Por el fin del «edadismo»

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La elección de los sistemas médicos del mundo, particularmente en España e Italia, en favor de atender a los más jóvenes durante la Pandemia provoca un arduo debate. Es la prolongación de una lógica basada en la edad, que discrimina a viejos y establece la dictadura del «edadismo». La letalidad del coronavirus está asociada a la existencia de patologías respiratorias, más comunes en personas mayores. El mundo necesita una sacudida.

Un cirujano debe decidir a quién dar un trasplante de corazón entre dos pacientes. Uno de ellos es un adulto de 62 años con enfermedad coronaria y buenos hábitos recientes. El otro, es un estudiante de 23 años con una enfermedad cardiaca de origen desconocido y malos hábitos. El médico decide realizar el trasplante al joven de 23 años.  ¿Consideran uds que en esta decisión hay daño?

Recibí este dilema por whatsapp hace una semana. Una amiga, que es médica,  se encontraba realizando una evaluación de ética médica que le requerían en su actual trabajo y lo envió a un grupo que tenemos con otras amigas para discutir sobre el tema.  

Si bien es evidente que el problema así planteado involucra un juicio moral sobre los hábitos de las personas, aquí me quiero centrar específicamente en la edad. Algunas de mis amigas rápidamente sostuvieron que el médico había obrado “bien” al elegir trasplantar al joven. En ese momento estuve de acuerdo: claro, de sobrevivir, el joven tendría muchos más años de vida por delante que el hombre de 62. Pero, pensándolo de otra forma: ¿Por qué la edad debería ser un criterio para tomar estas decisiones? ¿No deberían basarse exclusivamente en los antecedentes clínicos de cada persona? De lo contrario, no subyace a este planteo que las personas jóvenes tienen más derecho a la vida que quienes son mayores? No quiero aquí cuestionar o juzgar este tipo de decisiones éticas, sino habilitar una pregunta. 

Sabemos que los niveles de letalidad no se deben linealmente a la edad, sino que el riesgo está vinculado con el estado del sistema inmunológico y la probabilidad de existencia de patologías respiratorias previas, que resultan más posibles en personas envejecidas. 

El dilema, por alguna razón, me recordó a las últimas escenas de “Titanic”. Antes de que el barco se hunda, la tripulación se organiza para llenar los botes salvavidas -que dicho sea de paso, eran menos de los necesarios, porque ya en ese tiempo los empresarios especulan con la vida – y los criterios para definir quiénes son lxs que deberían salvarse fueron tres: la clase, el género y la edad. Si entendemos esos barcos como el trasplante de corazón del dilema anterior, o como la asignación del derecho a la vida, las mujeres, los y las más jóvenes  y las personas de clase alta tienen más derecho a salvase que el resto. Incluso, hacia el final, en el momento más álgido y desesperante de la película, justo antes de que el barco se hunda, se ve una tierna escena con una pareja de ancianxs de clase alta abrazados pacientemente en su camarote esperando la muerte, sin siquiera intentar reclamar un lugar en los botes, asumiendo su posición en las jerarquías de prioridad. 

Sin dudas la clase, el género y la edad son los tres grandes clasificadores sociales . Pero: ¿Qué sentidos sobre la vejez, el envejecimiento y la edad subyacen en estas escenas que se encuentran mediando entre el derecho a la vida o muerte de las personas?

En el marco de la pandemia por el COVID 19 miles de estas escenas y dilemas podrían repetirse o haberse repetido en algunas guardias de los hospitales ante la falta de recursos sanitarios y de insumos. Una y otra vez escuchamos, e incluso repetimos, que “los abuelos y las abuelas” son población de riesgo porque, en la mayoría de los países, los índices de letalidad para las personas mayores de 60 son más altos que el promedio. Pero,”¿Qué es esto? ¿Un virus Malthusiano?” escuchamos decir en broma a nuestrxs amigxs sociologues. 

Bien sabemos que los niveles de letalidad no se deben linealmente a la edad, sino que el riesgo está vinculado con el estado del sistema inmunológico y la probabilidad de existencia de patologías respiratorias previas que resultan más posibles en personas envejecidas.  Pero, ¿en el caso de que se elaborara una estrategia de triage –  el método de selección y clasificación de pacientes empleado en la medicina de emergencias en el cual se evalúa las prioridades de atención-  basado únicamente en la edad, estaríamos usando criterios y expectativas morales y no clínicas ?

Pensemos una situacion hipotetica: a todxs nos parecería descabellado que este tipo de decisiones se basen en el género de los personas, aunque sabemos que que hay ciertas enfermedades que en términos de probabilidad se encuentran asociadas a las biologia masculina y otras a la biología femenina.  Incuso, hay evidencia de que el Covid 19 es estadísticamente más letal entre las personas con biología masculina. Sin embargo: ¿por qué no nos parece extraño que suceda en relación a la edad? 

Esto sucede a pesar de que la edad y el género tienen más cosas en común de lo que pensamos. Existe una dimensión biológica: el proceso de envejecimiento -que por el otro lado es heterogéneo a cada persona-  que está en tensión con una dimensión socio-cultural, la edad. Además, como sucede con el género y el sexo, se aparecen a los ojos de todxs como si se tratara de la misma cosa.

Esta pandemia vino a sacudir más de una lógica en este mundo en el que nos acostumbramos a vivir.  Sin dudas, puso de relieve la cuestión de la vejez y el envejecimiento. Somos conscientes que vivimos en un mundo con una población cada vez más envejecida, y cada vez menos visibilizada. En el mundo el 10% son mayores de 60 y en cuarenta años esa cifra será del 22%, en la Argentina casi el 15% de la población es mayor a 60 años y en los centros urbanos este porcentaje aumenta. Los geriátricos, hasta ahora casi invisibles, toman las tapas de los diarios, los gobierno vuelcan sus mirada sobre esta población desde una perspectiva preventiva, y los medios se muestran preocupados por “los y las abuelas”. 

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Sin embargo, todavía hay un debate que no nos dimos sobre la edad y el envejecimiento. Los seguimos llamando “abuelxs” o “jubiladxs” negando que hoy representan casi el 15% de la población argentina y que tienen entre si la misma heterogeneidad que antes de sus 60 años: son abogadxs, médicxs, periodistas, empresarixs, obrerxs, etc. ¿Por qué será que negamos esta riqueza y diversidad cuando pasamos los 60 años? Por otro lado, la ley de antidiscriminación de la Argentina ni siquiera contempla explícitamente la edad como factor de discriminación. Recientemente la Diputada Nacional Gabriela Cerruti presentó un proyecto de ley para ponerle nombre a este discriminación y revertir mecanismos sociales, políticos y culturales que reproducen prejuicios. Se trata de un proyecto contra el edadismo, en ingles “aging”, acuñado en 1968 por el gerontólogo y psiquiatra Robert Butler para referirse a la discriminación contra las personas mayores y basándose en los términos sexismo y racismo. El proyecto de ley es una manera de iniciar un debate y se hace eco de las discusiones que las inquietas mujeres que forman parte de “la revolución de las viejas” se están dando. 

Hace algunos años, cuando el movimiento feminista no había trastocado todas las lógicas, muchxs no hubiéramos cuestionado que el género, como en el Titanic, sea un criterio para definir la supervivencia.  Probablemente sí lo hubiéramos advertido en relación a la clase, aunque sabemos que la clase sigue siendo un criterio oculto sobre el derecho a la vida. Lo mismo ocurre hoy con el género: las personas trans tienen una expectativa de vida menor que la media. Hoy somos conscientes que el feminismo movilizó nuestro sistema de valores y definitivamente no tomaríamos las mismas decisiones que antes. Pero ¿por qué no dimos este debate en relación a la edad? Quizás, al calor de esta sacudida mundial, se gesta un movimiento multitudinario que grite “se va a caer, el edadismo, se va a caer”. 

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