Agroecología en Guaminí: otro campo es posible

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A 500 km de CABA, Guaminí es pionero y ejemplo de que el paso a la producción agroecológica de alimentos es una salida económica posible, que mejora inmediatamente las condiciones de vida de la comunidad y puede ser implementada por los mismos productores. La experiencia pasó de 100 hectáreas cultivadas sin agrotóxicos ni transgénicos en el 2014 a 5.000 hectáreas en la actualidad. “Lo que diferencia la experiencia de Guaminí es que se generó desde el propio Estado municipal”, explica Marcelo Schwerdt, doctor en Biología.

Replantearse la forma de producir alimentos no solo es posible, sino necesario y hasta urgente. El actual modelo en desarrollo, que desde los 90 comenzó a utilizar semillas modificadas actualmente necesita un paquete tecnológico actualmente de unos 450 millones de litros de químicos por año para producir granos. Ya hay consecuencias para la salud y el ambiente. Así es alertado desde distintos ámbitos –médicos de pueblos fumigados, comunidad científica y educativa- en voces que fueron multiplicándose en los últimos años y que requieren como respuesta acciones concretas. En ese camino, la agroecología plantea, y demuestra, constituir un modelo de producción no solo viable, sino ineludible en pos de repensar un desarrollo sustentable.

El caso de Guaminí, municipio ubicado a casi 500 kilómetros al sudoeste de la Ciudad de Buenos Aires, es un claro ejemplo de lo posible. Allí, con el empuje del propio Estado municipal que planteó la iniciativa, la experiencia pasó de unas primeras 100 hectáreas que comenzaron a cultivarse sin agrotóxicos ni transgénicos en el 2014 a 5.000 hectáreas sin venenos en la actualidad. “Lo que diferencia la experiencia de Guaminí es que se generó desde el propio Estado municipal. Es algo raro, generalmente el Estado es el que recibe el reclamo del uso indiscriminado de agrotóxicos o de la circulación de mosquitos adentro del pueblo, al lado de una plaza o un jardín, como nos pasaba a nosotros”, recuerda Marcelo Schwerdt, doctor en Biología y actual  secretario de turismo, patrimonio y desarrollo rural sostenible de Guaminí. Justamente, la puesta en escena de toda la problemática nació en el 2012 de una mesa de salud de la Dirección  de Medio Ambiente, de la cual él era titular. “Éramos dos biólogos que estábamos en la Dirección de Medio Ambiente y empezamos a armar una red. Se sumaron médicos del programa de Médicos Comunitarios, una pediatra, una enfermera, una obstetra, un ingeniero agrónomo dedicado a la educación agraria secundaria y empezamos a buscarle la vuelta a la forma de visibilizar lo que estaba pasando. Pensamos en charlas y algunos cursos informales para concientizar en las escuelas rurales, pero hubo un encuentro de médicos de pueblos fumigados y las médicas que fueron a ese encuentro estaban muy desesperadas respecto a que había que actuar ya: la urgencia era hoy”.

Hubo una señal más, un gesto que podría haber pasado desapercibido en la cotidianidad de la vida en el campo y las prácticas de los últimos años pero que generó otra luz de alerta. Y es que en una escuela rural primaria plantearon la necesidad de armar un espacio para recepcionar los envases vacíos de agrotóxicos -altamente contaminantes- como un favor para los padres.  “Todo eso hizo que nos cayeran cada vez más fichas y lo que hicimos fue arrancar un proyecto de discusión del tema para escribir una ordenanza de regulación de agrotóxicos”.

Con esa tarea por delante se presentaron en la mesa agropecuaria que se reúne todos los meses. “Fuimos a decir: creemos que esto es lo que necesitamos en Guaminí. Son 43 artículos que están en discusión, pero es algo ineludible”. La respuesta fue  disímil,  por un lado fue bien visto que se tomara al sector en cuenta antes de imponerles una ordenanza, pero por otro lado se planteaba el tire y afloje para discutir el proyecto con fumigadores, con los vendedores de agrotóxicos, con la comunidad en general: era interminable. 

El proceso llevó su tiempo. Si bien no había dudas sobre la urgencia ambiental y de salud, el sector productivo planteaba las pérdidas económicas y los perjuicios. La respuesta fue salir de esa mesa local, en la cual eran funcionarios discutiendo con sectores económicos, y plantear la posibilidad de convocar especialistas de todos los ángulos posibles. Las entidades eligieron al mejor especialista en “buenas prácticas” para la aplicación de agrotóxicos; del otro lado se multiplicaban las voces que daban cuenta de cómo persisten las moléculas de plaguicidas en el ambiente, en el agua, la lluvia, la napa, los ríos y arroyos. Y aún más: el daño que estas mezclas de pesticidas hacen sobre el ADN, informes que se sumaron a las experiencias concretas que llegaban a los consultorios de malformaciones, abortos espontáneos, y otros graves problemas de salud en las zonas donde se aplican agrotóxicos sobre la gente indiscriminadamente. Justamente a raíz de los casos y los estudios realizados -principalmente en la Universidad de Río Cuarto- es que se estableció que el daño genético es significativamente mayor en gente que está a menos de 1095 metros de la zona de aplicación, base sobre la cual se han dictado posteriormente medidas cautelares -como fue en el 2019 en Pergamino- respecto a prohibir las fumigaciones con agrotóxicos a menos de 1095 metros para la aplicación terrestre y 3000 metros para las aéreas.

¿Cómo seguir? 

Volviendo a Guaminí, aunque la ordenanza contaba con el consenso del 96% de la gente encuestada, y estaba demostrado que el 80% de los establecimientos educativos estaban siendo fumigados, seguía faltando la solución productiva sobre esos lotes sobre los que se iba a prohibir la aplicación. Así era la foto cuando en el 2014 en una de las últimas jornadas, Eduardo Cerdá, quien actualmente preside la flamante Dirección Nacional de Agroecología que fue oficializada en agosto pasado, llegó a Guaminí y compartió la experiencia de La Aurora en Benito Juárez, un establecimiento agroecológico que asesora desde hace décadas. Fueron casi dos horas de charla y muchos se quedaron después preguntando. “Nos encargamos de que esos productores se puedan subir a una combi y vayan a ver ese campo. El click fue irreversible”, recuerda Marcelo, aunque aclara: “Obviamente no es que se tiraron un clavado a la agroecología, pero empezaron a probar con 4 o 5 hectáreas, otro productor puso 40 y así, entre todos los que daban el paso -empezaron siendo ocho- llegaron al total de 100 hectáreas. De ahí en más fue una avenida de ida, con una única dirección”. 

Los productores se fueron animando y entusiasmado con la posibilidad de hacer planteos a más largo plazo, encontrando la estabilidad y pasando de cultivos semestrales, de hacer sus verdeos de invierno y de verano e ir todo el tiempo gastando mucha plata, a hacer planteos más estables. Se comenzó a abandonar el monocultivo y se empezaron a realizar producciones mixtas. Pero además, empezaron a bajar los costos: por medición del INTA el gasto es un 56% menos en planteos agroecológicos que convencionales. No es un dato menor, considerando la idea general que hay respecto al incremento de costos que significa cultivar sin venenos. “Por eso desde la agroecología tratamos de diferenciarnos de lo orgánico, no porque estemos en contra, pero vamos a una producción de alimentos agroecológicos, con la garantía de la misma comunidad, con mesas de certificación participativa. Estamos convencidos que la agroecología, como requiere 50% menos de inversión para producir, debería generar alimentos a mucho menor costo que un producto convencional”. 

El proyecto se sigue diversificando: en el 2015 compraron un molino de piedra artesanal para producir harina integral a un 30% del valor de una harina orgánica (que requiere de toda una serie de certificaciones que la encarece). Actualmente, el molino no solo sigue funcionando sino que se crearon alrededor del municipio cerca de 10 molinos con el sello de garantía que da este tipo de  producción agroecológica. “Eso lo hemos  formalizado a través de una mesa de agricultura familiar con una ordenanza del 2015 que permite la certificación participativa de todos los alimentos que generamos”. 

Decisión política   

La creación de la Red Argentina de Municipios y Comunidades por la Agroecología (RENAMA) en mayo del 2016 fue otro salto que permitió comenzar a articular otras experiencias de este tipo a lo largo y ancho del país. Actualmente reúne a 30 municipios y 180 productores. Las dimensiones y posibilidades se amplían en el trabajo articulado que tiene en cuenta las diferencias de cada localidad en base a sus características ecológicas, los procesos geológicos, hidrológicos y biológicos que la formaron así como por su gente, la historia y la cultura que forman a quienes viven ahí. Es por esto que desde allí se busca “redescubrir el potencial regenerativo de la agricultura a nivel ecológico y humano, para transformar las localidades rurales en lugares que co-evolucionen con su entorno para que sean más fuertes, vibrantes y resilientes”, señalan desde la red. 

“Estamos por cumplir 5 años y en este poquito tiempo, sin presupuesto, sin equipos técnicos -más que el tiempo que nosotros le podíamos dedicar a recorrer el país y la invaluable tarea de investigadores que acompañan cada vez que son convocados en las distintas regiones para generar conciencia- se logró transformar 100 mil hectáreas en el país”, detalla Marcelo, que también es miembro de la Red. Si esto es potenciado por un Estado presente, las posibilidades se multiplicarían exponencialmente. Es por eso que la creación de la Dirección Nacional de Agroecología generó tantas expectativas en pos de transformaciones que generan planes, programas de financiamiento, de incentivo. “Pero cuando parece que el engranaje empieza a funcionar sale esto de copiar el sistema cordobés de apoyo a las buenas prácticas en el usos de agroquímicos, lo cual hace pensar que vamos a seguir conviviendo un buen tiempo para demostrar que la agroecologia no solo es viable, sino que es fundamental si pensamos en términos de hacia dónde queremos ir y qué futuro tener. Hemos mostrado que sostenemos rendimientos, que se bajan los costos y los impactos. Hoy, a dónde vayamos los plaguicidas los estamos comiendo, tomando, respirando, todo el tiempo. Hay gente que está haciendo fuerza hace años y no logra una ordenanza de protección mínima porque tampoco hay herramientas a nivel nacional ni provincial. Por eso necesitamos pelear por esas herramientas, pero mientras tanto no distraernos en el territorio y seguir haciendo cambios”, continúa Marcelo y hace hincapié en la necesidad de ir por un plan nacional participativo de agroecologia. “Cuando se dice que no hay otra alternativa es desconocer 9 mil años de evolución y de cuidado de las semillas y pensar que antes no existía la agricultura. Pero cuando removés un poco la costra que se les hizo en estos 30 años a los productores y volvés a recorrer un campo agroecológico se lo acuerdan de memoria. No podemos seguir usando una receta que nos está matando, que está destruyendo el ecosistema, que va a traer más enfermedad que la que nos ha traído: está demostrado que vamos camino a una dependencia absoluta, cada vez hay semillas tolerantes a  más venenos y no hay un horizonte de que vaya a disminuir”. De hecho desde el 96 aumentó un 1400% el uso de agrotóxicos. “Cuando hay decisión la transición es más acelerada de lo que uno plantea. Cuando ellos vuelven a tener confianza, ahí empieza esa autoestima y los agroquímicos dejan de ser una opción para los productores”. 

La experiencia propia 

“Siempre había tenido la inquietud de que en el campo algo estábamos haciendo mal”, dice Mauricio Bleynat. Aunque viene de una jornada larga de trabajo no pierde el entusiasmo en contar su proceso. Es uno de los que comenzó con el proyecto en una chacra que pertenecía a su abuelo y luego a su padre. “Más allá de usar o no usar agroquímicos me preocupaba el tema del suelo, qué era lo que pasaba”, dice y es importante acotar un dato clave: el actual modelo ha traído muchos problemas en cuanto a pérdidas del suelo, según datos de INTA, de más del 50% de la materia orgánica del país y aumento de malezas resistentes. “Cuando escuché la explicación que nos dio Eduardo Cerdá y cuando conocí la experiencia de La Aurora, terminé de encontrar lo que me faltaba”, señala. 

De estos años, además del aprendizaje sobre el manejo del suelo, Mauricio rescata especialmente la experiencia compartida. “Los saberes se cruzan y entrecruzan. Vas charlando en el campo con cuatro, veinte o cien personas, como nos ha pasado, y aparecen un montón de propuestas, preguntas, surgen distintas ideas. Para mi es fascinante. La agroecología incluye todo eso, no es solamente no echar agroquímicos o cuidar el suelo, sino también integrar los saberes de todos, pensar en un alimento sano, que le llegue a todo el mundo y no sea para una elite, tiene un montón de aristas. El cambio no es yo no echo más agroquímicos, el cambio es de tu cabeza, de tu forma de ver, de pensar”.

A lo largo de estos años en Guaminí  tuvieron las puertas abiertas y han recibido a mucha gente interesada en la experiencia. De hecho, han ido productores del partido de Lincoln,  municipio vecino que ya tiene 20.000 hectáreas en producción agroecológica en un lapso de tres años. “A veces no tenemos nada para mostrar, como ahora, que está todo seco, pero hacemos la recorrida igual. Movés la tierra y ves las lombrices. Esto es vida, lo otro es matar la vida”, continua Mauricio y expresa que en el camino se van recuperando saberes pero también incorporando nuevos. “Arar el campo todo el tiempo tampoco era tan bueno. Lo importante es saber qué consecuencias tiene lo que estoy haciendo y cómo aminorarlas. Cómo devolverle algo a la tierra, porque si seguimos con esto de sacar, sacar, sacar, es interminable”. 

“Yo me sumé un poco más tarde, en el 2015” cuenta por su parte Martín Rodríguez, también habitante de estas tierras por generaciones.  “Las primeras impresiones de la agroecologia me hacían un poco de ruido, quizás por esto de que uno no escucha las voces correctas, pero además no nos había ido muy bien. Entonces, escuchar además a una persona que quizás nunca vio a su padre llorar en una tranquera porque las cosas le iban mal decir que el productor está envenenando a la gente… no me sonaba muy bien”. Como tantos, Martin también asumía que la única manera de trabajar era la contemporánea y que no estaba dentro de las posibilidades trabajar de otra forma en este sistema.  “Tenía la idea de que había un sistema atrás medio perverso, pero nunca había creído o lo había asociado a la venta de agroquímicos. Cuando fui a una de las charlas se me empezaron a prender un motón de lamparitas, me generó disparadores, y empecé a leer y a investigar”. Así se lanzó en una chacra de 50 hectáreas, que eran de su abuelo y que posteriormente habían estado alquiladas por años y ya no miró para atrás. “Creo que una de las cosas que nos pasa con este sistema de producción es que perdemos dos cosas muy importantes que son el poder de observación y el sentido común. Yo no había dimensionado nunca cómo habían aumentado en tan pocos años la cantidad de productos que debíamos usar. Es más, cuando salía un producto nuevo medio que se festejaba. No te das cuenta que todo es al revés, que estás pensando mal”. Para Martín comenzó un revisionismo de cómo se hicieron las cosas y cómo se llegó a dónde se llegó: “Cómo fuimos vendiendo el suelo a través de las cosechas y cómo los fuimos degradando continuamente, mucho por culpa del asesoramiento de las instituciones, de las empresas que se dedican a la venta de agroquímicos, de maquinaria”. 

Por supuesto que no es un camino algodonado. Las dificultades que hay que atravesar son igual de complejas, en lo económico, en lo climático -sequias, excesos de lluvias- en la toma de decisiones que implica cada paso. “Siempre chocaba en la universidad porque decían que hay que dejar de llamar productor agropecuario al productor y empezar a llamarlo empresario. Y  yo pensaba, qué pasa con esa persona que se levanta, que tiene que vestir a su hijo, que hace el desayuno. Que después tiene que tomar decisiones. Qué pasa con esas personas que no son empresas con todo armado. La agroecologia toca mucho de esto, te pone otra vez con los pies  en la tierra. Eso es muy lindo, yo deseaba esto”. 

Lo cierto es que lejos de ser una práctica alternativa la agroecología demuestra ser un faro a seguir con miras de un cambio de paradigma de un modelo que no deja de sembrar enfermedad y muerte. El proceso no es de un día para el otro, pero andar el camino permite visualizar un futuro en equilibrio con la naturaleza y el bienestar de los pueblos. 

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Violeta Moraga

Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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