Los perseguidos

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Horacio González reflexiona sobre el procesamiento de CFK: persecución, rasuramiento de la historia y el estrecho vínculo entre medios y Juzgados.

Walsh terminó su famosa carta aludiendo al orgullo de ser perseguido. Estas palabras resuenan hoy, a pesar de que pasaron muchos años y las situaciones son distintas. Que los movimientos populares tiene una conocida tipología aluvional, que cargan componentes heterogéneos en su seno, y que no pocas veces lo lastran de equivocaciones y deslizamientos, lo sabíamos.

Lo que nadie esperaba es que lo que debía asomar como un debate necesario, se convirtiese en una cacería donde desfilan como trofeos en una maquinaria de producción de imágenes.

Asistimos a la procesión de sentencias y requisitorias, excavadoras inquisitoriales y execración de los nombres, irreverencia ante mausoleos e identificación de las estatuas que yacen el suelo con las herramientas contadoras de billetes, abominación de los mocasines y estampillado con apellidos de literatos célebres para lacrar salas con apellidos notorios e higienizar sus paredes con alcanfor. Es el impudor de los obtusos.

Retiran los zapatos de un ex presidente de las vitrinas, gracioso fetiche recordatorio, porque quieren ir desde el rasuramiento absoluto de la historia al enjuiciamiento por sustitución.

Entonces, penar a otros por lo que hicieron ellos. El mundo cabeza abajo. ¡Despedir para favorecer a la gente! ¡Castigar para beneficiar a los réprobos con un Orden! ¡Protocolizar la protesta para que no haya protestas! Pero eso no ocurre. Los perseguidos son también resistentes. Se resiste en una conversación casual, con el guiño en una esquina, pero también con el gentío en la calle.

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Somos muchos y somos pocos. Si se nos cree disminuidos, nos acrecentamos, Si nos acrecentamos, sabemos disgregarnos para rehacernos paso a paso al día siguiente. Los jueces actúan con recortes de diario. Se entiende: cada editorial de los diarios corporativos es un dictamen, mejor dicho, una condena en curso. Leemos esos diarios para leer las órdenes de nuestra captura. Los juzgados son Escribanías de las Redacciones. Vélez Sarsfield es solo un club. El gobierno persigue como los señores que salen de cetrería al caer la tarde. Algunos dudan de ser de la partida -¿no volverán los discursos en las escalinatas de los Teatros Judiciales?- pero, los que se internan en los túneles oscuros de las historia reciente, se encuentran con la presa inesperada, su idéntico rostro de expedicionarios envueltos en su propia maniobra. En una vuelta circular de sus conciencias empresarias, no se privan de decir que les da dolor tomar las medidas que toman. Ni siquiera son los valientes de su propia cobardía. El dolor es un tema complejo. El dolor del empresario lo solucionan los couchings, no los trágicos griegos. Pero en verdad, si se atrevieran a profundizar el “coucheo” verían su propia culpa al final del recorrido de los jueces.

Verían en ese espejo oscuro sus papeles secretos, los rastros panameños que el padre deja que herede el hijo, la imposibilidad filial de deshacerse de ellos, la devaluación monetaria que hicieron ellos como parte de un presente impugnable que no pueden transferir a terceros.

No obstante, como Edipos del dólar futuro, parecen no saber que fueron ellos los que prefabricaron la propia Obra que condenan. Deberían admitir la fatalidad de que el dolor no lo sienten ellos sino los que desnutren con sus medidas, los que deshabitan de sus derechos, a una escala antes desconocida.

¡Persigan, no importa, la historia dará otros dictámenes!

Podrán declarar entonces que en la ventanilla de cobranzas del dinero a término encontrarán su propia sombra futura, solo ocupada de sus propios hábitos especulativos. Es la única manera de hablar del porvenir que tienen. Lo hacen con esas frases milagreras que se dictan en los retiros espirituales. Haré daños para pedir perdón. Y al final de la ronda nocturna, se encontrarán con su propia cara, con su propio espíritu demacrado de verdaderos culpables de una nueva barbarie administrativa, financiera, tecnológica y social.

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Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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