Detrás del golpe militar, el silencio complaciente de muchos civiles

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Antes y después del trágico miércoles 24 de marzo de 1976, un mosaico de actores civiles –empresarios, dueños de medios, curas, comunicadores, artistas e intelectuales– avalaron, por acción o por omisión, el ataque militar a las instituciones democráticas.

La Junta Militar conformada por Massera, Videla y Agosti. A 45 años del golpe, una imagen que sigue siendo aterradora.La Junta Militar conformada por Massera, Videla y Agosti. A 45 años del golpe, una imagen que sigue siendo aterradora.

Publicada en Télam

 

A tres días de empezado el otoño de 1976, la caída del orden constitucional se deslizaba ante los ojos de la llamada opinión pública. De hecho, aquel martes, la portada del diario Clarín anunció: “Inminencia de cambios en el país”. Y ya en la mañana siguiente, su único título de tapa, con tipografía catástrofe, tenía dos palabras: “Nuevo gobierno”. Era el 24 de marzo.

Hay quienes jamás olvidaron el color opaco de esa jornada. Ni la niebla. Ni las calles desiertas. Ni los tremebundos acordes de la «Marcha de Ituzaingó» como preludio del “Comunicado Nº 1 de la Junta Militar”, leído por un locutor que parecía estar transmitiendo desde las tinieblas. Su arranque: “Las Fuerzas Armadas han tomado el control operacional del país”.

Al rato, los televisores exhibieron tres siluetas fantasmagóricas junto a un escribano y un sacerdote, al jurar en el Salón Blanco de la Casa Rosada. Había que ver el rostro calavérico del teniente general Jorge Rafael Videla, Y su porte exageradamente tieso, con el cuello estirado hasta lo imposible.

El jueves, Clarín tituló: “Total normalidad”, sobre una fotografía de la peatonal Florida profusamente transitada. El epígrafe señalaba: “Las calles del centro porteño mostraron su aspecto habitual”. Hasta hubo espacio para una noticia futbolera: “Argentina derrotó a Polonia”. Aquí no había pasado nada.

Tanto es así que, durante la noche del viernes, el restaurante Hermann, frente al Jardín Botánico, estaba colmado como en vísperas de cualquier otro fin de semana. Salvo por un detalle: el bullicio de las conversaciones sonaba más cauteloso que de costumbre. Hasta que un vozarrón congeló la escena.

–¡Si Videla no la fusila a Isabel, hay que fusilarlo a Videla! –bramaba un sexagenario con mandíbula cuadrada, desde el fondo del salón.

El hombre, que compartía la velada con su esposa y otra pareja, repitió la frase, esta vez golpeando la mesa con la palma de la mano. La concurrencia evitó mirarlo. Los mozos, con gran disimulo, buscaban refugio al costado de la barra. El aire se podía cortar con una navaja.

Ese lugar, de pronto, se había convertido en un laboratorio social.

 

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El campo de las actitudes

Lo cierto es que, si bien en el funcionamiento de la última dictadura intervino, a la par de los uniformados, un mosaico de actores civiles –desde empresarios hasta curas, pasando por dueños de medios, comunicadores e intelectuales que legitimaron sus prácticas– no está de más poner el foco en el comportamiento de quienes no fueron parte del régimen.

Claro que los interrogantes al respecto no apuntan hacia la culpabilidad de este vasto sector de la población sino al campo de las actitudes sociales que tuvieron, sin soslayar sus fragmentaciones ideológicas, etarias y de clase.

¿Cómo se percibía la represión generalizada o la política económica o la censura, entre otras disfunciones de aquella burocracia autoritaria? Y desde un punto de vista más amplio: ¿cómo se razonaba en medio de un genocidio?

En tal sentido no fueron un hecho menor las normativas impuestas sobre la existencia cotidiana. Normativas arbitrarias hasta el absurdo, cuyos alcances medían el sometimiento de la sociedad civil al poder militar. Las personas ni siquiera podían vestir como querían; hasta una barba era causal de sospecha. Y sin otro propósito que arrebatarles la condición de sujetos responsables de sus actos y elecciones. Así funcionaba la maquinaria psicológica del terror.

Alguna vez el ensayista Guillermo O’Donnell afirmó que el gobierno de facto tuvo un “considerable éxito” en sus tácticas de controlar a la sociedad, al punto de que ésta se “patrulló a sí misma”. Semejante atmósfera aún se conserva en los archivos fílmicos y en las hemerotecas; basta ver programas televisivos de la época, las películas, alguna publicidad, además de artículos en diarios y revistas. Una reveladora suma de registros audiovisuales y gráficos que merecen una autopsia.

Allí, entre otros atractivos, desfilan personajes públicos sin compromiso orgánico con la dictadura, y que todavía gravitan en la actualidad

Aún hoy se emiten, cada tanto, las imágenes de un almuerzo con Mirtha Legrand grabado en junio de 1978, tras concluir el Mundial. En esa ocasión, la conductora, de pronto, dice: “El Presidente lloró”. El presidente era Videla, y sus lágrimas eran de alegría ante el triunfo de la Selección. Todos en esa mesa televisiva –el actor Claudio Levrino, el cantante Laureano Brizuela y Susana Giménez– también estaban emocionados. Quien se convertiría en la “diva de los teléfonos” hasta no escatimó esa oportunidad para fustigar la denominada “campaña antiargentina en el exterior”. ¿Complicidad, sumisión o simple falta de conocimiento?

En una entrevista efectuada casi cuatro décadas después para la revista Caras, Susana evocó aquella época con sentimientos cruzados: “No supe nada de las atrocidades que se cometían. Pero yo fui perseguida porque mi noviazgo con Carlos Monzón no era bien visto por las autoridades”.

El ya fallecido Gerard Sofovich tuvo un problema similar: “¿Vos crees que de saber lo que pasaba en la ESMA yo hubiera trabajado para ellos?”, dijo en 2013, durante un diálogo con el autor de este artículo. Y aclaró que, hasta el verano de 1977, él también estuvo prohibido.

Idénticos impedimentos fueron sufridos por otras estrellas, como Moria Casan y la propia Legrand: prohibiciones breves y presuntas cacerías de baja intensidad, mientras ignoraban estar bajo un régimen totalitario. Esa suma de circunstancias no los convierte, obviamente, en criminales. Pero son un reflejo de cómo zigzagueaba el espíritu público de entonces.

Un gran ejemplo al respecto es el escritor Marcos Aguinis. En su momento, escribió una biografía del almirante Guillermo Brown como “homenaje y donación” a la Armada, cuando Massera era su máximo cabecilla. Ya bajo la democracia, Aguinis justificó el destino de esa obra con un argumento de peso: “Lo hice para gestionar el paradero y la libertad de gente desaparecida”.

No hay constancia, claro, de ninguna víctima del terrorismo de Estado que haya salvado el pellejo gracias a su monografía. Aun así, en la edición de la revista Noticias del 10 de septiembre de 2011, el autor de La cruz invertida aluniza en la polémica sobre el papel de la sociedad civil durante la dictadura con una columna cuyo título revela su posición al respecto: “Revisionismo berreta”. Allí, Aguinis afirma que «las ideologías oscurecen la razón, y que la política de Derechos Humanos del gobierno kirchnerista intenta “reescribir la historia para eternizarse”.

 

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Vigilantes con crema pastelera

Hablando de “revisionismo”, merece ser evocado un artículo publicado por Carlos Burone el 12 de julio de 1978 en la revista Siete Días. Porque en su letra consta lo que mucha gente pensaba, o debía pensar.

Allí relata un encuentro de Videla con algunos periodistas extranjeros que cubrieron el Mundial. Y escribe: “Yo estuve en ese lugar mientras el señor Presidente hablaba, y reaccioné automáticamente sacando una lapicera para anotar lo que acababa de oír: ‘No concibo un periodismo que ejerza su libertad sin ejercer su responsabilidad’. Ese era un concepto tan preciso, que solo basta con cambiar la palabra ‘periodista’ por ‘ciudadano’ o, simplemente, ‘hombre’, para encerrar en tan pocas palabras una de las mejores aproximaciones a la esencia de la Democracia, con mayúscula”.

Después, la pluma de Burone arremete contra la “subversión apátrida”, denuesta a los gobiernos europeos por sus denuncias contra la Junta Militar y se compadece de todos los “soldados y policías que no murieron en la cama”.

Aquel texto concluye con una intimidad: “Es domingo; me encantan los vigilantes con crema pastelera. Y además tomo cocoa, como la que todos los domingos hacía mi mamá. Pero hoy será mucho más divertido porque en la Formula 1 corre Carlos Reutemann”.

Genocidio y cocoa. La banalidad del mal en estado puro.

También es memorable un viejo tape –que de vez en cuando los canales de TV suelen poner al aire– con un fragmento de noticiero emitido durante esa época, con una entrevista a un teniente coronel reciclado como funcionario en algún ministerio, a quien le preguntan:

– ¿Por qué razón los jóvenes tienden a rebelarse ante la autoridad?
La respuesta fue:
–Vea, señor periodista, algunos jóvenes padecen de lo que yo llamo “exceso de pensamiento”.

Tampoco tiene desperdicios un anuncio gráfico de la emisora radial FM Rivadavia, publicada el 8 de octubre de 1978 en la revista Somos. Su texto: “Lo más importante del sonido FMR es el silencio”. En realidad pretendía comunicar que en los receptores de alta fidelidad, las transmisiones de esa emisora no incluían sonidos molestos. Pero el toque subliminal del asunto resultaba perturbador.

A continuación, una postal callejera: corría la tarde del 21 de mayo de 1976, cuando un hombre ya entrado en años descendía de su automóvil, luego de estacionarlo en la calle San José, a metros de Alsina.

“En aquel momento –según su relato– oí lo que interpreté como falsas explosiones de motor; después, un clamoreo de voces enfáticas; voces que se aproximaban, hasta que vi un tropel de personas que corrían hacia donde yo estaba. Iba adelante un individuo con traje holgado, color ratón. Y al subir la vereda, tropezó y cayó. Uno de los perseguidores (todos de civil), le aplicó un puntapié extraordinario y le gritó “Hijo de puta”. Otro le apuntó desde arriba, con el pistola de caño más grueso y largo que he visto, y comenzó a disparar. Las cápsulas servidas caían a mi alrededor. Yo me alejé.

Luego, alguien dijo:
–Esos eran los tiros que mataron a un hombre.

Yo había contado lo que pude ver.

–No cuente eso –contestó mi interlocutor–. Mire si todavía lo llevan de testigo. O si no quieren testigos le van a hacer algo peor.

A pesar del frío, me saqué el sobretodo para ser menos reconocible”.

El testigo en peligro era nada menos que Adolfo Bioy Casares. Y dicha vivencia la volcó en sus diarios íntimos, que fueron compilados en 2001 por Daniel Martino con el título «Descanso de caminantes».

No es una exageración decir que aquel episodio había repercutido en su conciencia. El 13 de agosto de 1980, las Madres de Plaza de Mayo publicaron en el diario Clarín su primera solicitada. Y entre los firmantes estaba nada menos que Bioy Casares. El horror a veces toma impensadas formas de coraje.

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Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

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