Incendios en la Comarca | Sembrar futuro

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Las lluvias de otoño caen sobre las cenizas y los incendios dejaron al paisaje de parte de la Patagonia sin el festival de amarillos, colorados y ocres. Vecinos, organizaciones y estado ya pusieron en marcha un plan de reforestación. Y también de protección del suelo, porque muchas especies renacen si el ganado y las construcciones no invaden la tierra quemada. Aquí las historias de quienes lo hacen posible.

Junto con la pérdida de cientos de casas, que dejaron a familias enteras con lo puesto, los incendios en la Comarca Andina también se llevaron miles de hectáreas de bosque nativo. La tierra yerma se extiende por kilómetros y kilómetros. Las lluvias de otoño mojan por estas horas el paisaje desolado que ya no ostenta rojos, ni verdes, ni amarillos. Se muestra como una herida abierta, un mapa de la tragedia que todavía parece echar humo. Las cenizas se arremolinan, el agua se escurre y busca las hendijas, la resonancia de un bosque que ya no está para recibirla. 

Sin embargo, hay esperanza. En lo invisible, la fuerza de la naturaleza ya teje un futuro. Bajo el manto húmedo las semillas se conservan, los rebrotes esperan. Los tiempos son otros, nunca volveremos a ver lo que había, el proceso es lento, milimétrico, requiere de distintas estrategias: una espera activa, el cuidado de las zonas donde pasó el fuego, la recolección de semillas, el armado de plantines, la vigilancia y protección de los suelos. La comunidad se organiza, pregunta, se informa, arma grupos. El trabajo es inmenso, requiere de estrategias que no dependen solo de voluntades -aunque es motor inmenso- sino de la articulación con las instituciones involucradas. También de decisiones políticas. Aún de las cenizas, es posible un renacer. 

Miriam Gobbi / Foto: Eugenia Neme

“Si tuviera un pizarrón sería más fácil”, dice Miriam Gobbi, docente del Departamento de Biología General del Centro Regional Universitario Bariloche (Universidad Nacional del Comahue). Pero aunque no lo tenga, con la paciencia de quien enseña, traza en el aire las explicaciones buscando hacer simple algo muy complejo. “Mi mirada viene desde la perspectiva de la restauración ecológica. Esto quiere decir intervenir un sistema para tratar de que ese sistema sea lo más sano posible en términos de su composición y su funcionamiento”, comienza. “Pongo énfasis en esto de la intervención, porque los sistemas naturales, como todo ser vivo, tienen, o suelen tener, mecanismos para recuperarse”. Así explica que en la zona, por ser volcánica, el fuego no es un elemento extraño, como podría ser la lluvia ácida -por ejemplificar- entonces, es posible recobrarse. “Ahora, estamos hablando de cientos o miles de años. En términos de la vida humana es difícil visualizar esa recuperación”.

Plantines de arrayán, especie autóctona, listos para ir a tierra. Muchas especies rebrotan desde las cenizas. / Foto: Eugenia Neme

Es una idea difícil de asimilar, pero un punto de partida necesario. También saber que estos sistemas se pueden regenerar si no se les agregan disturbios. “Si a una zona quemada le metemos ganado, construcciones, animales exóticos como liebres y, además, invaden los pinos, la posibilidad de recuperación es muy baja”, dice contundente. Por eso la espera es necesariamente activa y las acciones para volver a ver el despliegue de verdes son en el presente. “Recuperar quiere decir trabajar para que alguna vuelva a estar”. 

En este marco, no todos los sistemas tienen los mismos mecanismos de recuperación Algunos lo hacen mejor, como  los matorrales, porque son especies que tienen capacidad de rebrotar: los ñire, radales, retamos, laura, son especies que si se dejan pueden volver a nacer, con lo cual, la recuperación se podría dar en tiempos más cortos: 20 años. “Pero una planta rebrota con los recursos que tiene debajo del suelo, por eso, si apenas aparecen se los come el ganado, la planta gasta esos recursos que tenía. Y no puede seguir rebrotando eternamente”.

Miriam señala algo diferente a lo que circula en el imaginario, y es que las intervenciones para restaurar no siempre se tratan ir y poner árboles. “A veces esa restauración tiene que ver con dejar que el enfermo se recupere, pero eso tiene que ser cuidado, revisado, evaluado y ver la evolución. Si un matorral no se recupera, habrá que pensar qué le está pasando”.

También explica que junto con los sistemas naturales que tienen posibilidad de recuperarse solos, hay otro sector para el cual esto es más difícil, como sucede con aquellas especies que no tienen reproducción vegetativa y necesitan sí o sí de las semillas para reproducirse, como el ciprés, el coihue, la lenga. En estos casos, no solo es necesario que la semilla llegue al lugar, sino que tiene que encontrar condiciones apropiadas para germinar: con los incendios los suelos suelen quedan muy expuestos, entonces, aunque se pongan semillas lo más probable es que las arrastre el agua, se las lleve el viento o que para la primavera queden muy expuestas al sol. “En el mejor de los casos empiezan a germinar, pero el efecto de la helada es muy fuerte en esos terrenos pelados. Entonces, qué ocurre con estos sistemas: tiene que pasar un tiempo para empiecen a cicatrizar. Eso quiere decir, que lo que pueda rebrotar rebrote, que se acumule hojarasca sobre el suelo, que éste se estabilice y no se vuele, que empiecen a aparecer arbustos que hagan sombra. Ahí es más probable que alguna semilla de los árboles pueda volver a prosperar. Hay que dejar que se cubra el suelo, tratar de que no se pierda la capa superficial que es la que más materia orgánica tiene y semillas acumuladas y esperar unos años para poner semillas o plantines”.

La comunidad esencial en marcha

¿Cómo actúa, entonces, en este marco tan complejo la comunidad? Lo cierto es que hay tarea para hacer y sobre todo, interés y preocupación por aportar a la recuperación. Justamente, Miriam fue convocada junto a otros especialistas por miembros de la Comarca organizados en distintos grupos que están analizando las posibles actividades en este sentido. 

“Creo que sin la participación y el compromiso comunitario no se puede hacer restauración. La participación es esencial. Sin embargo, no se restauran grandes superficies si no hay una decisión de tipo gubernamental, porque hay que poner muchos recursos, legislación, control que regule lo que se puede hacer y lo que no. Hay mucha legislación apropiada, pero hay que  ver que se ponga en juego”. Un ejemplo muy básico es qué pasa con el ganado: tras los incendios los pobladores en muchos casos se quedaron sin alimento, con lo cual, si no se los ayuda, esos animales se van a ir a comer los rebrotes.

Otro problema son los deslizamientos de suelo. “Se necesitan implementar obras de ingeniería ecológica, porque estos fenómenos van a empezar a ocurrir en muchas áreas y se llevan el suelo que quedó”. Justamente, la parte superficial es la que tiene la mayor cantidad de materia orgánica y el banco de semillas acumulado durante muchos años. “Muchas de esas semillas pueden sobrevivir por años y cuando aparece un incendio son capaces de germinar y volver a cubrir el suelo con plantas. Pero si hay un deslizamiento del suelo, ese suelo con semillas se va a otro lado y es difícil de recuperar”. Así, una de las tareas es intentar que el suelo se mantenga en el lugar: troncos atravesados y anclados, desparramar ramas para cubrir determinados lugares, son algunas posibilidades de ingeniería artesanal, pero, a gran escala, hay que pensar otras opciones. “Por supuesto que la gente puede hacer muchas cosas a pequeña escala, en el predio de su comunidad o de su barrio, a nivel predial. Pero estamos hablando de miles de hectáreas”, señala Gobbi. Por esto, recomienda como prioridad un mapeo de la zona incendiada para calcular factores de riesgo para cada uno de esos lugares y de acuerdo a eso tomar acciones de intervención diferente en cada sitio: en algunos lugares será la restauración pasiva, apuntando a que el espacio se recupere solo pero con una vigilia para qué no aparezcan nuevos disturbios y en otros será activa, lo cual implica meter manos en el asunto: plantar, fertilizar, poner trincheras. “Esa planificación implica un trabajo y lleva muchos recursos. Por eso, si el Estado no mete las manos en esto, es imposible el abordaje”. 

El avance de los pinos es otro gran tema que no escapa en ninguna de las conversaciones. Los incendios avanzaron ferozmente por esta especie de alta combustión que fue ganando terreno en la zona. Su regeneración pude ser furibunda y avanzar rápidamente sobre los sectores donde antes había bosque nativo. “Eso lo hemos visto en la zona de Epuyen, en Puerto Patriada, y la verdad es que los resultados son terribles: aparecen algunas especies de pino que son sumamente agresivas, crecen de manera impresionante después de un incendio y el control es casi imposible. Se transforman en un fosforo a punto de encenderse en cualquier momento” señala Gobbi y asume que es una especie controversial. “El problema es el manejo que se hace de las plantaciones de pino: si se hacen plantaciones que no se podan, que no se ralean, que son una masa de ramas secas, que no tienen circulación de aire, que no permiten al agua llegar al suelo; si no se hacen cortafuegos en serio, pasan los desastre que pasan. Una plantación de pino es una actividad comercial, entonces, como toda actividad tiene que tener insumos y ciertos gastos para su mantención. Si no pueden sostener la actividad con todo eso no deberían existir, pero las empresas no lo van a hacer si no hay una regulación fuerte que los obligue y controle. Si no se hace eso, estamos arriba de un polvorín. Hay pinos que llegan al borde de la ruta y pensás: una chispa y esto es un descontrol”. 

En este otoño, con la tragedia aun reciente las tareas se multiplican. En lo que refiere al bosque, una de las cosas que ya puede hacer la comunidad es la recolección de semillas de especies nativas. En ese caso, se recomienda que la gente que recolecta semillas registre de dónde las juntó, para no contaminar genéticamente los sitios. Se piensa en lugares próximos al sitio quemado. 

En este sentido, un trabajo importante en el asesoramiento es el que comenzaron a realizar desde el vivero forestal de Mallín Ahogado, que depende de la dirección de Bosques de Río Negro.  “A raíz de todo esto que está ocurriendo empezamos a tener mucha demanda de la comunidad por el tema de la recolección de semillas”, cuenta Oscar Lebed, responsable técnico de este espacio fundado en 1974, y dedicado desde hace muchos años a la reproducción y la multiplicación de especies nativas del bosque andino. Actualmente, el vivero cuenta con un stock de 80.000 plantas, de las cuales el 80% son nativas. Lebed cuenta que a raíz de todo el interés comenzaron a organizar jornadas de capacitación: actualmente hay 14 grupos diferentes en donde participan docentes, campesinos, productores, gente que hace actividades de montaña, alumnos de escuelas secundarias. “Hace dos semanas que arrancamos con estas jornadas y vamos de lugar en lugar: Cuesta del Ternero, Rinconada del Nahuel Pan, El Hoyo, El Bolsón. Tenemos aproximadamente 3 encuentros semanales con distintos grupos de personas”, dice. 

Las actividades programadas se dividen en distintas etapas. La primera parte va desde la recolección de las semillas hasta su conservación: cómo cosechar, dónde, qué ejemplares. “Algunas son muy chiquitas, más difíciles de identificar y de ver, por eso les mostramos toda nuestra colección de especies nativas, intercambiamos todo ese conocimiento en una jornada muy práctica para que la gente tenga más claro qué cosas hay que recolectar cuando están caminando por el bosque”. La próxima etapa tendrá que ver con tratamientos pre germinativos, es decir, qué hacer para que esa semilla guardada y conservada pueda germinar. Finalmente, se explicará la plantación en sí. “La gente está muy dispuesta a ayudar, a ser parte, hoy trabajamos en un colegio secundario de El Bolsón donde profesores y alumnos están muy interesados. Hay una comunidad que está muy afectada, impactada por el daño que tuvimos, un daño social y ambiental muy grande y cada uno desde su lugar intenta aportar algo. Estos son procesos muy largos, la recuperación de las especies nativas es un camino lento, de varios años, pero hay que hacerlo, nosotros aportamos desde nuestro lugar como vivero”. 

Foto Eugenia Neme

Lo cierto es que hay que mirar con perspectiva aunque el deseo sea ver todo verde lo antes posible. “No hay una regla sobre qué hacer en un incendio, hay decisiones que son prediales y del lugar. Algunos tienen pendientes, otros no, algunos tenían más presencia de boque nativos otras de bosques implantados. No hay una norma para decir acá se hace tal cosa. En cada lugar va a ser algo particular. De todas maneras hay acciones básicas como esto de la recolección de las semillas locales, del cerramiento de lugares para que las plantas no sean intervenidas por herbívoros, entre otras. Invitamos a la gente que se arrime, se acerque, nos visite”, dice Oscar que no pierde el entusiasmo: tiene una mirada de larga data: empezó en el 86 a trabajar en el vivero con especies nativas. Había estudiado en la Universidad del Sur en Bahía Blanca, donde se recibió de ingeniero agrónomo. “Después de dar unas vueltas por otros lugares de trabajo llegamos acá con mi compañera y nos instalamos. Hubo gente que me enseñó mucho, que me hizo querer el bosque, y cuando uno encuentra realmente lo que le apasiona, lo que tiene en su interior, se pone a estudiar y a trabajar en eso. Es lo que hice: estudiar, compartir los saberes con otras personas, con otras instituciones, intercambiar experiencias”. 

-¿Cómo vivís una situación de estas dimensiones? 

-Cuando se quema el bosque es una angustia muy grande, nosotros sabemos que hay  bosques que ya no vamos a volver a ver, lengales, cipresales. Hay una merma de diversidad muy grande. Argentina ha perdido más de las dos terceras partes de sus bosques nativos por distintos motivos: incendios, corrimiento de la barrera agropecuaria, las talas. Y nosotros tenemos un bosque muy frágil, que ocupa menos del 2% de la superficie del territorio nacional. Es una franja muy pequeña que está muy impactada por el hombre, los animales, los incendios que cada vez ocurren con más frecuencia.

Manos a la obra  

“Ese día estaba en cama y no podía hacer nada”, cuenta Luisa Elsman recordando esas horas de desesperación cuando las llamas lo arrasaban todo. Había estado trabajando en el incendio de Cuesta del Ternero, apagando fuegos en el territorio y en otras tareas. Para el segundo suceso no pudo salir, y si bien ni a ella ni a su familia la afectó directamente el siniestro, siente el dolor de la comunidad toda. “Que no se me hayan quemado cosas no quiere decir que no me afectó, todavía como Comarca estamos de luto”, dice y señala que en la Universidad cancelaron las clases un par de semanas pero que, ahora que volvieron, “muchos todavía tenemos la cabeza y la energía ahí”, y que “cuesta un montón hacer otras cosas”.

Luisa cuenta cómo a raíz de lo ocurrido se arman muchos grupos al mismo tiempo de gente que se conoce y se junta para accionar en un punto en particular: la construcción, la reforestación. “De golpe estaba en cuatro grupos de whatsapp, incuso a nivel nacional con gente de todos lados. También hay muchas personas haciendo por su cuenta”. Recomenzar no es fácil, y aunque parece que fue hace mucho, los incendios fueron apenas hace poco más de un mes. “El otro día visité a un amigo que se le quemó todo y me decía: planté hace 6 años este durazno y este era el año en que iba a comer los primeros frutos”. 

La tarea es inmensa, desde lo más chiquito a los más grande, desde la reparación en el patio de una casa a mirar esa extensión de tierra que se despliega infinita. Desde que comenzó todo, Luisa participó de la Asamblea del Bosque, también en otro grupo denominado Reforestando, que fue desde donde convocaron a Miriam Gobbi y otros especialistas. Sin embargo, confiesa, que a veces, simplemente, la sobrepasan las ganas de hacer ya y se va a buscar bolsas de mantillo –la capa superficial de los bosques vírgenes nativos donde se acumulan hojas, palitos, semillas- para llevar a los lugares donde no quedó nada. “Ayuda a que cuando llueva fuerte no se lave tanto la tierra. Pero es mucha superficie, cuando intentas ir al bosque que se quemó te sentís realmente muy chiquita”. La situación es compleja y tiene muchas aristas: “La gente dice: yo quiero cuidar el suelo, pero si no tengo un techo dentro de dos semanas, cómo hago. Es una situación muy tremenda”.

Adolfo Moretti, director del Jardín Botánico Isla Victoria y coordinador del Área Forestal del Parque Nacional, / Foto: Eugenia Neme

Sin embargo, no es un tema menor, ya que ese movimiento del suelo, puede afectar las mismas construcciones. Imposible no unir todas las partes de algún modo. “Primero hay una tragedia: hay pérdidas de todo tipo, económicas sociales, ambientales”, dice por su parte Adolfo Moretti, director del Jardín Botánico Isla Victoria y coordinador del Área Forestal del Parque Nacional, y ya refiriéndose específicamente a la reforestación destaca las técnicas de restauración activa partiendo de la producción de plantas nativas, tarea que se preparan para llevar adelante con la intención de contribuir activamente en la restauración de los bosques quemados de la región. “Ya lo hacemos, tenemos un buen vivero, buenas plantas, hemos investigado sobre las nativas, su propagación, conocemos cómo germinan, pero ahora viene el desafío de hacerlo a escala para las grande superficies que se perdieron”, detalla. 

Moretti reconoce que siempre tuvo una afinidad muy grande el bosque. Primero informalmente, de chico juntaba semillas, hacia plantas y árboles. Después formalmente en la universidad, formándose como ingeniero forestal, pero siempre con la vocación de fondo. “Me gusta la parte de la regeneración y propagación, pienso que si Parques tiene la capacidad de poder reproducir su biodiversidad para poder replicarla, después podes trabajar en lugares que se pierden o se degradan”. Aunque vive en Los Coihues, un barrio a unos 12 kilómetros del centro de Bariloche, va todas las semanas a la isla donde trabaja con un equipo. Algunos de los integrantes viven allí mismo. Tras la debacle de los 90, en el año 2005 ganaron un proyecto y recuperaron el área central y el vivero. “Después se convirtió en un jardín botánico: mejoramos los senderos, la colección de plantas, construimos un invernadero y ahora sabemos un poco más sobre las especies nativas de todo el mundo, hay mucho por conocer”. 

Para el especialista, el trabajo necesariamente debe ser colectivo: los viveros privados, el INTA, las universidades, las provincias, las direcciones de boques, los municipios. “Todos tenemos que ayudar. Estimamos que Isla Victoria puede producir entre 10 mil y 15 mil plantas con estas técnicas de tubete para reforestar el año que viene, por ejemplo”. 

-Cuando conoces todo lo que significa, el impacto de lo sucedido es muy fuerte

-Lo que se pierde no se recupera. Se quemó un bosque que tenia mil años, vos podes plantar y en diez años tener los árboles creciendo. Decís, bueno ya lo planté, pero cómo haces para volver a tener esa trama que tenías de tantos siglos, con ese suelo, con esas aves. No es que plantas mil árboles y listo, emparchaste. Por eso es una tragedia cuando se pierden. 

Moretti es de los que está convencido que el incendio fue intencional. “La posibilidad, la probabilidad de la ocurrencia de cinco o seis focos simultaneaos en lugares tan distintos es imposible. Estadísticamente, ecológicamente, esos incendios son imposibles de entender si no hay una mano atrás. El nivel de violencia de esto es enorme”.

-¿Qué cosas se te pasaron por la cabeza? 

-Me impresionó mucho esto de que sean incendios de interface, porque es ahí donde la gente se junta con el bosque, donde el bosque y las personas conviven. Acá hay un montón de esos lugares y que el fuego haya corrido por ahí, me pareció muy terrible. 

-Lleva a muchos replanteos hacia adelante…

-Tan importante como lo que pasó es ver qué hacemos ahora con esto. No te digo que es una oportunidad en el sentido de la alegría, pero capaz nos sirve para aprender algunas lecciones, para proteger los bosques. 

Legislación adecuada, presupuesto, prevención, son algunos puntos que abrirían otro capítulo.

Lo cierto es que la tarea es inmensa y no tiene fronteras, como no la tiene los bosques. Las dimensiones de lo que puede significar un banco de semillas es inabarcable. Un ejemplo es el compromiso adquirido con Australia para enviar semillas de eucaliptus que vinieron desde aquellas tierras hace 80 años, constituyendo un base de memoria genética que podría contribuir con la regeneración de los bosques que fueron consumidos por el fuego años atrás. “Es como haber cultivado en una colección árboles de ecosistemas de esos países”, dice Moretti y es apenas algo de lo que puede resguardar una semilla. “Invito a todos a sumarnos a esta estrategia”, completa y recuerda la acción del último 24 de marzo, cuando se invitó a plantar memoria. “Fue muy emotivo la movilización de gente plantando árboles, ojalá esto pase todos los días. No sé si podemos cambiar todo, pero si fomentamos estas acciones  de recuperación, si mejoramos la protección, si nos involucramos más, mejor. En nuestras manos está el futuro”. 

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Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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