Macrelli y Tinecri

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¿Puede molestar una imitación? El mimo o el actor especializado en remedos y emulaciones, sabe que juega con fuego. En principio, la imitación farsesca o burlona de un personaje público es un arte de remotos orígenes (circenses, carnavalescos, parques de diversiones), que finalmente expresa con eximia obstinación el bufón de la corte. El bufón le es imprescindible al monarca. No hay sin uno sin otro, pues todo poder intuye oscuramente que lo primero que debe controlar es el rastro indefinido de ridiculez que continuamente emana de él. Ayer, Cristina dijo que no le molestaban las imitaciones. Es mejor anticiparse, declarándose exento de molestias. Pero lo cierto es que este viejo arte mímico (lo primero que aprende el ser humano de sí mismo frente al otro), ha perdido su inocencia. Se ha convertido en un instrumento político denso y capcioso, con escasos restos del antiguo artilugio.

Evidentemente, ahora es Macri quien está en el centro de esa operación de desdoblamiento de una identidad, que genera siempre sentimientos colectivos contradictorios: goce, horror, espanto, desacralización o carcajada pérfida.

Es propio del político advertido decir que las imitaciones y simulacros con su gestualidad no lo inoportunan. Es una forma de protegerse, porque en verdad, nunca se sabe cuál es el destino final (ético, político o artístico) de una imitación, sobre todo si es la de la figura central de un sistema político. El “doble” tiene un oscuro encanto, que va desde las viejas novelas góticas hasta las operaciones policiales con reos calificados, a los que se los “protege” con un agente policial representando el papel del otro  en las entradas y salidas de sedes judiciales. ¿López, con el casco y el chaleco antibalas de la bonaerense, era el policía o el ladrón? Por otro lado, ciertos artistas muy célebres o incluso políticos que manejan severamente su misterio tienen dobles o han recurrido en cierta ocasión a dobles. Por otra parte, viejo tema literario, el doble recorre toda la memoria literaria contemporánea, desde Gogol y Dostoyevsky hasta Borges.

Lo  que la literatura intuyó, el psicoanálisis buriló y las técnicas de los servicios de informaciones refinaron, Tinelli lo llevó a un nivel de incidencia política desconocido hasta entonces.

Cierta vez, un político menor reforzó su carrera imitando al que  a su vez lo imitaba en la televisión. Hay que agregar que si Tinelli es imitado –en sus gags, su voz, su estridencia para ensamblar conflictos simulados, con breves sketchs de carácter humillante-, él también imita a una larga serie de locutores de la televisión inspirados en remedos de las viejas grandilocuencias de los clubes de barrio. El tesoro más recóndito de la vida popular castigada alberga todo eso. El remate de las imitaciones y las competencias bailables es un resumen único, escenográfico y rimbombante, de un pseudo certamen que a su vez remeda la aspereza del mercado laboral, los puntajes meritocráticos a los que todo trabajador es sometido y los enjuiciamientos fraguados por parte de los “jurados televisivos” que de todas maneras “imitan” la grave situación de descreencia en la que se halla el aparato judicial efectivo de una Nación.

Faltaba a este teatro de la simulación que imita a la realidad, la vuelta circular de la realidad imitando ella misma  a estos simulacros. La disputa por el poder se ha convertido en una disputa por el control de las imitaciones, a semejanza del control de la emisión monetaria, las informaciones secretas de organismos de recaudación o las de los archivos visuales de los medios de comunicación. Siempre hubo filosofías del rostro, como misterio último de la identidad. La desastrosa aberración a la que ha llegado la vida política argentina (con la lucha por el control de la AFA como metáfora de la circulación del dinero, la financierización del fútbol y el fútbol como bolsa de valores de la emotividad popular bajo caución, y de la justicia emitiendo cautelares equivalentes a bonos de deuda, etc.) lleva a la máxima escena que presenciamos del teatro de la crueldad en que se convirtió el país: el rostro de Macri en el cuerpo de Tinelli y el rostro de Tinelli en el cuerpo de Macri. En otra variante, y siempre por operaciones tecnológicas, que son cirugías de la imaginación iguales a la plusvalía de imágenes del capitalismo: los dos rostros, Macrelli y Tinecri, con distintos rasgos faciales combinados.

La realidad se ha desvanecido. Quedan solamente los “papers”.  Queda la rusticidad de una lucha descarnada, con el patrimonio colectivo incautado como por quienes hasta ahora creen que fue tan fácil hacerlo como fundir una cara con otra. La mesa de operaciones de la política ha expropiado los rostros, los ha convertido en trolls y píxeles robotizados.

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Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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