La patota

Compartir

Crónica de una madrugada violenta en el diario Tiempo Argentino. La llegada de la patota, la inactividad policial, el ingreso de los trabajadores y un futuro incierto.

Llegaron a la medianoche.

Estacionaron, al menos, dos camionetas negras de vidrios polarizados.

Los vecinos vieron a una decena de hombres morrudos esperando en la puerta del edificio de la calle Amenábar.

Dicen que gracias a un cerrajero “que no sabía”, o con la llave que ya tenían de la radio vecina al diario Tiempo Argentino, entraron dando trompazos a todo el que se cruzara.

La primera víctima fue un sereno discapacitado.

Luego, dos personas de limpieza que estaban terminando su labor del día.

Los tres, afuera. Por las buenas o por las malas.

Luego, un plan que fracasó.

La primera víctima fue un sereno discapacitado. Luego, dos personas de limpieza que estaban terminando su labor del día.

Así fue que una patota de alrededor de 20 personas irrumpió hoy lunes en la redacción del diario recuperado Tiempo Argentino. Los trabajadores, alertados, se dieron cita inmediatamente y llamaron a los medios que nunca llegaron. La disputa, parecía a esas horas, y se confirmaría después, sería mano a mano.

La policía llegó con la denuncia de los trabajadores: encapuchados entraron al edificio, entre ellos Mariano Martínez Rojas, el supuesto comprador del diario. Pero eso se descubriría más tarde.

Entonces todo fue duda e impotencia. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? ¿Qué hacen adentro? Llegaron las primeras pistas, en forma de estruendos: “Están rompiendo todo”, gritaban los trabajadores, que sacudían a la policía para ver si reaccionaba.

La orden de no entrar y cuidar la puerta para que “nadie entre ni salga” había sido dada desde su casa por la fiscal Verónica Andrade, de la fiscalía Penal, Contravencional y de Faltas n° 1. El encargado de transmitirla y hacerla cumplir en el lugar de los hechos, el subcomisario de la 31, de apellido Aparicio.

Pero los agentes no llegaban a la decena. Y no pudieron así hacer cumplir la orden de la fiscal.

Afuera había más de 50 personas dispuestas entrar.

Suena exagerado decir que un hombre dio vuelta la historia, pero en parte fue así. Eduardo Murúa, referente una de las primeras fábricas recuperadas en plena crisis del 2001, llegó y no dudó: hay que entrar, aunque la patota esté adentro.

A las 3 de la mañana hubo algo que cambió. Suena exagerado decir que un hombre dio vuelta la historia, pero en parte fue así. O al menos aceleró los procesos. Eduardo Murúa, referente de IMPA, una de las primeras fábricas recuperadas en plena crisis del 2001, llegó y no dudó: hay que entrar.

Sí, aunque la patota esté adentro.

Sí, con la policía en la puerta.

Los que estaban debajo de un techito del lado de en frente, cubriéndose de un chaparrón de película, fueron cruzando uno a uno, inspirados por el experimentado.

Alguien recomendó una puerta lateral a la principal, que estaba abierta y llevaba a un portón con el que habría que probar suerte.

Con las manos que se fueron sumando, el portón abrió. Pero todavía no estaban los encapuchados sino más allá, detrás de otras puertas que iban cerrando a medida que los trabajadores – ya para ese entonces casi cien- avanzaban.

Un gas de matafuego tirado desde adentro hizo retroceder a todos, y ayudó en parte a razonar que el mano a mano contra una veintena de lo que ya se caracterizaba como “barrabravas” no auguraba un buen final.

Pero no hubo marcha atrás.

Los más afectados por la polvareda blanca salieron y hubo recambio con quienes se encontraban todavía afuera del edificio, ya que el cuartucho descubierto como entrada había quedado chico.

Bastó que los de la patota mostraran cuchillos y amenazaran con “tirar” para volver a tomar conciencia del acto desesperado de entrar por la fuerza. Entonces, ya con algunos huecos hechos en la pared que permitían mirar hacia el otro lado, se llamó a la policía, que estaba en la puerta, a la espera de no se sabe qué.

El subcomisario Aparicio, finalmente, se postuló para hablar con la patota e invitó a dos de la cooperativa a entrar con él. La negociación, pautada para ese mismo día en la fiscalía y a las 9 de la mañana, no podía esperar.

Dentro del edificio, junto a la patota encapuchada, estaba también el supuesto comprador del diario, Mariano Martínez Rojas.

Javier Borelli, joven presidente de Tiempo, estuvo en esa mesa chica encargada de decidir el destino inmediato de la madrugada, no ya la propiedad del inmueble. Después de 30 largos minutos, salió serio y con la cara de haber visto algo inesperado: dentro del edificio, junto a la patota encapuchada, estaba también el supuesto comprador del diario, Mariano Martínez Rojas.

Su actitud fue, quizá, lo que lo dejó atónito: Martínez se dirigió despectivamente hacia los trabajadores y los amenazó ante las fuerzas policiales.

Con el correr de las horas y la entrada de cada vez más trabajadores, su euforia se iría disipando. Encerrado en una oficina y escoltado por sus hombres, no se dejó ver sino hasta el final de la jornada.

Algunos de los suyos ya habían huido por los techos.

Martínez y el resto se fueron a las 7 de la mañana, todavía de noche, antes que el sol descubriera sus caras.

Comentarios

Comentarios

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 24/10/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto