Poder y democracia

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El sociólogo y analista político Ricardo Rouvier afirma que con el neoliberalismo la democracia está en cuestión ya que es una institucionalidad que cohabita con mayor o menor compromiso con el poder formal y también con el poder real, al que oculta mientras deja que la política sea comprendida sólo por la legalidad.  

La Tecl@ Eñe.- De lo que se trata es de comprender el mundo contemporáneo, especialmente si lo que uno quiere es transformarlo. El peso del siglo XX sobre nuestras espaldas es muy potente y cuesta avanzar con la deconstrucción que requiere definir una visión. Además, la historia sigue mostrando una dinámica de espiral ascendente en que cada etapa tendría elementos de la anterior, y otros que anuncian lo nuevo. La evolución se hace palpable en la materialidad de la innovación, si dejamos de lado aspectos que tienen que ver con la subjetividad en materia de felicidad colectiva.

El corazón del sistema es aquella vieja institución conocida como la propiedad privada de los medios para generar riqueza, que desde su origen ha fundado la desigualdad, que se mantiene y se ahonda al punto que según la ONG británica Oxfam dedicada a la caridad, afirma que las ocho personas más ricas del mundo acumulan más riqueza que la mitad de la población del mundo más pobre, unos 3.600 millones de personas. No es exagerado señalar esto como un desastre humanitario, del cual la cultura ha creado la filantropía como una forma de que los ricos agraden a los dioses.

Uno de los aspectos destacados en Occidente es la democracia tal cual la conocemos, destinada a armonizar los intereses del mercado y la supervivencia del  Estado. Se expande desde la segunda guerra mundial, y funciona para el orden del espacio público, que pertenece a  un sistema más complejo, en el que se cruzan luchas por el sentido y determinaciones entre lo económico, lo jurídico y lo  político. El Estado no es el reflejo idéntico del poder real, pero afirma su existencia en la ley y la fuerza mientras subterráneamente la competencia y la concentración se realizan por detrás de la democracia.

La metáfora arquitectónica marxista de infra y superestructura ya no es un instrumento pedagógico eficiente (Gramsci la abandonó en 1931), pero eso no significa que no  se tengan en cuenta, en estas reflexiones, algunas categorías de análisis y relaciones intrasistema que provengan de esa fuente. El objetivo es lograr un diagnóstico profundo y objetivo, que no prescinda de la ideología del observador pero que haga un esfuerzo por lograr una mayor aproximación. Decimos ideología como proyecto del mundo, como destino; evitando acomodar la realidad a nuestras ideas previas.

El desafío del siglo XXI obliga a otros mecanismos, otros dispositivos para entender la actualidad; y debería fundar una nueva praxis política. Las preguntas por la lucha de clases o  por el sujeto de la emancipación, son categorías en estado de problema, y  que son planteadas por el posmarxismo. En los casos de Laclau y Dussel, retornan al concepto pueblo desalojando la lucha de clases como motor principal. Emerge también  un conocido interrogante: ¿El uso de la democracia formal permite un escalamiento reformista a partir de la participación y las organizaciones populares? ¿La lucha democrática es insuficiente? ¿Y si lo es,  cuál es el camino?

La crisis democrática en todo Occidente supone la desilusión de una de las obras más preciadas de la civilización, al punto que por agotamiento dentro del subsistema político se alzan voces desde la extrema derecha. Aparece algo llamado, por algunos analistas, como “Autocracia Electiva”, que supone un fuerte centralismo, continuismo y un debilitamiento de las instituciones para el debate. Sospechamos que detrás de esta novedad se preparan nuevos ataques contra el populismo progresista en América Latina. Hoy, en Europa, la ultraderecha está presente en cinco gobiernos y 22 parlamentos de la alianza.

Por debajo de lo político – como administración del Estado y posicionamiento de fuerzas sociales y políticas – está  el poder real no visible, y el poder real maneja el mecanismo de creación de riqueza ampliada, y eso surge de la propia inmanencia del capitalismo.  Una de las promesas incumplidas de la democracia liberal según Norberto Bobbio, es la eliminación del poder invisible, o también llamado doble Estado.

A pesar de esto, la democracia es preferida por la gran mayoría, pero no logra que los ciudadanos se entusiasmen con ella al punto de participar. Al contrario, la norma tácita es que cuando los hombres y mujeres ganan la calle e intervienen, la democracia está en peligro.

No cabe duda que una sociedad desigual y la sospecha colectiva de la existencia de otros poderes distintos a los que aprendemos en la escuela, llena de desconfianza el vínculo del ciudadano/a con la sociedad política.

En nuestro análisis, si bien tratamos de evitar el determinismo económico, no se puede negar que la modalidad de creación de riqueza es el motor dinamizador de todo el sistema, y también su incidencia en el subsistema político. A partir de las acciones de presión de los grupos concentrados destinadas a maximizar las ganancias, minimizar los impuestos y proteger la propiedad, el orden político condiciona la libertad de sus ciudadanos a aceptar el reinado del mercado.

Los señores del poder y la democracia en España - hoyesarte.com

En la  base del dispositivo hegemónico está también la  cultura correspondiente a una etapa civilizatoria que antes era considerada una superestructura determinada por lo económico, y ahora es considerada una parte indispensable del poder real que naturaliza y otorga justificación al sistema. El sentido común es una parte central de la cultura que produce consensos y reproduce cotidianamente la legitimidad del vencedor. Si no hubiera subjetividad colectiva cooptada por el poder, no habría poder efectivo. El  poder formal  está fundado en el voto universal, en la relación de mayorías y minorías y la alternancia. Y el poder oculto que no va a elecciones necesita también de un consenso que no se expresa en los mecanismos electivos sino en la aceptación por parte de la gran mayoría, de la sociedad civil como connatural. Ahí la cultura, la educación y la comunicación juegan su papel para acondicionar la subjetividad colectiva a los patrones del capitalismo y la meritocracia.

Entonces, produce creencias, relatos e impone costumbres sociales. Inclusive despliega, últimamente, un formidable aparato de servicios de entretenimiento. Se conjugan, se estimulan, todas estas conductas para que la hegemonía se eternice. Antes de llegar al monopolio u oligopolio mediático, el sujeto es reclutado por la sociedad a partir de su domesticación. Y en la socialización primaria se genera que el sujeto crea en su libertad más de lo que realmente tiene. Como el sistema es abierto y cambia (es un error creer que la hegemonía es sólo representada por conservadores. Esa es una tendencia más que integra el bloque dominante, también están los modernizadores) se verifica un notable incremento de las libertades civiles, y una mayor integración social en el mundo. Paradoja entre desigualdad e integración. Sí, es una paradoja de las tantas que presentan las hegemonías en la historia de la humanidad.

En la otra punta del planeta emerge una potencia mundial fundada en el desarrollo económico de Oriente, favorecido por una avalancha inversionista proveniente del capitalismo más avanzado.  Pero hoy dentro de la competencia bipolar mundial, hay en juego dos sistemas políticos diferentes y antagónicos. Así como decimos que la democracia formal no cumple sus promesas, que fracasan los modos de representación, también nos planteamos varios interrogantes respecto al futuro del modelo político asiático a partir del protagonismo creciente de su mercado interno y su incidencia en las relaciones sociales.

La actual pandemia y las crisis de las deudas externas de muchos países indican que, a pesar de la grave afectación de los sectores de los trabajadores y pobres, de las mujeres y de los jóvenes y los jubilados, la situación social irá a la cola de la recuperación económica. Hay que restablecer el consumo, y el Estado se ocupará de eso y los oferentes privados presionarán para que ocurra en los países capitalistas de mercado, y en forma mixta en la República Popular.

Esta no es una época revolucionaria, los caminos están bloqueados y la hegemonía económica mundial hoy transcurre con contradicciones y conflictos, con una competencia bipolar entre las superpotencias. Si cabe la posibilidad de un destino bélico, no lo sabemos, porque el entrelazamiento de intereses entre ambos es también una condición. Otra paradoja: son enemigos y son socios.

Este escenario plantea a los países periféricos nuevos desafíos para posicionarse en el mundo, ya que no se plantean opciones polares entre capitalismo y comunismo, o entre Occidente y Oriente. Todavía la contradicción entre la República Popular China y los EE.UU, se dirime en el plano más comercial que militar, y no hay desembarcos ideológicos por parte de los asiáticos.

La contemporaneidad se estructura en la convergencia de desarrollos históricos globales que abarcan desde la biopolítica hasta la cultura digital. Los países centrales de Occidente siguen ostentando: la libertad de expresión, de prensa, el respeto por los derechos humanos, la defensa de la democracia formal. Son valores constitutivos de las naciones neoliberales; y  EEUU vuelve a enarbolarlos para su posicionamiento estratégico mundial.

Se dirá que hay falsedades detrás de estos valores; claro que las hay. No hay hegemonía, ni la del siglo XII o del XXI, sin adulteración. La propiedad privada de los medios de producción es anterior a los seis siglos de  capitalismo y es, como dijimos, el núcleo central del sistema y encuentra en la economía moderna la posibilidad de su máximo desarrollo.

El individualismo triunfante propulsado por el neoliberalismo desplaza a lo colectivo como sujeto de transformación. La democracia formal sin participación, y en la soledad del cuarto oscuro, realiza este ideal de ciudadano libre y no de comunidad libre.

La ideología dominante es el neoliberalismo, una de las identidades que se le asigna es la desaparición del Estado. Cosa que no es tan así porque recurre a él, sobre todo cuando se produce el incendio como en la crisis petrolera de los ´70,  o en la crisis de las hipotecas del  2008 o ahora con la pandemia.

El Estado ha sido y es un actor principal durante los seis siglos de capitalismo, pero los sectores dominantes no quieren un Estado intervencionista, tanto como que no quieren una comunidad participativa. Ambas cosas reducen el rango del individuo, aunque diría mejor: reducen el margen de maniobra del capital.

La democracia está en cuestión. Es una institucionalidad que cohabita con mayor o menor compromiso con el poder formal y también con el poder real. A este último lo oculta, hace como si no existiera, y deja que la política sea comprendida sólo por la legalidad.

Por ahora, no hay una alternativa global al sistema sino intentos de reformas para mejorar su desempeño. Hay que decidir si se va a aprovechar la democracia para profundizarla.

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Ricardo Rouvier

Licenciado en Sociología. Doctor en Psicología Social. Profesor Universitario. Titular de Ricardo Rouvier & Asociados.

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