El monasterio sin beatos

Compartir

Una vieja concepción de la picaresca política indicaba que las cosas buenas podían hacerse con una masilla dudosa; se la consideraba alegremente de modo provocativo, pues era permisible pensar que situaciones interesantes se construían con deyecciones.

Esta proporcionalidad entre realizaciones democrático-populares y la confusa tolerancia hacia los gargantúa y pantagruel del movimiento social, ha cobrado ahora una significación dolorosa, irreal y autodestructiva, que desafía las creencias de miles y miles de militantes. Abofetea la memoria de los muertos por la represión, de los desparecidos bajo las furias tenebrosas del Estado, de los escritores y políticos que pusieron su sensibilidad a favor del torrente histórico –Cooke, Walsh, Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Puiggrós, Arturo Jauretche-, de los militantes de varias generaciones, incluyendo desde los que fueron anarquistas, socialistas y comunistas que en lejano pasado imaginaron que algo nuevo sacudiría sus vidas, hasta los resistentes de una década posterior; los insurgentes que ofrecieron su rostro en el subsiguiente tramo de la historia, y de los jóvenes que se inscribieron en la saga de los viejos cánticos agregándole ahora nuevas estrofas.

Todo eso amenaza desplomarse por un silogismo irresoluble que deberemos saber explicar; la aparición de los José López, esos arquetipos circulares que resurgen como un cometa que hace su pasaje de tantos en tantos años. La ausencia de la partícula “Rega” en el nombre antes mencionado, no impide considerar que allí reside el campo de maniobras que desbarata –recurrentemente- la vida popular desde su mismo corazón confiante.

¿Pero fue así? ¿Realmente un ex funcionario en un rapto de sonambulismo intenta trepar a las paredes de un convento habitado por tres monjas ancianas con un bolso de dólares? ¿De muchos dólares? ¿Para enterrarlos?

Se confirmaría la tesis de estos últimos tiempos, repletas de simbolismos y alegorías fatídicas. La corrupción precisa bóvedas, tierra húmeda, y las sombrías figuras que medraron con aditamentos y sobreprecios secretos. Las imágenes fueron dadivosas con los que insistieron en prefabricar receptáculos ocultos en los medios de comunicación. Les fue ofrecida la cabeza encasquetada y el chaleco antibalas del hombre que no iba a la sacristía como creyente, sino que salía esposado del oratorio, rezando por su abultado puñado de dólares.

La historia suena demencial y querríamos que no fuese cierta; que no hubiera ocurrido pues jamás la habíamos pensado. Veíamos una procesión policial aparatosa que dirigía sus aguijones envenenados contra nuestro asombro, contra nuestra historia y contra nuestros compromisos de años. Este episodio de rebordes siniestros debe ser rápidamente aclarado.

Habíamos resistido imputaciones de todo tipo; se percibía en el tratamiento mediático de la cuestión, una maqueta escenográfica que llevaba grúas y vertiginosos fiscales a desolados parajes. No se trataba de que el tema nos gustara y que negáramos enteramente lo que la vocinglería dominante exclamaba sin mayores probanzas. Pero el arrebato circense con que se lo exponía permitía esbozar sospechas, pues se trataba de demoler la memoria de un gobierno, pasando por alto o desestimando los juegos financieros no declarados que realizaban los miembros del gobierno siguiente.

Las diferencias son obvias: en un caso el robo para la propia faltriquera; y en otro las maniobras financieras y empresariales en furtivas guaridas fiscales.

Ahora, aún bajo un relato al borde del folletín gótico, José López proporciona el plato más fuerte de la temporada, el que permitiría anular una historia, cegar un compromiso, revocar un legado. Los dólares en la abadía, el obispo amigo y las escenas de guerra son material pesado de destrucción. No podemos desconocerlo, matizarlo o aliviarlo, salvo que se demuestre que fue una gran farsa, pero no lo parece. En nombre de la reconstrucción de un frente social novedoso, que respete sus propias banderas y examine críticamente sus viejos andamiajes, nadie debe hurtarse de condenar explícitamente este episodio del monasterio sin beatos.

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 19/09/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto