Brasil: mito, cultura y reconstrucción

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La trastienda del PT, la tensión entre Lula y Dilma, los mitos políticos conservadores y populares entrelazados por Horacio Gonzalez. La centralidad de la cultura y los intelectuales para la reconstrucción.

Hace un par de años fui invitado a una reunión del Instituto Lula, en San Pablo. Ya la he comentado en otras ocasiones, pero ahora la reveo a la luz  del reciente golpe de Estado, revestido de cierta laboriosa juridicidad constitucional, pero en verdad, una sórdida y arbitraria falsía. En aquella reunión, Lula escuchaba pacientemente la exposición de  sus ex ministros –algunos lo seguían siendo de Dilma- y tomaba meticulosas notas a las que después fue respondiendo con absoluta pertinencia. Lula era lo que se podría llamar un estadista (¿qué es un estadista? difícil definirlo sino recurrimos a virtudes clásicas, el silencio oportuno, el equilibrio espiritual, la reconvención sutil a sus partidarios, el esfuerzo por criticarse así mismo), estadista que no teme esbozar en público esas evidencias de un largo aprendizaje personal, desde su origen político como tornero mecánico (que había aprendido el oficio en las escuelas técnicas de la Federación de Industrias, hoy un centro activo del golpismo) y también como remoto organizador de las fiestas del sindicato metalúrgico.

Eran los años 60. El secretario general de la época de ese gran sindicato, abandona el cargo pues considera más trascendente ser concejal de la ciudad suburbana de San Bernardo do Campo; se pensaba que un carguito político era más importante que lo que sería el más poderoso sindicato de Latinoamérica. (En Brasil no existen diferencias entre metalúrgicos y obreros automotrices).

Aquella reunión que ahora recuerdo era muy vivaz, Lula al final le responde a todos, al ex ministro imprudente que pide cierta dureza con Bolivia (por las nacionalizaciones de Petróleo) y a la filósofa Marilena Chauí, que critica conceptos como los de la “teoría de la información”. Aquí Lula reclama atención sobre las necesidades prácticas del gobierno, antes que considerar teorías críticas hacia cuestiones de indudable interés intelectual, como la referida “teoría”, que es el cántico nocturnal que aprisiona a las sociedades con las pulsaciones narrativas de la “ciencia de la información”, que devora periodistas y erige imperios comunicacionales opresivos. El PT nunca prestó demasiada atención a esas cuestiones. En verdad, por las imágenes que ahora me vienen a una memoria siempre en estado de disipación, había en ese encuentro un clima sutilmente “pro-lulista”, que se podía traducir en cierta disconformidad en esos cuadros políticos, quizás los más elevados del partido, con la ya proclamada candidatura de Dilma. Se estaba en la inminencia de la elección, y muchos de ellos se sentirían más cómodos con el retorno de Lula. ¿Quién era el que no promovía esta actitud, y la observaba con reprobación? ¡El propio Lula! Había anunciado allí mismo, que ya había superado su trágica dolencia corporal, pero que esa hora era la de Dilma y la de ningún otro. Asistía en silencio Marco Aurelio García, un profesor destacado de ciencias sociales, íntimamente cercano a Lula, pero mucho más que eso, un agudo intérprete de las tensiones políticas, del PT y del Brasil. Leyó sin alardes un breve y conciso escrito premonitorio. Brasil no tenía en el conjunto de su tejido histórico político, dijo, una tendencia hacia la “invención de tradiciones” (Venezuela, sin duda, el bolivarismo, es claro) ni a un emancipacionismo de segunda generación (“la otra independencia”, que de distintas maneras, desde el primer peronismo al kirchnerismo, recorre las simbolizaciones argentinas). Intrépida opinión, que marcaba al mismo tiempo la cercanía y el apoyo de Brasil a Venezuela y Argentina (pero lo que no era un a priori ya establecido, sino una discusión) y un conjunto de observaciones que remarcaban la singularidad histórica brasileña, de la que ahora era el turno del PT respecto a la tarea de precisarla, cincelarla, dejarla en condiciones de una reflexión cultural más penetrante.

Precisamente, no quiero ahora privarme de mencionar un libro de Marilena Chauí, que tendrá ahora quince años desde su publicación, llamado El Mito Brasil (si mal no recuerdo), cuya lectura me dejó un cierta desazón. Marilena –aclaro, gran filósofa, sin duda una de nuestras máximas referencia sobre Brasil-, mostraba una gran prevención hacia el “Brasil esencialista”, y se dedicaba a demoler la configuraciones culturalistas más obvias, a partir de una razón crítica que embestía contra los “mitos nacionales”. Es claro que en ellos hay muchas de las bases y raíces de los conservadurismos populares que luego sostienen golpismos y otras figuras de la retracción social ante los igualitarismos necesarios o posibles. Pero también se cristalizan en ellos muchas de las vetas emancipadoras que son el yacimiento de la vida colectiva, que no queda justamente atendida con la expresión populismo, mito, antropofagia literaria u otras, pero de la que sale el conjunto de imaginerías que recorren la poética social. Nuevamente lo digo, con los abusos “verdeamarelistas” que sin duda  hay que criticar, pero con las más rigurosas creaciones morales, estéticas e intelectuales que sin duda, hay que revivir, en una revisión histórica que supere las desconfianzas hacia antropologías políticas –doy un ejemplo entre tantos- como las que desplegaba Darcy Ribeyro, que fueran vistas por la intelectualidad paulista como las efusiones de un demagogo. O que no comprendiera  la profunda elaboración artística a la que el cineasta Glauber Rocha sometía el vasto yacimiento de los milenarismos y profetismos de la sociedad brasilera, donde lo teológico-político podía relacionarse con sectores obtusamente golpistas, sí, pero en su reverso, originar vetas artistas de excelsa expresividad de las que el pensamiento social no puede privarse. Esa paradoja era el corazón estético de Glauber, lo que no nos exime ver con tristeza las propias opciones políticas en las que él se empeñaba, desafiante siempre con esa “intelectualidad paulista”, lo que de ninguna manera impide dirigirnos con gran interés hacia sus obras artísticas, que nunca ceden en sus alcances libertarios.

¿Qué tiene que ver estos con el golpe? Se dirá ¿todo y poco, mucho y casi nada? Según como se vea. Una cosa es el análisis de las deficiencias del PT, deficiencias a veces inherentes a un movimiento popular, que hay que saber analizar, porque están ahí y duelen. Lo mismo, entre nosotros. Pero el tema al que aquí me refiero es a la urgente exploración por parte de los cuadros políticos que rehagan el PT –política y sindicalmente-, y organicen sus próximas candidaturas (Lula o Dilma, tan diferentes, y tan unidos por la misma tragedia) a la luz de las tramas y senderos intrincadamente entretejidos de la cultura brasileña. Que la política sea ociosa culturalmente ya es inadmisible, no porque se trate de estar “informado”, sino porque de otro modo se pierde para siempre la posibilidad de interpelar los pensamientos que bullen silenciosos, tremendos y contradictorios en el heterogéneo conglomerado popular. Hay algo alentador en medio de este catastrófico episodio de alcances latinoamericanos, que como todo, pudo ser evitado. La presencia silenciosa y circunspecta junto a Lula –en el debate del Senado,- del compositor Chico Buarque. Véase esa foto, que es una imagen, un indicio seguro e incipiente, de la reconstrucción popular en Brasil. Chico, que fue atacado en las calles por su decisión de acompañar en persona al PT,  se destaca como el máximo compositor brasilero desde hace medio siglo, a partir de su temprana “Si ves la banda pasar”, hasta su última novela “Mi hermano alemán”. Son obras fundamentales de un lirismo melancólico, una sutileza para ver el filón amoroso del drama popular, y de una sensibilidad a la que otros –en un país dotado para la música profunda que sale de poéticas refinadísimas plegadas hacia lo popular subyacente- que no pueden separarse hoy de la reconstrucción política. El rostro severo de Chico en el Senado, con sus anteojos negros y un ceño condenatorio, desde el estrado, a sus setenta años, luego  de recorrer toda la vida brasilera con su lira formidable y su escritura sorprendente, como un Cicerón acongojado junto al Tornero-Estadista Lula, nos incita a pensar que ya se ha puesto en marcha la contracara de ese Parlamento brasilero, gobernado por personajes obtusos, revanchistas que incluso salen de las lejanas fisuras del propio PT, golpistas profesionales de los pliegues más profundos de una historia que viene del Imperio y persiste con la República, los grandes medios- a los que no se los tocó durante el último período, justo es decirlo-, y “fazendeiros” brutales de la política, oportunistas de cuarta como el propio Temer, en fin, millonarios con una mentalidad esclavista retroactiva, que ni supo tener el propio emperador Pedro II. Curiosamente, una primer respuesta tuvo lugar en Buenos Aires, en la multitudinaria Marcha Federal. Al desconcentrarnos, sabíamos que las luchas que sobrevendrán, serán latinoamericanas, en sus alcances, capacidad de intercambios de experiencias y sentido profundo de la renovación de las formas más vitales de la política.

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Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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