Ecofeminismo: la suma del cuidado y la tierra

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La perspectiva de género se abre paso en la lucha ambientalista. Así lo demostraron Nicki Becker, referente de Jóvenes por el clima, y Valeria Salech, presidenta de Mamá cultiva, en un conversatorio que formó parte del ciclo “Somos espiral”, organizado por el movimiento “La revolución de las viejas”. Tecnópolis fue el escenario de esta charla, que puso el foco en ecofeminismos, soberanías, desigualdades y el despertar de la militancia. 

Que la tierra y las feminidades no son territorio de conquista. Que la corresponsabilidad en las tareas y los cuidados es una causa por la que hay que luchar. Que la autonomía y la soberanía son claves en las militancias. Que la cooperación debería primar sobre la productividad. De todo eso y de mucho más hablaron en Tecnópolis Nicki Becker, de Jóvenes por el clima, y Valeria Salech, presidenta de Mamá cultiva Argentina, invitadas al conversatorio que abrió el ciclo “Somos espiral”, que lleva adelante el movimiento Las Viejas Rebeldes. 

“Pese a que si uno busca en Google crisis climática lo primero que les va a aparecer es un oso polar agonizando, en parte es eso pero no es el principio por el que yo y los Jóvenes por el clima militamos -observó Nicki-. Tenemos un montón de problemas como para ocuparnos además de un oso que nos queda a miles de kilómetros de distancia. Lo que vemos es que la crisis climática a quienes más afecta es a los sectores vulnerables y la mujer es parte de esos grupos. La lucha ambiental no tiene sentido si no se incluye esta perspectiva de género. Hay una frase que dice ‘Ni las mujeres (yo diría ni las feminidades) ni las tierras son territorios de conquista’”. 

La reflexión de Nicki luego apuntó a enfatizar que los costos ambientales siempre los afrontan más las mujeres que los hombres. E hizo foco en que el modelo que genera el colapso ecológico hace pie en lógicas patriarcales. 

Valeria se sumó a esa mirada: “Desde el feminismo se viene proponiendo otra lógica que tiene que ver más con el cooperativismo que con el extractivismo. La idea no es pensar siempre en términos de producción. Desde las mujeres hay una intención de colaborar con el ecosistema, porque para nosotras es clave. Esto de cooperar con la naturaleza está muy en la otra vereda de pensar en la productividad de la naturaleza, en la apropiación de las cosas, en la dueñidad de la tierra. Me parece que el ambientalismo le trae a la sociedad esta otra mirada que es sumamente revolucionaria. Y se une a la lógica feminista que tiene que ver con cuidar a lo vulnerable”, advirtió.

VALERIA SALECH, PRESIDENTA DE MAMÁ CULTIVA ARGENTINA // Fotos: Julieta Ferrario

Desde unos sillones blancos dispuestos en el escenario del auditorio circular Nave de la Ciencia y guiadas por la Diputada Nacional por la Ciudad de Buenos Aires Paula Penacca, las dos referentes dejaron en claro que existe múltiples conexiones entre el movimiento feminista y el ambientalista.

El reencuentro de la marea plateada en Tecnópolis

Quién nos cuida

Mamá de Emiliano, diagnosticado desde muy pequeño con epilepsia y autismo, Salech sacó del closet una planta que fue históricamente demonizada para poner en el centro del debate una de las grandes desigualdades de esta sociedad que son las tareas de cuidado.

Siempre se trata de la madre, la esposa, la hija o la hermana las que cuidan. Ganan ojeras y pierden peso comiendo mal, descansando mal. Y muchas veces les resulta muy complejo atender a esa persona que los necesita y al mismo tiempo conservar un trabajo. Desde su lucha, Valeria plantea lo importante que es para una mujer que tiene que ocuparse de alguien con discapacidad organizarse para recuperar la autonomía. Sobre todo, en una sociedad le asignó como algo natural las tareas de la reproducción y el cuidado.

“Tengo un hijo con discapacidad entonces sé que no me voy a poder jubilar nunca. Uno da por sentado que siempre alguien lo va a cuidar y que va a ser una mujer, y que en general lo hace con culpa. El modelo ideal sería uno cooperativo y sin culpa. Las mujeres tenemos que hacer un clic y entender que nos merecemos descansar, poder elegir, alguien que nos cuide a nosotras también y tener en cuenta el autocuidado. La respuesta viene de dejar de pensarnos como personas productivas o no. Tenemos que hacerle lugar a una lógica de colaboración, de sororidad”.

Soberanía como bandera

Nicki y Valeria atraviesan diferentes etapas biológicas de su vida pero con sus trayectorias muestran que las une una gran capacidad de construir en red y de trabajar por más derechos y justicia social. Por eso, ambas coincidieron en afirmar que son fundamentales en sus luchas la autonomía y la soberanía. 

“Desde Mamá cultiva la primera bandera que usamos fue la de soberanía porque nos dimos cuenta de que estábamos trabajando con una planta no reconocida dentro del sistema médico hegemónico e ilegal. Por lo tanto, si queríamos usarla teníamos que hacernos soberanas de nuestros tratamientos porque no iba a haber un médico o una médica que nos dijera ‘usá esto’. Y la autonomía tuvo que ver con poder elegir el propio tratamiento. Saber que tengo derecho a decidir sobre mi propia salud”.

Nikci por su parte, resaltó que “en el ambientalismo es muy importante la soberanía alimentaria. Es el derecho que tiene cada pueblo de elegir cómo alimentarse y producir. Y comprarle a personas que lo produzcan cerca y de una manera más justa”. 

NICKI BECKER, DE JÓVENES POR EL CLIMA
Romper estereotipos machistas

En 2019, Nicki fue becada para ir a la Conferencia de Naciones Unidas contra el Cambio Climático en representación de la juventud argentina. Tenía 18 pero estaba llena de certezas. Sin embargo, tuvo que soportar que en varias reuniones le dieran prioridad para hablar a sus compañeros hombres.

“Está bueno derribar barreras y demostrar que realmente sabés un montón. Pero a los hombres no se les exige como a nosotras que sepamos hasta detalles de lo que estamos diciendo -puntualizó-. Y también lo que pasa es que cuando una tiene 18 se comenta que si llegó a tal lugar no es porque sabe sino por otras razones que tienen que ver más con el cuerpo”.

 

 

 

 

Un gran momento de la charla surgió cuando la fundadora de Jóvenes por el clima tanto como la presidenta Mamá Cultiva rememoraron ese momento en el que hicieron un clic y su vida ya no volvió a ser la de antes. Detallaron cómo fue que experimentaron ese calor del movimiento feminista que de pronto las hizo percibir injusticias ahí donde estaban normalizadas y detectar comportamientos antes aceptados que ahora ya empiezan a chirriar.

Nicki evocó una anécdota de la infancia: “Amaba jugar al fútbol de chiquita. En todas las materias me iba bien, tenía todo ‘sobresaliente’ y en gimnasia ‘bien’. Le fui a preguntar a la profesora, porque yo sentía que era buena. Su respuesta fue ‘porque vas a jugar con los pibes al fútbol’. Entonces, dejé de jugar al fútbol. Lo bueno es que ahora a los 20 empecé a jugar al fútbol. En ese momento no lo pude ver, pero me marcó. Y cuando fui a los 15 a Ni una menos, que fue mi primera marcha, y leí ‘si nos matan a una nos matan a todas’, me sentí parte de un colectivo, de algo más grande”. 

De las marchas de mujeres pasaron tres años hasta que empezó a militar en el ambientalismo. Y un día se encontró organizando la primera marcha internacional por la Crisis Climática en Argentina y hablando, megáfono en mano, para multitudes. 

“Una vez me crucé con un video de jóvenes en Europa movilizándose por la crisis climática y hasta ese momento no me interesaba lo ambiental. Me dio la sensación de que ellos tenían una información que yo no tenía. Porque no lo había escuchado en la escuela, ni en la secundaria, ni en una conversación. A partir de ahí, empecé a investigar y sentí que había que hacer algo. Frente a una situación indignante decidí armar una acción colectiva”. 

Lo de ir detrás de la conquista de la ampliación de derechos Valeria lo lleva en la sangre. Cuando era chica, su mamá la llamaba “justiciera”. “Eso se termina de revelar en el patio de mi casa cuando me encuentro cultivando marihuana para cuidar a una persona que después terminaron siendo muchas personas -comenta-. El feminismo aparece cuando al convocar voluntarios y voluntarias para lograr la legalización del cannabis como herramienta terapéutica veo que la mayoría de las que acudieron al llamado eran mujeres que cuidan. Y se generó una lógica que no es la de la competencia y productividad sino la de la colaboración. Te doy mis plantas, vos me das las tuyas y vemos como funcionan tus variedades en Parkinson y las mías en dolor. Ahí todo mi ser mujer aparece como todo eso que somos, hermandad. Y con esa convicción fuimos a reclamar nuestros derechos. Y nos fue bien”. 

En noviembre de 2020 se publicó en el Boletín Oficial una nueva reglamentación para la ley de uso medicinal de cannabis que facilita e impulsa la investigación científica orientada a los posibles usos terapéuticos, busca asegurar el acceso a las terapias de forma segura e informada para todos los usuarios y usuarias. Además, autoriza el acceso al aceite de cannabis a través del autocultivo, el cultivo solidario o bien a través de la utilización de especialidades medicinales, en los casos en que exista indicación médica.

“La planta te hace parte de un colectivo que te cuida y al que vos te comprometés a cuidar de la misma manera. Y es algo muy hermoso. Ojala algún día podamos convidar con esta lógica que se da desde la colaboración, la sororidad y el amor, al resto de la sociedad, porque realmente seríamos más felices”, sintetizó Valeria. Y cerró la charla con un deseo: “Necesitamos que nos abrace el feminismo para seguir tejiendo la frazada que nos envuelve, abraza, mima, acoge y nos salva la vida”. 

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