El botiquín en el jardín | Plantas que curan

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Las plantas medicinales son una alternativa y complemento de la medicina dominante. Se trata de un saber distinto, ancestral. Hay que tener la capacidad de escuchar. Y la naturaleza responde. Aquí un recorrido de quienes ya se curan gracias a la tierra y ayudan a otros a hacerlo. Una guía para los que quieren abrir ese camino.

Foto Lino Itkin

“Las flores de mi jardín han de ser mis enfermeras”, cantaba Violeta Parra. Tantísimos años después, aquellas estrofas que remitían a la simpleza con que las bondades de la tierra pueden acunarnos, reverdecen. O se hacen más evidentes, porque en los subterfugios, como la savia en la rama, el saber ancestral nunca dejó de circular y ramificarse. Hoy, las voces que invitan  a revisar nuestros hábitos y costumbres, la forma en que cuidamos nuestra salud,  la manera en que sanamos y hasta la relación con la naturaleza y la tierra que habitamos -todo estrechamente conexo- se multiplican, abriendo un nuevo diálogo, recordando y revalorizando aquello que siempre supimos. 

Fotos www.saraitkin.com.ar

“Creo que la forma de recuperar los saberes es a través de darnos el tiempo para el diálogo. De poder encontrarnos con estas personas que traen su saber de generación en generación y poder escucharlas”, dice Sara Itkin. Es médica generalista, pero desde hace años decidió moverse de la huella convencional y andar un el camino de la medicina naturista. Todavía hoy recuerda las experiencias en Rosario -donde estudió la carrera, pero además comenzó a trabajar en un centro comunitario dando espacio al cultivo de plantas medicinales- y después en otros territorios como Las Lajas en Neuquén o Villa Traful, en un andar que nunca se detuvo, descubriendo a las plantas como aliadas e iniciando una profundización de su estudio, con una vasta experiencia en el tema.  

Revisando las formas, hoy señala que ese diálogo de intercambio es difícil de formular en una consulta de 15 minutos, donde generalmente la persona se pone en manos del médico esperando la resolución del problema de manera unidireccional. “Habitualmente cuando las personas me contaban dónde habían nacido, con quién se habían criado, aparecían las plantas y su uso, siempre. Y ahí de alguna manera se reconstruye este encuentro, donde quien viene a buscar una solución deja de ser un paciente, de esperar pacientemente una solución, para empoderarse y acordar las formas de sanar usando las hierbas medicinales. Creo que el rescate tiene que ser a través de generar ese espacio valioso con la persona conocedora, porque sino muchas veces también son rescates teóricos”.

Hacerse el espacio para compartir, meter las manos en la tierra, generar el propio botiquín en el jardín, conocer las plantas, tener un contacto directo con la naturaleza para la propia experiencia, son acciones que también hacen al cultivo de un nuevo tránsito por un camino que requiere dedicación y otros tiempos de observación. Como mismo señala Sara en varias oportunidades, podemos ir transformando nuestros jardines o balcones es espacios de bienestar, dadores de salud, que podemos generar en casas, escuelas, y en el mismo hospital, donde, justamente, es necesario un ida y vuelta con nuevas perspectivas. “Mientras más jardines saludables tengamos más salud vamos a ganar siempre”, dice Sara desde la ciudad de Bariloche, donde reside y ejerce. Pero suma un punto crucial: no podemos pensar en nuestra salud individual sin pensar en la salud de la madre naturaleza. Por eso, la relación con el entorno, la huella que dejamos, también es parte del asunto. Y todo esto, dirá Sara, en realidad tiene que ser sencillo. “Hay que volver a esta medicina, que no es sólo una medicina, tiene que ver con una forma de ver la vida, de vivirla, más sencilla, y que puede empezar a través de generar la propia medicina, pero tiene que ver también con el cuidar la tierra, proteger las semillas, empezar a tomar una posición frente a los monocultivos”. 

Multiplicar saberes  

Otra característica del compartir saberes de las plantas son los encuentros que tienen lugar en distintas partes. Hoy en día se multiplican los espacios de intercambio sumamente enriquecedores, nos solo como instancias de aprendizaje, sino de empoderamiento. “Siempre me acuerdo cuando trabajé en Rosario, en el Centro de Salud El Gaucho y la alfabetizadora enseñaba a escribir con los nombres de las plantas, porque estaban tan ligadas a lo emocional, a la historia de cada una. Y siempre me emociona recordar que cuando estas personas que vivían en un lugar sin nada recordaban lo que sabían, y lo transmitían, en realidad tenían todo”.

La generosidad en el compartir, en la difusión, el aprendizaje muto, pareciera dar cuenta de esa fuente inagotable del ida y vuelta. “El amor de las plantas nos une. Y en los talleres la riqueza es que también compartimos otras formas de uso, es un saber que no se termina nunca”, dice Itkin sobre su experiencia en estos tiempos. También hace hincapié, en un mundo globalizado, en la importancia en aprender a respetar los espacios donde crecen las plantas, valorar la soberanía alimentaria, dónde están las plantas de cada región, que hacen a la cultura, a la historia del lugar. Por eso menciona la importancia de proteger las plantas nativas de la región como un legado cultural y seguir preservándolas. 

-¿Cuál es tu mirada sobre este tiempo que transitamos? 

-Por un lado vivimos bajo la preocupación y la angustia de una pandemia, de ver la cantidad de gente que está con menos ingresos, menos trabajo, enferma, que se quedó sin seres queridos. Eso es angustiante. Pero también son nuevos tiempos, donde podemos darnos el lugar de la observación. La realidad es sumamente difícil, pero también lo que siento y observo es esta vuelta inmensa de la gente a la tierra, las ganas de cultivar, de conocer las plantas, los árboles, poder pensar en hacer una mini huerta, así sea en el jardín. Cuando nos metimos dentro de casa, al principio de la pandemia, pudimos ver que sin la intervención humana todo se volvía en un equilibrio más hermoso, de animales silvestres, de plantas. Creo que también eso nos lleva a pensar que debemos volver a  ser naturaleza y no manipular y destruir todo lo que está al paso. Incluso hacernos cargo de la pandemia con la destrucción de los ecosistemas. Hay que volver a una forma sencilla de sanar y de ganar salud. 

Espacios de empoderamiento 

Desde el espacio de género de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) hace ya tres años que vienen trabajando con plantas medicinales a través de talleres donde comparten saberes ancestrales, generan sus propios ingresos y acompañan en la recuperación a otras mujeres víctimas de violencia de género.  “Vengo de una familia con sabiduría ancestral y fue muy lindo cuando empezamos a recuperar eso que se estaba perdiendo por vergüenza. Mis abuelos murieron llorando porque cuando querían practicar lo que sabían no podían porque los trataban de brujos, pero jamás mi abuela me dio un medicamento para un dolor de panza”, dice Carolina Rodríguez, referente a nivel nacional de la UTT y una de las mujeres que lidera los talleres de plantas medicinales. Cuenta que se vino a los 16 años desde un pueblito de Jujuy, después de atravesar diversas situaciones de violencia. Actualmente reside en el cordón hortícola de La Plata.

Carolina Rodríguez, referente a nivel nacional de la UTT y una de las mujeres que lidera los talleres de plantas medicinales.

Carolina recuerda que en los encuentros empezaron a recuperar la sabiduría que se estaba perdiendo, pero además, destaca la autonomía económica que comenzar a lograr a través de generar estos espacios y ver la forma de realizar emprendimientos para salir adelante. “Antes conocíamos una sola violencia, la andar con el ojo verde, pero con los años nos dimos cuenta que también existía la violencia sobre la autonomía económica”, señala.  Se integró a la organización en el  2015, una época en la que recuerda no tenían “ni para comer” y dice que le cambió la vida. “Hoy  estamos recuperando la tierra y hacemos nuestras propias tinturas madres. El primer encuentro de plantas medicinales se hizo en Parque Pereyra y todas las compañeras decían que no sabían nada. Después hicimos un reconocimiento de plantas y cuando iban por el campo decían: ah esto me daba mi papá para el estómago, esto tal cosa. Y lo que pasa es que una deja de lado eso que sabe, es más fácil ir a comprar medicamentos a la farmacia y aunque no lo creas los remedios los tenés alrededor de tu casa”.

Es así que desde el espacio comenzaron a organizarse, a juntarse cada 15 días en diferentes lugares y hacer talleres con la dinámica del reconocimiento incluida, poco a poco también comenzaron a pensar la posibilidad de tener una salida laboral. “Todas las mujeres necesitan una entrada y por eso se hizo un grupo de mujeres que están haciendo tinturas madres y yuyos secos. Otros grupos que hacen sahumus, surgen muchas cosas. Se va haciendo algo y se comparten los trabajos”. De lo que ingresa, una parte va a la Secretaria de Género para poder sostener el movimiento y el acompañamiento a las mujeres, algo que siempre hicieron con mucho esfuerzo a pulmón, asistiendo los llamados y yendo a las casas a la hora que fuera para sostener a las compañeras. “Este espacio me cambió la vida completamente. Hago tinturas, tengo mis yuyos y puedo tener mis propios ingresos. Pero además, vamos compartiendo, no solo en esta zona, sino entre todas las regionales”. Carolina destaca especialmente esos espacios de encuentro, con las plantas como grandes compañeras, como si arrullaran ese reencuentro milenario donde lo que sucede va más allá del hacer, donde se tejen los lazos que acunan. “Ahora ya tenemos nuestro primer refugio y ahí nos juntamos a hacer yuyos secos, embolsar, etiquetar. A veces las compañeras dicen: yo acá me siento libre, soy otra persona. Esperan mucho el día de los talleres, cocinamos, estamos todo un día juntas compartiendo, aprendiendo. Si te sentís mal, o estas pasando alguna situación, charlamos y empezamos a buscar la solución. Es muy lindo”.  

Nuevos campesinos 

“Muchos hemos llegado a este conocimiento huérfanos”, dice Olga Lubel desde Salta donde vive hace más de 20 años. Llegó a estas tierras con su marido después de largos recorridos, buscando esa conexión con la tierra, ese echar raíces con miras a nuevas formas de habitar el territorio y relacionarse con la naturaleza. Hoy encabezan un proyecto multiciplinario en la Finca La Huella, ubicada en Vaqueros, a quince kilómetros de la capital provincial. Son treinta y tres hectáreas en un área que pertenece a las yungas de la selva de montaña y donde sostienen tres ejes fundamentales: conservar, producir y educar. Es así que también funciona allí hace diez años la propuesta educativa ‘La Granjuela’. 

“Me parece importante reivindicar a seres que hemos llegado a esto, no por un linaje, sino por una búsqueda y que de alguna manera nos encontramos con fuentes prácticamente inagotables de conocimientos muy eclécticas. Entonces vamos construyendo un cuerpo de saber, y de saber hacer, que tiene que ver con nuestras convicciones. El tema de las plantas no solamente tiene que ver con poder curarse de una manera natural, aunque por supuesto que sí, pero también es poder continuar un camino de eco-evolución”. 

 

 

 

-Mencionabas en otras oportunidades la figura del neo campesino como sujeto social.

-Para mí es un concepto que tenemos que seguir profundizando, porque es una clase social o un grupo, que de alguna forma tiene la posibilidad de autodefinirse, y que habla un poco de esta nueva época. Somos sujetos que hemos decidido hacer una vida que a lo mejor no era la que se esperaba, por decirlo así. En este camino me he encontrado con muchas ovejas negras que venían de múltiples lugares en esa búsqueda de cierta coherencia de un mundo posible.

Cuenta que nació en Capital Federal. Que no había visto nunca una gallina, una vaca, más que en La Rural. “Me acuerdo de no poder reconocer una lechuga de una acelga y eso es algo que traigo permanentemente a mi presente, porque creo que me permite entender y no menospreciar. El propósito, y el seguir y el seguir, te da la posibilidad de, por lo menos, en principio, hacer algo parecido a lo que querías. En el camino también encontré gente providencial, de todo tipo, que te cambia la vida con una frase”, dice. 

Y es en este mismo recorrido, profundizando aún más, que comenzó hace años el trabajo específico con plantas, diseñando también diversos cursos, como el de Mujeres y Plantas medicinales que comenzó en febrero. Los encuentros se propusieron tanto la  recuperación del conocimiento sobre la medicina ancestral como el estudio de la fitomedicina. “Son encuentros muy ricos en donde todas tenemos algo para aportar. El abordaje que yo hago tiene mucho que ver también con el conocimiento de la fisiología y de la anatomía. Lo considero altamente emancipatorio”, dice. “No es solamente saber que esta planta es para este dolor, sino primero entender cómo es el cuerpo y luego a qué planta puedo acudir por el principio activo que tiene. Esto para mí nos da una paleta de posibilidades en donde recuperamos la autonomía en el conocimiento y no generamos receta-dependientes. Para mí eso también forma parte de los conocimientos del neo campesinado. Cuando estoy facilitando un encuentro de plantas medicinales a veces he pedido análisis bioquímicos, porque también creo que nosotras tenemos que poder leer un análisis y poder entender qué me está diciendo eso. De ninguna manera para menospreciar el rol de la medicina hegemónica, pero poder avanzar un peldaño más en no ponernos en el lugar de pacientes, porque eso ya está discutido, una cosa es tener paciencia y otra es estar en un lugar pasivo”. 

Olga Lubel encabeza un proyecto multiciplinario en la Finca La Huella, ubicada en Vaqueros.

Olga menciona cómo, especialmente las mujeres, han sido quienes han recolectado, trasmitido los saberes, las formas de uso, de cultivo, el reconocimiento. También señala el especial  interés en una búsqueda más profunda respecto a los usos, las formas de administración, también de las alertas, que muchas veces están opacadas. “En la medida que sabemos que las plantas tienen principios activos, tenemos que reconocer que puede haber un uso inapropiado”, explica.

En la charla, también hace mención al delicado momento que vivimos, ya no como país, sino como humanidad y en el surco de la complejidad, destaca la oportunidad, el momento de quiebre, que permite cuestionar la educación tal cual la conocemos, la salud hegemónica tal cual la conocemos, las formas de habitar un territorio. “Siento que es fundamental retomar un tejido social con arraigo, educar en la ruralidad, no para la ruralidad. Muchas veces desde las ciudades se tiene una idea romántica, facilista, de que llegás al campo y empezás a comer a los dos días de la tierra, pero es mucho trabajo, mucho conocimiento, y esa urdimbre hay que tejerla de manera transgeneracional también. Entonces, tenemos que pensar nuevas maneras, creo que toda la reivindicación feminista también en eso da la posibilidad de repensarnos a nosotras en esta nueva búsqueda y esto, desde un feminismo de la diferencia, también reivindicar el trabajo doméstico como revolucionario, donde el uso de las plantas medicinales, el botiquín, la farmacia y la cocina, se encuentran”.

Conservar, producir y educar

El proyecto que llevan adelante en Salta, permite dimensionar ejes centrales hacia una nueva mirada de nuestro habitar. Para Olga, no alcanza solo con tener algunas plantas testimoniales: Tenemos que tener plantas en calidad y en cantidad oportuna”, dice y apunta a la agroecologia como respuesta. “Necesitamos territorios en donde  haya plantas a disposición para quien la necesite. Preparados, que son antiquísimos, que sabemos también que tienen una perspectiva ecológica. Porque un té puede ser muy bueno para el cuerpo y ecológicamente muy costoso”. La revisión lo atraviesa todo. “Estamos revalorizando un desarrollo a escala humana. Nos damos cuenta que podemos tener territorios diversos, con todo lo que eso significa, en la producción, los servicios, en el acceso a la tierra, en el agua” y en ese marco, también  repensar el consumo desenfrenado que hoy hay de recursos naturales. “Creo profundamente que si no nos mareamos, más allá del dolor que pueda estar atravesando mucha gente y que no quisiera minimizar por nada, tenemos en este tiempo una oportunidad que de alguna manera espero que no se repita, porque el costo es bastante alto. Pero no podemos hacer de cuenta que no está pasando nada, que no estamos viendo nada”. 

En ese sentido, partir de la base, como es la educación, parece ser un punto central y la propuesta educativa de la Granjuela lo demuestra. “Se ha ido profundizando y complejizando desde que nació hasta ahora. Desde muy chiquitos familiarizamos a los chicos con las plantas medicinales, con el uso, con el respeto, con la propagación, la conservación, y sobre todo con la existencia. Porque la educación convencional no nos habla de esto, el medioambiente es una postal, sigue siendo una visión muy antropocéntrica, pero para nosotros es importante que los chicos tengan experiencias de vida. Estamos dando una clase y  si hay un parto de una cabra, vamos todos al corral, y hablamos de mamíferos con una placenta en la mano. También veo que los varones desde chiquitos empiezan a pensar lo que es un parto, y eso para mí es educación con perspectiva de género, no es solamente que si queremos nos podemos cortar el pelo o jugar a la pelota. Reivindicar la educación al aire libre, la educación pertinente, la educación en los ciclos. La educación hegemónica termina siendo impertinente en el sentido estricto de la palabra, porque al final no tiene ninguna pertinencia territorial. Una persona que logre entender lo que es un hibrido, la siembra directa, en un lugar concreto, luego abstrae el concepto y lo puede extrapolar a cualquier espacio  y lugar”, señala.  

“Creo que el mundo nos  ofrece la posibilidad de un desarrollo digno, en equidad, pero no en el sentido capitalista del desarrollo personal, creo que el desafío ahora es pensarnos en comunidad, no en una comunidad sesentista, sino en un ser con el otro. Tu ser no termina en tu epidermis, vos te constituís con otros, que te retroalimentan y que vos modificas, y eso es un ida y vuelta que los pueblos originarios nos mostraron desde siempre. Creo que es posible el cambio. Mucha gente está con muchas excusas y dice si las cosas cambian, si me animara, si todo fuera distinto. Y en ese sentido a lo mejor es como patológico, pero yo realmente creo que esto puede cambiar”.

Otro: https://youtu.be/A8iRYkN3z78

Sara Itkin 

www.saraitkin.com.ar

@sara_itkin

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Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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