Cultura regenerativa | Árboles nativos para las ciudades

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Tres vecinas de Villa Lugano que soñaban con volver a trabajar la tierra se convirtieron en expertas arboleras y hoy son piezas clave del equipo que trabaja en el Vivero APRA, que produce 60 mil plantas nativas al año. El proyecto gestionado por una ONG promueve las especies nativas, el trabajo comunitario y el florecimiento de espacios naturales en el interior de las ciudades.

Cuando cada día Ubaldina Baltazar Villarroel se levanta a las 5.30, lo hace con una sensación de triunfo. Después de desayunar con su marido y darle de comer a los perros, camina hasta el trabajo. Sumergida en el verde, arranca con las tareas habituales. Siembra, trasplante, riego, desyuyado. Meter las manos en la tierra despertó su vocación dormida. Lo mismo les pasó a sus compañeras Gloria Álvarez del Pilar y Clotilde Arce Ferrufino, quienes entraron con ella en 2017 como becarias en un programa de capacitación y al año y medio se convirtieron en empleadas del vivero de la Agencia de Protección Ambiental (APRA), que lleva adelante la ONG Un árbol para mi vereda. Ahí se crían por año 60 mil plantas nativas que luego pasan a nutrir las calles y rincones de la Ciudad de Buenos Aires.

Ubaldina Baltazar Villarroel

“Estaba estudiando agronomía en la Universidad Mayor de San Simón y no sucedió como tenía que ser: tuve que venir de Bolivia para Argentina. Es una bonita historia. Cuando estaba estudiando me quedé embarazada de mi hija mayor, Soledad. Y dije: ‘me voy para allá, trabajaré uno o dos años, vuelvo y termino la carrera’. Para no darle esa carga a mi familia. Me vine y me quedé acá. Y no pude volver para allá. Mi sueño siempre ha sido estudiar y trabajar de esto. Pero siempre estaba de ama de casa en mi casa, encerrada en cuatro paredes. Tengo dos hijos que ahora ya son grandes. Pensé en salir y fui a un taller de huerta y luego vino la capacitación y ahora estoy acá que es lo que más me gusta”, confiesa Ubaldina en el documental “Más árboles, más vida”, el relato de un sueño compartido entre UnÁrbol ONG y las tres viveristas.

Las historias de Gloria y Clotilde son similares a la de Ubaldina. Emigraron a Buenos Aires  y encarar el nuevo rumbo implicó dejar inconclusas carreras y vocaciones. Al llegar, se encontraron con las reglas que impone el cemento de la gran ciudad y se quedaron sin espacio para desplegar todos los conocimientos ancestrales que traían. 

Gloria Álvarez del Pilar

“Soy paraguaya, desde que nací estoy en la huerta. Allá cada uno hace una en su terrenito para producir y después para ir a vender -detalla Gloria-. Cuando se presentó esto vi que era la oportunidad de volver a lo que me gusta hacer. Gracias a Dios que se dio. Después de 17 años empecé otra vez a poner mano en tierra”.

Clotilde quería convertirse en técnica superior forestal. Dice que “por cosas de la vida” no pudo terminar los estudios. Pero ese impulso  le quedó zumbando en los pensamientos. Sentía que lo suyo era dedicarse a las plantas. “La mayoría de los bolivianos siempre trabajamos en tierra porque somos de familias de zonas rurales que hacen siembra siempre”, advierte. 

Clotilde Arce Ferrufino

Hoy siente que entrar al vivero le permitió cumplir un deseo postergado. “Aprendí mucho de los árboles -asegura-. Todos los sembramos nosotras de semillita y lo vamos repicando a maceta de medio litro, después a un litro, después cuatro y a siete; y cuando ya son adultos y tienen buen tronco y follaje, muchos van a parar a las orillas del Riachuelo, donde llevamos plantados unos 10 mil árboles”. 

Conexión ancestral

Tienen que pasar unos tres años para que la semilla sembrada se convierta en un árbol listo para ir a tierra. Esa espera es un constante recordatorio del ritmo y orden natural de lo vivo; un indicio de que todo conlleva cierto grado de paciencia, espera y amor.

Esas tres cualidades fueron las que detectaron en Clotilde, Ubaldina y Gloria los coordinadores de Un árbol ONG cuando tuvieron que seleccionar a quienes se incorporarían al programa de capacitación en oficios verdes. 

El vivero APRA se encuentra en Villa Soldati. Por eso, la búsqueda apuntó a reclutar gente del vecino barrio 20. Cualquiera que quisiera capacitarse en la producción de árboles nativos podía presentarse como becario. No se pedían requisitos, pero imaginaron que el perfil ideal serían hombres jóvenes que soportaran trasladar varias carretillas cargadas por día. De pronto, se encontraron con una gran mayoría femenina entre quienes se postulaban. 

¿Por qué eligieron a estas tres mujeres? “Vimos en ellas que había un interés personal, un vínculo genuino con las plantas y mucha experiencia. Estaban acostumbradas a trabajar con la tierra. Vinieron a la gran ciudad a cumplir sueños y se encontraron con una realidad no tan amable. Desde hace tres años volvieron a vincularse con las plantas y eso les genera una oportunidad en el presente y un contacto estrecho con sus generaciones pasadas, su cultura y su infancia”, observa Alfonso García Belmonte, director del vivero y co-fundador de la ONG Un árbol. 

El equipo de trabajo se completa con otros tres viveristas, un coordinador general y Alfonso en la dirección. Los compañeros de Ubaldina, Gloria y Clotilde destacan que resulta motivador ver su compromiso, alegría y dedicación en el trabajo. Identifican como nadie las señales que dan las plantas. Desde la ONG aseguran que son “el espíritu y las manos que llevan adelante el proyecto”. 

Las siembras se hacen todos los días pero nadie las toma como un trámite a cumplir. El grupo arma un círculo, deja a un lado los celulares y se sumerge en un silencio consciente. Todas las energías se concentran en que esas semillas germinen con fuerza. 

“Trabajar ahí te sensibiliza. Y es un trabajo constante. No hay pandemia que pueda pararlo. No es una máquina que puedas apagar. Las plantas necesitan acompañamiento todos los días“, asegura García Belmonte.

Los árboles son sabios sanadores. Gracias a involucrarse en el vivero, estas mujeres se empoderaron, recuperaron la confianza y lograron concretar aquello que habían soñado para sí mismas. Y al mismo tiempo encontraron un espacio donde compartir sus saberes y rituales. 

Cada año, las tres mujeres invitan al equipo a celebrar el Día de la Pachamama. Todos los 1º de agosto y en época de carnaval se hace una celebración dentro del vivero. Entre macetas, se organiza una ceremonia de ofrendas a la Madre Tierra, en la que se le agradece y se le pide nuevos frutos para el año siguiente. Luego, todos brindan con chicha y disfrutan de las papas a la huancaína y los locotos preparados por Ubaldina y Clotilde y de la sopa paraguaya y el chipá que son las especialidades de Gloria. 

Triple impacto

La idea parecía una utopía cuando surgió en 2016. Un árbol para mi vereda tenía cinco años de vida y estaba convencida de que para actuar frente a la crisis climática era necesario llevar las plantaciones a otra escala y evolucionar la idea de los viveros y convertirlos en proyectos de triple impacto: económico, social y ambiental. Lugares donde se cultivan plantas autóctonas para la restauración ecológica, pero también espacios de encuentro, capacitación y transmisión de saberes. 

“El vivero nació como un sueño y se logró. Era una semilla, fue a tierra, se produjo el milagro de la germinación y hoy es un gran árbol que dio sus frutos y vemos cómo estas semillas se esparcen por el aire. Y no es sólo una metáfora, porque hoy estamos acompañando nuevos proyectos de viveros que se están desarrollando y consolidando. Con este primer proyecto nos animamos a soñar en grande y ahora vemos ese sueño hecho realidad”, se emociona Rodrigo Túnica, director de comunicación y co-fundador de Un árbol.

Hoy se pueden jactar de llevar adelante el vivero de plantas nativas más grande de Buenos Aires. Funciona como un modelo abierto a la comunidad que apunta a sumar flora nativa como parte de la restauración ambiental de la Ciudad de Buenos Aires. La producción de más de 40 especies rioplatenses es destinada a los espacios públicos de la capital y alrededores. 

“Debemos pensar a futuro en ciudades resilientes. La resiliencia y los árboles van de la mano. Vivimos una crisis climática irracional. La mayoría de la gente no quiere ver lo que está pasando y es de un nivel de gravedad enorme. Todo lo que no hagamos en estos próximos diez años lo vamos a pagar”, enfatiza Juan Bautista Filgueira, quien era presidente de APRA cuando se creó el vivero. Y agrega: “Entonces es alentador ver que nace un proyecto con este corazón y estas externalidades, en términos de impacto social, inclusión y mitigación del cambio climático. La transformación que produce es realmente enorme. Necesitamos este tipo de proyectos que nos cuidan y protegen”.

En las grandes urbes donde predomina el cemento, el movimiento que impulsan estas iniciativas invita a agarrar las palas y sumar más árboles. A generar resistencia ante el avance gris e integrarse con el medio ambiente, ser conscientes del ecosistema que habitamos y participar en la creación de un horizonte más responsable y verde.

“Lo científico está buenísimo, nos basamos en eso para nuestro plan de acción climática, pero la solución está desde el lado del corazón y la conexión entre las personas. El esfuerzo que tenemos que hacer es conectar lo científico con la sabiduría profunda, que es lo que transmite el grupo de las viveristas. La observación consciente está en la esencia de las personas, eso no lo enseña la universidad. Ahí está la semillita que nos va a salvar de la crisis climática -observa el actual presidente de APRA, Renzo Morosi-. Tener proyectos de corazón, con impacto y escala, como este de la Ciudad de Buenos Aires, debe ser un faro a nivel nacional. Es enorme el impacto, desde todo punto de vista, que se puede generar con este tipo de proyectos. Sería ideal que se replique”.

Ojalá así sea y este vivero logre esparcir esta semilla que busca propagar cultura regenerativa en el sentido más amplio. Recuperar la biodiversidad en las ciudades, hacer la vida urbana más saludable, actuar frente a la crisis ecológica y, a la vez, ser como una pieza clave de la transformación social. 

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Ana Peré Vignau

Ana Peré Vignau es periodista freelance y colabora en distintos medios. Hizo una Maestría en Periodismo (Universidad de San Andrés-Clarín) y una Diplomatura en Marketing Digital (UTN). También fue editora de la revista Lonely Planet.

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