Correr los límites de lo aceptable

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La Mentalista Carrió ha construido su carrera en base a la lucha del bien y el mal, en la que, por supuesto, ella siempre encarna al primero, mientras que el mal cambia periódicamente de representante. En 2003 fue Macri, en 2009 el péndulo giró hacia el kirchnerismo pero Macri seguía siendo un límite moral infranqueable, y en 2015 el contrabandista se convirtió en un personaje entrañable, con buenas intenciones.

Hace unos días, mientras participaba de un acto de campaña en Córdoba, la Mentalista Carrió agradeció a Dios por la muerte del ex gobernador De la Sota. Sus declaraciones causaron un enorme rechazo de parte de militantes peronistas, amigos o simples allegados al ex gobernador, así como pedidos de disculpas de parte de las hijas de De la Sota. Al haber tomado la precaución de no ser kirchnerista, la Mentalista sólo generó una indignación limitada entre nuestros periodistas serios, que señalaron un nuevo “exabrupto“ de la diputada y concluyeron no sin cierta severidad que “no estuvo bien”.

En realidad, la declaración poco tuvo de exabrupto. No se trata de “un dicho inesperado o inconveniente”, como nos señala el diccionario, sino del último capítulo de un sistema coherente de comunicación política: el agravio personal que reemplaza el análisis político. Como escribió Chantal Mouffe “lo que ocurre es que actualmente lo político se expresa en un registro moral. En otras palabras, aún consiste en una discriminación nosotros/ellos, pero el nosotros/ellos en lugar de ser definido por categorías políticas, se establece ahora en términos morales. En lugar de una lucha entre ‘izquierda y derecha’ nos enfrentemos a una lucha entre ‘bien y el mal’”.

La Mentalista ha construido su carrera en base a esa lucha del bien y el mal, en la que, por supuesto, ella siempre encarna al primero, mientras que el mal cambia periódicamente de representante.

En el 2003, el mal era encarnado por su actual socio Mauricio Macri. En aquella época lejana era un contrabandista que se había salvado de la cárcel gracias a la Corte Suprema adicta al presidente Carlos Menem. Su batalla, por aquel entonces, era contra la Patria Contratista y venía acompañada de un agradecimiento al entonces presidente Néstor Kirchner.

En 2009 el péndulo moral se desplazó y los virtuosos de antes se transformaron en gobernantes satánicos. En el programa de Mariano Grondona y en referencia a los Kirchner, la Mentalista sostuvo que “la gente en la calle dice: los quiero matar, la gente en la calle dice: a ver si los derrumban”. Por supuesto, ese llamado al golpe de Estado y al magnicidio no generó ninguna incomodidad ni en Grondona ni en Luis Novaresio, periodista mesurado que por aquel entonces secundaba al golpista retirado. Pese a todo, Macri seguía siendo un límite moral infranqueable (“Mi límite es Macri. La sociedad me puede pedir que nos juntemos. Lo que no me puede pedir es que nos juntemos con corruptos”).

El atajo moralista y el librecambismo tuerto

Recién en el 2015, la diputada dejó el espacio más o menos progresista en el que estaba y formó la coalición Cambiemos junto al PRO y la UCR. El contrabandista se convirtió en un personaje entrañable, con buenas intenciones, que intentaba hacer las cosas bien pese a que su fortuna provenía de un holding corrupto.

Ocurre que la Mentalista nunca analiza iniciativas políticas, sólo intenciones y virtudes morales de quienes las lanzan, en base, por supuesto, a sus propios y móviles parámetros éticos. Eso le otorga una gran elasticidad para cambiar de aliados e incluso de referente económico –del progresista Rubén Lo Vuolo al ortodoxo Alfonso Prat Gay– sin que medie explicación alguna. Se trata de estar del lado del bien y el bien es ella.

Es por eso que no se trata de exabruptos ni de comentarios destemplados producto de un exceso de medicamentos o delirios místicos. La función de la Mentalista es la de correr el límite de lo tolerable banalizando declaraciones antes inaceptables. Su objetivo último, como señala Chantal Mouffe, es convencernos de que la cosa pública no se debe analizar en base a modelos políticos diferentes e incluso contrapuestos sino a través de la confrontación milenaria entre el bien y el mal.

Al ser moral, la grieta ya no se puede medir por parámetros objetivables como la evolución del bienestar de las mayorías, el poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones o el gasto en salud y educación, sino que se establece en base a la pasión que tengamos para enfrentar a Belcebú y salvar nuestras almas. Y para eso no se requiere de complejas estadísticas, alcanza con mirar en dónde se ubica la Mentalista: allí estarán el bien y la república.

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