Viviendas colaborativas: “Llegó el tiempo de concretar nuestros sueños”

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Flavia Hadad es una de las fundadoras del Movimiento Nacional de Viviendas Colaborativas (MNVC) e integrante de la Revolución de las Viejas, de la que participan unas 30 mil mujeres. Impulsa un proyecto de comunidades para convivir bajo la modalidad de cohousing en distintos lugares del país. “Libres y juntas”, es el lema. Tienen como objetivo construir viviendas ecológicas y sustentables. “La idea es que se generen vínculos sociales, potenciarse”, dice Hadad.


La Revolución de las Viejas sigue a toda máquina. Uno de los proyectos que va ganando fuerza es el Movimiento de Viviendas Colaborativas. Pensar cómo, dónde y de qué manera vivir los tiempos después de la jubilación, crece al ritmo de los sueños.

Flavia Hadad tiene sueños grandes que fue alimentando durante la pandemia y en modo online. No es poco, si se piensa que la ventana por la cual espiar el futuro es la pantalla de la computadora y los mensajes del grupo de WhatsApp. A los 50, esta maestra jardinera, con su hija en la universidad, sintió que era el momento de retomar viejos anhelos. Pero sobre todo, repensar cómo vivir las próximas décadas de vida. Tiene la certeza que no piensa colgarse el cartelito de “jubilada de la vida”, cuando sea tiempo. Tampoco se quedará de brazos cruzados,  mucho menos quiere gastar sus días en un geriátrico. Más bien, lo contrario: quiere pensarse vigente, haciendo cosas por la comunidad donde esté, viviendo una vejez muy distinta a la que el modelo actual propone e impone. Y en eso está, junto a otras cientos de mujeres.

Si alguien le hubiera dicho hace un par de años, que era posible pensar en la opción que ya había probado en su juventud, la de vivir en un lugar amigable y saludable –como las sierras de Córdoba–, en un proyecto de “viviendas colaborativas”, hubiera dudado. Sin embargo, hoy es el gran titular de su vida y el proyecto que abrazó como su militancia.

Claro que es posible pensar que lo de “pasivo” del retiro del mercado laboral formal no es un destino marcado. Puede ser resignificado, pensado y soñado de manera diferente.

En medio de la pandemia, las reuniones por Zoom se fueron multiplicando, y  le dejan a Flavia los ojos cansados. Pero tiene el alma feliz y lo refuerza con su hora diaria de meditación, a la que no renuncia. Su cabeza entrecana marca el sello de la Revolución de las Viejas que suma cada vez más mujeres, y dentro de él, el Movimiento Nacional de Viviendas Colaborativas (MNVC).

Pero, ¿cómo empezó todo este cambio en su vida y que creció al ritmo del aislamiento sanitario? Como suelen empezar las cosas en tiempos de redes sociales. Un día, husmeando Facebook, vio un video de la diputada nacional del Frente de Todos, Gabriela Cerruti, donde convocaba a pensar en la vejez que se viene, acerca de cómo pasar los próximos veinte o veinticinco años de vida. Le hablaba a aquellas mujeres que rondaban o habían pasado largamente los cincuenta. Flavia siguió buscando y se topó con el grupo de la Revolución de las Viejas. Se unió y enseguida se dio cuenta que se abría ese horizonte que estaba buscando, que renacían las ilusiones que creía imposible de concretar.

“Me acuerdo que leía las historias compartidas en Facebook y eran una catarata de mujeres contando sus vidas, en las que me vi reflejada”, cuenta con una sonrisa. “Eran relatos muy potentes, de minas que estaban dentro de mi misma etapa histórica y de todos los puntos del país. Había distintos intereses, pero con unas ganas muy grandes de ponerse a pensar el futuro”.

Viviendas colaborativas: nueva forma de vivir la vejez

Era verano todavía. No había pandemia, ni aislamiento. Fue a una primera reunión en Palermo: “Nos juntamos unas 400 minas entre 45 y 80 años, con diferentes inquietudes pero llevábamos algo en común: preguntarnos cómo queríamos vivir, cuáles eran nuestras necesidades o nuestras urgencias”. Así, en esa primera vez, la dinámica consistió en formar diferentes comisiones según las temáticas que iban desde educación sexual, salud, trabajo, vivienda hasta la eutanasia. “Me sorprendió en todas el compromiso con otra manera de envejecer. El pensamiento fue que si habíamos creado nuestra manera de vivir, ahora teníamos que crear nuestra manera de envejecer”, define. El grupo creció no solo en número sino en la elaboración de análisis y propuestas concretas. La historia dice que actualmente de la Revolución de las Viejas participan unas 30 mil mujeres, muchas de las cuales se pudieron reunir en plazas o centros culturales de todo el país antes de que cayera el coronavirus. Eso no impidió que el vínculo siguiera fortaleciéndose y la movida se sostuvo online.

Surgió entonces, el proyecto de “viviendas colaborativas”, que eran del interés de Flavia. Entre otras cosas, porque en su juventud se había instalado en Córdoba, con un grupo de personas con las que vivió en comunidad, entre Carlos Paz y Tanti. Aquella experiencia, a sus veinte, quedó marcada a fuego y le dio de baja cuando nació su hija. “Ahí empecé una vida más burguesa de casa-auto-familia”, define. “Aunque nunca dejé lo esencial de lado: siendo maestra siempre elegí jardines de infantes que estuvieran en lugares de conflictividad. Fue mi manera de militar o de sentirme más útil”, se sincera. Antes de eso, la búsqueda había saltado por un par de carreras universitarias y hasta un paso por el Conservatorio de Arte Dramático porque le hubiera gustado ser actriz.

¿De dónde surge su interés por lo social? “Vengo de un hogar donde mi papá fue militante en los setenta. Teníamos mucha conciencia de lo que sucedía, en mi casa se hablaba de política. Y yo misma, cuando cursé en el Normal 4, participé del Centro de Estudiantes. Es decir, el interés por la militancia es algo que siempre estuvo presente, aunque lo hiciera fuera de una estructura”.

Para cuando su hija cumplió 18 y empezó la etapa universitaria, Flavia sintió que era tiempo de retomar algunos temas que habían quedado pendiente en su vida. Y entre ellos, dónde quería vivir y cómo luego que se jubilara. Por lo pronto, sabía que no quería vivir en la ciudad: “Si bien vivo en un barrio de casas bajas, bastante tranquilo, mi sueño siempre fue volver a Córdoba, estar en contacto con la naturaleza”.

Entre los grupos, entonces, que se fueron conformando en aquellas primeras reuniones de la Revolución de las Viejas, de acuerdo a los intereses en común, estaba la idea del cohousing. Al comienzo solo eran 20 mujeres con el mismo propósito, hoy se multiplicaron por cuatro. ¿Dónde vivir? ¿Cómo? ¿Con quiénes? Fueron las preguntas que fueron poniendo en juego no solo las ilusiones sino también el trabajo para hacerlas realidad. Lo primero fue armar un grupo de Facebook –Libres y juntas. Viviendas cooperativa– que tiene más de mil personas participando. “Y sin darnos cuenta, al poco tiempo, ya éramos un movimiento… No tenemos real dimensión ni somos conscientes del vuelo que esto está tomando”, repite. Por el momento, en lo concreto de esta modalidad cohousing o viviendas colaborativas o asociativas, está en etapa de dar los primeros pasos firmes. Si bien, en general son mujeres, también participan varones; y el proyecto contempla la voluntad de aquellas que se piensen viviendo solas o con sus hijas e hijos o con sus parejas. Tres destinos, dominan la escena de las expectativas: “Algunas estamos enfocadas en Córdoba, otras en lo que llamamos “Patagonia con nieve”, y otro grupo se enfoca en la Costa, como Mar del Plata. Los proyectos dependen de muchas variables en las que estamos avanzando: conseguir el terreno, definir cómo se construirán las viviendas, si es de manera privada, mixta o a través de Procrear, o por esas vías según los grupos. Todavía es muy temprano para decirlo, pero estamos dando pasos en esas direcciones”, asegura.

Las certezas, además de tener esa primera ilusión que dice “me gustaría vivir mi vejez en tal lugar”, hay otros puntos en los que se acordó cómo seguir: las viviendas deberán ser ecológicas y sustentables, con respeto hacia la naturaleza del lugar donde se establezcan, alimentadas con paneles solares. Pero también, hay que ir pensando en cómo funcionar en esa experiencia: “La idea es que se generen vínculos sociales, potenciarse, no se trata de irnos a vivir juntos, ni en comunidad. Tiene que tener un nivel superior, incluso trabajar en algún proyecto social que tenga el lugar donde habitemos ”, se entusiasma.

#MareaPlateada: nada detiene la revolución de las viejas

Por supuesto, que todo es aprendizaje en este momento. Y un curso acelerado de relaciones públicas en tiempos de pandemia. Mucha gente se acercó al movimiento pensando que era algo del Estado, con la esperanza de obtener una vivienda, en un país con un déficit habitacional muy grande. “Eso nos pasó y nos pasa. Por eso, es necesario recalcar que no somos una oficina del Estado, no damos respuesta a lo habitacional, ni somos una inmobiliaria… Pero, es lógico que la gente lea ‘movimiento de vivienda’ y pueda pensar -de hecho sucede- que damos viviendas. Así que hubo que aprenderlo”.

La revolución ya está en marcha, al menos, en el ánimo que se sostuvo en estos seis meses de pandemia. Y acaso lo positivo de este tiempo, haya sido que hubo más tiempo en potenciar las expectativas futuras.  “En mi grupo de Córdoba, por ejemplo, nos conectamos todos los domingos vía Zoom. Empezamos siendo 10 y ahora somos 53”, cuenta Flavia. “Hay muchas personas profesionales de clase media con un perfil político social y popular”, define. La idea central, en este caso, es formar comunidades democráticas y participativas, basadas en cooperativas o asociativas, respetuosas del patrimonio cultural y natural y del ambiente donde se instalen. Y para esto, habrá que hacer todo un camino previo y conjunto. “Así como no somos una oficina del Estado, tampoco somos un grupo de amigas. Y esto también forma parte del camino que hay que hacer, aprender y trabajar”.

Si bien el cohousing ya tiene su historia en el mundo, sobre todo en Escandinavia, donde nació hace 80 años, en la Argentina está todo por descubrir y por pensar en distintos modelos. “Es una idea muy linda que creció, que se está trabajando con mucho cariño, con mucho mimo, y dándole mucho tiempo”, concluye Flavia. “Es el tiempo de concretar los sueños”.

 

Ilustración portada: Lola Noguer

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