La importancia de visibilizar el racismo para erradicarlo

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Este 21 de marzo se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial en un momento en el que los episodios racistas en la Argentina ocurren todos los días. Quienes se alejan de la idea de sociedad blanca y europeizada sufren diferentes formas de rechazo y discriminación. Casos emblemáticos, herramientas de lucha y nuevos horizontes.

Cada 21 de marzo marca el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. ¿La razón? En 1960 la policía sudafricana asesinó a 69 personas durante una protesta pacífica contra el racismo y la xenofobia del Apartheid en la ciudad de Shaperville. Seis años después, la Asamblea General de las Naciones Unidas eligió esta fecha en recuerdo de aquellas víctimas y para proclamar «el respeto universal y efectivo de los derechos humanos y de las libertades fundamentales de todos, sin distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión».

Pero este pedido de la ONU está lejos de cumplirse. Existe un contexto nacional e internacional en el que todavía se viven exclusiones institucionales y sociales basadas en el color de la piel. “En 2020, a raíz de las manifestaciones y protestas que suscitó el asesinato de George Floyd se multiplicaron las declaraciones y escritos sobre la violencia policial y contra el racismo y se reactualizaron casos de denuncia de violencia y racismo locales. Este tipo de denuncia se ha ido incorporando en la agenda política de muchos movimientos sociales y ha convocado personas de diversos orígenes étnicos y sociales en torno a la conciencia de que el combate contra el racismo no es solo un asunto de sus víctimas sino un problema sistémico, una expresión que ha empezado a utilizarse recientemente de forma generalizada. Igualmente se ha empezado a hablar de la necesidad de un cambio radical para encarar un mejor futuro en una sociedad en la cual la consigna ‘Las Vidas Negras e Indígenas nos Importan’ se haga realidad”, escribió la antropóloga y economista colombiana Mara Viveros Vigoya en un artículo que tituló “Los colores del antirracismo (en América Ladina)”.

La discriminación racial no es algo que ocurre en el exterior. En la Argentina está mucho más extendida de lo que se visibiliza. Así lo confirma un estudio del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) donde se señala que aunque la discapacidad sigue siendo el tipo de discriminación más denunciado, se observan que el racismo estructural generó casi la misma cantidad de denuncias entre 2008 y 2019, llegando también a casi 1 de cada 5 y aventajando por varios puntos porcentuales al resto de las categorías.

Según el informe, la mayor proporción de las denuncias tuvo que ver con discriminación contra migrantes (7,9%), el 4,1% hacia afrodescendientes, el 3,1% por condiciones socioeconómicas, el 1,8% por el color de piel y el 1,3% contra los pueblos originarios.

Estos datos sugieren que la discriminación racial en el país es es un fenómeno sistémico y generalizado; que condiciona las interacciones. Muchas veces se expresa mediante la violencia, también a través de discriminación en contextos laborales y en la imposibilidad de ingreso a lugares públicos. Y el efecto es una rotunda falta de oportunidades.

Un vistazo por las noticias de los últimos meses también deja a la vista que la discriminación racial, aunque se la quiera negar, es un problema extendido entre los argentinos.

A mediados de marzo, Quetaout, de 26 años, quien aterrizó hace tres en Rosario desde Haití para trabajar y estudiar, recibió la agresión de una clienta del kiosco que lleva adelante con su hermano. «Vino a comprar cigarrillos sueltos, le dije que solo tenía mentolados; empezó a discriminarme, a decirme negra sucia», relató.

 

Discriminación en Rosario: insultos a la haitiana Quetaout.

Otro caso que también ocurrió en la ciudad santafesina a principios de 2021 tuvo como blanco de amenazas de muerte a una estudiante de medicina. Kett Yveza Vante, de 25 años, es haitiana y estudia en la Universidad Abierta Interamericana (UAI) de Rosario. Recibió un mail en el que le decían: “Negros no deberían estar acá, tampoco vivos”.

 

En Rosario, la estudiante universitaria Kett Yveza Vante recibió amenazas.

La discriminación racial en el país es constante. En numerosas ocasiones se asocia a la comunidad negra con la inmigración ilegal y la delincuencia. La publicidad muchas veces excluye a esta parte de la población o la ridiculiza. Y otro de los campos donde esta comunidad está infrarepresentada es en la política. El primer paso para superar los prejuicios raciales es reconocerlos y visibilizarlos.

Caso emblema con sello nacional

No tuvo la misma repercusión que la del asesinato de Floyd en Estados Unidos, pero el caso de José Delfín Acosta Martínez logró un fallo histórico. Afrouruguayo, activista por los derechos humanos, murió en nuestro país en 1996, a los 32 años, víctima de la violencia policial impulsada por el racismo. Y si bien los culpables todavía están sin condena, en octubre del año pasado la Corte Interamericana de Derechos Humanos concluyó, 24 años más tarde, que “los agentes de policía actuaron movidos más por un perfil racial, que por una verdadera sospecha de comisión de un ilícito”.

Se trata de la primera resolución en América latina en la que el organismo internacional considera que el origen étnico de una persona fue determinante para que se efectuara su arresto arbitrario y discriminatorio.

 

El caso de José Delfín Acosta Martínez logró un fallo histórico, pero los asesinos todavía siguen en libertad.

 

“Para nosotros es absolutamente importante dar visibilidad al hecho de que, por primera vez, el aparato represivo del Estado argentino es condenado por haber asesinado a un activista afrodescendiente. Fue arbitrariamente detenido y lo mataron a golpes y patadas. Esta es una condena internacional, pero los asesinos todavía siguen en libertad. Entonces, es algo que no ha terminado aún”, señala Sandra Chagas, quien se define como negra candombera, afrodiaspórica y lesbiana feminista. Y agrega: “Debería ser un hecho emblemático para todas las personas afrodescendientes de Argentina, porque hoy el racismo en las calles, los trabajos, la salud, la educación, los poderes judiciales y las cárceles está a la orden del día. Es la pandemia que nos asesina a las personas negras”. Las anécdotas de discriminación se multiplican. La matriz racista argentina cala muy profundo. Moldeó cultura e instituciones desde los inicios de la nación y hoy continúa, como si no hubieran pasado doscientos años de historia.

 

«Para abrazar el antirracismo hay que hacer un proceso de descolonización», afirma Sandra Chagas.

Chagas recuerda que sigue vigente el artículo 25 de la Constitución Nacional que establece que Argentina fomentará la inmigración europea. “Para abrazar el antirracismo hay que hacer un proceso de descolonización. El artículo 25 es muy claro. Ya sabemos de dónde queremos que venga la gente a estas tierras, no queremos a los negros de Brasil, de Uruguay, ni a peruanos, bolivianos, chilenos. Queremos que venga la gente blanca a habitar esta tierra. Entonces, nos falta mucho. Porque si la única inmigración válida es la europea, estamos en un problema”.

El color de la piel es uno de los principales factores de discriminación en nuestro país. Por otra parte, la variable socioeconómica alumbra otro tipo de «negritud» igual de despreciada por buena parte del cuerpo social. “El negro es el pobre. Y no somos pobres, somos personas en un sistema capitalista, extractivista, genocida”, apunta la activista.

Cuando la sociedad no se reconoce como multicultural, las personas afrodescendientes caen en una situación de “invisibilidad social”. Las políticas de cierre de fronteras o las deportaciones forzosas también constituyen formas de racismo contemporáneo.

Por eso, fue muy bienvenida la noticia del 4 de marzo pasado que anunciaba en el Boletín Oficial la derogación del Decreto de Necesidad y Urgencia 70/2017 (DNU 70). Se puso fin a una política migratoria diferenciada y selectiva que clasificaba a los extranjeros entre los que podían regularizarse y a quienes les corresponde la expulsión.

Fue en enero de 2017, con el gobierno de Mauricio Macri, que se modificó la Ley 25.871 de Migraciones en base a un enfoque que dejaba a todas las personas que provenían de otros países bajo una sospecha permanente. Sobre la base de información sesgada y de prejuicios construidos alrededor de las personas extranjeras, el DNU formó parte de una política de exclusión que vinculó de forma directa a las personas migrantes con los delitos.

“Esta es una buena que la estábamos activando, militando, denunciando desde hace 4 años. Para nosotros esto sí es un triunfo, porque era lo más retrógrado que se había visto en materia de inmigración –observa Chagas–. Tres mil personas fueron deportadas en todo lo que duró este DNU. Separaron a familias. Fue una cosa clasista, racista, xenófoba. Esta derogación ha sido un logro de una comunidad entera”.

 

Las dos historias de los Derechos Humanos

 

Foco en la educación

“Derechos de las comunidades negras en Argentina desde una perspectiva afro”. Así se llama la primera materia antirracista de la Universidad de Buenos Aires. Es optativa y forma parte del plan de estudios de la carrera de Derecho. A cargo, está el abogado Alí Delgado y su prima y colega Patricia Gomes, quienes se encargan de aclarar que la cátedra fue diseñada por afroargentines y dictada por personas negras. “Sufrimos y combatimos el sistema estructural racista. Además somos activistas. Por eso es muy importante dar las clases desde nuestra perspectiva, con nuestros cuerpos que irrumpen en un lugar donde se supone que no deberíamos estar”, enfatiza Delgado, militante de la Cámpora y miembro de la agrupación afro Xangó, desde donde se promueve la inclusión.

 

Según Delgado, «Lo ideal sería contar siempre con un plan de estudios con perspectiva antirracista, pero falta para llegar a eso».

Arrancaron la cursada con el cupo de inscripción completo y pedidos de oyentes que quedaron en lista de espera. “Lo que demuestra ese interés es la necesidad. Las materias optativas tienen 7 alumnos, máximo 15. Y tuvimos 47 –puntualiza Alí–.  Lo ideal sería contar siempre con un plan de estudios con perspectiva antirracista, pero falta para llegar a eso. La facultad es una institución que reproduce el racismo epistémico de la sociedad. Es muy conservadora, patriarcal y blanca. Toda esta concepción del mundo distinta que le brindamos al estudiante de derecho le sirve para tener una perspectiva más cercana a la realidad. La facultad te saca a un mundo que replica un status quo injusto. Es uno de los sistemas de opresión que regulan la identidad de las personas y las relaciones sociales”.

Estos pequeños avances de la comunidad afrodescendiente representan una oportunidad para visibilizar su historia, ocupar espacios de poder y pedir la reparación de siglos de exclusión. “Me frustra que la gente no sepa la existencia de la negritud en Argentina. Por suerte, hoy hay personas en redes sociales que difunden cada vez más su activismo”, señala Delgado.

La larga historia de invisibilización y marginación que vivió la comunidad afroargentina llega hasta la actualidad. Al igual que el resto de los colectivos discriminados, sus integrantes son rehenes de trabajos mal pagos y el número de estudiantes va decreciendo a medida que se avanza el nivel educativo. Pero todas estas vulneraciones son difíciles de cuantificar por falta de cifras estatales.

“El último censo de 2010 incluyó la variable étnico-racial por primera vez. Igual sabemos que hay muchos más afrodescendientes de los que revelaron las cifras. Falta un trabajo fuerte del Estado para generar una mayor conciencia sobre las raíces afro”, puntualiza Delgado. Según el docente al tomar al negro sólo como la persona con pelo enrulado, nariz ancha y piel oscura se genera una limitación tramposa que no tiene en cuenta la ascendencia. “Entonces acá no puede haber racismo porque no hay negros. Luego no está en agenda y por eso hablan de xenofobia en lugar de racismo. Es la victoria de la política que dice que la Argentina es genéticamente blanca y culturalmente europea. Eso es terrible”.

Las consecuencias de la invisibilización es seguir replicando relaciones de poder desiguales e inequitativas. El racismo institucional es el que más malestar produce porque deja un sentimiento de desamparo y desconfianza en las instituciones encargadas de proteger la identidad étnica y cultural. ¿Qué medidas pueden tomar la sociedad civil y las instituciones? Delgado comparte algunas ideas: “La visibilización como primera medida y políticas públicas focalizadas en los sectores de la negritud. Uruguay, por ejemplo, logró que haya un cupo del 8% para personas negras en el Estado. Acá, además de implementarse el cupo laboral, debería haber medidas que fomenten la cultura de las personas negras y acceso en la educación, para que haya permanencia. Y una reivindicación histórica de nuestro lugar. Entender que estamos todavía y nunca dejamos de estar”.

¿Qué dicen los libros de historia de la contribución de los afrodescendientes en la vida económica, social, científica y cultural de nuestro país? La educación formal no proporciona información sobre estos aportes.

“No hay personas negras en lugares importantes y las que hay no se dice que son negras. Por ejemplo, Ramón Carrillo, el mayor sanitarista de la historia argentina; el soldado Juan Bautista Cabral; María Remedios del Valle, llamada ‘madre de la patria’. Son vestigios de la esclavitud lo que genera la invisibilización histórica. Y la consecuencia es que sigamos estando en lugares de subalternizados, que nos auto-rechacemos y que queramos ser blancos. A mí me costó mucho pensarme como abogado y profesor universitario –confiesa Alí–. Y hay mucha soledad del afroargentino. Sos ‘el’ negro en el aula, el trabajo, el grupo de amigos, cuando quizás hay muchos más negros en nuestro entorno”.

El racismo excluye y discrimina e impide ver la enorme riqueza cultural. La meta es construir un futuro en el que se reconozca el valor y la diversidad del patrimonio cultural de afrodescendientes e indígenas.

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Ana Peré Vignau

Ana Peré Vignau es periodista freelance y colabora en distintos medios. Hizo una Maestría en Periodismo (Universidad de San Andrés-Clarín) y una Diplomatura en Marketing Digital (UTN). También fue editora de la revista Lonely Planet.

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