Política o moral

Compartir

«La descalificación moral en política suele provenir de quienes desaprueban las acciones políticas realizadas pero no quieren someter sus conclusiones al debate político». Esta es una de las discusiones que propone el «Manual del militante pasivo en defensa de la política» del colectivo Mesa de Autoayuda K. Un libro que no solo brinda herramientas de discusión al simpatizante populista sino que intenta desarmar lugares comunes del discurso público y generar preguntas en torno a qué aportan y qué quitan a la vida democrática. Compartimos un adelanto.

Enmarcado en la estrategia de desvalorizar la política se alimenta un error frecuente y fatal que es confundir lo político con lo moral. Tanto en la acción como en el análisis y en nuestro juicio o valoración.

Un juicio moral es binario. Se pasan todas las acciones del analizado, tantos ítems como se deseen, reales o sospechadas, por un scanner moral ultrasensible. Si alguna de las acciones del sujeto hace sonar la chicharra del scanner… “¡Bingo! ¡Tenemos un inmoral!”.

Como en esos largos formularios que uno debe llenar en una web, basta un dato que el sistema detecte como incorrecto para ser rechazada la persona.

El juicio moral no acepta atenuantes ni matices, no es materia argumentable, opinable. Bien lejos de un juicio jurídico, donde aparecen pruebas, contextos, atenuantes, derechos en pugna, valoraciones, etc. Un juicio moral tiene una simpleza tal que hasta un inquisidor sin asistencia puede realizarlo y en un muy corto tiempo. Por eso el juicio moral es tan tentador, no requiere esfuerzo de análisis, es sumario y no tenemos que someter nuestro juicio a juicio. ¿Qué más se puede pedir?

Entre los ítems valorados puede existir uno moral. Un mormón podrá ponderar como resultado objetivo que el presidente crea fervorosamente en Dios o que sus ministros no caigan en el pecado de la gula. Pero en un análisis político, deberá ponderarlos, promediarse con otros, como la implementación de planes de alfabetización o de inclusión. Finalmente, comparar para poder juzgar entre distintos presidentes. Y en un análisis político la lista de resultados objetivos no puede ser muy larga, ya que rápidamente cada ítem tendrá tal ponderación relativa que su valoración no impactará en la opinión final.

Los resultados-objetivos en la construcción de una opinión política deberían tener impacto en la realidad. Por dos razones. La primera: no es deseable juzgar a alguien por algo que nadie puede asegurar que ocurrió. Como calificar a alguien por soñar con perros color violeta, si no tenemos forma de saber siquiera que el sueño ocurrió. Sí puedo tener como objetivo que «nadie crea que el candidato sueña con perros» o que «los medios no me digan que el presidente sueña con perros» pero aquí cambié el resultado-objetivo deseable. Ya no valoro más si sueña o no, sino que valoro algo muy concreto como es la opinión de otros. Sugerir que tenga impacto en la realidad no significa que solo valoraremos cosas materiales. Podría ser el estado de ánimo de la ciudadanía, el estímulo a la juventud para realizar deportes tediosos o para consumir drogas pesadas, etc. Todas cosas que uno no puede tocar, pero sí puede percibir para valorar o rechazar.

Segundo, y quizás más importante: un acto sin un impacto mínimo en la realidad debería carecer de importancia en política. ¿Por qué ponderaría un resultado que no afecta ninguno de nuestros sentidos? Como penalizar o premiar por algo que nadie podrá detectar. A lo sumo sabremos que ha sido realizado pero no nos afectará en nada.
Si al diseñar un puente los participantes se gritaron durante las reuniones o se llevaban mal, no debería ser considerado para construir nuestra opinión.

Los objetivos deben entonces ser visibles (para alguien al menos) y con un mínimo de impacto en la realidad.

En cuanto al efecto de la moral en la acción política, imaginemos por un instante una república en la que las personas se viesen obligadas a consensuar preceptos morales. La discusión adoptaría rápidamente el esquema de amigo-enemigo y escalaría a una jihad de exterminio. La resolución de dos morales en conflicto solo se logra con la eliminación de una de ellas porque los principios morales no se negocian ni se acuerdan.

Es llamativo que la ciudadanía no tenga a la irrupción de la moral en la arena política como una temible amenaza.

Lo dicho a la moral aplica, por supuesto, a lo religioso. Pero en Argentina lo religioso no goza en el discurso público de la misma valoración positiva que lo moral.

Por suerte, como en un consorcio de propiedad horizontal, en la nación las personas sólo se ven obligadas a consensuar decisiones relacionadas con la administración de la cosa pública. Por ejemplo: ¿qué construir?, ¿qué prohibir?, ¿qué incentivar?, etc… Este consenso se logra con la acción política. En esa acción todo es un tira y afloja. Todo se negocia. Se ofrecen quitas a los propios deseos y expectativas a cambio de alguna concesión a favor. La política funciona mucho mejor en manos de “comerciantes”, expertos del “toma y daca”, para quienes nada es “innegociable”, para quienes cualquier concesión es posible si a cambio obtienen algo de valor para sus representados. En cambio, no puede decirse lo mismo de los “hombres de moral superior” para quienes la política debiera ser la puesta en práctica de una larga lista de mandamientos irrenunciables, quienes prefieren morir antes que realizar alguna concesión (quien prefiere morir por algo está cerca de preferir matar por lo mismo).

Nadie posee una moral más férrea que un fundamentalista. Sus principios son inamovibles; no renuncia a ellos ante nada; ninguna evidencia o beneficio menor pueden distraerlo; no los vende ni por la valija de Antonini multiplicada por las veces que el diario La Nación la mencionó. En política democrática esos principios no son valores, sino amenazas.

La descalificación moral en política suele provenir de quienes desaprueban las acciones políticas realizadas pero no quieren someter sus conclusiones al debate político. Y por lo general son los medios los que exageran la inmoralidad de los hechos, para descalificar a un gobierno cuyas acciones les producen rechazo.

***

Podés comprar el libro ingresando en: Editorial Autoría

Comentarios

Comentarios

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 21/09/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto