10 millones de turcos y otras mentiras

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Me había quedado dormida cerca de las 4 de la mañana con la televisión prendida.  Parecía que “LEAVE” dominaba pero faltaban recuentos de votos.  Cuando me desperté, David Cameron, el Primer Ministro, estaba renunciando con voz temblorosa.  A su lado, pero no demasiado cerca, su mujer con cara de pánico. Un cartelito en la pantalla anunciaba que la libra seguía cayendo, y los mercados internacionales se estrellaban.  Busqué en twitter confirmación de que esto no era una pesadilla y la encontré en el primer tweet:

¿El fin del mundo? No. ¿El fin de qué, entonces?  El proceso de retirarse de la Unión Europea es algo que puede llevar años, el proceso de elegir un nuevo líder para el partido conservador semanas, el proceso de decidir un nuevo gobierno (¿elecciones? ¿Nombramiento de un nuevo conservador?) meses… nada iba a cambiar de inmediato.  En las calles de Londres, bajo un sol que hacía días brillaba por su ausencia, jóvenes en shorts reían con cervezas. Semblanzas de una vida veraniega.

El fin de una campaña insólita, desagradable, innecesaria que hubo dominado el pensar colectivo con creciente hostilidad y violencia.  Discursos anti-inmigratorios, prejuicios y temores incentivados por slogans simplistas, pujas internas en los principales partidos políticos, insultos, gritos… un horror que dominó la agenda mediática culminó durante la noche y de repente empezaron a surgir voces que parecían sorprendidas de lo que su propio voto había logrado.  “No pensé que iba a suceder” dijo un joven a las cámaras.  Otra mujer, casi llorando confesó “no entendí, me mintieron, ahora quiero cambiar mi voto”.

No se puede.  Para entender por qué este plebiscito fue una abominación vale leer este artículo de Kenneth Rogof, profesor de economía y política pública de la Universidad de Harvard.

Pero durante la campaña hubo poca información precisa y de fondo, y mucho ruido populista.  Tampoco hubo grupos claros de “Leave” vs “Remain”: no era el gobierno contra la oposición, la izquierda contra la derecha, un partido contra otro.  Los parlamentarios tuvieron libertad de adherirse de manera individual, y quien hizo una buena sinopsis en su momento fue Julian Assange, ese héroe-villano de nuestros tiempos que se pronuncia desde su refugio en la embajada de Ecuador en Londres. Él demarcó cuatro categorías: “Derecha In, Derecha Out, Izquierda In, Izquierda Out”.

Lo que sí se puede vislumbrar a grandes rasgos es que quienes abogaron por el OUT, o Leave, o Brexit , manifestaron repudio a las olas inmigratorias, frustración con la burocracia y falta de transparencia de la Unión Europea como institución, y un deseo de “recuperar el control”, lo que sea que eso significa.  “Inglaterra para los ingleses” gritaba una señora, al tiempo que un taxista de la India, ciudadano británico, se pronunciaba en contra de que “vengan 10 millones de turcos a abusar de un sistema de salud y educación que no da más”.

La de los turcos es interesante porque fue una amenaza que recibió desproporcional cuota de aire por parte de los Brexiteers, a pesar de que Turquía no es miembro de la Unión Europea.  Pero ese temor parece haber copado gran parte de la psiquis colectiva, y puede haber sido decisivo.

Hubo, y hay, liberales progresistas y moderados que advocaron salir de la Unión Europea, pero dominó el delirio de personajes como Nigel Farage, líder de UKIP, el partido Independiente, que fue clave en llevar a Cameron a la decisión de imponer el plebiscito en primera instancia. Farage, de familia francesa y casado con una alemana, celebró su triunfo frente a las Casas del Parlamento con banderines y proclamando el 23 de junio el “Día de la Independencia Británica”, al tiempo que Boris Johnson, por ejemplo, el ex intendente de Londres y pretendiente líder del partido conservador, hizo un discurso muy medido, con ciertas connotaciones de aplacar la xenofobia que se asocia con los Brexiteers.

De igual modo, entre los que votaron In, o Remain, hay muchas divisiones.  El establishment, los financistas, las grandes empresas, las multi-nacionales y el FMI advirtieron el desastre económico posible.  Esto logró aislar a gran parte de la izquierda tradicional, a muchos que están apenas subsistiendo, cada vez más marginados, a todos aquellos que no se identifican con los pudientes, los educados, los poderosos.

No se trata de buenos contra malos, ni de blancos contra negros.  No se trata de británicos contra europeos, o de británicos contra el resto del mundo, o de ricos contra pobres.

¿De qué viene la cosa entonces?  Pareciera que una gran parte de la población (aunque no una mayoría tan contundente) votó en una mezcla de repudio, de queja, de prejuicio y de ignorancia por un cambio.

Ahora empieza un proceso difícil, largo, doloroso y peligroso.  Una Europa ya frágil, en un mundo muy desestabilizado, tratará de apurar la retirada del Reino Unido para minimizar la incertidumbre a la que ha sido arrojada.  Por su parte, este Reino Unido ha creado una serie de situaciones internas muy delicadas – Escocia tuvo su propio plebiscito de independencia en el 2014 y ganó permanecer pero en base a que esto garantizaba la membrecía a la Union Europa, ahora ellos tendrán otro plebiscito?  Gales votó por salir de la Unión, a pesar de que es casi totalmente dependiente de subsidios europeos en lo ecónomico; las ironías no paran –.

Para su campaña Farage eligió un poster con una imagen que denotaba una masa de jóvenes marchando con desesperación buscando refugio.  La foto sugería que venían a por el Reino Unido, y que tan solo con salir de la Unión Europea se podría pararlos.  A pesar de que era una foto de hace años en los Balcanes, Farage la describió como ‘factual’.  El mismo día que la presentó, la joven parlamentaria Jo Cox fue asesinada por un hombre que dio su nombre ante la corte como “Britain for the British”.  Cox, ardua trabajadora humanitaria, experta en Syria, y vehemente luchadora por la inclusión, la tolerancia, y la solidaridad, tuvo un breve estatus de mártir que bajó el tono de la polémica y promovió un impasse en la campaña que duró un par de días.  “El odio no tiene credo, ni raza, ni religión” dijo su marido.

Lamentablemente, tanto el odio como la intolerancia son reales.  Las guerras y la violencia en el mundo actual están desplazando a millones. Europa está bajo una presión casi insostenible para lidiar con esto, y aplacar sus propias divisiones y problemas.  La seguridad, el desempleo, la economía son todos temas reales y preocuparse por como llevarlos debería ser el foco de todos.

Pero este Brexit que se comenzó ayer y no sabemos cuando culminará, requerirá mucha energía y tiempo por parte de todos.  Energía y tiempo que bien podrían ser utilizados en problemas más importantes.

Mientras tanto, algunos en el Reino Unido celebran hoy que ganó su voto “para que no entren los musulmanes”, o “para echar a los extranjeros”, al tiempo que muchos más googlean el signifcado de la Unión Europa, y el banco central inyecta £250 de libras para aplacar a los mercados.  Nada va a cambiar de inmediato, pero todo va a cambiar a partir de ahora.

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Marcela Mora y Araujo

SOY PERIODISTA ARGENTINA RESIDENTE EN LONDRES. INTENTO ENTENDER AL MUNDO Y, CUANDO PUEDO, LO EXPLICO. ESCRIBO SOBRE DEPORTES, SOCIEDAD Y POLÍTICA DE ARGENTINA, EL REINO UNIDO Y LA UNIÓN EUROPEA.

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