«Vivimos en un país donde una mujer es asesinada cada 29 horas»

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La actriz Marina Glezer es una de las referentes de las colectivas Actrices Argentinas y Acción, que impulsan el paro de mujeres hoy. Dice que no está dispuesta a dejar de hacer nada para visibilizar el drama de los femicidios. «Toquemos y abramos todas las puertas, porque no se puede soportar ni un abuso más. Entonces, primer paso, escucharnos; segundo, deponer nuestros egos; tercero, insistir, insistir, dejar claro que no nos van a tocar nunca más». El dilema entre la lucha de género y la lucha por las desigualdades sociales. La dificultad de asumir posiciones políticas y trabajar en el main stream. La lucha interna, por construir un feminismo federal e inclusivo.

Fotos: Joaquín Salguero

La película de Marina Glezer comienza con un plano secuencia en los sets, a sus ojos gigantes como una ballena, de la red O Globo en San Pablo. Por entonces, su mamá, exiliada política de la última dictadura militar, trabajaba en el canal como productora de televisión. Marina brincaba como un cabrito en los pasillos, flahseaba con las luces iluminando todo con la fuerza de un plato volador tocando tierra y también, claro, desde su estatura pequeña, clavaba sus ojos en contrapicado hacia lo alto de las celebrities brasileñas. La mamá de Marina le daba sus golosinas brasileñas favoritas, Brigadeiro fan (bolita de chocolate) y cocada, para intentar aplacarla. Misión imposible.

Marina Glezer tiene una hermana nacida en Uruguay, ella nació en Brasil, y sus padres son argentinos. Pura sangre mercosureana. Una de las principales referentes de las colectivas Actrices Argentinas y Acción que son parte del paro de mujeres de hoy por motivos que importan:

«Paramos para gritar con la voz de quienes ya no tienen voz por el fin de la violencia misógina, transfóbica y homofóbica, y para que el Estado aplique y profundice de manera urgente políticas de género. Paramos porque vivimos en un país donde una mujer es asesinada cada 29 horas, una cifra que representa la punta del iceberg del patriarcado genocida. Paramos porque queremos una sociedad con igualdad de derechos para todes».

El paro tiene para Marina y las actrices un objetivo: «Exigir que en todas las escuelas de todos los niveles, el Estado cumpla con implementar la educación sexual integral y laica, y para que se garantice a las niñas de todo el país el derecho inalienable a ser niñas, no madres».

Glezer recibe a Nuestras Voces en su casa un día de verano en el horario de las novelas de tarde. “Con mi vieja mirábamos mucha tele. Siempre fue mi sueño trabajar en la televisión. A los diez años empece a hacer comerciales. Hice Coca Cola Mundial 90, también chupetines Barbie, y también hice una publicidad de Giacomo Capelettini con Flavia Palmiero, esa fue la primera vez que compartí camarín con una actriz”, abre el juego Marina y convida un mate.

Afuera, en la calle, el calor asa a las chicharras y su pitido agudo quiebra la calma chicha de un barrio porteño en modo siesta. Adentro, en la casa de Glezer, corre aire. Las ventanas de la cocina están abiertas, entra de a ratos algo de fresco. Los hijos de Marina juegan en otro lugar, sus voces llegan de a intervalos. “Mucha”, la perra, retoza en un rinconcito del living. “Juana”, la gata, va y viene. Hay muchos juegos de mesa en la casa de Marina. Es fácil imaginarlos a ella, su compañero, y los hijos, jugando en el lugar donde “Mucha” ha decidido descansar.

Marina Glezer ganó un Cóndor de Plata por su participación en el ya célebre film “El polaquito”, y también actuó en películas como “Roma” o “Sudor frío”. A su vez, dirigió los cortometrajes “Gabriela e Ismael”, “Berta y las menores”, “El señor del tiempo” y “Mujer animal”. Ahora, su wikipedia personal debería incorporar la labor de su ópera prima, “La ruptura”; y que protagonizó un film brasilero, “La voz del silencio”, de Andre Ristum, que abrió el reciente Festival Internacional de Cine de Punta del Este. Y cuando no camina sets o pule guiones, Marina escribe en la revista autogestiva Kamchatka, donde suele entrevistar a referentes del espectáculo.

Marina tiene una cabellera ensortijada como una mata amazónica y cuando habla, desborda, las palabras se entrelazan como lianas silvestres. Hay, claramente, dos espíritus en fuego adentro suyo: la actriz que imanta luces, y la militante que no olvida las sombras de sus tres patrias. “Los 90 fueron una época muy dura, en múltiples planos. Era adolescente y había engordado mucho, ya no era una nena publicitaria. Pero, también empece a militar políticamente en esos años. Recuerdo que fui a un programa de María Leal, que se llamaba “Hasta las manos”, y dije que los cómplices civiles de la dictadura debían purgar sus penas. ¿Por qué dije eso? Porque me irrita que una parte de la sociedad haya normalizado las desapariciones de la dictadura”.

Y, entonces, continúa el rodaje de la entrevista. Los niños siguen jugando, o charlando, o conectándose a Internet, no está claro. Corre aire en la cocina y vale como milagro divino. Durante más de media hora Marina Glezer va a hablar de la enseñanza conjunta que se están dando la colectiva de Actrices Argentinas para, precisamente, deponer egos, y trabajar en colectivo contra todos los patriarcados, remarca ella, que agobian: el cultural, el económico, el social. Marina habla y cuando se emociona sus ojos titilan. Ni los fantasmas del pasado o del presente parecen aplacarla. Ella se zambulle, despotrica contra lo que la lastima a ella y a sus compañeras. Por momentos, desborda, luego se recoge y toma todos los colores que la rodea porque Marina, tan bien puesto el nombre, es pura marea.

-Tu trabajo, la actuación, supone un camino individual. Sos, de alguna manera, una marca que debe llamar la atención de las productoras. En ese sentido, ¿la industria del cine pone filtros a las actrices con compromiso político?

-Me cuesta mucho laburar hoy. Me expongo mucho a nivel ideológico porque no tengo problemas, ni quiero tenerlo, de expandir mis ideas sobre la política, ni mis convicciones, y eso te juega muy en contra. Así es muy difícil que una marca se enganche, en definitiva, con lo que vos vendes. No me importa vender una belleza hegemónica ni una familia tipo, aunque la tenga. Aunque tenga esos dones, no me los apropio, no me interesa. Lo que sí me moviliza es dar la batalla cultural, aunque a veces me encuentre muy sola en esa pelea.

Pero, a ver, igualmente, siempre trabajo, aunque no tenga la remuneración que pueda contar hoy una actriz mainstream. Pero, la lógica es esa. La industria amputa lo local, lo autóctono, para colocarte a vos, actor o actriz, en la estética de la globalización. Y más allá de la industria del cine, esas son las reglas de este modelo político, y de este sistema mundial: aplanar, como si fuésemos de plastilina, a nuestras identidades, a  nosotros como sujetos, para que seamos muñequitos del mercado. Porque, la idea es esa, ¿no? Borrar cualquier tipo de repentización, hacer todo más previsible, hacernos previsibles, porque si la cultura bulle no se puede encorsetar, ni hacer mercancía.

-¿Cómo es la relación entre las compañeras de la colectiva Actrices Argentinas? Debe haber mucho de aprendizaje mutuo para reencontrarse en un ámbito muy diferente al de los sets, donde la construcción es, sí o sí, colectiva.

-Es un trabajo consciente y constante de vernos reflejados en la otra. Es una relación de aprender cómo tramitar las coincidencias y las diferencias. También se ve, vemos, que hay miedo, a veces, al conflicto en las discusiones, algo que para mí, el conflicto digo, es bienvenido porque es el motor mismo de la vida. Se trata, como en toda construcción política, de afinar el lápiz y tender diálogos. Se trata ¿no?, me parece, de no forzar consensos caprichosos y blandos porque, en última instancia, estamos dando una batalla política, y a favor de la justicia social.

A ver, y sí, estamos las actrices pisando un terreno, queramos o no, político. Y, entonces, puede aparecer entre algunas compañeras el fantasma de “mirá el sapo que nos estamos comiendo” para lograr que nos den bola, no sé, en el Congreso. Pero, yo digo, hermana, toquemos y abramos todas las puertas, porque no se puede soportar ni un abuso más. Entonces, primer paso, escucharnos; segundo, deponer nuestros egos; tercero, insistir, insistir, dejar claro que no nos van a tocar nunca más.

-Después de la denuncia y el acompañamiento que hicieron a su colega Thelma Fardin. ¿Se ven, o cómo te ves, más fuertes como colectiva?

-Nos vemos valorando mucho el trabajo conseguido hasta acá. Hemos crecido mucho. Es difícil mantener, sostener y cuidar a la colectiva. Demanda mucho trabajo, amor y pasión. Es toda una tarea legitimar nuestra lucha, creer en nosotras y continuar asambleando. Hay que explicar a las compañeras que nunca militaron, que lo que hacemos es militar. Es importante que surja un “guau, ¿esto es militar?, no era tan mala la política entonces”. Para mí lo veo parecido con las asambleas barriales del 2001.

-¿La colectiva de Actrices está en pleno momento emergente?

-Sí, emergente y necesario porque la cosa está heavy. Un ejemplo, con la colectiva estoy coordinando un proyecto para tratar de federalizar la profesión y, entonces, charlando con Jazmín (Stuart), ella me decía que, a pesar de ese proyecto y de nuestras denuncias, siempre “nos tildan, nos ensucian” y que “nos ponen como frívolas en algunos medios”. Yo le conteste lo siguiente: siempre que intentas construir poder y organización contrahegemónico, vas a recibir palos, es inevitable. Claro, ahora, levantas la voz, y enseguida sos anarco, mapuche, kirchnerista, troska, subversiva y planera.

Y, repito, es muy difícil nuestra construcción, tratamos de absorber la angustia de todas las compañeras. Pero, sí, las mujeres somos caudales vacilantes de miles de angustias, no solamente de lo que nos compete. Creo que alojamos angustias milenarias.

-Hablemos de y de los feminismos. ¿Que haya un feminismo popular, y otro más enfocado en la pelea por los derechos de las mujeres, y no tan conectado con el pueblo, te parece algo inocuo, contradictorio pero necesario, un tensión a resolver?

-Me formulo esa pregunta día a día. Me pregunto si el feminismo no debería despojarse del privilegio de pelear sólo por nosotras y, entonces, sí, ser feministas, pero también ir a un merendero popular, ser comuneras. ¿Qué hacemos, peleamos por los derechos de las compañeras en el barrio, o ponemos la energía en abrir un centro juvenil de alfabetización? En lo personal, pienso que el primer paso colectivo es a favor de los que tienen menos. Entonces, no quiero un feminismo hegemónico que no le mueva un pelo la criminalización de la pobreza. Por supuesto, que hay un femicidio cada 26 horas y voy a hacer todo para visibilizar esa realidad. Pero, también hay montón de pibes con hambre, y hay un montón de pibes perseguidos por ser morenos. Entonces, no hay una lucha prioritaria por sobre otras. Sí, anhelo un feminismo popular y eso lo planteo mucho a la colectiva de Actrices. Avalemos el cupo trans en la organización. No podemos ser transfóbicas.

-¿Se están dando ese debate?

-Muchas buscamos ponerlo en el temario: ¿Dónde están las actrices trans? Ojo, tampoco hay actrices pampeanas, sanjuaninas. ¿Cuántas actrices tucumanas, santiagueñas, santacruceñas, vemos en el prime time? Entonces, sí, peleemos por el cupo trans, y también por el cupo federal, y también por el cupo coya. ¿Dónde están las tonadas del norte, o cordobesas, en las novelas de la tarde?

Somos muy centralistas. Mucha gente en Capital se queja de las murgas y el carnaval, otro rasgo de la cultura unitaria imperante. Están demonizando el carnaval, es terrible eso. Lo están demonizando como algo cutre, como algo grasa. La gente bien de Palermo Viejo está harta de las murgas porque no convocan gente, y encima cortan el tránsito, porque la espuma no les gusta y porque los negros les dan asco en definitiva. Pero, creo que el carnaval les da asco porque es popular, es barrial.

-Ahí tenemos una diferencia muy marcada con Uruguay y Brasil, tus otras dos casas.

-Sí, totalmente, voy mucho a mi país natal, Brasil, o a Uruguay, donde nació mi hermana y voy siempre de vacaciones, y notó eso: la Argentina no sabe ordenar el lujo vulgar.

-¿Ordenar, en el sentido de bancarlo?

-Claro, aprovecharlo. Nos falta, creo, cierta cultura colectiva. Mientras el presupuesto siga yendo para obra pública, y no para escuelas u hospitales, esto va de mal en peor. No estoy hablando de que no tenemos plata ni para ir al súper, estoy hablando de lo mal que están nuestras prioridades como proyecto de país. ¿Qué es más importante? ¿Tener más y mejores rutas, o tener más vacantes para la escuela pública y más camas en los hospitales públicos?

-Te he escuchado decir que somos una sociedad que le encanta mostrar lo que toma, lo que viaje, lo que come. ¿Ahí también emerge la flaqueza cultural a la que aludís?

-Es que lo muestra de una manera obscena. Ojo, yo también muestro. Me hago la autocrítica, a mí me contagia la moda. Nos han educado patriarcalmente a las mujeres. En el sentido de pensar “yo quiero lo que ella tiene”. Sinceramente, pienso que es poco obscena la sociedad. Por eso, creo, hay cierta impudicia en algunas revistas, mucho de morbo en la tele, o tenemos un periodismo hegemónico plagado de barbaridades en su relato. No podemos tolerar más que cierren teatros, que cierren cines. No normalicemos más nada.

Nos quieren hacer creer muchas cosas: que el carnaval es grasa, que está bien de dejar de comer cosas ricas y caras que nos gustaban, que las mujeres son unas locas. Hay un hilo que une todos esos prejuicios. ¿Qué digo, entonces? Algo simple, seamos más solidarios. Levanta a esa mujer que está en el piso con sus niños pidiendo monedas, ayuda a ese viejito a cruzar la calle. No digo hacer carencia, digo hagamos política y, fundamentalmente, digo no compres la mierda que nos quiere vender el actual modelo económico. Más allá de si, nuevamente, somos mujeres, actrices, madres, lo más importante es que somos pueblo, nunca perdamos esa perspectiva cada uno desde su sector: somos pueblo.

-Ultimas preguntas, hablemos de políticas culturales. ¿No te da la sensación que la mayoría de los partidos políticos, incluso los populares, incorporan la cultura a su agenda como un filtro de instagram? Es decir, ¿La cultura en política sólo embellece el discurso?

-Bueno, un primer punto para avanzar en la agenda cultural es que esa política vuelva a ser Ministerio. Que vuelvan los embajadores culturales. Que vuelva a cantar Teresa Parodi o Liliana Herrero, nuestras referentes. No me gusta escuchar a Ana María Picchio o a Hugo Arana decir que no les alcanza la plata para comer. El actor cuando no tiene trabajo padece, se vuelve como un trapo de sucio viejo al que nunca más, le parece, va a convocar, o llamar. Para remediar eso, por ejemplo, en España existen programas de apoyo a los actores que están en paro (desocupados), y eso les permite, claro, tener un ingreso cuando están sin trabajo. Y por eso nadie les dice planeros. Nadie les dice se hacen actores para poder cobrar cuando están de paro.

Retomando la pregunta. Sí, veo que la cultura es tomada, muchas veces, como un insumo para captar más votos. ¿Cómo revertimos eso? Nuevamente, y perdón la cacofonía, dando la batalla cultural. ¿Hay gobiernos populares que no sólo tomaron la cultura pour la galerie? Sí, existieron.

-¿Cuándo pasó eso?

-En Argentina, con los gobiernos de Néstor (Kirchner) y Cristina (Fernández). Creo que la Ley de Medios cubría un fomento y un desarrollo para una nueva cultura educativa que, obviamente, era a largo plazo. Ese tiempo largo confundió a algunas personas que anhelaban ver un cambio definitivo ya, en lo mediático y cultural. Y nunca es así. Los cambios hondos son a largo plazo. Pero, también pienso que no se debería banalizar el contacto de nuestros dirigentes con, por decirlo de alguna manera, las personas de la cultura. Deberíamos sacar de la política el pensamiento bananero y cholulo: “cuánto más famoso, más me sirve para la foto”.

Deberíamos pelear por abrir más teatros, más cines, hacer más festivales, poner más escenarios, hacer más radios, y más escuelas como dije anteriormente, esa es la que va.

-Ultima pregunta, si ganamos la pelea por el derecho al aborto, ¿se puede garantizar esa conquista en un país donde no hay una buena cobertura de salud pública?

-Ya tuvimos ese problema cuando se promulgó la ESI (Educación sexual integral) hace doce años, y nunca se  implementó. No tengo muchas expectativas, por otra parte, a que este año se apruebe la norma por la interrupción legal del embarazo.

-¿Por qué marcas eso?

-Porque la composición del Parlamento trasluce eso y el poder legislativo, por obvias razones, es el canal donde sí o sí se tramita esa discusión. Tuve la oportunidad en el año 2015 de decirle eso a  Cristina Fernández cuando compartimos una reunión entre artistas luego de que había dejado de ser presidenta, en el sentido de que había que poner mucha fuerza en el Congreso para ganar la ley. Esa reunión se dio cuando comenzó a hablarse con mucha insistencia de que el kirchnerismo se hiciera una autocrítica. Bueno, Cristina abrió un micrófono para hacer lugar a la autocrítica, y yo aproveche el espacio. Marqué que esa discusión se tuvo que haber ganado en esos doce años que fueron, para muchos, y me incluyo, un gobierno propio. Pero, ya está. Vamos para adelante. Pero, repito, la actual composición de la Cámara no me hace suponer una victoria. Y menos confianza me da una Vicepresidenta que responde a normas y valores feudales, y que festejó su victoria, nuestra derrota, frente a millones de personas, como un grito de gol. Me da mucho dolor eso, se me estrujan los ovarios.

-¿Te duele, no lo festejas en el sentido de decir, vieron, eso es la derecha?

-Me da dolor. No puedo entender que una mujer pueda festejar la no ampliación de derechos para las mujeres.

-¿No hay lugar para el derecho al aborto en un gobierno neoliberal?

-No, porque sería un oxímoron. Los gobiernos neoliberales no amplían derechos, los quitan. Y tampoco va a salir la ley porque la Iglesia tiene un poder muy grande, y porque las provincias no tallan en un sistema político que sigue siendo muy pegado al unilateralismo.

-Si vuelve un gobierno popular, ¿ganamos el derecho al aborto?

-Hay más chances. Pero, hago una aclaración, no siento la media sanción en Diputados como una perdida. Muy por el contrario, creo que los derechos se luchan y se conquistan. Y en esa conquista estamos padeciendo la muerte de muchas mujeres sin recursos económicos en abortos clandestinos. Ellas son las heroínas y las mártires de nuestra lucha.

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Emiliano Guido

Emiliano Guido

Periodista especializado en política internacional. Forma parte del Programa de Integración Regional y Financiamiento para el Desarrollo en Fundación SES (Argentina). Ganador del Premio José Martí (2006) otorgado por la agencia Prensa Latina.

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