodeada por más de 600 personas. Crónica de una charla sobre la insurrección feminista en marcha.

Fotos: Joaquín Salguero

¿Qué significa estar creando otro mundo?, es la consigna que guía el encuentro en Flores con la escritora y militante feminista italiana Silvia Fedirici que está en Argentina presentando su último libro El patriarcado del Salario (Tinta Limón Ediciones). Una pregunta enorme, que tanto Silvia como Raquel Gutiérrez Aguilar –la filósofa mexicana que la acompaña esa tarde–, intentarán desarmar en una charla callejera que dura más de dos horas.

Son las seis de la tarde, el sol empieza a bajar, y ellas están sentadas junto a la escritora y militante Verónica Gago en un escenario que la Fundación Rosa Luxemburgo y la editorial Tinta Limón improvisaron en una esquina del barrio porteño de Flores.

“Vengo aquí a hablar de cómo cambiar el mundo”, empieza Federici, autora también de Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, libro que le otorgó reconocimiento internacional. Sus palabras son pausadas, meditadas, precisas. “El feminismo, la lucha de las mujeres, ya ha cambiado el mundo de muchas formas. Todavía no es suficiente, pero el movimiento feminista se puso como objetivo no sólo cambiar la situación de las mujeres sino cambiar la sociedad. A pesar de tener tantas visiones políticas diferentes hay una aspiración común. Es una tarea que aún no hemos cumplido, está todavía en proceso. Pero creo que mucho se ha contribuido”, asegura.

Federici nació en Italia en los 40’ pero veinte años después se mudó a Estados Unidos, donde reside actualmente. Fue parte del movimiento negro de los 60’, fundó la Red Internacional por el Salario Doméstico, y vivió y enseñó en Nigeria durante los 80’, mientras el país llevaba adelante un ajuste estructural. Integró el movimiento estudiantil y repudió la guerra de Vietnam. Militó por los derechos civiles, por el Poder Negro (Black Power) y por las mujeres que deseaban una subvención estatal por cuidar a sus niños. Silvia es la creadora de aquella frase que logró resumir siglos de sometimiento: “Eso que llaman amor, es trabajo no pago”. A eso se dedica: crea el vocabulario que permite expresar lo que el capitalismo hace de las mujeres, quiere verbalizarlo, visibilizarlo y darle batalla.

Sentada en la esquina de Morón y Artigas, en el barrio de Flores Federici dice: “Hemos ampliado la concepción del feminismo, el movimiento feminista ha empezado toda una crítica de la concepción tradicional socialista marxista porque nos hemos dado cuenta, a partir de nuestra experiencia personal, nuestra experiencia colectiva, la historia de nuestras madres, de nuestras abuelas, de que los problemas que nosotras enfrentamos en nuestra vida no estaban reconocidos en la óptica de los movimientos de la izquierda tradicional”.

La visión de Federici es económica, es política y es social. Su perspectiva es feminista pero sus áreas de estudio exceden esa única categoría. Discute con Marx, acorrala a Foucault y destroza al sistema capitalista: “Estos movimientos han dado a la comprensión de la sociedad capitalista y, mirando cuál ha sido la falta de esta perspectiva, hemos visto por ejemplo, que el enfoque exclusivo sobre la producción industrial –el proletariado industrial como sujeto revolucionario– ha dejado fuera de la concepción del cambio social, toda un área de vida, toda un área de trabajo de explotación, que era nuestra vida, era la vida de las mujeres, en todas sus diversidades, en tantas partes del mundo. Así hemos empezado un proceso de deconstrucción, partiendo del reconocimiento de que las actividades en las cuales las mujeres han sido tradicionalmente empleadas como la reproducción de la vida, el trabajo doméstico, el trabajo sexual, que siempre ha sido despreciada, desvalorizada, invisibilizada, en verdad son el fundamento de la producción de la sociedad capitalista, el fundamento de la vida social. Son incluso las actividades más importantes porque no solamente reproducen nuestra vida, cada día, cada generación, sino porque reproducen la capacidad de la clase capitalista de reproducirse. Produce la mercancía más importante que hay en esta sociedad, que son las trabajadoras, los trabajadores, la fuerza de trabajo, la capacidad de trabajar”.

Unidad de las trabajadoras

Lo que Federici recuerda en reiteradas oportunidades es que la sociedad capitalista empieza en la cocina, en la cama, en el cuarto, en las relaciones familiares y sexuales y no, como expone la tradición socialista marxista, en la fábrica. “Nosotras hemos ampliado el horizonte. Esto ha sido un cambio de óptica, un cambio de pensar qué es la política: lo hemos desmitificado. La política no es solamente el gobierno o los partidos. La política se vive cada día en las relaciones de poder que estructuran nuestra vida familiar. Las relaciones de poder que han sido construidas para disciplinarnos, para invisibilizarnos, para entregar a los hombres el control sobre nuestra vida. Así el capitalismo no debe enfrentarse a las mujeres directamente porque puede disciplinarnos a través de los hombres. Y esto es una forma de control muy eficaz, porque cuando nosotras personalmente pedimos, ¿quién es el enemigo? Los más directos son los hombres que todavía se asumen muchísimas veces en la tarea de disciplinarnos, de asegurarse que nosotras vamos a cumplir con los trabajos a los cuales la sociedad capitalista nos ha destinado”.

Las palabras de Silvia resuenan en toda la manzana. Los vecinos se acercan, salen de sus casas y la escuchan. Están acostumbrados al movimiento. En aquella misma cuadra, durante los fines de semana, la escuela de oficios CFP N° 24 –organizadora del evento junto a la editorial Tinta Limón, la Fundación Rosa Luxemburgo, la Cazona de Flores, entre otras– realiza milongas, encuentros artísticos, proyecciones de películas y una feria de artesanías donde se comercializan las creaciones de los alumnos. Algunas personas recorren la feria con libros y puestos de comida. Sin embargo, mientras Silvia piensa en voz alta la mayoría está inmóvil frente al escenario. El público se debate constantemente entre aplaudir y seguir escuchando. Cada frase pronunciada parece verbalizar el sentir de los y las presentes.

La mexicana Raquel Gutiérrez Aguilar, que está sentada a su lado, asegura que sus palabras nos permiten también pensar “que eso que llaman capital, es simplemente nuestra vida vuelta en nuestra contra”. Y se pregunta: “¿Qué nuevas cosas podremos decir a partir de entender con claridad  esta articulación brutal, esta articulación añeja, multisecular, entre un patriarcado específicamente moderno que se tejió con el asalariamiento y el nuevo proceso de recolonización del capitalismo financiero, es decir, del capitalismo en su forma más abstracta, pero también en su forma mas brutal?”.

Federici retoma: “Muchas veces he usado a Marx y todavía pienso que Marx es importante, es uno de los pensadores que nos ha dado más herramientas para comprender el capitalismo, la lógica de la sociedad capitalista, basada en presente y de todos los cambios que se han dado en el desarrollo capitalista. Uso a Marx pero no me defino como marxista porque hay muchas cosas sobre las cuales yo no estoy de acuerdo con Marx y no es solamente porque Marx no ha visto el trabajo de reproducción, que ya es una cosa inmensa. Marx también tiene una estimación de la importancia de la gran industria, de la industria a gran escala en el proceso de desarrollo y en la construcción de la nueva sociedad no capitalista. Marx presume que el capitalismo fue un mal necesario. Un mal, porque es un sistema violento, un sistema que se funda sobre todo en la primera parte de su vida. Aquí Marx se equivocó también, porque el capitalismo no es violento solo al principio de su desarrollo sino en cualquier fase de su desarrollo, como podemos ver hoy muy bien”.

Silvia respira. La gente la aplaude. Los que están cerca la abrazan. Sus palabras no son solo teoría, hay fuerza, hay potencia, hay pura realidad: “Ya hemos cambiado mucho. Tenemos una nueva óptica de qué significa transformar la sociedad. De qué significa cambiar el mundo en una forma más justa, no fundada sobre la explotación del trabajo. Hemos empezado a ver que hay una continuidad muy grande entre la lucha que se dice la lucha de la mujer, la lucha del campesinado, de las mujeres en áreas rurales, que el trabajo del hogar empieza con el cultivo que le da no solamente control y sustento sino también toda una relación diferente con la tierra, con las aguas, con los bosques. Yo creo que este ha sido y sigue siendo un momento muy importante. Creo que estos enfoques del movimiento de las mujeres, esa expresión de la lucha que las mujeres hacen cada día, nos muestran, nos explican por qué hoy la mujer es protagonista”.

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