Ignacio Montoya Carlotto: “El artista debe estar comprometido”

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Este sábado 24 de junio, Ignacio Montoya Carlotto se presenta junto con su banda Dúo Tango en el centro cultural Los Chisperos. El músico, que hace casi tres años descubrió que era nieto de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, asegura: “Lo que me inspira es la realidad que vivo. Junto a Daniel Rodríguez interpretarán versiones en piano y guitarra de algunos de los más renombrados tangos de la guardia vieja.

Ignacio es músico y compositor. En agosto de 2014 descubrió que era nieto de Estela Barnes de Carlotto, presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo, e hijo de Laura Carlotto y Walmir “Puño” Montoya. Con su origen biológico vino también la noticia de que en su familia la música ocupaba un lugar importante: su padre fue baterista, su abuelo paterno saxofonista y su abuelo materno, un melómano, amante del jazz. Hace dos años, se convirtió en papá de Lola: “Todas las cosas que me ha tocado vivir me han transformado como ser humano”, asegura. Mientras tanto, su música también se modifica: “A mi me cuesta notarlo, pero el que está afuera, quien escucha, quizás lo perciba”.

El próximo sábado, Ignacio se presentará junto con su banda Dúo Tango en el centro cultural Los Chisperos, para realizar sus versiones en piano y guitarra de algunos de los más renombrados tangos de la guardia vieja. Aquí, una entrevista exclusiva con Nuestras Voces, donde Montoya Carlotto habla de su música, del arte y de las grandes fuentes de inspiración.

La búsqueda a través de diferentes estilos

Ignacio mantiene diversos proyectos en simultáneo: Sep7eto, con canciones abordadas desde el jazz; Trío, una fusión entre el jazz y diversos estilos argentinos; Forasteros Blues, banda de blues, rock y R&B (género musical popular afroamericano); Jazz Organ Trío como espacio para la búsqueda de nuevas sonoridades dentro del jazz; y Tango Dúo, dedicado a la interpretación tangos en piano y guitarra.

“Me fui a estudiar jazz a Buenos Aires, por eso muchos de mis proyectos tienen ese tinte. También me interesó el folklore y se me empezó a mezclar con esa fusión jazzística. El tango siempre estuvo dando vueltas y más cercano a estos tiempos empecé, casi un poco como jugando, a tocar rock con unos amigos y eso también empezó a prosperar. A partir de ahí es un aprendizaje: tocar una música que no había tocado. Todo es siempre con la misma postura, la misma idea, pero van cambiando las estéticas”, asegura el músico.

A Ignacio le gusta priorizar sus composiciones pero disfruta de atravesar todos los estilos: “Me divierte. Estoy más enfocado en algunas que en otras, pero trato de hacerlas todas con la misma seriedad”.

Ninguno de estos lugares son estáticos. En su último proyecto Sep7eto, por ejemplo, existen varios desprendimientos: “Hacemos dúos con la cantante, o tríos con baterista y contrabajos. La misma creación tiene variantes y se ramifican en otro repertorio: una, dos, otras canciones. Desde ahí salimos buscar nuevas músicas y es así un poco como vamos armándonos”.

Respecto a Tango Dúo y su próximo show en Los Chisperos Montoya Carlotto explica: “Los dúos son difíciles siempre, porque tienen mucha luz y mucho repertorio. Lo que encaramos con Daniel (Rodríguez) es un desafío técnico muy grande porque elegimos canciones y versiones que son difíciles, con arreglos trabajados, complejos, lo que nos exige mucho instrumentalmente”.

La musa

Para la mayoría de aquellos proyectos, Ignacio se encarga –además de los teclados– de la escritura y de la composición. “Siempre estoy escribiendo. El motor es estar sensible a las cosas que a mí me representan sensibilidad, que no son las mismas que a otros. Creo en la poesía, creo en la lectura entre líneas. No me gusta ser obvio, lo tomo casi como una ofensa. Por eso, muchas cosas escritas las entiende quien tiene ganas de entenderlas”.

Para Ignacio, “la inspiración puede aparecer de lugares complicados. A veces es una situación, otras veces es una película”. Se detiene y agrega: “Hace poco nos juntamos con los compañeros de la secundaria, palpitando los veinte años de recibidos. Eso fue un shock para mí. Vi, también hace poco, una película con una historia hermosa, Blue Jasmine. Incluso en nuestro país tenés la posibilidad de prender la televisión y encontrar razones de sobra para inspirarte. Pero no se buscan, aparecen”.

Aquellas historias son los argumentos de lo que escribe: “Son las cosas que pasan en la vida cotidiana”, asegura. Su barrio, en Olavarría en provincia de Buenos Aires es una de las mayores fuentes: “El tema La peregrinación (de su último disco) habla de la gente que vive acá, que va a trabajar todos los días a la fábrica… Lo que me inspira es la realidad que yo vivo”.

El arte, un espacio de construcción social activo

“No puedo concebir un artista que no tenga una relación estrecha con la época en la que vive”, dice Ignacio. Durante su carrera como músico participó de diversos espacios que implican un fuerte compromiso social. Entre ellos, Patios abiertos, para la inserción de la música en contextos de riesgo, y Cultura por penales, brindando clases de música en la unidad número dos de máxima seguridad de Sierra Chica.

“Era una unidad carcelaria muy compleja, a la que nadie quiere ir y valiéndome de las estrategias artísticas me era más fácil entender que, además de dar, me llevaba mucho contacto humano y que eso era útil a mi obra. Hasta se vuelve algo egoísta. Vas a dar, pero también vas a buscar. Y sentía que me daban más de lo que daba”, dice respecto de aquellas experiencias.

Para él, todos los artistas que marcaron una época –incluso a veces para romperla– fueron personajes muy relacionados con la historia: “Las problemáticas, las estéticas, la vida en general. Las cuestiones sociales no escapan de eso. El artista debe estar comprometido. Eso no implica que tenga que ser contestatario. Podes serlo o no, lo importante es que uno siempre vea el mundo en el que está componiendo. En mi caso es el ahora, el lugar donde vivo, con la calle de tierra que tengo en frente, el cerro que se ve a mi costado, el barrio obrero que me rodea”.

En este sentido, es que cuatro años antes de enterarse de que era el nieto de Estela Barnes de Carlotto, Ignacio participó del ciclo Música por la Identidad.

El amor entre los dedos

Cuando ignacio toca el piano su cuerpo se traslada a otra dimensión. Mueve sus hombros, levanta las cejas y se mece hacia atrás y hacia delante sintiendo cada sonoridad. “No sé bien por qué el piano”, dice y agrega: “De chiquito, cuando vivíamos en el campo, había visto una pianola. Fue el primer instrumento que toqué. También la primera vez que escuché música en vivo, algo tan inusual en el campo, fue en un momento en el que las orquestas típicas de acá tenían muchos teclados. Entraban de Japón y tenían dos o tres en escena, eso me llamaba mucho la atención. Después de eso se transformó en un compañero, en una herramienta y en un desafío que sigue”.

Se lleva bien con otros instrumentos, toca la guitarra y se anima a cantar: “Es interesante ver el mundo desde otra perspectiva. Conocer un poco de otras cosas, como para saber. Pero soy muy exigente conmigo, me siento tocando otros instrumentos y digo ¡qué hago acá!”. Ignacio se ríe y retoma: “El piano, desde donde yo lo encaro, me brinda toda la satisfacción. Me siento y pienso en que tengo mucho por delante. Todo mi tiempo lo tengo que destinar a tocar eso más o menos como la gente. Además, ya no es sólo el piano y los teclados. Hay nuevas interfaces y nuevos sonidos. Hay todo un universo que hace que ese instrumento no sea solo ese instrumento. Si bien amo el piano de concierto y de cola, también me gusta pensarlo como un disparador hacia otra sonoridad que se inventa desde lo digital”.

Ignacio compartió escenario junto a personajes como León Gieco, Raúl Porcheto, Tabaré Cardozo, Agarrate Catalina, Ricardo Mollo, Guillermo Fernández, Palo Pandolfo, La Bomba de Tiempo, Liliana Herrero y George Haslam. Participó en diversos espectáculos y forma parte de cinco grupos musicales. 

Un encuentro fortuito con la docencia

Además de la música, tiene un fuerte vínculo con la actividad pedagógica. Fue director de la escuela de música Hermanos Rossi en Olavarría, provincia de Buenos AIres, y fue docente del conservatorio de música Ernesto Mogavero en la misma ciudad. En 2014, luego de recuperar su identidad y afrontar la impericia judicial que filtró sus datos a la prensa, Ignacio decidió retirarse de aquellos espacios: “Estuve dos años y medio sin dar clases. Costó mucho la vuelta, hasta en términos burocráticos fue difícil. Pero es de una gran alegría porque volví desde otro ángulo. Todo lo que aprendí se lo puedo llegar a pasar a alguien y eso puede ser bueno. Volví más desde el lugar del artista”, asegura.

La docencia no fue para él una búsqueda planeada: “Empecé a estudiar en un conservatorio pensando que iba a ser exclusivamente pianista o concertista, después con el tiempo empecé a darme cuenta de que en realidad son carreras de docencia. Me encontré con eso sin desearlo, pero fue una linda sorpresa. Me di cuenta de que me gustaba, me conmovía. Me gusta tratar de transmitir algo que uno había aprendido, la relación con los alumnos y, sobre todo, la cosa humana”.

La calma después de la tormenta

Para Ignacio la música es, de diversas formas, aquello que lo ha acompañado a lo largo de su vida: “Primero fue un deslumbre, luego un deseo y finalmente mi profesión”. En el medio, y durante algún tiempo, también fue su salvavidas: “Cuando todo se había vuelto raro, la música me ayudó a entender cuál era el rumbo”.

La restitución de su identidad no fue un camino fácil: “A veces siento cierta nostalgia por ese pibe que era antes, pero me di cuenta de que lo tenía que transitar de una forma constructiva. Tanto dolor pasado por tanta gente, de muchas personas que son mi familia y que estuvieron ahí en esa pérdida, en esa búsqueda. La única forma en la que entendía que podía resultar positivo era que sea una instancia de crecimiento y lo fue. En mi caso un poco forzada, demasiado crecimiento en poco tiempo deja algunas huellas. Pero de a poco voy volviendo”.

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Sábado 24 de junio a las 21 horas en el Centro Cultural Los Chisperos.

Pasaje San Lorenzo 365, San Telmo – CABA, Buenos Aires, Argentina.

Teléfono: (011) 4307 9947

Reservas en: http://www.loschisperos.com

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