Historias de la clandestinidad del aborto

Compartir

El proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo no se aprobó en Senadores y, por ahora, miles de mujeres seguirán abortando en la clandestinidad. Muchas incluso no podrán tomar la decisión de hacerlo por falta de información, por no tener los recursos, por miedo o por soledad. Historias de chicas que quisieron abortar pero la culpa de lo prohibido, el estigma de sentirse criminales y el riesgo de morir en el intento, no las dejó elegir. 

Fotos: Joaquín Salguero

A principio de marzo del año pasado, Fiorella fue a hacer la fila al hospital para retirar el blister gratuito de pastillas anticonceptivas. Llegó a eso de las 3 de la mañana, sacó número, y se sentó contra una columna a esperar que se hicieran las 7 y alguna enfermera comenzara a hacer las entregas.

Esa madrugada habían alrededor de 100 chicas. “Siempre a principio de año son más”, me comenta Fiorella. Pensó que quizás no la llamarían antes de las 8, hora a la que se tenía que ir a trabajar, o que quizás no alcanzarían los blisters para todas. Pero el cuidado del cuerpo no podía ocupar más de 10 minutos en la cabeza de Fiorella, que no paraba de preguntarse cómo llenar los platos de la cena de esa noche para ella y su compañero.

No la llamaron antes de las 8. En la parada del 46 pensó cómo le pediría un adelanto a su jefa. Un mes después, supo que estaba embarazada.

Guadalupe trabajaba, estudiaba y salía con dos chicos. Desde la primaria se proyectó como madre, pero cuando se coloreó la segunda raya rosa en el evatest sus ideas y posibilidades se vieron bombardeadas por las opiniones escupidas desde la comodidad ajena. En las 24 horas siguientes a enterarse que estaba embarazada, uno de los chicos con los que salía le dijo que tenía que abortar, su padre que se tenía que callar y la ginecóloga que “vos sos la única que lo puede cuidar”.

La culpa invade y llama al silencio: es un monstruo que aprendió a tomar la forma que mejor se amolde a la fragilidad interior. Dentro de la cabeza de Guadalupe la sociedad le gritaba que era una puta por dudar la maternidad, y ella se perdía en google intentando ver en qué momento aparece la sensibilidad en el embrión.

La maternidad será elegida o no será

En Fiorella se dibujaron los mil acantilados de la supervivencia cotidiana que pujaban con todo eso que tenés que ser, que imaginaste ser, y que te dejan, a veces, ser.

El secreto configura emociones, inventa escenas. Luca y Ayelén se escondieron, solos. Sin jamás haber barajado la posibilidad de abortar, él porque deseaba la paternidad, y ella porque nunca había pensado en la sexualidad, de pronto dos chicos de 20 años intercambiaban mails con alguien que les decía que “son 7 pastillas, una por la boca y 6 por la vagina”.

La clandestinidad no solo peligra nuestra salud, sino que nos sirve en bandeja todas las opciones para sentir culpa; lo que hacemos es oscuro y está prohibido. Frente a la primer duda que cuestiona la certeza imponente del embarazo, la reacción se basa en esa realidad biopolítica que dice que “algo hiciste mal, por eso, callate”.

Internet le juró a Guadalupe que no era vida, Luca sabía que la depresión de Ayelén era razón suficiente para interrumpir el embarazo. Pero cuando la primera quedó sola en la clínica, buscó una ventana para huir; y la segunda no pudo seguir con el procedimiento después de tomar la pastilla via oral.

“Llegué pensando que tenía un bebé en mi panza, y me fui sintiéndome asesina”, cruje Guadalupe. “Ayelén me llamó porque no podía introducirse las pastillas en la vagina. Se estaba desangrando. No solo te sentís en algún punto asesino, sino que pensé que ahora iba a matarla a ella”.

200 niñas violadas y obligadas a parir

Abandonados y fragmentados. Mentir, mentirnos, nos dicen que fracasamos. Por eso duele más. Porque esa decisión que elegimos tomar se convierte en un ancla que nos hunde.

Luca y Guadalupe hoy cuestionan la desinformación, la soledad, y el aislamiento.  “Yo creo que la única manera de tomar una decisión desde la conciencia, es si creciste informada”, afirma ella.

Fiorella mira a su hija enamorada y le da besos diciéndole despacito que la ama. El pañuelo verde ata las tiras del bolso donde guarda pañales, mamadera y muda de ropa de bebé.

“Ahora mi hija es vida, ahora que ya la conozco y la amo hace meses”. En ese momento, ella no pudo imaginar ese amor, porque no existía, porque no lo deseaba.  Lo que sí supo, es todo lo demás: que ya no duerme, que se peleó con su familia, que tiene que trabajar más y que no puede ir al colegio. “De eso sí me di cuenta, porque a mí sí me conozco, yo sí estaba viva. Mi hija no existía cuando quedé embarazada, solo existe porque la tuve.”

El miércoles los senadores podrían haber hecho que Fiorella no esté sola, que esté acompañada por el Estado. El miércoles, los senadores decidieron que más chicos como Luca y Ayelén se sientan obligados a callar. El miércoles, los senadores le gritaron criminal a todas las que pasaron por la misma camilla que Guadalupe.

Hoy, las pibas socorren a otras como Ayelén, le consiguen las pastillas a todas las Fiorellas y abrazan a cada Guadalupe. Hoy las pibas son las que dicen “estás haciendo todo bien, por eso, hablá”. La marea es una red que cubre los agujeros cínicos y prehistóricos que la burocracia no representativa sigue cavando en el sistema de salud. Hoy no solo debatimos cómo llegar al hospital, sino que construimos un colchón para amortiguar las decisiones: estamos liberando las conciencias, al paso que conquistamos nuestros cuerpos.

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones