Relato íntimo: cómo es tener coronavirus y estar aislado en tu propia casa

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Primero se contagió María Eugenia. Alejandro sabía que no iba zafar aunque lo negara. Quedaron los dos aislados en un sector de la casa y los chicos tuvieron que sobrevivir solos –o con ayuda de amigos–. Los miedos, las ansiedades, las angustias. ¿Cómo reacomodar la geografía doméstica? ¿Quién cocina, quién limpia, quién contiene? Las videollamadas como recurso para estar cerca. El abrazo del reencuentro.

Es obvio que vas a dar positivo, porque tu compañera dio positivo, porque dormiste con ella cuando arrancó con cansancio y porque ahora el cansado sos vos. Pero la negación te acompaña igual –por ahí es solo una gripe, la gente en invierno suele tener gripe, no es tan raro– aunque las evidencias vayan hacia otro lado.

Hasta que te llaman de la prepaga.

El médico en la pantalla de la computadora ni siquiera le puso suspenso. Directamente me dijo que me tenía que aislar, me preguntó con quién vivía y si había alguien en situación de riesgo. “¿Pero me dio positivo?”, pregunté. “Sí, claro”, respondió. A partir de ahí no escuché mucho más. Las indicaciones las sabía de memoria por sobreinformado y porque María Eugenia había estado siete días en cama casi sin poder levantarse y los cuatro ya habíamos tenido que reacomodar nuestra geografía doméstica.

Cuando empezó a sentirse mal, ella se quedó en nuestro cuarto nuestro. Pedro, que tiene 8, me dejó su cama para que mi espalda no crujiera. Él fue al colchón y Matilda, la de 18, por ahora mantenía su cuarto en el fondo, que para cuestiones pandémicas le venía perfecto.

Me había fugado de la videollamada hacía unos minutos cuando el médico me sacudió:  “¿Alguna duda?”. “Ninguna”, contesté. Dijo algo más, le devolví un “genial, buenísimo, gracias” y corté. Me quedé sentado con la laptop en las rodillas y de repente algo se volvió más gris. Y en un segundo me sentía radiactivo. Había que reconfigurar.

Pedro pasaba abajo, Mati tenía que entregar su exclusividad y las dos partes de la casa dejaban de tener contacto. No era solo un enroque, había que explicarles a los chicos las malas nuevas. Hasta entonces no me imaginaba la cantidad de cosas que Pedro tenía en la cabeza. Que si no nos iba a pasar algo, que si lo íbamos a contagiar, que si vi a la abuela en esos días… Nos tomamos un rato, les hablamos desde la escalera y ellos nos miraban sin pestañear. Les explicamos, después se abrazaron. Nosotros ya no podíamos estrujarlos. Primera señal de lo que significaba el aislamiento.

Durante los más de cinco meses de cuarentena Mariu salió a trabajar y a mí me tocó quedarme. Había acumulado tareas como nunca: la limpieza, ver las tareas de Pedro, las del grado, la de inglés particular, hacer de profe de gimnasia, compras, comidas, mi trabajo. Sentía que no tenía mucho más cuerda antes de colapsar. En ese cuadro aparecieron los positivos.

Cuando la posibilidad del contagio es externo, entrás a la casa, te bañás en alcohol y dejás el miedo en la puerta. Pero si sos vos el que tiene el virus tus movimientos se vuelven raros. Te acercás demasiado para recibir la comida y por reflejo los otros se alejan. Podés reírte, entenderlo, quitarle drama, pero hay algo del rechazo que te deja atontado.

 

Contenidos digitales para aprender y jugar desde casa

Durante cinco días ninguno de los dos iba a poder tocar a los chicos. El sacudón era emotivo pero había un quilombo logístico que no vimos venir. Todas la tareas que antes enumeré se las transferí sin ceremonias a la hermana mayor. En las últimas semanas, Mati se había cansado de que le pidiera lavar platos o que me diera una mano con la comida. Gastada por el encierro y por la rutina respondía con cara de nada a mis pedidos. Pero cuando pasó lo que pasó, hubo algo en su rictus corporal que cambió. Ella no pregunta tanto como su hermano, es más seca. Lo miró y le dijo que le llenaba la bañadera y que ella iba a cocinar. Dio el paso al frente y se transformó en la capitana del equipo. Entendió lo que había que hacer y no cuestionó nada. Fue así hasta que su mamá bajó las escaleras unos días más tarde. Recién entonces regresó a su adolescencia.

“Les mando un link de zoom y jugamos”. La frase más repetida. Desde la cama al living, un partido de ajedrez, otro, otro. Las correcciones de las tareas, el drive, el google docs de la escuela, un poco de cariño y hasta la cena por pantalla. Si la semana anterior la vida pasaba por zoom ahora la vida era zoom. Me pregunto cómo será volver a la normalidad ahora que somos medio ciborgs.

En medio de esta logística aparecieron los síntomas. El cansancio del virus hace que tu hábitat total sea la cama. Los primeros cuatro días sentía un exceso de gravedad que no conocía. No intenté nada porque no podía. Solo movimientos cortos. Estirar el brazo para agarrar la computadora, el Kindle o el celular. Tenés que ser eficiente. Y si tenés altas expectativas muy probablemente no las cumplas.

La ayuda externa llegó sobre el filo, cuando ya necesitábamos refuerzos. Varios amigos tocaron el timbre, dejaron compras del súper y un par de viandas para freezar. En momentos bravos no hay ayuda más concreta que solucionarte la comida. Fue la clave para llegar sin ahorcarnos al día en que el primer aislamiento se desbloqueara.

La mañana del día diez los chicos se levantaron antes. Se armaron el desayuno en el living. Esperaron que su mamá bajara y se provocaron una bola de abrazos. Sin que se dieran cuenta los vi desde arriba secarse las lágrimas. Estaban aliviados. Pedro volvió a hablar hasta por los codos. Creo que la extrañaban mucho más a ella que a mí pero no sentí celos. Al contrario, la escena me daba mucha tranquilidad.

Pasaron cinco días. Me dijeron que escriba sobre lo que nos está pasando. Llegué hasta este párrafo y frené. Le copié el texto a Mariu que estaba tirada con Pedro en la otra habitación. Los dos tildes se pusieron celestes pero no me contestó. Pensé en si había pifiado en contar tantas cosas nuestras y entonces sentí el ruido del whatsapp.

[0:04] Mariu: me hiciste llorar. mucho.

[0:04] Ale: en serio?

[0:05] Mariu: sipi

[0:05] Ale: pero es bueno eso. O no?

[0:06] Mariu: sí, re

Faltan dos días y ya no sé qué quiero. El deseo es algo que tengo medio olvidado. Estoy como después de horas de zapping en el cable. Me siento mejor pero creo que el verdadero síntoma de mi covid es un enorme embole. Si pienso en positivo, mi universo ya no podría achicarse más. Cuando tenga el alta, ¿sentiré lo que sienten los mineros al final de la jornada? Quizás ya no vuelva a padecer el encierro como antes del contagio. Después de estar tanto en un cuarto la casa me va a parecer la cancha de River.

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