Violencia y canon democrático (I)

Compartir

En esta primera entrega de una serie de tres artículos sobre los obstáculos de la democracia en la Argentina, Horacio González analiza el siglo XIX. El golpe de Mitre. La Conquista del Desierto como el nacimiento de la alianza militar-terrateniente. Los «turnos del poder». La violencia, los caudillos y los líderes que marcan con su orquesta el presente desde la historia.


Las grandes unidades nacionales del comienzo del siglo XX se organizaron sobre la base de dos líneas de acción, contrapuestas pero aliadas en otro plano superior de acuerdos. Había elecciones, contextos diversos y oportunidades dispares. Por lo tanto, el acuerdo funcionaba, postulando que, dependiendo de las circunstancias, y mediante mecanismos electores más o menos apaciguados, en determinado momento, “uno gobernaba y otro acompañaba en espera de su turno”. Los protagonistas de tal rotatividad pacífica podían llamarse conservadores y progresistas, socialdemócratas y socialcristianos, republicanos y monárquicos moderados, republicanos e izquierda social, es decir, un partido que complementaba y al que se le oponía otro en una calma de régimen binario. El supra acuerdo no se rompía mientras las diferencias específicas de actuación estaban en debate. Se recordarán las frases de Balbín, que empleaba esta terminología. Los “turnos”, es decir, de esas dos fuerzas nucleares -demócratas liberales y nacional-populares-, cada uno esperaba su tiempo, que ya llegaría. Mientras tanto, cortésmente, se turnarían.

Se concebía el espacio histórico como una alternancia, palabra también del acervo de esta concepción. Y el que ganaba, era “acompañado” por la obra paciente del otro, que recibiría el mismo buen trato cuando el que ahora gobernase, pasaría al “llano”. Esta última palabra estaba también en el vocabulario de los viejos radicales argentinos, que vivieron todo el período post peronista -luego de 1955-, manteniendo esta concesión de una sociedad dinámica con dos alas opuestas que protagonizaban conflictos, pero mantenían un ámbito común que en última instancia, como un verdadero gobierno en las sombras, apelaba a una Corte Suprema informal, de notabilidades políticas de ambos costados de la realidad, para que la sangre no llegara al río. Saber esperar el turno, saber acompañar, eran el álbum ilustrado del político de una democracia balsámica que había aprobado los duros exámenes de la historia. Y yacía allí, efectiva, tediosa y hasta letárgica. Pero e bien común y la vida moderada -dócil y tranquila-, se lo agradecía.

Des difícil decir cuando esta verdadera utopía de la política como templanza y reflejos lejanos del abismo, tuvo vigencia. Históricamente nunca. Y siglo XIX argentino lo demuestra muy bien. Treinta años de pequeñas batallas en la intricada trama del interior del país, entre “unitarios” y “federales”, nunca tuvieran el famoso sistema rotatorio que promulgaba el teórico por excelencia de una sociedad de “turnios” y de espera de su momento, el inefable doctor Balbín. Las concepciones en juego, desde lo económico y cultural, eran muy heterogéneas y no había voluntad de acuerdo entre un sector “ilustrado” de los federales y el sector “popular” de los unitarios, minoritarios en ambos casos. El general Lamadrid, compadre de Dorrego, acepta su fusilamiento. Lamadrid, unitario, deja memorias de su actuación militar de sumo interés. Lo mismo el general Paz, en memorialista de gran expresividad e ironía. La decisiva batalla de Caseros lo fue porque forjó una alianza novedosa. Una pieza fundamental de la deshilachadas Federación pasó a ser el brazo armado de los exilados de la ilustración argentina que ya habían fracasado militarmente con Paz, con Lavalle y con el propio Lamadrid. No fracasarían con Urquiza, el federal.

A propósito de Lamadrid, su derrota en la batalla del Tala ante las fuerzas de Facundo Quiroga, un film recientemente estrenado en el Bafici, permite convertirlo, en un “mártir unitario”, aunque Lamadrid no hubiera muerto en esa batalla, aunque sí sufrido serias heridas. El film tiene recursos de interpelación indirectos, no se filma una batalla del pasado, sino un concierto musical contemporáneo sobre “una batalla del pasado”, pero, de todas maneras, aludiría a una situación del presente semejante a la del siglo XIX. Una sociedad partida por cosmovisiones diferentes que no dejan librada a “turnos pacíficos” la rotación del poder, sino que la dirimen militarmente, esto es, con la hipótesis de destrucción del enemigo. Es que hubo muy raros casos en aquella época de miembros de una facción que decidirán ponerse a disposición de la otra, admitiendo sus argumentos. 

Uno fue el coronel unitario Chilavert, luego convertido en el jefe de la artillería de Rosas en la batalla de Caseros. El otro fue Urquiza, gobernador de la poderosa provincia de Entre Ríos, que acepta una alianza con Brasil y de miembro de la Federación pasa a convertirse en el verdugo de Rosas. Pero los dos ejércitos llevan el mismo distintivo, el cintillo punzó federal. ¿Era una batalla en el interior del Federalismo, la implosión de éste, o la “astucia de la razón” unitaria, que se valía de uno de sus enemigos para derrotar al Enemigo Mayor? La historia es así de ambigua cuando su trazo parece firme, y muy drástica cuando sus trazos parecen flojos o etéreos. Luego de esa batalla, Urquiza -el federal unitario-, fusila a Chilavert, el unitario federal. 

La mayor batalla argentina del siglo XIX, que no la hubo de modo igual en otros países (según observa Tulio Halperín) tiene muchos planos de confrontación. Es finalmente una victoria “8unitaria” al precio de que esto se disuelvan como tales. Pero no es esa la opinión de José Hernández, un federal, cuando percibe que los del partido “Porteño” que llegaron al poder local gracias a Urquiza, mantenían la idea de crear un “sistema” como aquel que había fenecido (el de Rosas), pero con dos grandes modificaciones, un instrumento jurídico constitucional y un modelo de relación económica con Europa basado en una violentación económica que ponía al país en un desequilibrio histórico que, con variantes, perdura hasta hoy. Urquiza, en este nuevo esquema, era un triunfador derrotado. Su presencia sobraba, había sido tan necesario antes como ahora es innecesario. 

Permanece inactivo cuando asesinan a Chacho Peñaloza -aplicando Sarmiento la misma barbarie que condenaba-, y no atiende al reclamo de Hernández, en el sentido que el próximo sería él. Peñaloza en una fase anterior de su actuación había pertenecido al “partido unitario”, lo que muestra que estas visiones culturales, unitarios federales, eran sustituidas por estilos de poder económico y fórmulas anímico-políticas con otros grados de integración mundial. Urquiza es asesinado por una partida de federales puros, surgidos de una gauchería cultural que respondía al general López Jordán, el último militar y caudillo federal, que luego de amnistiado, fue asesinado en las calles poco propicias de Buenos Aires. Mitre deseaba reponer un “sistema nacional”, de tipo centralizado y con mínimas alternancias constitucionales, regidas por un tipo de “caudillismo ilustrado” único, con reemplazos y alianzas controladas por una maquinaria de autoridad central, con “unidad en la diversidad”, pero una diversidad acotada por el numen centralizador, el propio Mitre.

Con la alternancia de Sarmiento era Suficiente. Mitre verá con buenos ojos a López Jordán -enemigo de Urquiza, que a su vez era su enemigo, que el propio Mitre había derrotado falsamente en Pavón a través de un acuerdo secreto que aún hoy se discute-, y sus esfuerzos políticos por forjar un cuadro heterogéneo que estuviera bajo su comando general, lo llevan a ensayar un golpe de estado, en 1874, contra el nuevo gobierno electo, el del tucumano Avellaneda, apoyado por un destacamento importante de aborígenes que le son fieles. No está en la cabeza de Mitre una campaña como la que después emprenderá Roca sobre la Patagonia. El mismo Roca, un joven coronel tucumano, derrota al plan golpista de Mitre, venciendo en Mendoza al general Arredondo, al que deja escapar caballerescamente de su prisión. En su apología de Roca, Lugones saluda este hecho. Después, el voto mitrista del barrio de la Boca colabora para que Alfredo Palacios sea “el primer diputado socialista de América”. Eso fue en 1904. Mitre ya se había reconciliado con Roca, que por haberlo vencido militarmente, se convertiría en Presidente bendecido por su Campaña del Desierto, una decisión que pesaría hasta hoy en los rasgos cultural-políticos del país, mucho más por el escaso empeño militar que eso significó, porque más importó dar una muestra de la alianza militar con el poder terrateniente que regirá desde allí el itinerario de la nación. Mitre es el derrotado, aunque de modo póstumo había intentado suerte con la Unión Cívica, al lado de Alem, el hijo de un mazorquero. Aunque su triunfo permanente se lo sigue comprobando en la historiografía nacional que de algún modo fundó, como él decía, “científicamente”, pero la derrota que en el terreno literario hay que reconocerla es su ilegible traducción de la Divina Comedia. 

Antes, Mitre se ve arrastrado a la guerra contra el Paraguay, pero es el que deja en la historia la frase delatora, “en tres meses en Asunción, con la bandera del libre comercio flameando orgullosa”. El sitio de Paysandú por uno de los general de Mitre, el uruguayo Venancio Flores, aliado al ejército brasileño -siempre la desdeñada pero omnipresente sombra militar brasilera en el decurso de aquella Argentina-, decide la intervención del Mariscal Solano López en favor de los uruguayos “federales” -no se llaman así, es claro, pero el espectro de la vieja confederación flota libremente, del lado uruguayo-, y ese atrevido paraguayo que tiene algo de napoleónico y algo de trágico shakespeariano, ocupa Mato Grosso y toma la ciudad de Corrientes para auxiliar a Leandro Gómez, hoy héroe nacional uruguayo, y en aquel momento, filiado al partido antimitrista del Uruguay, el partido Blanco. La defensa de Paysandú contra topas brasileras y uruguayas muy superiores, mueve todas las áreas políticas del Sur del continente. Ante el  avance de Solano López hacia Paysandú (tenía que cruzar territorio argentino) Mitre le declara la guerra, que será muy larga, y con un ejército paraguayo muy aguerrido, sufre la gran derrota de Curupayti, de la cual la argentina tarda en reponerse, y queda luego el destrozo, el triste reparto de las tierras paraguayas, el triunfo de la “legión paraguaya” aliada al mitrismo, los sorprendentes cuadros de Cándido López, los dibujos de El Eternauta de Oesterheld por parte de Solano López -descendiente del Mariscal-, y un destino de país arrasado que, luego de numerosas alternativas que aquí huelgan, en Paraguay, en parte no menor, habla hoy el idioma de la soja brasileña. 

El sitio de Paysandú, en 1868, fue una suerte de continuación de la Batalla de Caseros, un “segundo tiempo” -Urquiza, desde la orilla de enfrente, sigue mudo-, y la batalla de Masoller, en 1903, el tercer tiempo, donde es derrotado Aparicio Saravia, el otro gran exponente del Partido Blanco, que luego de avatares que no narraremos aquí, se hace cargo de la presidencia en el actual período con Lacalle Pou, y pugna, como se ha visto, por reacomodar e forma reaccionaria el Mercosur  Como podemos ver, no hay turnos políticos que no sean determinados por actos de guerra, y la alternancia es por la vía de las armas que se establece. El “fundador” de la democracia donde la disputa sea dialógica y argumental, y la violencia existente sea una dote de índole menor respeto a las instituciones jurídico políticas que se nutren de ella para contenerla y la contienen porque la violencia también emerge de ellas, debe declararse un demócrata al margen de la democracia. Si la funda, es porque no pertenece a ella. Esa fue la situación de Alfonsín, que en el momento aquel no pudo contener todos los elementos marginales que cercaban el tono democrático -espolones militares, financieros, comunicacionales-, que impedían la rutina posible, pero escasa de vitalidad, con lo que la refundación pretendía establecerse, y sin embargo, queda vacante.

Desde luego, una refundación puede instaurar turnos, alteridades, sucesiones pactadas, disputas que enriquezcan instituciones y las tramas políticas necesarias para sustentar el origen virulento de la vocación política y darle carácter de aglutinante y no destructora de instituciones, cuerpos y lenguajes. Para eso, estas honorables palabras no deben quedar solo en el diccionario de los que creen que la democracia ya está fundada. No es así, pues ella siempre está en la pesadumbre de serlo, en el agobio de su propia inminencia para ser fundada. Su fundación es posible, pero le cuesta dejar de alimentarse de su propio obstáculo. Para superar el espíritu devastador que define al ser político, no es posible partir de una línea supuestamente originaria donde el alma que se cree arraigada en su rescate de los bellos valores de convivencia, nada reconoce de la relación amigo-enemigo. A esta hay que superarla, pero para ello hay que conocerla. En este breve repaso de la historia nacional, escaso e imperfecto, pudimos comprobar que un triunfo político en regla se consideraba aquel que barría de un modo impetuoso, definitivo y cruel, todo signo que evidenciara que aun vivían los vencidos, que todavía hablaban los que el poder de las armas decía que debían quedar mudos. Veremos en una próxima nota como esta ausencia de “turnos” y el impedimento de que se entremezclen circulaciones heterogéneas en el espacio público, es una nota dominante en la historia nacional -salvo escasos períodos-, y un luctuoso y preocupante signo de los tiempos que corren, cuyos antecedentes exploraremos más adelante, siguiendo esta rápida navegación histórica. 

Comentarios

Comentarios

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 24/06/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto