Las pioneras del fútbol femenino que invisibiliza Netflix en «Un juego de Caballeros»

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La serie que es furor de Netflix ignora por completo los primeros pasos del fútbol femenino y reduce a las mujeres a meras espectadoras en  Un juego de caballeros. Pero el primer partido de mujeres de la historia data de abril de 1881. En 1884 se creó el primer club de fútbol femenino, el British Ladies, liderado por Nattie Honeyball, que lo fundó porque tenía la intención de demostrar que «las mujeres no son esas criaturas ornamentales e inútiles que los hombres pintan». Más de 125 años después los guiones machistas siguen.

¿Será que en el fútbol sólo se va a seguir hablando, escribiendo y filmando sobre hombres? ¿Seguirán siendo ellos quienes ocupen el lugar de protagonismo, de posesión del balón y del conocimiento sobre el juego? ¿Sostendrán el privilegio de ser mirados como los absolutos artífices del esplendor de la práctica? ¿Será que las historias del fútbol hegemónico continuarán invisibilizando a la otra gran parte de la humanidad que también juega? 

Un juego de caballeros (The english game, tal su nombre original), la serie estrenada por Netflix sobre el origen del deporte y los primeros pasos hacia la profesionalización, que se convirtió en furor para les amantes del fútbol, reduce la historia, deslegitima la identidad de las futbolistas y confina a las mujeres -no hay espacio para otras identidades- al lugar de meras espectadoras. 

¿Y ellas? Escrita por Julian Fellowes, un guionista inglés nacido en Egipto, la serie está situada en 1879. Se ubica, por ejemplo, diez años después de la aparición del primer registro de mujeres jugando al fútbol. Se trata de una imagen que apareció en la revista británica Harpers Weekly, en la que se ve a mujeres vestidas con la ropa de la época -polleras largas y enaguas, sombreros y botas- disputando una pelota.

Además, según la FIFA, el primer partido de mujeres de la historia data de abril de 1881 y se jugó entre dos equipos llamados Inglaterra y Escocia. Hasta que en 1884 se creó el primer club de fútbol femenino, el British Ladies, liderado por Nattie Honeyball, que lo fundó porque tenía la intención de demostrar que «las mujeres no son esas criaturas ornamentales e inútiles que los hombres pintan».

Cuando jugaron su primer partido tuvieron a 10 mil espectadores en la cancha. Un juego de caballeros se lo perdió: había más del doble de público que el que fue a ver a Fergus Suter y el Blackburn en la definición de la FA Cup.

“Debo confesar que mis convicciones sobre todos los asuntos en los que los sexos están del lado de la emancipación, y espero con ansias el momento en que las damas puedan sentarse en el Parlamento y tener su voz”, dijo alguna vez Nettie Honeyball.

“¿Y las sufragistas? ¿Y el fútbol en las fábricas? ¿Y las lesbianas? ¿Dónde están que no aparecen?”, se pregunta irónicamente la periodista Anuka Fuks. En el portal La Tinta ella dedicó tres entregas para contar la historia de las Dick, Kerr’s Ladies (léanla, no se la pierdan), un equipo de obreras que inauguró la historia grande del fútbol femenino.

Eran tiempos de revoluciones feministas en Inglaterra. Las sufragistas llevaban un par de décadas peleando por el derecho al voto, poniendo el cuerpo y organizándose.

Durante la Primera Guerra Mundial, cuando los hombres fueron al combate, muchas mujeres ocuparon los lugares de trabajo. En Preston, Lancashire, John Kerr y W.B. Dick reconvirtieron su fábrica de equipamiento ferroviario y empezaron a fabricar misiles. En rigor, los producían las obreras. En los descansos que tenían para almorzar comenzaron a juntarse y a jugar. No tenían noción de que estaban organizando el equipo más famoso de la historia.

Desde su debut, en la Navidad de 1917 -el mismo año en el que se aprobó la ley de sufragio femenino-, dieron cátedra: ese día le ganaron 4 a 0 al Arundel Courthard Foundry frente a diez mil personas. Recaudaron 600 libras.

Grace Sibbert, una de las trabajadoras, era la encargada de organizar los partidos. El administrador de la fábrica, Alfred Frankland, le había propuesto armar aquel duelo para que los fondos fueran a beneficio de los soldados. Las Dick, Kerr no eran las únicas: cientos de obreras jugaban al fútbol en aquellos tiempos. La historia de este “juego de damas” tuvo su génesis en las luchas feministas, el deseo y sobre todo el placer que generaba el disfrute de ese deporte que era -parecía ser- de ellos.

El administrador Frankland le dedicó más tiempo a su rol de manager que a su puesto en la fábrica. Y hacía lo mismo que el señor Walsh (interpretado por el actor  Craig Parkinson), el dueño de la fábrica textil que contrata a Suter y Jimmy Love, pero con las mujeres: ofrecía trabajo a cambio de que se sumaran al Dick, Kerr’s Ladies.

Ellas jugaron en distintos estadios: el Old Trafford -el del Manchester United-, el St. James Park -del Newcastle-, algunos con más de cincuenta mil personas en las tribunas. Realizaron giras exitosas por Francia y Estados Unidos (donde le ganaron a un combinado de varones) y llegaron a jugar de noche, algo que Winston Churchill tuvo que autorizar pese a que no estaba permitido.

Conformaban un equipo solidario y con compromiso obrero. A principios de 1920 jugaron para apoyar a los mineros que estaban en huelga por despidos. Además, transgredían prejuicios. La imagen del beso entre Alice Kell, capitana de las Dick, Kerr Ladies, y Madeline Bracquemond, la de Francia, antes de uno de los amitosos que disputaron -el primer partido internacional de mujeres de la historia- es una muestra. Ese partido lo ganaron 2 a 0.

Una de las figuras -su rol y la historia de este equipo se narra en el libro de Barbara Jacobs, rescatado por el periodista Ezequiel Fernández Moores en una nota en La Nación en 2015- fue Lily Parr, abiertamente lesbiana en aquella época, la primera en integrar el salón de la fama del Museo del Fútbol inglés. Se sumó al plantel por la gestión de Frankland, que le ofreció un salario de diez chelines y cigarrillos Woodbine por cada partido.

El inicio del fin de la historia de las Dick, Kerr’s Ladies llegó un año más tarde. El 5 de diciembre de 1921 la Asociación inglesa de fútbol prohibió el deporte para las mujeres. “El fútbol es inadecuado para ellas, por lo que no debería ser promovido”, argumentaron. Además instaron a los equipos afiliados a que no prestaran sus canchas para partidos de mujeres. La prohibición se levantó en 1971, cincuenta años después.

¿Cómo sería la serie de las Dick, Kerr’s? ¿Problematizaría también la doble o triple jornada laboral? De seguro no trataría la profesionalización de la disciplina: que las futbolistas empezaran a ser consideradas como trabajadoras por esa práctica es una transformación de estos tiempos. La discusión se empezó a dar más de un siglo después.

Un juego de caballeros propone el antagonismo: el fútbol nace como un deporte de burgueses y se populariza. La disputa es ricos versus pobres. El deseo más profundo de Margaret, la esposa de Arthur Kinnaird -la figura del equipo burgués- es ser madre.
En la serie, las mujeres se van de la mesa cuando los varones hablan de fútbol. O se quedan calladas y aburridas cuando eso sucede. Sólo esperan a que terminen con ese tema para poder ser parte de la conversación durante aquellas cenas lujosas. Las parejas, las madres y hermanas de los jugadores obreros, tampoco opinan sobre el juego. Sólo acompañan, los valoran, los impulsan a seguir peleando por aquello que aman: jugar a la pelota.

El juego que otras mujeres de la misma época ya protagonizaban no aparece.

En su ensayo “Un cuarto propio”, de 1929, la escritora británica Virginia Woolf analiza que la campaña de las sufragistas debe haber despertado en los hombres “un extraordinario deseo de autoafirmación”. “Debe haberlos obligado a poner énfasis en su propio sexo y sus características, en cosas en las que no se habrían molestado en pensar de no haberse sentido desafiados -publicó-. Y cuando uno se siente desafiado, aunque sea por unas cuantas mujeres con gorros negros, reacciona: y si uno jamás ha sido desafiado antes, reacciona excesivamente”. A veces da la impresión de que algo de todo esto se pone en juego en quienes hablan, escriben o filman la historia del fútbol. 

No permitamos que estos relatos sean la norma. No dejemos que Netflix llegue a tanto.

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