Más cultura, menos biología

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¿Qué es lo femenino, qué lo masculino? ¿Ellas manejan peor que ellos? ¿Los machos necesitan (por razones biológicas) tener más relaciones sexuales que las hembras? ¿Las mujeres son más detallistas? ¿Los varones son mejores líderes? Alejandro Grimson y Eleonor Faur desmenuzan en Mitomanías de los sexos muchas de las falsas creencias que sostienen la desigualdad entre varones y mujeres. Compartimos un adelanto del libro editado por Siglo XXI.

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No discutimos aquí con la biología ni con los biólogos, tampoco con las neurociencias. Muchos saben que practican una disciplina científica que sólo puede explicar una porción de la realidad.

Discutimos con la biologización, es decir, con la idea de que la biología explica las características humanas, con la idea de que la piedra basal de la desigualdad entre géneros es designio de la “sabia naturaleza”. La biologización tiene una ventaja en el debate público: parece aportar un conocimiento objetivo. Provee explicaciones de carácter general sobre machos o hembras que los no científicos no pueden verificar ni rebatir. En cambio, las ciencias sociales han demostrado que existen importantes variaciones entre culturas y variaciones en el tiempo dentro de una misma cultura. Eso confirma que la constitución de los seres humanos permite cambios relevantes; entre otros, que las mujeres trabajen fuera de su casa y sean empresarias, presidentas o jefas del hogar. Sólo en algunas sociedades, no en todas. Pero allí donde algo se quebró las mujeres han demostrado que su subordinación era un fenómeno cultural, no biológico. Un fenómeno político, no natural. Y esto nos lleva a discutir la premisa de considerar el cuerpo como algo ajeno al significado que le sobreimprimimos. La experiencia histórica, bien leída, diluye la supuesta complementariedad “natural” entre los géneros y deja entrever que esa noción justificaba su jerarquización y omitía la diversidad de expresiones de género por fuera de la dicotomía.

Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus

Las mitomanías explican las diferencias entre varones y mujeres mediante fundamentos biológicos. Las inferencias acerca de cuán distintos somos unos y otras son innumerables. Y ante el primer malentendido que involucra a ambos géneros, de inmediato surgen las generalizaciones y oímos la inefable exclamación: “¡Es que las mujeres/ los hombres (tache usted lo que no corresponda) somos totalmente distintas/os!”. Uno de los best sellers de no ficción de los años noventa se titulaba: Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. Con esta metáfora, su autor, John Gray, prometía una guía práctica para mejorar la comunicación en la pareja (y obtener del otro lo que se desea). Sus explicaciones descansan en una premisa básica: varones y mujeres somos tan diferentes que la incomprensión es inevitable, lo mismo que el constante esfuerzo de traducción para entender qué quiere decir el otro. Gray elabora un diccionario “martevenusiano” con ese fin. Pero no se atreve a señalar ninguno de estos lineamientos como universal ni tampoco como “esencial”. Más bien, advierte que habrá lectores o lectoras que no se identificarán con sus postulados planetarios. No lo dice, pero seguramente sabe que el origen de las diferencias y desigualdades, incluso de los lenguajes y perspectivas que parecen estar en las antípodas, no es biológico.

No lo dice, pero seguramente sabe que el origen de las diferencias y desigualdades, incluso de los lenguajes y perspectivas que parecen estar en las antípodas, no es biológico.

Si se tratara de una cuestión biológica, el estatus de varones y mujeres no podría modificarse mediante leyes y políticas, como sucede. Los estereotipos parten de una mirada sin términos medios, que piensa los sexos como opuestos y complementarios, como si el símbolo del Yin y el Yang pudiera contenerlos. De este modo construyen explicaciones y naturalizan diferencias y jerarquías. Pero, si bien existen algunas diferencias que, por sí solas, no suponen valoraciones, lo cierto es que muchas derivan en desigualdades y que la frontera entre las diferencias jerárquicas y no jerárquicas se vuelve borrosa.

Tomemos como ejemplo una creencia clásica: las mujeres son más emotivas y los varones más racionales. ¿Esa noción describe al mundo tal cual es? ¿Podemos asegurar que no encierra juicios de valor? En realidad, tiene implicancias. La emotividad de la mujer parece más apta que la racionalidad del varón para desplegarse en el hogar: un epicentro de “calidez” y “amor”. En cambio, el varón –dueño exclusivo del atributo del cálculo– superará a la mujer en los negocios y la política: el frío ámbito de la utilidad. Esta suposición engloba una cadena de responsabilidades (y restricciones) para cada género. Por supuesto, estos estereotipos pueden derrumbarse con contraejemplos de varones emotivos y mujeres racionales. Pero en el ínterin se encadenaron decenas de mitos. ¿Qué hacemos con el que señala que las mujeres están destinadas al cuidado de los hijos y los varones representan la ley? ¿En qué medida es verificable?

¿En qué lugar coloca esta creencia a varones y mujeres? Las ciencias sociales cuestionan esa creencia tradicional, que supone que toda diferencia o jerarquía proviene de la biología.

Si no es la biología, ¿cuál es el factor determinante para las desigualdades entre mujeres y varones? Es la simbolización que cada sociedad hace de la diferencia sexual. La forma en que cada cultura imagina qué es propio de cada sexo, según su papel reproductivo, es la base que sustenta la formulación, justificación y divulgación de cierto tipo de orden social. En otras palabras: el factor principal no es la biología, sino el significado social que le damos.

Es la simbolización que cada sociedad hace de la diferencia sexual. La forma en que cada cultura imagina qué es propio de cada sexo, según su papel reproductivo, es la base que sustenta la formulación, justificación y divulgación de cierto tipo de orden social. En otras palabras: el factor principal no es la biología, sino el significado social que le damos.

Sólo hay dos sexos: varón y mujer

El cliché más naturalizado sobre los sexos y la sexualidad “piensa” el sistema sexo/género como binario y postula la existencia de dos sexos: varón y mujer. Este criterio, quizá compartido por buena parte de las personas, indica que lo “normal” es que en cada individuo se presenten genitales de proporciones “adecuadas” que coincidan con determinados órganos reproductores y cierta estructura genética y hormonal. Como en una alineación planetaria, se espera que el sexo anatómico coincida con el sexo cromosómico; y todo esto se completa con otros dos pasos. Primero, se espera que la percepción de sí de cada ser humano –es decir, la identidad de género–coincida con esa genitalidad. Segundo, la orientación del deseo sexual se dirigirá al sexo opuesto. Pero resulta que ni siquiera la biología se agota en estas posibilidades.

¿Cuántos sexos hay? Si dejamos en suspenso la identidad de género y la orientación sexual para atenernos de manera exclusiva a la investigación biológica, veremos que hay trabajos recientes que hablan de cinco sexos: el cromosómico (XX/ XY/ XXY/ XYY), el gonadal (responsable de la conformación de ovarios y testículos), el definido por los órganos internos y externos, el hormonal y el cerebral, que se articula mediante estructuras y funciones del sistema nervioso central. Los estudios también hablan del sexo en 3G, que incluye genética, gónadas y genitales.

Si dejamos en suspenso la identidad de género y la orientación sexual para atenernos de manera exclusiva a la investigación biológica, veremos que hay trabajos recientes que hablan de cinco sexos.

Hay cuerpos en los que estas estructuras se superponen o alteran: bebés que nacen con una fisonomía ambigua, de clasificación imposible, o sin una coincidencia directa entre la estructura cromosómica y la expresión genital o gonadal. Solía denominarse “hermafroditas” a aquellos cuerpos donde coexistían ovarios y testículos. Hoy se reconoce una categoría más amplia de sujetos que no responden al modelo binario, en el cual sólo caben dos sexos, y que se reconocen como intersex. Pensemos en una criatura cuyo clítoris es más grande que lo habitual, pero no tanto como para alcanzar la medida estándar (o socialmente aceptable) de un pene “como Dios manda”; otra cuyos testículos rodean un micropene; niños o niñas cuyos genitales exhiben una apariencia inusual; cuerpos dotados de ovarios y testículos… Las posibles variaciones son múltiples y la lista siempre queda incompleta. Para Mauro Cabral, doctor en Historia y activista intersex, esos cuerpos, “en sus innumerables variaciones, representan tanto la excepción recurrente al estándar binario como la continua interpelación de sus fundamentos”.

Algunos protocolos médicos buscan, mediante mutilaciones genitales, recrear una identidad de género homogénea, alineada y sin fisuras. Los genitales atípicos ilustran libros de medicina que exponen la excepcionalidad matizada con descripciones que procuran captar la dimensión de la extrañeza. Por último hacen su aparición las “soluciones” quirúrgicas destinadas a “normalizar” los cuerpos y a buscar que esas excepciones encajen en el mundo recortado que pretendemos comprender y etiquetar. La intervención de la medicina suele llegar antes de conocer el deseo y la expresión propia de los niños y niñas implicados. De hecho, en una gran mayoría de casos la asignación de sexo se decide en función de las posibilidades de reconstrucción quirúrgica.

No bien decimos “niños” o “niñas” surge un problema: la dicotomía que caracteriza a la lengua española, en el aspecto del género, no encuentra cabida para esta situación. En este caso, el lenguaje no contempla identidades ambiguas o mixturadas y descarta la intersexualidad de nacimiento de algunos. Actualmente, hay propuestas para utilizar la arroba o la equis, en referencia a l@s niñ@s o lxs niñxs. Se trata de formas experimentales que podrán lograr, o no, un consenso efectivo.

El lenguaje no contempla identidades ambiguas o mixturadas y descarta la intersexualidad de nacimiento de algunos. Hay propuestas para utilizar la arroba o la equis, en referencia a l@s niñ@s o lxs niñxs. Se trata de formas experimentales que podrán lograr, o no, un consenso efectivo.

Los relatos autobiográficos compilados por Mauro Cabral (2006) constituyen una fuente de conocimiento único, que nos acerca a la experiencia de la intersexualidad en primera persona.

Cinco centímetros menos me transformaron en una persona sin sensibilidad genital, pero con nombre y apellido, por supuesto; y aunque hubiera querido contar la diferencia no hubiera podido, porque yo no la sabía; y si la hubiera sabido tampoco hubiera podido mostrarla, porque excepto por la insensibilidad no quedó nada que mostrar (Javier L.).

No se me dio ninguna explicación de la cirugía, y cuando el cirujano cortó la mayor parte de mi clítoris de media pulgada, fue como si hubiera cortado mi lengua. No pude llorar a gritos para salvarme, y ese grito ahogado apretaba mi garganta y bloqueaba mi voz. Miedos sin fin acerca de quién y qué era yo tomaron el lugar de las palabras, y se instalaron como un velo sobre mí (Martha Coventry).

La promesa de mi médico a mi familia fue transformarme en una mujer verdadera; una franja de insensibilidad entre el ombligo y el pubis, cruzada por cicatrices, es la marca de la promesa (Mauro Cabral).

“¡Pero son pocas personas!”, podría retrucarse. Por supuesto que no son mayoría. Las investigaciones de la bióloga molecular Anne Fausto- Sterling indican que alrededor del 1,7% de la población nace con cuerpos que no encajan en la lógica binaria. En un planeta con casi 7400 millones de personas, más de 125 millones pueden haber nacido con características ambiguas. Otros, como Daphna Joel, de la Universidad de Tel Aviv, refieren que ese segmento es apenas un 1%. Pero más allá de la estadística, las preguntas que sobrevuelan en la actualidad son: el hecho de ser minoría ¿puede restringir su derecho a la identidad? ¿Qué hace nuestra sociedad (nuestra cultura) con las diferencias que desafían nuestro sistema de representación de género? ¿Cuánto debe intervenir la medicina? ¿Cómo reconocer la subjetividad, el deseo y la identidad de estas personas sin mutilar sus cuerpos? ¿Cuáles son los derechos de las personas que nacen con una genitalidad ambigua? La historia muestra que han primado el estigma y la búsqueda (imposible) de “normalización”. El reclamo actual es que se reconozcan y respeten sus derechos humanos. Como señala Morgan Holmes, “la profesión médica no puede devolverme lo que me fue arrancado. Pero puede escucharme” (cit. en Cabral, 2006).

Las investigaciones de la bióloga molecular Anne Fausto- Sterling indican que alrededor del 1,7% de la población nace con cuerpos que no encajan en la lógica binaria. En un planeta con casi 7400 millones de personas, más de 125 millones pueden haber nacido con características ambiguas.

Para poder hacerlo tendremos que liberarnos de unos cuantos preconceptos y superar, incluso, el mito de los dos sexos. Entonces encontraremos que, aun cuando nuestros cuerpos no sean intersex, nuestros cerebros lo son. Pero no nos adelantemos…

Los comportamientos sexuales dependen de las diferencias biológicas entre varones y mujeres

Otra rama de estudios se inclina por el “cachondeo” sin que sus resultados sean siempre fértiles, aunque sí entretenidos. Compartamos algunos de ellos.

En la Universidad de Ohio, en los Estados Unidos, se puso en marcha una investigación para contabilizar cuántas veces piensan en sexo los estudiantes varones y mujeres. Se entregó una especie de cuentaganado a 283 estudiantes de ambos sexos para que registraran sus pensamientos. Los investigadores encontraron una pequeña diferencia a favor de los varones, demasiado escasa para confirmar el mito de que “sólo piensan en sexo”. Pero lo más importante es que las diferencias encontradas se explican más por la erotofilia (tener una disposición positiva frente al erotismo y la sexualidad) que por el sexo de nacimiento. El tema es que en este terreno aparecen las expectativas de género, que colocan a las mujeres en un lugar de supuesto pudor ante lo sexual. El circuito es más complejo, pero en definitiva no puede explicarse por la anatomía ni por la función cerebral.

Otro estudio, esta vez de especialistas de la Universidad Femenina Ewha de Seúl –W. S. Chung, S. M. Lim, J. H. Yoo y H. Yoon– exploró las respuestas de varones y mujeres a la estimulación sexual audiovisual. Encontraron que los hombres responden más a estímulos visuales de tipo físico, sobre todo a los videos que abundan en imágenes de genitales, felaciones, masturbaciones, lenguas, vaginas y penetraciones en primer plano. Ellas, en cambio, se excitan más con los videos que cuentan historias y construyen una atmósfera erótica y sensual envolvente. El estudio, bien calibrado, puede resultar útil para los productores de películas pornográficas, que muchas veces dan por sentado que los videos “gimnásticos” son adecuados para todo el mundo. Pero también para algunos sexólogos que utilizan videos para diagnosticar la disfunción sexual femenina y atacar el prejuicio de que las mujeres son todas frígidas…

Entonces, la pregunta clave pasa a ser ¿varones y mujeres nacen con capacidades que los diferencian o bien las desarrollan? Lo Cierto es que cualquier investigación, incluida la que utiliza resonadores magnéticos, se produce sobre sujetos que ya fueron socializados por la cultura de género prevalente en sus entornos. Y ya casi no existen estudios que no refieran a los roles aprendidos socialmente.

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