“Quiero ser la primera jueza trans para empoderar a las más jóvenes”

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Se siente mujer desde los 4 años. Llevaba zapatos de taco a la escuela y sus compañeros se burlaban. Estudió derecho, se fue a vivir al sur, tuvo hijas. A los 50 se asumió y hoy es la primera mujer trans en concursar para el cargo de jueza. El camino para lograrlo es largo, pero en su vida todo fue lucha y Cristina Montserrat Hendrickse está acostumbrada a dar batalla.

Cristina llega al bar pautado para la entrevista casi una hora más tarde. Se excusa diciendo que desde que se conoció la noticia que será la primera travesti en presentarse a concurso para el cargo de jueza de Familia en Chos Malal, provincia de Neuquén, recibe llamados de medios de comunicación de todo el país. Pero en realidad, el verdadero motivo de la tardanza, lo dirá en la mitad de la entrevista: “si una mujer tarda en maquillarse y cambiarse, imaginate yo. Tardo el doble. Me tengo que tapar la barba, no es fácil”. 

La historia de Cristina Montserrat Hendrickse es de esas que impacta por lo emocionante. Porque cada relato de una mujer o un varón trans es sinónimo de lucha y de dolor. Y cada historia es única, aunque parezca reiterada, aunque se parezca a otras. En este caso, además, sirve para visibilizar a uno de los enclaves más machistas y trasnfóbicos: la Justicia.

Cristian Monsterrat Hedrickse. Ese era el nombre de ese varón que nació en una familia de clase laburante en el barrio de Flores y que cuando tenía 4 años le robaba las bombachas y los zapatos a su mamá. Cristian era el nombre de ese varón al que sus hermanos mas grandes, también varones, obligaban a jugar al fútbol; Cristian se pintaba las uñas a escondidas y leía revistas de moda. Cristian era el nombre de ese varón que en sexto grado convenció a su mamá para que le comprara unos mocasines de taco y que cuando los llevó al colegio se burlaron tanto de él que nunca más se los volvió a poner.

Nunca más hasta sus 50 años. Cristian terminó el secundario y estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires. Se casó y tuvo una hija, Érica. Se separó. Por la crisis del 2001 se fue a vivir al sur. Ese año también murió su papá. Primero a estuvo en Epuyen, Chubut. Ahí trabajó en un estudio jurídico asesorando a gremios docentes y comunidades de pueblos originarios, recorriendo todo el interior de la provincia. En esos viajes conoció a Liliana. Se volvió a casar. Liliana ya tenía una hija chiquita Ailén. Juntos, en 2008, tuvieron a Abril. Todo estaba bien. O eso creía. Pero cuando en el año 2007 se murió su mamá, a Cristian se le dio vuelta su mundo.

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¿Era la hora de volver a desempolvar aquellos zapatos con taco? Todavía no, aunque estaba cerca. En el año 2013 se fueron a vivir a Zapala, Neuquén. En esos años, él iba y venía a Buenos Aires para visitar a Érica y para hacer algunos cursos y trabajos. Pero sobre todo, necesitaba estar solo para empezar a convertirse en Cristina. Primero empezó por la ropa, después por el maquillaje. Iba comprando y acumulando en su casa de Buenos Aires, lejos de Liliana y de las chicas. Pasaba horas frente al espejo probándose ropa de mujer, zapatos de mujer. Se maquillaba. A veces probaba salir de noche, tarde, bien tarde para que los vecinos no la vieran. “¿Estoy enferma?” Se preguntaba cada vez que volvía de esas vueltas a la manzana. Pero cuando en el verano toda la familia viajaba a Buenos Aires Cristian tiraba todo lo que había comprado con esfuerzo, aunque algunos indicios comenzaba a dejar. Pero Lili no lo veía o quizás no lo quería ver. Decidió no cortarse más el pelo, se depilaba las cejas, empezaba a ponerse ropa un poco más ajustada, también se puso aros. Fue Ailén, la hija de Lili, la que dijo:

—Mamá, ¿no te das cuenta? Un día Cristian va a venir con pollera.

En 2017 empezó el nuevo camino en el que nacía Cristina”, dice. “La primera transfóbica fui yo”—dice Cristina en un bar en Malabia y Corrientes—por eso cuando asumí quién quería ser fue difícil. Lo charlamos mucho con Lili, yo le decía que si durante 50 años estuve escondida en otro cuerpo podía seguir así, escondida, porque mi prioridad era nuestra relación y la familia. Lili un día me sentó y me dijo: a mí no me importa el envase, me importa el contenido. Así que nos fortaleció muchísimo en nuestro vínculo, como pareja. Yo le digo a Lili que somos lesbianas y ella me dice que no somos nada, que no tenemos que tener etiquetas que ella me quiere a mí y yo a ella”.

El proceso de Cristina incluyó una ardua investigación, pero sobre todo, lo que la hizo entender que no estaba enferma, que no era una patología lo que tenía, fue la Ley de Identidad de Género sancionada en el año 2012. Como abogada, la leía y la releía y se daba cuenta de que era por ahí su transformación. Después llegó el momento de ir hablándolo con sus hijas. Todas la entendieron, la acompañaron. La más grande, Érica, que estudia sociología y es feminista se emocionó cuando vio entrar al bar al que la había citado su papá Cristian, a Cristina. “Ella se puso feliz porque me vio feliz a mí y desde ese momento vamos a todas las marchas juntas”, cuenta.

Cuando asumió su nueva identidad, todavía vivían en Zapala, una ciudad muy conservadora. A su edad, Cristina y Lili dice que ya no le afecta el qué dirán, “ya no nos entran las balas”, dice. Pero sí a sus hijas. Y para protegerlas, volvieron a vivir a Buenos Aires. 

Pero hace unos meses, una clienta todavía de Zapala, con un problema de índole familiar, le pidió que la patrocinara como abogada. Cristina ya había hecho su cambio de identidad, y presentaba los escritos con su nuevo nombre. Sin embargo, en el sistema electrónico, por un problema burocrático, no pudo cambiar su nombre. La jueza civil que llevaba ese caso nunca se opuso, al contrario, cooperaba con los pedidos de Cristina. Pero cuando la causa paso al fuero de familia, ahí sí tuvo su primera situación de discriminación. Una secretaria del juzgado, que la conocía bien desde hacía muchísimos años, le mandó un mail diciéndole que no le iba a proveer ningún escrito hasta que ella no ratificara su nombre. 

Cristina no solo le respondió con argumentos en base a la ley de identidad de género sino que publicó en sus redes sociales el episodio: “Discriminan en Zapala a la única abogada trans de la Patagonia”, tituló en su muro de Facebook. El texto llegó a manos del propio Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Neuquén quien no solo la llamó personalmente sino que se deshizo en disculpas. Ella lo retrucó pidiéndole que capaciten en materia de género a todos los miembros del poder judicial. Pero no solo eso, ese caso le encendió la mecha: “No quieren una abogada trans, okey, van a tener una jueza trans”.

Así empezó el camino que podría convertirla en la primera jueza trans de la Argentina. El recorrido del concurso para un magistrado es largo. La primera instancia ya la realizó que fue la de presentar todos los papeles ante el Consejo de la Magistratura local. Ahora espera el 16 y 17 de octubre para los exámenes escrito y oral y en noviembre, será la entrevista con los consejeros. 

—¿Qué expectativas tenés?

—En general los candidatos se presentan varias veces a los concursos. Es difícil que la primera vez suceda, así que en ese sentido, creo que va a ser un camino largo pero yo ya siento que concursar es un avance.

—¿Por qué?

—Porque lo siento como una medida de protesta, como una medida para visibilizar a nuestro colectivo ¿Por qué las travas no podemos ser juezas? ¿Por qué tenemos que escondernos?. Yo tengo 55 años y pude llegar hasta acá porque fui Cristian, porque como Cristina seguramente no hubiera podido estudiar derecho porque me hubieran discriminado, porque no hubiera conseguido laburo. Por eso lo que yo quiero hacer es empoderar a las travestis más jóvenes, para que no sigan muriendo a los 35 años, para que puedan conseguir laburos como el resto. Para que no sintamos vergüenza de ser quienes somos.

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Tali Goldman

Tali Goldman

Es licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodista. Escribe crónicas en medios digitales como Anfibia, Nuestras Voces, Latfem, entre otros. Es columnista en el programa de radio Cheque en Blanco, que se emite en Futurock. Su primer libro La Marea Sindical, mujeres y gremios en la nueva era feminista de Editorial Octubre ya va por la segunda edición.

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