La clase media imaginaria

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La clase media que apoya a Juntos por el Cambio es inmune a las tensiones institucionales que pueda generar ese espacio y lo mismo ocurre con la clase media que apoya al Frente de Todos. Las preferencias electorales no se definen por esas preocupaciones mediáticas sino por las iniciativas concretas llevadas adelante por cada oficialismo. No son las instituciones, es la política.

Hace unos días leí una encuesta según la cual el 65% de los argentinos “está preocupado por el gasto público”. Aclaro que no tengo información sobre la muestra utilizada ni tampoco sobre el método elegido pero me pareció inverosímil que en medio de la peor crisis de nuestra historia -con diez millones de personas comiendo en comedores y luego de cinco años de caída sostenida de poder adquisitivo de sueldos y jubilaciones- una mayoría de ciudadanos esté atormentada por el gasto público mientras el mundo empapela sus economías de billetes. Más que una preocupación legítima sonaba a dato inducido.

Lo mismo ocurre con la corrupción o incluso con algo aún más vaporoso como las sospechas de corrupción. Los encuestadores y analistas de opinión nos repiten desde hace años que se trata de uno de los temas más relevantes de la agenda ciudadana, en particular de la clase media. Sin embargo, esa preocupación tan relevante no impidió que el electorado optara en 2011 por CFK, acusada por nuestros medios serios de haber robado un PBI o incluso dos, o eligiera luego como presidente a Mauricio Macri, un representante nacido y criado en la Patria contratista, que acumula denuncias por corrupción desde los ’90, cuando todavía no había heredado el imperio de su padre Franco, un corrupto según lo que el mismo Macri afirmó pocos días después de velarlo.

Las preocupaciones relevantes sin correlato electoral parecen ser más supersticiones de ONG que genuinas inquietudes ciudadanas.

Ocurre que nuestros medios serios suelen reproducir con generosidad las inquietudes y opiniones de una clase media tan virtuosa como imaginaria. Se trata de una extraña clase social más preocupada por las instituciones y coso, por los fallos de la Corte Suprema, por la independencia de los poderes, por el estilo rudo de CFK o la posibilidad de transformarnos en Venezuela, Haití, Cuba o el infierno caribeño que toque en ese momento, que por el aumento del precio de los alimentos, el poder adquisitivo de los salarios o la suba de la prepaga.

En realidad, esa clase media sólo existe en las encuestas y en los medios. Ninguno de mis amigos que conforman ese grupo con tanto apego a las instituciones dejó de apoyar a Macri luego de que intentara colocar por decreto a dos jueces en la Corte Suprema, un escándalo institucional, como tampoco dejaron de votarlo en la CABA luego de que nombrara como Fiscal General -cargo equivalente al de Procurador General de la Nación- a Martín Ocampo, ex legislador del PRO y amigo íntimo de Daniel Angelici, operador judicial del macrismo. Nadie en su sano juicio podía sostener que Ocampo fuera independiente políticamente del entonces Jefe de Gobierno porteño. Sin embargo, esos mismos amigos sí se indignaron con la Procuradora Gils Carbó por su supuesta aunque falsa militancia en el kirchnerismo.

La clase media que apoya a Juntos por el Cambio es inmune a las tensiones institucionales que pueda generar ese espacio y lo mismo ocurre con la clase media que apoya al Frente de Todos. Las preferencias electorales no se definen por esas preocupaciones mediáticas -como la defensa de las instituciones republicanas o el peligro chavista- sino por las iniciativas concretas llevadas adelante por cada oficialismo. No son las instituciones, es la política.

 

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Una parte del gobierno del Frente de Todos sigue sin embargo hablándole a esa audiencia imaginaria. Teme que las formas rudas de cierto peronismo, en particular el kirchnerismo, alejen a esa clase media inventada por los medios. El titubeo frente a los festejos por el 17 de Octubre resulta de esa voluntad de agradar a un conjunto de seres imaginarios en detrimento de una clase media real que votó al oficialismo y padece angustias concretas como la suba del precio de la carne o el temor a no poder afrontar el aumento del alquiler. Hablarle a una clase media imaginaria tiene como corolario el desdén hacia los problemas concretos de la clase media real. Además, impidió que un mesa antes de las elecciones el gobierno capitalizara políticamente una contundente fiesta popular como la del domingo en la Plaza de Mayo, generosa en grupos encuadrados y gente suelta.

El 10 de diciembre del 2019, la recién electa vicepresidenta le recomendó al presidente: “No se preocupe por las tapas de diario, preocúpese por llegar al corazón de los argentinos”. Es un gran consejo a aplicar cada día. Se trata de mejorar la vida de las clases medias reales, olvidándose de los reclamos imaginarios de una clase inventada.

En política suele ser grave tomar sus deseos por realidades. Lo es aún más cuando esos deseos son los de la oposición.

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