El papel del Estado durante las epidemias en Argentina

Compartir

La extensión de la cuarentena obligatoria por parte de Alberto Fernández establece un rol fuerte del Estado en esta pandemia de COVID-19. Pero no siempre fue así. En este repaso histórico sobre el rol del estado ante el cólera, fiebre amarilla, paludismo, gripe española y otras pestes aparecen viejas miserias, como seguir festejando el carnaval y culpar a la población afrodescendiente de la fiebre amarilla, creando un gueto en la ciudad de Buenos Aires. Durante el primer peronismo, Ramón Carrillo cambió las estrategias de contención, nombrando médicos en lugar de las Damas de Beneficencia, que controlaban la mayor parte de los hospitales pese a que los fondos eran públicos.

Si se revisan las historias de las epidemias en Argentina lo primero que llama la atención, de este momento histórico, con un país, un mundo, en cuarentena, no es lo inédito de la gravedad del Coronavirus, de hecho hubo otras epidemias incluso más graves y expansivas, lo inédito es la reacción del Estado y de gran parte de la sociedad. Es la primera vez en nuestra tradición sanitaria que estamos a la altura del peligro. Un Estado presente, protector, ejerciendo la autoridad y aprendiendo rápidamente de las mejores experiencias que se van desarrollando en el mundo.

Durante el siglo XIX hubo recurrentes epidemias de cólera; la de 1867 se llevó la vida, por ejemplo, del entonces vicepresidente Marcos Paz, cuando el presidente era Bartolomé Mitre. Fue uno de los 1653 muertos que tuvo la ciudad. Esta epidemia estuvo enmarcada dentro de una pandemia mundial. Las autoridades coordinaron el armado de comisiones parroquiales para atender los casos, que se debían internar en casas asignadas para ello. La epidemia se propagó al interior del país y, aun así, solo se establecieron cuarentenas para los barcos que arribaban. No se estaba ni cerca de un Estado que pudiera actuar coordinadamente para atacar las causas.

En 1871 la epidemia de Fiebre amarilla se convirtió en tragedia. Con un saldo de 14.000 muertos que representaron el 8% del total de habitantes de la ciudad. Miles de problemas de higiene y descontrol sanitario fueron el campo fértil para que el mosquito aedes aegypti se haga su festín. Pero en ese entonces desconocían las causas del contagio. Más allá de eso el Estado se ausentó de una manera insuperable. Primero, ante la evidencia del aumento de víctimas, se decidió no divulgar la noticia para no arruinar los festejos de Carnaval. El entonces presidente, Domingo Faustino Sarmiento ordenó meter preso al médico del puerto porteño, quien había osado someter a cuarentena a los pasajeros de dos barcos recién llegados del norte del país, que era de donde se sospechaba provenía la enfermedad. En la misma ciudad de Buenos Aires convivían el gobierno nacional, el provincial y el municipal. Casi una sobreoferta de burocracia estatal, pero lejos de tomar el control y liderar la lucha contra la enfermedad Sarmiento huyó de la ciudad. En el mismo tren también se escaparon: la Corte Suprema en pleno, los cinco ministros del Poder Ejecutivo Nacional y la mayor parte de los diputados y senadores. Las tareas de salud las organizaron los vecinos y médicos como Juan Antonio Argerich. La única acción estatal fue vergonzosa, se culpó de la enfermedad a los pobladores negros de la zona de San Telmo y el ejército decidió ponerlos en cuarentena sin dejarlos salir lo que generó entre ellos la mayor mortandad. 

Se identificó como foco infeccioso el riachuelo. Las clases acomodadas se fueron definitivamente del sur de la ciudad y comenzaron a poblar la Recoleta y Barrio Norte. 

Mario Rovere: «La salud individual se defiende colectivamente»

En 1900 el Paludismo se había convertido en una epidemia crónica con una alta mortandad. El presidente, Julio A Roca, decidió que despedir al prestigioso Eduardo Wilde y designó, al frente del departamento nacional de higiene, a Carlos Malbran: “Desde que me hice cargo de esta repartición —contaba Malbrán- en la única publicación que de él pudimos encontrar— vi muy claros los grandes deberes que imponía el ejercicio de sus altas funciones. Pero vi también que el país carecía de una Ley de Sanidad Nacional, necesaria para hacer efectiva la defensa de la salud pública en todo su territorio, dentro de las reservas de nuestro régimen federal de gobierno”. En efecto, la Constitución Nacional no previó como actuar en casos de necesidad extrema en cuestiones de salud. En el mensaje que acompañó al proyecto de la Ley de Sanidad Nacional, el Ministro del Interior, Joaquín V. González advertió: “la amenaza no se limita a los puertos y no es solamente a ellos que deben restringirse las medidas defensivas”. Se estaba intentando un accionar fuerte desde el Estado pero como tantas otras veces, el proyecto no se aprobó. Es decir que los diputados y senadores nacionales se neganban a conceder ese poder al gobierno central, eran los conservadores representantes del modelo agroexportador. El Paludismo estaba haciendo estragos.  En la Argentina se repitieron, en varias oportunidades, brotes de peste bubónica. Casi todos esos años, se produjeron epidemias de viruela en diversas provincias. En septiembre de 1903 se sancionó la ley 4.202 que establecía la tantas veces reclamada obligatoriedad de la vacunación, aunque solamente para la Capital y los Territorios Nacionales, únicos territorios en los cuales el Ejecutivo nacional poseía el poder de policía en asuntos sanitarios. Y estas resistencias se ejercían a pesar de que se obtuvieron algunas informaciones demográficas alarmantes sobre la situación sanitaria en algunas provincias: en 1902, por ejemplo, la mortalidad había superado a la natalidad, que era bastante elevada, en Jujuy y en Salta. Aún así, no se consiguió autorización para intervenir sino a través de expresas solicitudes provinciales. Cuando en 1907 se elaboró un proyecto para reglamentar las sociedades de socorros mutuos y asistencia médica, tampoco se consiguió que prosperara.

Durante la llamada Gripe española 1918-1920, en Argentina hubo 14.997 muertos, un desastre poblacional para la época, y las victimas se focalizaron sobre todo en las provincias del norte. La epidemia no fue una sorpresa para nadie porque se conocía muy bien lo que estaba pasando en Europa. Sin embargo casi no se tomaron medidas preventivas. El virus se trasladó al norte en tren, a ninguna autoridad se le ocurrió suspender esos viajes.

La primera vez que el Estado Nacional toma decididamente el control de la situación fue durante el primer gobierno peronista. En 1946 Juan Domingo Perón designa como secretario de salud primero y después como ministro a Ramón Carrillo “Hay un ministerio de hacienda y no uno de salud, les preocupan más las vacas que los trabajadores” le dijo. La mayoría de los hospitales los manejaban la Damas de beneficencia, a pesar de que el 90% del dinero lo aportaba el Estado. El nuevo ministerio centralizó en el Estado Nacional toda la salud pública y desarrolló una tarea faraónica. Por fin se terminó con el paludismo y con la tuberculosis. Aumentó el número de camas existentes en el país, de 66.300 en 1946 a 132.000 en 1954. Hizo desaparecer prácticamente la sífilis y otras enfermedades venéreas. Creó 234 hospitales o policlínicas gratuitos. En muchos lugares en dónde se fundaron estos hospitales los pobladores era la primera vez que veían un médico. Disminuyó el índice de mortalidad por tuberculosis de 130 por 100.000 a 36 por 100.000. Terminó con epidemias como el tifus y la brucelosis. Redujo drásticamente el índice de mortalidad infantil del 90 por mil a 56 por mil. 

Pero al llegar el golpe de Estado de 1955 se disolvió el ministerio de salud y Ramón Carrillo fue perseguido como si fuera un delincuente. Por eso no es de extrañar que la llegada de una nueva epidemia haya agarrado a la población desguarnecida. En 1956 la Poliomelitis, o Parálisis infantil hizo estragos en toda una generación de niños. Dictar una cuarentena resultaba una medida inimaginable, cuando el propio gobierno en un primer momento había desconocido la existencia de una epidemia, a pesar de que las cifras de enfermos y los diarios decían otra cosa. Cuando el sistema de salud mostró todas sus deficiencias -falta de pulmotores, lugares de internación- sólo se preocuparon en echarle la culpa al peronismo y no faltó quien le achacó la culpa a los pecados. La vacuna llegaría recién al año siguiente. 

La acción centralizada que estamos viviendo frente al Coronavirus es el resultado de una larga trayectoria histórica en la que es posible poner la salud de los argentinos por encima de cualquier otro interés. Venimos de un gobierno que desmanteló la salud pública y que dejaba librado al mercado la suerte de todos.

Ahora el desafío es responder a las necesidades de los que no pueden afrontar encerrarse en sus casas y vivir en cuarentena. 

Comentarios

Comentarios

Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

Hacé tu anotación Sin anotaciones
Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 24/05/2020 - Todos los derechos reservados
Contacto