La gauchita

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Amalia Granata es la mediática más visible en la consigna celeste que defiende “las dos vidas”, pero llegó al show business haciendo uso del relato sobre su libertad sexual y su ser “gauchita”. Cómo opera la doble moral de la derecha ultraconservadora que está tratando de boicotear la llegada del aborto legal a ley nacional.

Publicado originalmente en Página 12

-Me encanta hacer el sexo oral; disfruto mucho más hacerlo yo, que me lo hagan a mí. Gozo al ver al hombre gozando, no entiendo a las mujeres que sienten asquito –se enorgulleció Amalia Granata en una entrevista con Gerardo Rozin en La noche animal, ocho años atrás, donde contaba que tenía sexo ocasional y que, a veces, a la luz del día, se espantaba de la decisión de la noche anterior. Si vale todo en el sexo vale todo, también, en los derechos a tener sexo sin riesgos. Rozin fue pionero en apoyar el aborto legal desde una pantalla televisiva masiva. Ella, en cambio, es la figura emblemática en cambiar el fuego de su lengua para la neo inquisición conservadora.

“Perdí mi trabajo por luchar por las dos vidas”, se victimizó Amalia Granata, en la mesa de Mirtha Legrand. “El cáncer de mama es la primera causa de muerte de mujeres en Argentina. No las veo con el pañuelo verde pidiéndole al Estado prevención y tomógrafos para las más vulnerables. Coherencia. Cuidemos las dos vidas”, escribió ella, en relación a la muerte de una mujer por cáncer de mama. Con la legalización del aborto se evitarían las 43 muertes maternas anuales evitables más allá de reclamar siempre por más políticas sanitarias.

Pero, además, en la mesa de Mirtha Legrand –hasta ahora– no se pudo sentar ninguna periodista especializada en género. Amalia sí. ¿Cómo llegó a ese lugar? ¿Por su afición a los valores más conservadores, hornear galletas y ayudar a las madres adolescentes a conseguir pañales y becas para poder estudiar? No. Por ser gauchita y pasar una noche de hotel con el cantante inglés Robbie Williams. “Robbie es muy inglés para hacer el amor. Espera que la mujer labure, que haga todo. Y como yo soy gauchita no tuve problema”, relató. La palabra gauchita no es azarosa. El encuentro con Robbie, en el 2004, tampoco. En la ex revista Hombre, donde Amalia aparecía mojando con un duchador su corpiño para develar sus transparencias o jugueteando con el elástico de sus bombachas la pregunta icónica era “¿Tragás o escupís?” y “¿Sos gauchita?”. La gauchada es una fantasía masculina de sex bomb a disposición sin demanda. Sin deseo. Sin no. Y sin reticencia o satisfacción a ser colmada. Se hace un favor y se es sumisa pero hot. El ideal del siglo XXI de la ama de cama perfecta. Ahora, además, moralista.

Marcharon por el derecho al aborto que sus madres no tuvieron

No, claro, no es un problema que Amalia haga sexo oral, que se haga conocida por hacerlo a un famoso en una noche de hotel, que ella lo sepa aprovechar y abrirse camino (porque puede hacer con su libertad, su cuerpo y su sexualidad lo que quiera gracias a las luchas del feminismo). “Muchas mujeres en muchos países contaron que se habían acostado conmigo, pero no se las ingeniaron para construir una carrera como lo ha hecho ella. Se las ingenió para estirar una bandita elástica hasta la Luna. ¡Dios, pasé unas horas con ella, dormí con ella, gran cosa! Bueno, es lindo haber sido útil para ella”, se quejó Williams en una entrevista con Clarín. Chapeau Amalia. Las mujeres pueden hacer de su cuerpo, su lengua y su sexualidad lo que quieran y pueden abrirse camino como quieran. Pero la meritocracia sexual tiene un límite: no se puede volver un boomerang contra los derechos sexuales de las jóvenes.

Además hay otro problema simbólico: muchas otras mujeres quedan en un costado del camino laboral o de tener voz en los medios por no tener un cuerpo uniforme con el moldeado de la sexualidad estándar, por no ser gauchitas y por no hacer sexo oral a demanda. Ese mercado televisivo no es un festival de democracia igualitaria, sino una de las formas de exclusión de mujeres, lesbianas, bisexuales y trans del espejo público del poder y la palabra. No habría que juzgar a ninguna mujer que llegue a ocupar ningún lugar por su cuerpo, sus decisiones, su deseo, sus ambiciones, sus relaciones eróticas o amorosas o sus dotes y ejercicios sexuales. Pero sí sería deseable generar ámbitos laborales –y medios de comunicación– en la que mostrar la baja espalda, ponerse siliconas, hacer dieta o agacharse no sea una condición para tener cámara o una razón de expulsión si el pasaporte de la neo Barbie gauchita de pañuelo celeste no contempla el outfit de la doble moral argenta.

Amalia –que alguna vez trato de chiruza a la amante de su pareja– no es la única que una vez vuelta señora se planta no solo sobre tacos de marca, sino sobre el sentido de la señora que desdeña a las otras. Wanda Icardi, tuiteo, el 28 de junio: “Cuanta Razón tiene AMALIA GRANATA El derecho nuestro termina donde inicia a latir otra vida dentro nuestro, con todo el derecho del mundo a VIVIR!prevención ,adopción , y responsabilidad. no solo por un embarazo no deseado tamb por las enfermedades q vienen por no cuidarse…”. El pasado no condena a ninguna mujer a pensar de una única manera. Y, mucho menos, a decidir abortar. Sin embargo, la irrupción mediática de figuras surgidas de su alquimia sexual como nuevas Doñas Rosas ultraconservadoras, aliadas con sectores de la derecha reaccionaria y violenta, que las toman como adalides de la pelea contra el feminismo no solo sorprende, sino que muestra la doble cara de la pelea no por las dos vidas, sino por una doble moral, que va más lejos que “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”, sino “no haz lo que yo hice porque si te quedas embarazada tenes que ir a abortar en la clandestinidad forzada”.

Esta doble vara trae un estuche de perversión (sin diversión garantizada): la televisión, las revistas de personajes, las del corazón, las de sexo, los programas de espectáculos, los portales de chimentos y el combo del borombombon mediático le dicen a las chicas que solo pueden ser famosas (o pretender sexo) si muestran el lomo, se hacen las lolas, tienen el culo parado por la tensión del gimnasio, dejan los postres y ponen su lengua a disposición de quien les pide una agachada. No todas lo hacen. No todas llegan. No todas son productos en serie de lo que la industria mediática les pide. Pero ser una sex bomb gauchita es parte del pasaporte que el machismo exige a las jóvenes para franquearles el pasaje. Si las chicas no encajan tienen menos lugar, menos trabajo, menos posibilidades y más expulsión del mercado laboral (desde una estación de servicio hasta un programa de radio) y si lo hacen y sí tienen sexo tienen que cargar con el fantasma de la penalización de una interrupción voluntaria del embarazo.

No soy neutral

Porque si siguen el ejemplo de las sex bomb porque les gusta, porque muestran para gozar, para recibir, para ser amadas o para disfrutar; si se olvidaron la pastilla; si sufrieron sexo sin su consentimiento; si las penetraron sin preservativo (igual que a tantas en tantas noches de despertarse con el revoltijo de la luz del día); si el padre de sus hijxs las engaña y/o no les pasa alimentos y no pueden volver a ser madres; si no quieren tener hijxs; si no se acuerdan con quien estuvieron o no quieren recordarlo de nuevo o si quieren seguir con su vida, su disfrute y su carrera; la ultraderecha se alía con las gauchitas morales y les dice que tienen que ser sexys funcionales, pero no autónomas, solo muñecas inflables con vientre all inclusive todo, todito, a disposición del varón dominante.

La doble moral no va más. Cada una hace lo que quiere.

Pero el derecho al aborto legal, seguro y gratuito será ley y será para todas.

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