Norita, Madre de todas las batallas

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Norita Cortiñas cumplió 90 años el domingo y ayer siguió desde su casa la conmemoración de otro 24M. Su hiperactividad la ha llevado a apoyar todas las causas justas del presente. Es referente para las nuevas generaciones. Así nació el feminista Norita Fútbol Club, al que visitó poco antes de que se iniciara la cuarentena. En esta crónica se entrelaza el recuerdo de aquel día de aire fresco en el que pintó en un mural «Venceremos. Son 30 mil», se calzó la diez y gritó «clíiiitorissss» con las jugadoras a la hora de la foto.

Nora Cortiñas está en su casa: las paradojas de la historia la llevan al lugar del que salió para volver sólo a dormir, y no siempre. El coronavirus hizo que este 24 de marzo no marcháramos. Norita era una mujer de su casa hasta que la dictadura cívico militar le quitó a Gustavo, uno de sus hijos. Desde entonces dejó la cocina y el cuidado, las clases de alta costura que daba en su hogar, para ganar la calle y pelear, desde ese día y todos los días, por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

En Castelar, mientras transcurre su cuarentena entre lecturas, videollamadas y el riego de sus plantas, dice con una risa pícara que va a hacer lo posible «por no aburrirme», pero que «limpiar ya no más».

Sabe que a falta de marcha en las ventanas de las casas, en las terrazas de los PHs, en los portones y en los balcones estarán colgados por muchos días los pañuelos blancos con las consignas que cada une elija para esta fecha especial. Sabe que a las huellas que dibujó junto a lxs 30 mil y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo no hay virus que las borre: donde sea y como sea el grito de Nunca Más estará presente. El domingo cumplió 90 años y el festejo virtual se propagó por las redes, incluida una estampita pagana con su imagen con el lema «Norita de la suerte».

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Ayer, una parte del discurso de los organismo homenajeó a las luchadoras como ella: «Los organismos de derechos humanos que surgieron en la Argentina a partir del Golpe de Estado y los que existían desde antes, no son producto de hechos aislados, sino una muestra de que la lucha puede más que las aberraciones, perversiones, torturas, flagelos y asesinatos que generó la peor de las dictaduras que ha conocido el país.

De ese genocidio surgió la fuerza que llevó a los Familiares, las Madres, las Abuelas, los Hijos e Hijas, los sobrevivientes y a todos los organismos de derechos humanos a no rendirse ante el miedo, a no olvidar, a seguir la búsqueda de la Verdad, de la Justicia y a luchar por la Memoria.»

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Quince días atrás las calles nos encontraron juntas, en la previa a este 24M y al 8M, cuando la peste no era ni siquiera una pesadilla. Entonces escribí las líneas que siguen, que son una reseña un día cualquiera en la vida de Norita, pero un día especial para el Norita Fútbol Club, su equipo de fútbol feminista. Recuerdos de aire fresco en estos días de cuartentena.

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Nora Cortiñas toma el pincel con su mano derecha, lo moja en pintura celeste y garabatea en el muro: «VENCEREMOS. Norita. Son 30 mil». Las personas que la rodeamos, alrededor de cien, aplaudimos y sonreímos. Es sabido: cualquiera que haya visto reír a la Madre de Plaza de Mayo conoce los efectos propagadores de su simpatía. Norita tiene puesta la camiseta de fútbol que le regalamos con el número 10, el que ella misma pidió cuando se enteró que habíamos conformado un equipo de fútbol con un nombre para homenajearla: a ella y a la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. El Norita Fútbol Club es, además de nuestra mejor creación, un aporte a una causa: con los botines puestos y adentro de una cancha de fútbol, continuamos con el legado de Norita.

“Hoy vi una foto de Maradona en el diario y está gordo, así que pensé que si él usa la 10 y puede jugar así, yo también lo voy a poder hacer”, dice Nora, con el micrófono en la mano y el número mágico en su espalda. En un rato pintará el mural del equipo; un trabajo impulsado por el grupo de muralistas Voces de los Muros y Fileteadoras del Conurbano, con aportes comunitarios.

En esta esquina, Colpayo y Felipe Vallese, en Caballito, hay una canchita de fútbol entre dos torres. Aquí empezamos el sueño del Norita Fútbol Club: en un espacio público, el primer terreno que conquistaron las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo cuando salieron de sus casas para recuperar a sus hijos, hijas, nietas y nietos desaparecidos por la última Dictadura Militar.

Algún vecino o vecina se sintió molesta cuando la cara de Nora empezó a tomar forma en el mural porque la Policía vino a preguntarnos qué hacíamos ahí, quiénes éramos y si teníamos permiso. Estaba todo planificado: en la Comuna 6 la votación terminó 4 a 3 a favor de nuestra expresión artístico-futbolera porque el Frente de Todos se impuso a Juntos por el Cambio.

Nora, que tiene colgada sobre su cuello la foto de Gustavo, su hijo desaparecido, no está sola. Vino con Dora Barrancos, investigadora e historiadora feminista, que no bien llega cuenta que ella “de fútbol, cero”. “Lo máximo que puedo hacer es estar es en el arco”, dice.

La escucho y pienso que el Norita Fútbol Club es fruto del cruce entre el feminismo y el fútbol; de las referencias de enormes mujeres como ellas dos, de la lucha por un mundo más justo. Es 7 de marzo, el día de la visibilidad lésbica, y planeamos hacer este mural para dejar escrito en las paredes quienes somos, a quiénes reivindicamos y qué queremos de esta vida. De qué lado de la mecha nos encontramos. El mural, además de tener el logo del equipo (la cara de Norita) tiene una frase de cabecera: llevamos en los botines revolución.

“A mí en la cancha me van a pasar por arriba, pero no importa. Vamos a jugar”, arenga Norita.

Hay pibas de distintos equipos: La Saladino, Nueva Unión, Fuerza y Voluntad, La Nuestra Fútbol Feminista e YPF (Yeguas, Putas y Feministas). Están los Ciervos Pampas, el equipo de rugby de la diversidad, con Caio Varela que cuenta que pese a que las camisetas de rugby no llevan nombres en la espalda, las de ellos tendrán, en principio, dos: el de Pepa Gaitán, la joven cordobesa que fue acribillada el 7 de marzo de 2010 por el padrastro de su novia, cuyo asesinato instauró el día de la visibilidad lésbica; y el de Mónica Santino, ex futbolista, periodista deportiva, profesora de educación física, integrante de La Nuestra y una referencia en deporte y género.

“El fútbol y el feminismo nos atraviesan y adentro de una cancha, jugando con otres, pasándonos la pelota, parándola de pecho, raspándonos las rodillas y festejando goles colectivos le estamos dando batalla al patriarcado, que siempre nos quiso afuera de este deporte maravilloso”, dice Mónica.

Y afirma que paradas en la cancha, conociendo la potencia de nuestros cuerpos y la fuerza de la grupalidad, entre todas podemos aprender y también enseñar que, por caso, la maternidad será deseada o no será.

La primera vez que le contamos a Nora de la existencia del equipo no quiso saber nada: le pareció demasiado homenaje. Nos dijo que todavía estaba viva. A la distancia creo que cometimos una osadía. La primera vez que fuimos a la casa -nos invitó a través de Gerardo Szalkowicz, el autor de Norita, la Madre de todas las batallas, un libro sobre su vida- habló sobre el significado del fútbol en su vida.

El Mundial que ganó Argentina en 1978 es un recuerdo que trae angustias: la imagen de la impunidad de la dictadura cívico militar que se llevó la vida de los 30 mil. Nora nos contó que sufría la alegría de la gente en la calle, que salía al patio de su casa no a gritar goles, sino a poner en insultos su bronca, el dolor más profundo de su vida.

El fútbol para Norita era eso. Y es un negocio, siempre lo dice. Pero comprendió que nosotras aportábamos a la construcción de otro fútbol, que como ella queríamos salir de nuestras casas para ocupar las calles, las camas y las canchas. Cuando la conoció a Higui, futbolista y quien afronta un juicio por defenderse de una violación, enseguida se sumó a su lucha, como se apropia y le pone voz y rostro a todas las peleas contra las injusticias.

En el Congreso, en una actividad para pedir la Absolución a Higui, dio un puntapié inicial. En aquel asado en el que nos conocimos y le regalamos la 10, también. Cuando nos viene a ver a algún torneo, hacemos lo mismo: la última vez se paró frente a la pelota, apoyó su mano en la cintura, quebró la cadera y tiró el puntinazo de derecha. Creo que con nosotras ya se recibió de  futbolista.

“Dejamos de ser invisibles, ahora nos ven. Vamos a tratar de ser amables con los hombres para que no se asusten”, dice mientras pintamos su mural. Y habla sobre política: cuenta que el presidente Alberto Fernández pidió disculpas por una frase sobre los desaparecidos que ella consideró como negacionista. Y que ella irá marcando su posición crítica siempre.

Junto a Dora Barrancos nos recordaron que hay que seguir luchando: mencionaron la historia de la niña cordobesa Martina Raspo, a quien no le permiten participar en la Liga de San Francisco, en el torneo de varones.

La pionera Delia Vera, arquera del fútbol en la década del ‘60, ‘70 y ‘80, dijo que estaba feliz de estar rodeada de “la juventud que va a llevar bien alto el fútbol”. Y Silvia Saladino, ex detenida y sobreviviente de la última dictadura militar, maestra de grado jubilada, inspiradora del equipo La Saladino, que pidió respetarnos en las diferencias y unirnos en las luchas que creemos justas.

Norita punteó la agenda de luchas que siguen este mes: mencionó la marcha del 9 de marzo en el Congreso, la del 22 de marzo por el Día internacional del agua, la del 24. Pidió por el fin de las injusticias, por los pibes caídos por la bala asesina de la policía y por las madres del gatillo fácil. Ahí también estaba la mamá de Ismael Ramírez, el joven de 13 años asesinado en medio de la represión llevada a cabo durante saqueos en la provincia de Chaco.

Norita pintó. La canchita de Colpayo y Felipe Vallese es un grito más por la Memoria, la Verdad y la Justicia; y por todas las pibas que pisarán una cancha de fútbol para cambiar el mundo con una pelota en los pies.

Sacamos la foto pero no gritamos “whisky”. Coreamos: “Clítoriiiisss”.

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