El machismo según pasan las décadas

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Mujeres que participaron de la marcha Ni Una Menos cuentan cómo era el machismo en las décadas del `50 y ’60. La violencia de genero era “un problema de pareja” y si se hacía visible imperaba el “por algo será”. El lugar de la mujer: la casa. El rol: “atender” al hombre. El largo camino para conquistar la igualdad. 

Fotos: Joaquín Salguero

En septiembre se cumplen 70 años desde que se promulgó la ley del voto femenino, un hito en la historia de los derechos de las mujeres. Pero en 1947 esos derechos estaban lejos de ser plenos. La discriminación y violencia eran moneda corriente, pero de manera oculta, como recuerdan quienes por aquel entonces sufrieron puertas adentro lo que hoy pueden gritar en la calle, como Graciela, Susana, Rita y Lia, que vivieron su juventud hace más de 40 años.

En la Argentina de 1960 lo que pasaba en la casa familiar “era privado”. Hoy se denuncia y se protesta porque las mujeres son golpeadas, violadas, humilladas, desvalorizadas, subestimadas y torturadas. Y si bien, hay muchas que aún hoy tienen dificultades para denunciar lo que viven antes ocurría todo en un denso silencio social, mediático y familiar. Que una mujer sufriera violencia de género en la década del ‘40, ‘50 y hasta ‘60 era percibido como “problemas de pareja” y el sometimiento era algo casi natural. Cuando algún golpe o abuso se visibilizaba, la explicación era “por algo será”. Una explicación que llegaría a justificar los asesinatos de jóvenes en la década del ´70 y que todavía hoy resuena al acusar a las mujeres de “provocativas”.

Graciela tiene 64 años y vive en Hurlingam. Para ella, en la década del ‘60 el mundo de la mujer se resumía a las cuatro paredes de la casa y a las cosas que “había que hacer” allí. “No se decía en voz alta, pero cuando llegaba tu marido a la casa eran reclamos: ¿Cómo que no está hecha la comida?”, recuerda. “El que golpeaba a su mujer no era más macho o un mal tipo, era uno más. El hombre no se enorgullecía por decir le pegué a mi mujer, porque era tan asumido que tenía derecho a golpearte y maltratarte, que no llamaba la atención”, explica.

Graciela: “El que golpeaba a su mujer no era más macho o un mal tipo, era uno más. El hombre no se enorgullecía por decir le pegué a mi mujer, porque era tan asumido que tenía derecho a golpearte y maltratarte, que no llamaba la atención”.

Graciela asegura que la violencia estaba tan naturalizada que no se veía: “Nosotras no podíamos distinguir entre lo que era violencia y lo que era la educación que nos daban nuestros padres, madres y abuelos”.

El machismo se manifestaba por entonces tanto en lo verbal como en lo físico. La mujer debía hacer las tareas de la casa y era ignorada o callada porque “total, no sabe ni entiende nada”, según recuerda Silvia, de 67 años. “La mujer esperaba a su marido a que llegara del trabajo para tomar cualquier decisión. Eso también es machismo. Era una sociedad machista en todo sentido”, opina Susana, docente de 71 años.

Cuando era adolescente, Lia Andrada quiso seguir los pasos de su padre y estudiar medicina. Pero cuando se lo contó, su respuesta fue “¿Vas a estudiar medicina siendo mujer?”. La desigualdad era explícita y no se cuestionaba. La mujer estaba hecha para la casa no para el trabajo. Y cuando salía tenía que asumir profesiones destinadas para ella: maestra, enfermera, cocinera. Lo mismo le pasó cuando a los 16 consiguió un trabajo, porque quería tener su propia plata. Su papá le dijo: “Van a pensar que no te puedo mantener”.  Su mamá, también reproducía este rol: le gustaba hacer manualidades, no trabajaba porque a su marido “no le gustaba” y no importaba lo que quisiera hacer.

Lia Andrada quiso seguir los pasos de su padre y estudiar medicina. Pero cuando se lo contó, su respuesta fue “¿Vas a estudiar medicina siendo mujer?”. La desigualdad era explícita y no se cuestionaba. La mujer estaba hecha para la casa no para el trabajo.

Igual que la mayoría de las jóvenes criadas antes de los 70, Rita Velázquez, de 64 años, también fue víctima de un sistema machista que sólo generó más machismo. El mismo argumento usado para justificar el asesinato de las dos jóvenes argentinas en Ecuador el año pasado era el que utilizaba el padre de Rita cuando salía con sus amigas: ¿Quién las iba a cuidar si no había un varón, si “estaban solas”?

Rita está segura de que después de los años ‘50, de a poco las mujeres comenzaron a hacer valer sus derechos. El problema fue cuando en la década del ‘70 comenzó a palpitarse la violencia que culminó en la dictadura militar, y la lucha ya no fue de mujeres o de hombres, sino de ambos. Tenían que protegerse unos a otros, porque para esa época no importaba si eras hombre o mujer: eras subversivo.

Pero en términos de organización, Silvia considera que la militancia de los años ‘70 también era machista: “Dentro de los grupos armados como Montoneros, los hombres tenían más poder. En general, ellos decidían, a pesar de que muchas mujeres eran militantes”.

A medida que pasó el tiempo, el rol de las mujeres fue resurgiendo. En 1977 marcharon por primera vez las Madres de Plaza de Mayo, que salieron a reclamar por sus hijos desaparecidos. “Fueron las madres, no los padres. La iniciativa la tomaron las mujeres, a las que se consideraba y aún se considera el sexo débil. También marcharon por eso, porque nadie pensó que ellas podían despertar a la sociedad porque eran mujeres”, opina Verónica, de 59 años.

Con la recuperación de la democracia en 1983 la sociedad argentina avanzó en algunos aspectos legales que pretendían generar igualdad entre el hombre y la mujer, como la reforma del régimen de Patria Potestad en 1985 para reconocer el papel que las mujeres desempeñan en la familia, y en 1987 el divorcio. Pero en la década del ’80 la violencia también seguía oculta: no se veían los femicidios, que hoy es el reclamo principal.

El Paro Internacional de Mujeres no fue un acto conmemorativo, fue una marcha que pidió a gritos que las mujeres sean escuchadas, respetadas y libres. En ese reclamo hubo mujeres de todas las edades y estratos sociales: participaron niñas, jóvenes y adultas. El lugar de quienes fueron educados hace 40 años es esencial, porque para erradicar el machismo también se necesita mirar hacia las viejas generaciones que, en muchos casos, inculcaron los mismos valores a sus hijos e hijas. Según opina Graciela, el aporte de la gente grande es fundamental, pero muchas veces se hace muy cuesta arriba: “Solo después de que las nuevas generaciones abrieran puertas a las patadas pudimos entender –nosotros, los mayores– lo que viven los jóvenes, e intentar modificar actitudes machistas que nos enseñaron”, analiza.

Graciela: “El cambio en los adultos se está dando porque una tiene hijas, y no quiere la vida que se vivió en los 60 para ellas”.

Las estadísticas de los últimos años en Argentina revelan que una mujer es asesinada cada 30 horas. Según el Instituto de Políticas de Género Wanda Taddei, en los primeros 43 días de 2017 se produjeron 57 femicidios. A diferencia de los años ’50, ’60, y ’70, en donde los asesinatos a las mujeres por el simple hecho ser mujeres no se veían, hoy se alzan las voces para gritar Ni una Menos y Vivas nos queremos.

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