El discurso presidencial

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El Presidente retomó en su discurso una vía de modernización democrática y despliegue de fuerzas productivas celosas de la soberanía nacional. Hizo dos énfasis muy diferentes. El de las expectativas favorables y el de la necesaria investigación sobre la fuga de capitales ocurrida durante el macrismo. Los párrafos dedicados a la Corte Suprema y las irregularidades del sistema judicial fueron un momento alto del discurso. La pandemia es también un juego biopolítico, cuyo territorio es el de las biotecnologías. El peligroso vínculo entre humanidad y tecnología.

El Presidente no está desprovisto de enérgicos recursos discursivos, aunque en general su expresión es calma y argumental. No es un tribuno de barricadas. Levanta la voz raramente, al menos en público, y sus momentos de irritación se muestran sin innecesarias estridencias. Es un uso adecuado del tono cortante que no usa muchas veces. Podemos recordarlo en el debate con Macri, en tiempos ya pasado, cuando eran candidatos presenciales.

El discurso en la Asamblea Legislativa, raleada por las medidas de prevención contra el coronavirus, y las pantallas laterales donde se encendraba la imagen de los diputados que seguían el discurso en sus casas -una legisladora tomaba un desayuno con tostadas-, daban un clima un tanto irreal y mezclaban campos y escenas diferentes. El acto presencial y remoto al mismo tiempo, limita el vértigo que suele acompañar a estos grandes acontecimientos de la vida política. Pero esta Asamblea Legislativa fue sin duda un ámbito de lucimiento tranquilo y efectivo del Presidente. Leyó una pieza de una sólida factura, se apartó brevemente de ella cuando tuvo que acallar la intromisión pendenciera del  diputado Negri -lo que fue necesario para reafirmar el clima de firmeza en que exponía su discurso-, y no faltaron en esas páginas varios momentos de ironía bien pensada y severa, que revela un trabajo previo de construcción oratoria que obliga a pensar que no solo es necesaria una buena dicción sino una buena lectura, con su gama de matices, enumeraciones y momentos punzantes, que permiten retomar el entusiasmo que no pocas veces flaquea ante la suma de dilemas y amenazas que se ciernen en el país y en el mundo.

Sus anuncios y reflexiones pueden ser divididos en dos énfasis muy diferentes. El primero, el de las expectativas favorables. A pesar de la pandemia, el país está recuperando pausadamente sus líneas productivas. La institución escolar, ámbito de conocidas desigualdades, va a tener inversiones importantes en la extensión de los nexos de conexión con las tecnologías digitales, y en un sentido general, el entusiasmo del presidente por entrar en un horizonte de nuevas tecnologías hace que se encumbre una gran discusión entre los aditamentos que admite la pedagogía clásica y los sectores de ella que se hallan presos de un evidente anacronismo. Las leyes aprobadas referidas en relación a la interrupción voluntaria del embarazo, y otras cuestiones vinculadas a la igualdad de género ante las encrucijadas que hay que resolver en la producción, la enseñanza, las opciones de tipo existencial son un terreno donde el presidente se mueve con la comodidad de un hombre desprejuiciado y sensible en una época que ha removido pilares que parecían pétreos ante las búsquedas que cada ser humano hace de su esfera vital, estética y vincular. Los párrafos dedicados a la Corte Suprema, que tuvieron el acompañamiento de la cámara que filmaba a sus cinco miembros encerrados como maniquís en su palacio, mientras el presidente remarcaba los límites gravísimos con que actúa el aparato judicial, que si tiene alguna plenitud es la de sus a irregularidades y fallos arbitrarios, fueron un momento alto de discurso presidencial. Después de esta estampa viva de una instancia de la justicia carcomida por dentro, ésta no puede seguir como está. El discurso de Alberto Fernández implicó entonces una serie de medidas y reformulaciones inmediatas que cambiarán el rostro entumecido, sospechoso e inclinado a la conspiración, emanado de la Corte, en favor de los poderes más oscuros del país.

FOTO CORTE SUPREMA MIRANDO EL DISCURSO

Se podría decir que el Presidente retomó una vía que todos los momentos e interregnos más creativo del país también tuvieron; esto es, una hipótesis general de modernización democrática y despliegue de sus fuerzas productivas que al mismo tiempo sea celosas de la soberanía nacional. Este concepto, el de modernización, no fue empleado por el Presidente, pero lo evocamos para significar un problema que exige una reflexión mayor. Cuando se dice que el 10 % de los países del mundo concentran el 90 % de las vacunas -en este cálculo habría que contar el volumen de su población, aunque esencialmente es veraz-, o que se evitarán retenciones a las exportaciones que agreguen trabajado nacional, o que se está produciendo una reacción productiva luego del año anterior, tan desarticulado en todos los aspectos de producción de la cotidianeidad causada por el virus, se está poniendo en marcha lo que será una prueba mayor, la hipótesis de gobernar con una pandemia atenuada o ya controlada por los procesos de vacunación. Sería entonces el momento en que la Argentina entraría en su capítulo modernizador en democracia, justicia redistributiva de estímulos de consumo, vida y ejercicio de libertades comunitarias. Sin duda, ese será el momento en que el país también se ponga a pensar las modulaciones necesarias que tendrá ese salto promisorio en términos de soberanismo enraizado en creencias colectivas no canceladas y expuesto a conocimientos acabados de las difíciles tensiones geopolíticas que vive el mundo. La pandemia es también un juego biopolítico, cuyo territorio es el de las biotecnologías.

Es por eso que el llamado a una unidad que cuanto más fuerte se exprese serán más fuertes sus expresiones de pluralismo -más o menos en estos términos se expresó el Presidente-, es preciso una gran movilización. social, política y humanista, para que esa unidad-plural no quede interferida por un amplio arco de saboteadores que ejercen cierto dominio sobre la vida popular, temiendo que la base de un plan democrático como el del presidente, señalado por los fabricantes de bolsas negras de plástico como “extremista” o como “corrupto”, desacople vastos sectores desesperados y castigados por la quiebra de sus expectativas de vida, y se decidan en apartarse del apoyo al hollín del descaro político, en que se hallan envueltos. Porque hay un  temor popular de abandonar a los dueños de las comunicaciones, las finanzas, los juicios que parecen emanados de jueces probos y que no son sino espadachines oxidados de los directorios en la sombra de los grandes negocios ilegales -magnífica la mención del presidente de uno de estos casos, el fiscal Stornelli todavía sigue en funciones-, y ese es un temor que debe ser conjurado con grandes acciones pedagógicas, de tipo ejemplar. 

El acto en la Plaza de Mayo donde se arrojaron cuerpos alegóricos, apelando a las peores técnicas de crear simbolismos amenazantes, lúgubres y con todo el potencial oculto para transmitir el recuerdo de los años de terrorismo estatal -so pretexto de combatir el favoritismo sobre las vacunas-, revela varias cosas. Que los errores de funcionarios del gobierno, con lo importunos o graves que puedan ser, no deben  generar un ambiente de injurias o escarnio contra quienes los cometieron inadvertidamente, pues no se haría otra cosa que sumar a la población ansiosa y castigada, a una corriente de amplios vuelo inquisitorial, que amenaza por un lado con linchamientos que pueden pasar de ser reclamos simbólicos, a la quema de cuerpos -como ya ha ocurrido-, y por otro lado, se desperdiciaría una oportunidad de conocer más el alma profunda de estos pedazos de carbón encendidos que se abrigan en la lengua hablada de numerosísimas personas que optan por el viejo pensamiento del chivo emisario, donde una persona en especial debe hacerse cargo de las ansiedades irresueltas y culpas secretas del grupo mayoritario. 

El Presidente no es ajeno a este tema, pues indirectamente lo ha mencionado varias veces. Y en gran medida, alimenta las decisiones de una justicia sectaria, que hay que rehacer, forjándose nuevos criterios en la facultad de juzgar, que se basen en una nueva objetividad, un nuevo capítulo que reintroduce en el cuerpo de jueces y fiscales el principio de la objetividad de la prueba y el equilibro entre la subjetividad del enjuiciamiento y la interpretación eficaz de la letra de la ley, lo que hasta se halla envuelto en un alto desprestigio, provocado por la introducción en la justicia de instancias de poder superiores a ella, que la determinan y la ponen más cercana al delito que a la reparación de las injusticias. Para ir concluyendo: la modernización de las leyes y su aplicación en término del interés social -esto es, la modernización de cuadro bio-vincular, así como ha ocurrido con las leyes de género-, es un concepto que debe ser revisado cuidadosamente, para no incurrir en la adopción de las mismas lógicas con que el gran capitalismo depredador educa a los públicos de ilusos consumistas. Por eso, una modernización solo basada en un pacto social con nuevas tecnologías para la producción, la educación y las comunicaciones en general, no puede terminar en la comodidad de tener un software para cada dimensión de lo humano y pretender que manejamos desde nuestro celular las cuestiones más mundanales, pues es lo contrario. Nuestra “billetera electrónica” nos hace cada más más dependientes de la estructura financiera mundial. Se puede lograr el equilibrio entre las humanidades y las tecnologías (una precisamente mencionada no por el discurso presidencial sino por el Consejo económico social, la “economía del comportamiento”, es altamente inadecuada, si es que se sabría exactamente en qué consiste). El Presidente debe tener un especial cuidado allí, mayor que el entusiasmo que manifiesta un tanto candorosamente por estos complejísimos temas.

El otro énfasis que se puede determinar en las líneas del discurso presidencial es la necesaria investigación sobre la fuga de capitales ocurrida durante el macrismo, no como respuesta astuta a las investigaciones del macrismo contra la ex presidenta Cristina, sino como un frágil fresco de la insustentabilidad ética que contiene esta época, el modo en que una sociedad que puede inventar monedas informáticas, como el bitcoin, y puede también idear legajos de investigaciones suyo contenido esta  acío, excepto cuando lo llenan falsos testigos y arrepentidos profesionales. La encrucijada del país no es encrucijada fácil y en las interlíneas del discurso de Fernández se pueden percibir claramente, La Argentina es un país con una caudal enorme de posibilidades. El Presidente menciona Vaca Muerta y el Litio. Muy bien. Pero tan importante como esos insumos para las nuevas tecnologías, son los encuadres culturales que no permitan que se extravíe la lengua -con todas sus diversidades. Y la diversidad de la crítica, que es lo que funda al ser político, no pueden diluirse, por más que las amenazas al país y a sus habitantes. que surgen de afuera y de adentro-, sean profundas y de gran peligrosidad. Pero no se sale de esto sin reconstruí lo que sería lo genérico humano en las relaciones interpersonales. Podemos querer la mejor Hidrovía -y habría que ver como ella no se convierte en otra intromisión de los grandes diagramas alimentarios del Planeta, con el Paraná como un apéndice llamado “hidrovia”, para borrar las huellas de la diversidad lingüística nacional. Por eso, todo lo bueno que se pueda hacer, tomando el sugestivo discurso de Alberto Fernández, no se podrá privar del acompañamiento de una cada vez más vigorosa reflexión histórico-cultural.

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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