La maternidad será elegida o no será

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La  afirmación “ser madre es una elección” trasciende la decisión de abortar o no. Abarca también el deseo de buscar un embarazo contra los cánones establecidos. María Elvira Woinilowicz había pasado la barrera de los 40 y estaba soltera cuando decidió ser madre. En el día en que los Senadores van a votar la interrupción del embarazo voluntario, la historia de una mujer que tuvo el coraje de ser madre soltera y que está a favor del aborto.

Cuando las mujeres decimos que ser madre es una decisión no es una metáfora. Cuando las mujeres decimos que tenemos que decidir sobre nuestros propios cuerpos, no es tan solo una declamación. Cuando las mujeres decimos que queremos aborto Legal, Seguro y Gratuito es porque no hay manera de sostener que un embarazo no deseado—por infinidad de razones—tiene que llevarse adelante.

Hoy, miércoles 8 de agosto los senadores nacionales votarán si quieren que el aborto siga siendo legal o clandestino. El poroteo viene muy ajustado. Hay tres escenarios posibles. Que se apruebe sin modificaciones; que no se apruebe y que se apruebe con modificaciones lo cual implica que el proyecto deberá volverá a Diputados para que sea aprobado definitivamente. La fecha que se estima para esa tercer sesión podría ser el 23 de agosto.

Pero como en Diputados, el escenario es incierto y todo puede pasar. Las maniobras esgrimidas por los senadores incluyen un hermetismo inusitado, prohibiendo la entrada a la prensa y a los diputados al recinto. Por eso será clave la masividad de las calles.

En estos meses de debate hubo cientos de exposiciones memorables y otras para el olvido o el escrache. Hubo una que se hizo viral, la del biólogo Alberto Kornblihtt en Diputados, que explicó por qué el embrión no es un ser humano. Lo explicó con los conceptos de la “epi-genética”: la disciplina que explica aquellos cambios que ocurren en la expresión de los genes pero no en su información genética.

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Dijo: “La unión del espermatozoide con el óvulo para formar el cigoto es condición necesaria pero no suficiente para generar un ser humano. Es necesaria otra información provista por la madre a través de la placenta. Los humanos somos mamíferos placentarios. El desarrollo solo puede completarse dentro del útero”.

Lo que Kornblihtt explicó, en definitiva, es que el feto no puede prescindir de su madre y que por lo tanto, sin ella no sobrevive.

Del otro lado de la computadora una mujer de 45 años, escucha a Kornblihtt. María Elvira Woinilowicz lo escucha atentamente y reafirma muchas cosas. Lo que está contando el biólogo es su propia historia. Y no porque ella se haya realizado un aborto. Por el contrario, hace tres años decidió comenzar un tratamiento para ser madre. Y es la epi-genética la que le dio esa posibilidad. Ella podía quedar embarazada, pero ya había entrado a la cuarta década de vida y no tenía pareja. Cuando María Elvira escucha al biólogo y ve a su hija Helena de un año y medio reafirma que el aborto debe ser legal, porque su decisión de “maternar” fue desde el principio eso: una decisión.

María Elvira es heterosexual y siempre creció suponiendo que formaría una familia. No se imaginaba otra cosa para su vida personal. Pero los vaivenes la encontraron a los 40 años sola, sin pareja, algo que en los cánones de la sociedad patriarcal la colocarían en un lugar temerario. Como en las películas, los carteles de neón imaginarios con la frase “estás sola y no vas a poder ser madre nunca más porque ya tenés 43 y tu reloj biológico empieza a correr” se volvieron pesadillas. Su ginecóloga la interpeló: “¿Querés que hagamos un perfil hormonal?”. Los resultados no fueron los esperados y efectivamente, si María Elvira quería ser mamá tenía que apurarse.

En ese momento infinidades de preguntas rondaron por su cabeza: ¿Quería ser madre? ¿Hasta qué punto era un deseo? ¿hasta dónde ella misma no estaba inmersa en ese mandato socio-cultural en el que debía que ser madre? A la primera conclusión a la que llegó fue: no quiero no ser madre. Pero sabía que ese primer axioma en su caso no era tan simple. No iba a pasar naturalmente, estaba sola. Si quería ser madre lo tenía que salir a buscar.

Ahí empieza la otra historia.

María Elvira empezó a hacer consultas a especialistas motivada por la Ley de Fertilización Asistida, una legislación fundamental que les permite a las mujeres que no pueden quedar embarazadas poder realizar hasta tres intentos de tratamientos —que suelen ser extremadamente costosos— cubiertos por la obra social o el Estado.

Pero a ella se le sumaba una condición extra: tenía que recurrir a un banco de espermas, otra odisea que también es repulsiva para las madres “solas”. Los infinitos formularios a completar también responden a una lógica binaria y heterosexual.

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El primer intento de Fertilización In Vitro—el proceso de fecundación se realiza en el laboratorio—con sus óvulos no dio buen resultado. María Elvira se tomó casi un año para realizar el segundo intento. En el medio volvían los miedos, las dudas. Seguir cuestionándose si era lo que quería. Contarlo la ayudaba, porque si bien el tema de la maternidad siempre roza lo “íntimo”, en el caso de ella le servía para seguir en ese camino. No faltaban los que le decían que era una “locura”, que ser madre era algo de a dos, que sola no iba a poder. Parecía que la única condición para ser madre era estar con una pareja y heterosexual en lo posible. La aparición del nieto de Estela de Carlotto volvió a generarle un mar de dudas. ¿Cuál sería la identidad de su hija? ¿Acaso no saber quiénes fueron los que aportaron sus genes no la iban a definir?

El segundo intento volvió a fallar. Para el tercero y último barajó otra posibilidad. Que los óvulos tampoco fueran los de ella, porque había más chances con otros.

Pero esto traía otra serie de preguntas, porque en definitiva, su hija, no sólo llevaría los genes de un varón desconocido sino que también lo llevaría de otra mujer. Su hija no tendría ninguna carga genética de ella. “¿El aporte genético te convierte en padre o madre?”, se preguntaba. “¿Llevarla en su panza la convertiría en madre?”

Las preguntas seguían rondando cuando de la obra social le avisaron que estaba aprobada para la “ovo-donación”. Ya estaba metida en el baile y avanzó.

Aún se acuerda cuando el 2 de mayo del 2016 recibió el llamado de su ginecóloga. Del otro lado del teléfono, escuchó:

—María Elvira: estás embarazada.

Y ahí el medio se convirtió en felicidad, y en más miedo y en más felicidad. Ahora venía un embarazo sola, un parto sola y una crianza sola. Pero se dio cuenta que esa soledad no era tal. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los vecinos, se volverían una pieza fundamental en su vida.

Helena llegó al mundo hace un año y la convirtió en madre. María Elvira no se siente una heroína ni una superpoderosa. No espera que la feliciten por haber decidido ser madre soltera. Entendió que no hace falta tener una pareja estable y heterosexual para realizarlo. Pero sobre todo, resignificó y entendió que ser madre es un deseo y una decisión. Y eso es en definitiva sobre lo que votarán los senadores hoy: el derecho a que ser madre sea un deseo y una decisión.

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Tali Goldman

Tali Goldman

Periodista y politóloga. Escribe para Nuestras Voces y también es colaboradora en la Revista Anfibia, Crisis y Tiempo Argentino. Trabajó en la investigación para el libro El Nieto y fue columnista en la radio de las Madres. Dicta clases de periodismo en la UMET.

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