Violencia y canon democrático (II)

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En esta segunda entrega de una serie de tres artículos sobre los obstáculos de la democracia en la Argentina, Horacio González continúa analizando nuestra historia desde el siglo XIX y reflexiona sobre la noción de sistema político, inexistente según él, ya que siempre reina la escisión y el tiempo que desgasta los acuerdos. De Rosas a Alfonsín, un amplio arco que le permite afirmar: «Las luchas por el poder siempre se parecen, sean o no por la vía armada».

Como venimos comentando, la fundación de una democracia permanente, es decir, nutrida por ciclos históricos contradictorios pero aceptando que cada diferencia alimenta el mismo poder de la democracia para contener todas las disidencias de una nación, parecía asomar levemente bajo el nombre de “reorganización nacional” luego de la caída de Rosas, en 1852. Pero para que eso pase, tiene que haber “vencedores y vencidos” y no por el mero recuento de votos en las urnas sino por la idea militar de “desarme y destrucción del enemigo”. Por lo tanto, antes de cualquier proceso democrático hay un vacío sin categorías firmes ni predicados establecidos, donde la violencia hace su vigorosa pasada. Ella es la “última razón”. En 1852 Urquiza se instala en Palermo –el cuartel-Palermo de Rosas–, y no es ingenuo respecto al “partido porteño” que lo ve como un simple instrumento del derrocamiento rosista, de cuyo amplio abanico federal formaba parte. La Batalla decisiva se había hecho con cintillos federales por parte de ambos bandos. Podemos conjeturar que los políticos de Buenos Aires menos fogosos aceptaban esa alianza táctica, pero Sarmiento la denuncia desde el inicio.

No parecía inevitable formar “dos países” en las tierras de la derrotada Confederación Argentina rosista, y, sin embargo, en la primera distracción de Urquiza, el levantamiento porteño a poco de concluida la guerra contra Rosas, lleva a Buenos Aires a un gobierno propio; Urquiza, ya en Concepción del Uruguay, declara a Paraná como Capital de la Confederación. Pero, “menos Buenos Aires”, que desconoce la Constitución de 1853. El Estado de Buenos Aires queda entonces sitiado militarmente por generales urquicistas y del interior provincial rosista, como Hilario Lagos y Gerónimo Costa. Urquiza siempre está a punto de tomar la ciudad ahora ocupada, pero íntimamente sabe que nunca lo hará. Ocupada ahora Buenos Aires por los antiguos unitarios, que ya se llaman liberales por el impulso de su Gobernador, Valentín Alsina, logra quebrar el cerco con el soborno de la Escuadra Naval de Paraná, cuyo Almirante John Coe, un marino norteamericano que era contratado en las diversas luchas internas en los países sudamericanos, vendió los navíos a Buenos Aires por una alta suma personal que ingresó a su peculio. ¿Hay una lucha por la “hegemonía”? Sí, pero no es seguro que convenga el uso de esta palabra ya muy implantada en el anaquel del analista político, que le retira a los acontecimientos su condición esencialmente dramática. Este concepto viene de la presencia del jefe, el hegemon, y su influencia. La conversión del concepto a la “dominación cultural” no siempre es fácil, incluso en lo más largos ciclos de perdurabilidad de un tejido político como los que hubo en el país. El ciclo rosista, el roquista, el yrigoyenista, el justista, el peronista, el del terror militar y el de la endeble democracia actual. No se pude establecer esta linealidad, pues permanentemente hay incisiones, superposiciones, oscuras continuidades, escisiones, derivas inesperadas y rupturas internas y externas del denominado, con terminología gramsciana, “bloque histórico”.

Solo la imposibilidad de triunfar simbólica y culturalmente sobre Buenos Aires –porque militarmente se lo había hecho en Cepeda y en Pavón, aunque Urquiza abandona misteriosamente el campo de batalla que lo veía triunfador–, le hace ver al jefe entrerriano, como en una revelación, que la victoria contra Rosas en nombre de un federalismo más modernizador, más matizado, más “dialoguista”, no era suficiente ante la Capital real, con el crecimiento financiero, los acuerdos comerciales nuevos, una Aduana más eficiente y obediente al influjo de su localización territorial más obvia, la gran metrópolis portuaria, que pedía el arrasamiento total de los vestigios federales que aún se mantenían fuertes en las provincias. Es lo que ocurrió en el próximo período, donde es el “turno” de Buenos Aires para reorganizar la república con sus aliados provinciales; Buenos Aires pide otros arquetipos, otros “Urquizas” que corcovean sobre su obligada mansedumbre, que quizás no hubieran querido que sus victorias se convirtieran en tristes derrotas, con el ánimo forzadamente provocado por su propia voluntad ya debilitada o astillada. “Chacho” Peñaloza será el próximo “Urquiza”. Sarmiento en la “vida del Chacho” justifica el crimen como un caso de “seguridad nacional”. Y López Jordán, con su aliado José Hernández, se resigna al final que la “Confederación” entre en un estado profundo de utopía malograda, a ser saludada por los melancólicos. El último de ellos será Alberdi como representante Confederado en Europa. Allí visita a San Martín y a Rosas, para cerciorarse si el destino nacional encontraba en esos dos hombres exilados alguna explicación que no fuera la incapacidad de comprender la razón, el comercio y un nuevo internacionalismo regidos por las técnicas imperiales de intercambio mercantil y el cable submarino.

Hacia fines del siglo XIX, Mitre ya tenía su partido Nacional y Alsina, el Vicepresidente de Sarmiento, su partido Autonomista. No había ningún sentimiento de alternancia porque quedaba pendiente el tema del Federalización de Buenos Aires –que llamaríamos una cuestión de “transversalidad”–, que llevó a una de las guerras más cruentas del siglo XIX, casi tan cruenta como la de Caseros, aunque en 1880 se enfrentaban dos estilos políticos –de alguna manera, dos oligarquías económicas–, con dos ejércitos bien armados, cuyos enfrentamientos en los límites de la ciudad causan millares de muertos. José Hernández apoya la federalización luego de haber pensado en Rosario como Capital de la Nación. Leandro Alem se apega a su espacio político sentimental, Buenos Aires, y dentro de ella, Balvanera. Para Alem, Balvanera era la capital de la Nación. Desde 1880 hasta 1916, tres décadas y media, se extiende el dominio de los triunfadores en la guerra por la Federalización de la Ciudad de Buenos Aires. La figura central, en todo el período es el general Julio A. Roca, vencedor de Mitre y del Gobernador Carlos Tejedor.

La derrota de la Guardia Nacional de Buenos Aires, dirigida por Tejedor, tuvo hondas consecuencias. El Intendente de Buenos Aires pasó a ser nombrado por el presidente de la Nación. Cuando la Constitución de 1994 devolvió atributos de la Ciudad capital, se generó una situación parecida a la de 1880, la creación de un electorado propio, heredando de diversas maneras un exclusivismo del “habitar metropolitano”, incapaz de evitar nuevos y viejos prejuicios sobe las poblaciones del “interior” o de las “provincias”. Surgió el bloque histórico de una comunidad que desea inmunizarse de los componteares heterogéneos de las poblaciones, que fue de los límites de la autonomía porteña a la expresión “vienen del conurbano a atenderse a los hospitales de la ciudad”. Es el largo brazo etéreo de Carlos Tejedor, que aun acaricia las mentalidades de los actuales gobernantes porteños, que deciden que sus vacunados predilectos serán los de las obras sociales privadas.

El de Roca no fue un ciclo tranquilo, sino quebrado por múltiples luchas internas en el partido oficial, el PAN, donde Pellegrini, Bernardo de Yrigoyen, Sáenz Peña, Groussac, y el propio Leandro Alem –que luego forma su Partido Republicano–, se puede decir que se hallaban insertos en el “Régimen Roquista”, pero sostenían distintas proposiciones “modernizadoras”, que solo en parte Roca compartía, aunque no en lo referido al sistema electoral, la pasión democratizadora de Alem. El de Roca es un gobierno de conquista territorial. Mientras la posición “civilizadora” de Sarmiento tenía un aspecto literario y periodístico, aunque concluían en decretos sobre la “seguridad nacional”, justificando el asesinato del “Chacho” en Olta, que conmueve a la Nación, la de Roca va a los hechos estrictamente castrenses.

Con una fuerza militarmente superior –cañones y fusiles con las últimas novedades de la industria de guerra contra rústicas lanzas–, ocupa la Patagonia, fundando directa o indirectamente la oligarquía terrateniente de esos vastos territorios, obteniendo una posición ventajosa en el tratamiento de los límites con Chile, creando los Territorios Nacionales dependientes de poder ejecutivo, alentando los frigoríficos ingleses y favoreciendo las gerencias británicas en la expansión del ferrocarriles, que en ese momento llegan a una longitud apreciable, 10 mil kilómetros –más de los que restan ahora luego del desguace salvaje que sufrieron desde 1959– y así consolida una trama política con un nuevo tipo de caudillismo con cierto sabor bismarckiano. Roca deja a lugartenientes en el gobierno cuando se vence su período, se rodea de intelectuales –el positivismo es el clima dominante–, y termina saliendo muy bien parado de la Revolución del Parque, en 1890, mientras gobernaba el país Juárez Celman, su cuñado. No pierde su capacidad de “gran elector” y se saca de encima una de sus criaturas ineficientes.

 

Revolución del Parque-1890

 

La Revolución del 90 es sin duda una revolución democrática armada portadora de demandas electorales en cuanto al sistema de compra de votos que controlaba el Estado, y en protesta por las políticas económicas de Juárez Celman, que aun en su fervor probritánico no logra equilibrar las cuentas del país. Al astuto Roca, que no defiende a su pariente, se le atribuye la frase “no hay que poner bandera de remate a la aduana y el telégrafo”. Asimismo, está vigente el laicismo del General, lo que impone, apoyado por Sarmiento, la enseñanza laica en las escuelas nacionales. Esto genera una querella con el Nuncio apostólico, quien finalmente es expulsado del país. Años después, en el clima de revisión historiográfica sobre la figura de Roca que comienza hacia los años 60, un sector de la “izquierda nacional” reivindica su esbozo algo primitivo y enunciado al pasar, respecto a poner ciertos límites a las concesiones británicas y su coraje cívico ante las pretensiones papales; pero desde las otras orillas del pensamiento crítico se le adjudicaba el acto más crudo para consolidar el “renunciamiento étnico” del país (palabras de Darcy Ribeyro) y crear la primera gran oligarquía agropecuaria con las tierras patagónicas, de donde se expulsó a las tribus mapuches gracias a los Remington último modelo que ya usaban todos los ejércitos del mundo y además, en Estados Unidos, los cazadores de bisontes.

En 1890 logra que la revolución no sea contra él sino contra su cuñado. La revolución es sofocada, pero Juárez Celman debe renunciar. En el Parque de Artillería (actual Palacio de Tribunales) y la Estación Oeste el Ferrocarril (actual Teatro Colón) se desarrollan sangrientos combates entre un sector coaligado del ejército y de la marina, junto a varios millares de civiles armados con boina blanca como identificación, en parte apoyados también por el General Mitre (enemigo de Roca), bajo las banderas de la recién creada Unión Cívica. En realidad, era cívico-militar y si no hubiera sido un embate contra una política económica quebrada y una administración “falaz y descreída” –según la frase que luego acuñaría Yrigoyen–, podríamos ponerlo en la serie de golpes de estado, en este caso (y solo formalmente), parecido al de 1955. Me apresuro a aclarar que las motivaciones en uno y otro caso eran totalmente diferentes, pues en 1890 hay un sesgo popular-plebeyo, el ciudadano armado de la unión cívica es el proto-demócrata argentino y las fuerzas armadas (un sector importante, que aun recibía la influencia de Mitre) y el Apostadero Naval de la Boca, también pueden ser computados como una reacción intuitivamente democrática contra el “unicato” roquista. Entre los insurrectos, además del jefe Civil, Alem, figuraban Aristóbulo del Valle, Lisandro de la Torre, Juan B Justo y los católicos Goyena y Estrada; la Iglesia, por tanto, también apoyaba. El joven sobrino de Alem, Hipólito Yrigoyen, hace su bautismo de fuego. Otro joven teniente del Ejército, de apellido Uriburu, hijo de un presidente de los “interregnos roquistas”, también estaba en las trincheras del parque de Artillería a favor de los complotados. Cuarenta años después, ya general protofascista, Uriburu derrocaría a Yrigoyen, su compañero en los parapetos y barricadas de la actual Plaza Lavalle. En el importante Panteón de la Recoleta dedicado a los héroes de la Revolución del 90 se pueden ver las estatuas de tres hombres armados, un civil, un militar y un marino. La flota, anclada en el Puerto de La Boca, bombardea la ciudad. Los proyectiles salen del Villarino y del Patagonia, dos buques importantes. Esa coalición jugaría un papel muy diferente décadas después.

No había un “sistema político”, noción que a veces se suele emplear livianamente. El sistema político es una ecuación funcionalista que se obtiene interrelacionado sus diferentes plaquetas, como el sistema solar, donde lo importante son los erráticos asteroides. Pero no existe tal sistema en el juego real de la política, pues siempre reina la escisión y el tiempo que desgasta los acuerdos y sobre todo ahora, aceptando la insignificancia de decir una cosa hoy que es desmentida mañana. Solo la perseverante astucia de Roca, también contrario a su cuñado, y el temple planificador de Pellegrini –sin descartar la posible aceptación implícita de una rendición acordada con el jefe militar insurrecto, general José María Campos–, permitió continuar el largo ciclo de PAN en el gobierno –lo concluirá Roque Sáenz Peña dos décadas y media después–. Pero en el entremedio sucedían los hechos producidos por la Unión Cívica Radical, separada del mitrismo, que a su vez fundaba Unión Cívica Nacional. Este partido termina pactando con Roca, mientras que el sistema roquista no tenía hombres destacados, salvo su jefe, que impresiona al joven escritor Lugones, que abandona definitivamente el socialismo anárquico, y Joaquín V. González, un escritor no desdeñable. A su vez, Carlos Pellegrini, quien estaba en la vicepresidencia, inventaba alquimias económicas para salvar el país de los empréstitos más onerosos y calculaba alternativas de descompresión social dentro del gobierno conservador.

Así, en 1893, en el interregno del pasaje de Pellegrini a Luis Sáenz Peña (el padre del futuro presidente que consagraría la ley del voto secreto) estalla otra revolución radical, quizás de mayor importancia militar que la del 90, pues se toman varias provincias, hay batallones radicales muy bien armados y no falta el sector militar profesional. El mitrismo, cuya raíz golpista no se aquietaba, también participa. Por su parte, Alem e Yrigoyen divergen sobre la estrategia revolucionaria; solo los une obtener el voto secreto y obligatorio en nombre de la “sacralidad de la República”. ¿Avanzar o no avanzar sobre la Casa Rosada? Yrigoyen piensa en hacerlo sin tomar el poder, para que las provincias sean intervenidas y que ese nuevo funcionario llamara a alecciones libres. El fracaso de la revolución, en pocos años hace madurar en el melancólico espíritu de Alem un pensamiento lúgubre que se concreta en su suicidio dentro de un carruaje cuyo cochero no oye el disparo por los ruidos callejeros y los cascos de los caballos golpeteando el adoquín. Un hecho de participar de este evento revolucionario es que Yrigoyen deja pasar al estratega de la represión, Pellegrini, detenido por las fuerzas partisanas del radicalismo en la estación Haedo. Los revolucionarios, cualquiera fuera el diverso perfil que asumían, en su mayoría salen todos de la Facultad de Derecho. José María Ramos Mejía, pellegrinista, notable escritor de una estética decadentista, elogia a Yrigoyen, su enemigo. “Es un morfinómano de la revolución”. Lo felicita caballeramente por haber dejado pasar a Pellegrini, sin detenerlo en la mencionada estación Haedo, pues un revolucionario no puede serlo sin pasión, sin ser un obseso y sin respetar al enemigo.

En los años que preceden a la presidencia de Sáenz Peña se ensaya una ley de Trabajo y se realiza la expedición de Bialet Massé al interior del país para corroborar las condiciones de trabajo en los algodonales y los viñedos. Estaba de alguna manera maduro el cuadro político para sancionar una ley que protegiera al trabajador y permitiera la sindicalización –en su libro El juicio del siglo, Joaquín V González lo admite bajo ciertas condiciones, con la hipótesis de que con esa medida se contendría la impetuosa sindicalización y el movimiento huelguístico que se despliega desde inicios del siglo. Roque Sanz Peña, “conservador lúcido”, comparte esa sensibilidad. Es en verdad un conservador reformista, forma con esos preceptos una corriente interna del PAN denominada Modernista. Ya insinúa la democratización del voto. Al mismo tiempo, la incipiente “cuestión social”, así llamada, divide a los partidarios de la represión, un Miguel Cané, por ejemplo, y una fracción liberal progresista del PAN, el viejo partido de Alsina y de Roca, que ya no podía contener todas sus corrientes internas.

El caso de Roque Sáenz Peña es curioso, aspirante despechado a la presidencia, que Roca le confiere a su padre Luis, buscó un vuelco extraordinario en su vida. Decide ir al Perú, abandonando la nacionalidad argentina, y en Perú se convierte en coronel del ejército peruano para combatir en esas filas contra Chile, país con el que se desata la guerra del Pacífico en 1879. Cuando las tropas de Chile toman el Callao, el coronel Sáenz Peña es uno de los últimos resistentes, a su lado cae el jefe de las fuerzas peruanas, el coronel Bolognesi. Hoy Sáenz Peña, junto a San Martín, es un héroe peruano. En el día del homenaje a Bolognesi, el Estado peruano le confirió, durante el tiempo que durara el homenaje, el mando total de las tropas peruanas al que sería el futuro presidente argentino. Cuando vuelve a la Argentina recupera su identidad nacional y se pone a trabajar en un extraordinario, sigiloso y no muy comprobable acuerdo. Yrigoyen –que en 1905 había dirigido otra insurrección tomando algunas comisarías de la Capital, además de la Biblioteca Nacional (Groussac, otro pellegrinista, hace la denuncia en la comisaría segunda) podría comprometerse a abandonar la lucha por las armas en favor de la sacralidad del voto, y el Estado, organizar en todo el país elecciones secretas, obligatorias y libres, con una ley mediante. La que se llamaría “Ley Sáenz Peña”. Por la que comenzarían a ganar provincias y luego la Nación los ya llamados “yrigoyenistas”.

Cuando Alfonsín asume la presidencia en 1983, luego de concluir la dictadura militar, hace un balance de esos terribles años condenando la acción terrorista estatal y también la toma de las armas por parte de los grupos insurgentes juveniles. Pero en un largo trecho de su discurso de asunción y de sus primeras manifestaciones, seguramente se ve obligado a justificar su cuestionamiento a las formaciones armadas de los años 70. ¿Y cómo lo hace? Dice que nada tienen que ver con las insurrecciones radicales de 1890, 1893 y 1905, pues estas solo buscaban la pristinidad del voto y la inauguración de un período realmente democrático. Se iniciaba cierto tipo de “politología” basada en el juego entre “reglas constitutivas y reglas normativas”, que regularían todo acceso político, resguardarían la sociedad de la violencia y permitían la rotatividad de los funcionarios, la constitucionalidad en los cargos, del primero hasta el último. Pero estas son simplificaciones de la espesura esencial que posee toda historia. Las luchas por el poder siempre se parecen, sean o no por la vía armada. Antes, la pureza del sufragio, después la liberación nacional. Hay un silbo de sacralidad en ambas. Sean cuales sean las banderas y definiciones, hay algo en toda sociedad de incontrolable que supera a las reglas, sean puestas por los gobernantes del momento o por “científicos sociales”.  Y no es porque no tenga que haber reglas. Al contrario, tiene que haberlas de una especie singular, aquellas que por saber qué es la violencia, puedan superarla dialogando con ella en su seno, tornándose ellas mismas reglas vitales, creaciones colectivas, memorias críticas con valentía para cambiar la profunda injusticia social reinante por doquier. (Continuaremos)

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Horacio González

Horacio González

Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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