Heroínas o nada

Compartir

Una ministra fue intervenida de urgencia y setenta y dos horas después ya estaba dando una conferencia de prensa, cosa que a nadie parece haberle llamado la atención. ¿Casualidad? En absoluto. Con las mujeres la vara siempre se pone así de alta. Y cuidadito con quejarse. 

“Plecbenda”: un nombre lo suficientemente raro como para tener que repetirlo varias veces antes de lograr una pronunciación aceptable. El punto es que eso (plecbenda, un mineral radioactivo, una piedra negruzca tan extraña como su nombre) fue lo que debió derretir –de a cientos de kilos, por cientos de días– Marie Curie en una olla gigante. Hay fotos del proceso. Parece bruja, quizá porque su logro tuvo algo de portento, de magia: logró extraer de todo ese mazacote uranio y polonio, los dos minerales que le darían al mismo tiempo la fama, el Nobel y la también muerte. También de eso hay fotos: Marie parece, a los 66, algo menos que un espectro.

La historia de Marie Curie (hermosamente recreada por Rosa Montero en su libro La ridícula idea de no volver a verte) está llena de frío, de hijas que lloran, de pobreza, de ese gélido clima polaco que la persiguió hasta París y le marcó la cara con un gesto –casi- tan duro como la plecbenda. Sin embargo, ella claramente no fue la única ni la última a la que se le pidió la autoinmolación a cambio de algo parecido al reconocimiento.

Cuando en 2015 Marissa Mayer, la CEO de Yahoo anunció que planeaba volver a la oficina apenas quince días después de parir gemelas, mucha gente lo encontró no sólo lógico sino indispensable. ¿Sos la CEO de una de las tecnológicas más grandes del mundo? No se hable más: lo menos que podrías hacer para agradecerlo sería salir de la clínica con una beba en cada brazo y recorrer de rodillas el camino que separa tu habitación de la oficina. Salvando las obvias distancias del caso, hace bastante menos se celebró con una admiración bastante parecida el regreso de Pampita a televisión. La modelo había batido la marca de Mayer: volvió al piso de Tinelli apenas una semana después de haber dado a luz a su ultima hija.

Hace algunos días la ministra Carla Vizzotti recibió una palmada en la espalda similar. ¿Su logro? Haber regresado al trabajo apenas setenta y dos horas después de una internación de urgencia por un cuadro de peritonitis. La lista de ejemplos podría seguir, pero no hace falta porque la idea ya nos quedó clara: siempre, y para lo que fuere, si sos mujer vas a tener que esforzarte el doble, el triple, el cuádruple. Y si el algún momento tu cuerpo o tu mente se quiebran bajo la presión (como le pasó en los últimos Juegos Olímpicos a la atleta estadounidense Simone Biles) el problema será tu falta de resistencia, de disciplina o de ambas cosas. Nunca la violencia y el abuso sexual como los que sufrió durante años a manos de Larry Nassar, el médico del equipo olímpico que abusó de ella y de 264 atletas más. Nunca.

Sufrir y callar: ésa sigue siendo la idea. La misma idea: el callosufrimiento o el sufrocallamiento, si se prefiere. Hete ahí la nueva plecbenda, la nueva roca dura que habrá que derretir para obtener algo que valga la pena. Ese es nuestro nuevo “parirás con dolor” porque el dolor –también se sabe– es cosa de mujeres, ésas irresponsables a las que a veces hasta se les da por andar perdiendo Paraísos por ahí.

Habrá pues que seguir topando, como siempre hemos hecho. Pero de lo que se trate tal vez sea de no naturalizar nada. Ni el dolor, ni el esfuerzo innecesario. Porque las guirnaldas de pañales de tela lavados a mano por esas bisabuelas ya míticas o las maratones de amasado para una multitud –domingo tras domingo tras domingo– podrán ser ya historia, pero algo de aquella demanda permanece. Hay que hacer más, mejor, más rápido. Hay que recuperarse de inmediato, hacer como si nada hubiera sucedido. Hay que dejar biberones en la heladera, volver al ruedo todavía cosida y con una sonrisa, no sea cosa. Así opera el sufrocallamiento, disimulando lo que haga falta. “No seas quejosa”, repiten desde siempre, y al final el consejo se hace carne, piedra, tabla de la ley. Primer y único mandamiento: “No sufrirás”. No en voz alta, al menos.

 

“¿Y dónde están las feministas?”

 

Poco antes del 21 de septiembre de hace muchos años, en plena dictadura y en vísperas Día del Estudiante, un profesor de Historia puso la vara más alta todavía. Hacía calor. Las ventanas del aula del Colegio Nacional de Adrogué estaban abiertas y soplaba un viento baboso. Y ahí estaba él –de saco y corbata, de bota y de espada– explicándonos –a mí y a una veintena más de caras llenas de hormonas y de acné– que “si una mujer no quiere, no la violan. La matan, pero no la violan”. Hizo silencio. Y llegó la conclusión. “Si la violaron fue porque quiso”.

Pasaron más de cuarenta años desde entonces. Pero la plecbenda todavía sigue ahí, irradiando su brillo tóxico. El mismo peso, la misma exigencia, tan repetida que ya ni siquiera hace falta repetirla. Se la actúa, y ya, como quien respira.  Rómpanse, pártanse, déjense matar de ser necesario. Callosufran. Muestren que valen algo. Lleven el sacrificio del otro lado, porque nada (ni siquiera ustedes) es tan importante como el privilegio de que las consideremos casi pares. Heroínas o nada. No es difícil adivinar cuál va ganando.

 

Comentarios

Comentarios

Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 24/10/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto