El paso del cuerpo

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“El cuerpo percibido desde otro lugar es un posible agente de cambio”, sostiene convencida Damiana Poggi, la directora de Fuerza de Gravedad, una obra de teatro danza-documental que aborda temáticas como el desgaste, el paso del tiempo, la resistencia física, el cuerpo y la edad a partir de la biografía de bailarines clásicos de entre 70 y 97 años de edad.
Fuerza de gravedad es un espectáculo que cuestiona de manera indirecta el canon corporal de la danza, pero también hace una crítica al modelo capitalista: “La idea es reflexionar sobre eso, cuál es la función del cuerpo, qué pasa con un cuerpo que ya no es útil a los valores capitalistas de la producción, qué pasa con esos cuerpos que quedan en un margen, que ya no se consideran productivos, que ya no se perciben como eróticos”, revela Poggi.

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Foto: Andras Calamandrei

El estreno se llevó a cabo en julio de 2015 durante el Festival Frinje, en Madrid, luego de que la obra haya sido seleccionada por un comité artístico local para participar del evento. En noviembre de ese mismo año tuvo dos presentaciones en el Club Cultural Matienzo, y vuelve este año a escena el día 5 de mayo, a las 21 horas, en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543).

La obra cuenta con la participación de los bailarines Stella Maris Isoldi y Roberto Dimitrievitch en escena, y de Galina Gladinkova en video (los tres, exintegrantes del ballet del Teatro Colón), más la reciente inclusión de Alicia Melillo, exbailarina del ballet del Teatro Argentino de La Plata. Fuerza de gravedad es el resultado de un trabajo multidisciplinario que combina narraciones de los propios protagonistas, material de archivo, fotos, cartas, video de archivo, video en vivo, entrevistas y una puesta en escena enfocada principalmente en el movimiento y la danza.

-¿De dónde nace la idea de la obra?

Damiana Poggi: —Viene de una obsesión con el cuerpo y la resistencia, de pensar cuánto resiste un cuerpo. Hay una pulsión que te lleva a tener un interrogante sin demasiada claridad. Venía con este interrogante sobre cómo se transita la vida, la resistencia, hasta dónde puede llegar un cuerpo, cuáles son los límites de los cuerpos. Primero pensé en trabajar con ex-presos políticos que habían resistido la tortura, pero como ya venía trabajando con eso deseche la idea. Me pareció que la figura de los bailarines mayores permitía investigar algo que podría ser útil. Estuve varios meses yendo a visitar a Galina (Gladinkova) y teniendo charlas con ella. La filmé y a partir de eso se armó el material visual con el que trabajamos. Después convoqué a (Stella Maris) Isoldi, a (Roberto) Dimitrievitch, que tienen 70 años. Con estos últimos empezamos a trabajar escénicamente. Cuando estrenamos en España conocimos a Alicia Melillo, de 80 años, que fue incluida en nuestro estreno del año pasado en Argentina.

-¿Cómo fuiste avanzando en el proceso creativo?

D.P.: — A partir de las charlas con los bailarines fui conociendo sus historias. Mientras hacía las entrevistas, fui aprendiendo como lo documental se vuelve colectivo. Lo biográfico se volvió algo común. De alguna manera se consiguió eso, y eso es político: como la experiencia individual se torna experiencia colectiva. Después de que tuve idea de dónde estaba y quiénes eran las personas con las que trabajaba empecé a ver cómo llevar eso a escena. A partir de eso convoqué a Cecilia Blanco, que es como una locutora y nexo de estas historias. A Guillermina Etkin, una compositora que una música original para la obra y trabajó con la biografía musical de los intérpretes. Marina Sarmiento se sumó hacia el final para ayudarme a pensar las partes de movimiento y coreografía. También trabajé con fotógrafos. Fue un trabajo entre varias disciplinas que concluyó en esto: una obra que está en el borde entre la danza, el teatro, la performance y el video.

-¿Cómo abordaste la investigación desde el punto de vista documental?

D.P.: —Fue un proceso muy personal donde hizo falta generar un lazo afectivo. Es necesario ese lazo, mucho más si uno está trabajando con la vida de otro. Además, hubo que compatibilizar la temporalidad de gente con edades muy distintas. En ese momento había gente de entre 27 y 96 años. Era muy interesante lo que pasaba porque las cosas llevaron más tiempo de lo que yo creía. Me di cuenta que los jóvenes tuvimos que entender que había cosas que no eran inmediatas todo el tiempo y ellos aprender que no era todo tan vertiginoso, hubo que encontrar un pulso común por las diferencias de edad.

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Foto: Andras Calamandrei
-Hablás esa “invisibilización” del cuerpo de los ancianos que es propia del capitalismo. ¿Eso se traslada también al teatro?

D.P.: —Cada vez más el teatro, y el arte en general, están abriendo sus bordes, pero los bailarines se enfrentan a este problema todavía. Cuando planeaba esta obra pensé en la figura del bailarín mayor, en una persona que toda su vida trabaja con su propio cuerpo, y en qué pasa cuando este cuerpo empieza a fallar para lo que se supone como canon de funcionamiento. No sé si ocurre tanto como en otros ámbitos, pero sí es un tema.

-¿En esta obra pesa más el componente ético o el estético?

D.P.: —Me obsesiona mucho esa dicotomía. Está bueno ir pudiendo ver que esas dos cosas vayan juntas. Lo pienso hace un montón, trabajé en el Frente de Artistas del Borda desde muy chica y estoy vinculada a cuestiones de teatro político desde hace un montón. Y es algo que me interesa pensar. Me parece que en este caso fue cuidado en igual medida; la obra tiene un tratamiento estético muy preciosista, muy cuidado, y al mismo tiempo hay un trabajo intelectual ético y político.

-¿Sobre qué ideales se sostiene ese andamiaje ético y político?

D.P.: —En ningún momento hay una bajada de línea política directa. Hay cosas que desde el proceso creativo desarrollamos y después hay algo de sentido que termina de construirse desde la experiencia del espectador. Personalmente, creo que la obra se vuelve un gesto político porque echa luz sobre algo que la sociedad opaca. Que estos cuerpos habiten la escena habla de otra manera de percibir el mundo, las relaciones de poder y la productividad del cuerpo.

Foto de portada: Marianela Portillo & Andras Calamandrei

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