Adriana Irma Vitale a menudo se encuentra hablando una mezcla de español y portugués, un híbrido que ella misma ha desarrollado. Desde hace seis años reside en Canasvieiras y a veces lucha por recordar ciertas palabras en español. Entre risas, trata de encontrar el término adecuado en su lengua materna y se pregunta: “¿Cómo era en español?” mientras sigue con su rutina diaria.
Pese a que los pasillos del supermercado Skina tienen una distribución algo complicada, es fácil llegar a la panadería siguiendo el irresistible aroma del pan recién hecho. Adriana trabaja allí, tras el mostrador, con sus manos cubiertas de harina y en jornadas que parecen interminables. A sus 66 años, ha dedicado gran parte de su vida a la cocina.
Mientras organiza bandejas de productos, Adriana conversa animadamente y asegura que sus alfajores de maicena son su máxima especialidad. Tienen una textura suave y un dulce de leche que se deshace en la boca con cada mordisco. El proceso es tan familiar para ella que lo realiza sin apenas pensar, gracias a sus manos expertas que memorizan cada paso.
Aun cuando su repertorio incluye budines, medialunas y tartas saladas, sus alfajores son los que causan sensación entre los turistas, agotándose al instante de ser puestos en venta. La receta la forjó siguiendo las enseñanzas de su abuela, un legado familiar que, aunque basado en platos no dulces, ha llevado al éxito.
Un nuevo comienzo inesperado
Adriana comienza su día a las siete, antes de que los primeros clientes lleguen a la panadería en busca de pan caliente. Con el transcurso del día, cuando el ajetreo de la playa en Canasvieiras disminuye, los visitantes vuelven deseando algo dulce o salado para acompañar su mate, una tradición típica entre los argentinos. Aunque su jornada debería acabar a las cuatro de la tarde, Adriana a menudo se queda más allá de ese horario, sobre todo en época de alta demanda, cuando la panadería casi no tiene respiro.
Desde temprana edad, Adriana ha estado vinculada a la cocina. “En Argentina, me dedicaba también a las comidas para colegios y oficinas. Al mudarme, empecé a vender a mis vecinos comida para congelar, lo cual disfrutaba más por la libertad de manejar mi tiempo”, comenta.
Con habilidades autodidactas, Adriana conduce su negocio culinario sin formación académica específica, fiándose de su experiencia y capacidad de improvisar. Solía trabajar en solitario, con el apoyo ocasional de su esposo, un esfuerzo que le permitió establecer sus propios horarios.
Un destino fuera de planes
En 2019, un suceso familiar la trajo a Brasil. Su suegra, dueña de una vivienda en Florianópolis y que pasaba allí los veranos, sufrió un infarto y no pudo regresar a Buenos Aires. Este evento inesperado llevó a Adriana y a su esposo a viajar en auto, haciendo frente a un trayecto largo y imprevisto.
Cuando llegó la pandemia en 2020, la pareja se encontró en Florianópolis. Mientras muchas naciones adoptaban medidas restrictivas, en Brasil, la vida continuaba sin un confinamiento total, con algunas obligaciones como el uso de mascarillas y supermercados operativos. Ellos decidieron permanecer allí después de enfrentar la imposibilidad de regresar a Argentina en vuelos directos, afectando su capacidad de despedirse de sus seres queridos.
Adaptación y arraigo
Tras la pérdida de su madre sin haber tenido la oportunidad de verla por última vez, Adriana y su familia comenzaron a asentarse más en Florianópolis. A pesar de las dificultades iniciales y la necesidad de empleos temporales para poder subsistir, la oportunidad de trabajar en la panadería les proporcionó una estabilidad que no pensaban encontrar. Han pasado seis años y ahora considera Brasil su hogar, aunque siempre sigue añorando la cultura y cercanía argentina.
Pese a todo, Adriana confiesa que echa de menos a su país de origen, sobre todo los encuentros espontáneos con amigos que no son comunes en Brasil. “Acá las personas son más reservadas, no puedes simplemente aparecer sin avisar”, dice.
Reflexiones sobre el futuro
De cara al futuro, Adriana tiene sentimientos encontrados sobre Argentina. Aunque aprecia ciertos avances, reconoce muchos aspectos que necesitan mejorar. “Hay esperanza con nuevos liderazgos, pero veo una situación compleja por delante”, comenta.
Valora positivamente su experiencia en Brasil por la calidad de vida que ha encontrado, aunque sabe que el sacrificio es diario y debe trabajar arduamente. Se consuela con el hecho de poder disponer de algunos productos que se han vuelto un lujo en Argentina y que son vitales para su pasión por la pastelería.
Adriana continúa día a día, atravesando barreras lingüísticas y culturales, sacando provecho tanto de su amor a la cocina como del entorno tranquilo que Florianópolis le ofrece. Así, mantiene vivos los recuerdos y sabores de su tierra mientras repite la mezcla de idiomas que se ha vuelto parte de su vida cotidiana.
AS
