El semáforo y la libertad

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Más allá de los ruidosos rechazos a las dictaduras sanitarias imaginarias, una parte significativa de la población aprueba las medidas, aún sabiendo que limitan su libertad. Es lo que ocurre con los semáforos: aceptamos ese límite a nuestra libertad de circular para proteger nuestra seguridad e incluso nuestra vida. En plena pandemia, los gobiernos deben aprender a soportar las estridencias de las minorías intensas y avanzar con sus decisiones políticas.

El lunes 12 de julio, el presidente francés Emmanuel Macron anunció una serie de medidas sanitarias tendientes a frenar el avance de la cepa Delta, la nueva variante del coronavirus. Macron apuesta a la vacunación general para lograr la inmunidad de grupo, una tarea que no parece fácil teniendo en cuenta que el 40% de los franceses son escépticos a vacunarse, uno de los porcentajes más altos de la Unión Europea.

Las nuevas medidas sanitarias establecieron la obligatoriedad de la vacuna para el personal de Salud, incluyendo a quienes estén a cargo de personas mayores. Según el ministro del área, quien no cumpla con esta nueva medida no podrá ejercer sus funciones ni recibirá la remuneración pertinente. Además, a partir de agosto será necesario poseer un certificado sanitario que pruebe haber recibido una vacuna o que incluya un test negativo reciente para entrar en bares, restaurantes o usar medios de transporte de media y larga distancia (trenes, micros y aviones).

El sábado siguiente, decenas de miles de personas se manifestaron en diferentes ciudades de Francia para protestar contra nuevas medidas. “Libertad”, “Macron renuncia” y “No a la dictadura sanitaria” fueron algunos de los slogans de los manifestantes de Paris, quienes en algunos casos mostraban estrellas amarillas, en recuerdo de las que la Alemania nazi obligaba a llevar a los judíos. “Estamos en una dictadura, estamos en una tiranía (…) Esto se llama apartheid entre vacunados y no vacunados”, afirmó Florian Philippot, político de extrema derecha que se encontraba en la cabecera de la marcha.

La dictadura sanitaria nos recuerda la “Infectadura”, aquella calamidad imaginaria denunciada por algunos intelectuales, científicos y políticos cercanos a Juntos por el Cambio, apenas un par de meses después de las primeras medidas contra la pandemia tomadas por el gobierno del Frente de Todos. Alberto Fernández también es tratado de nazi, fascista, chavista o la maldición que toque en ese momento.

De ambos lados del Atlántico, el terraplanismo político elude el debate político y sanitario para centrar su discurso en absolutos morales. Una manifestante parisina argumentó que como la divisa de Francia es “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, nadie la puede obligar a hacer algo que atente, justamente, contra su libertad. Se trata de un registro que no sólo descarta del debate el contexto de la pandemia sino también la responsabilidad social para centrarse en un individualismo absoluto. No vacunarse, desde ese punto de vista, es una decisión únicamente personal, sin consecuencias en el resto de la sociedad (ni siquiera en el círculo íntimo de quién tome esa decisión).

 

De la Infectadura al genocidio

 

Un debate fructífero entre ambas posiciones es, en ese sentido, ilusorio. Circulan por carriles discursivos que no se tocan. Por un lado, decisiones políticas y sanitarias tomadas en respuesta a una pandemia, cuyas consecuencias cambian día a día, y por el otro, absolutos morales que hacen referencia a valores individuales desprovistos de cualquier contexto e inútiles a efectos de controlar los contagios masivos.

Desde los anuncios de Macron más de dos millones de franceses reservaron un turno para vacunarse, lo que prueba que más allá de los ruidosos rechazos a las dictaduras sanitarias imaginarias, una parte significativa de la población aprueba las nuevas medidas, aún sabiendo que limitan su libertad. Es lo que ocurre con los semáforos: aceptamos ese límite a nuestra libertad de circular para proteger nuestra seguridad e incluso nuestra vida. La respuesta masiva de la ciudadanía francesa parece probar que en plena pandemia los gobiernos deben aprender a soportar las estridencias de las minorías intensas y avanzar con sus decisiones políticas.

En todo caso, debemos agradecer que los semáforos ya hayan sido inventados. Su implementación sería hoy casi imposible frente a las manifestaciones globales en defensa de la libertad de cruzar la calle.

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