Los super barbijos para el COVID-19: un invento argentino de exportación

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En la Pyme argentina Kovi estaban desarrollando una tela contra las bacterias que producen mal olor en las toallas mojadas cuando estalló la Pandemia. Su dueño, Alan Gontmaher, cuenta aquí cómo se le ocurrió la idea del superbarbijo y contactó al Conicet para el desarrollo innovador. Se sumaron la UnSaM y la UBA, y  hoy es un boom de ventas. Su empresa dona telas para que la cooperativa Dario Santillán confeccione los barbijos a precios populares mientras avanza la exportación de este invento argentino.

Los “Superbarbijos” o “Barbijos del Conicet” pasaron a ser para muchos y muchas parte del atuendo cotidiano. Los barbijos Atom-Protect que fueron desarrollados en conjunto entre el CONICET, la UNSAM, la UBA y la empresa KOVI tienen triple capa de protección -antibacterial, antiviral y antihongos- y una durabilidad equivalente a 15 barbijos descartables. En estos meses se han visto numerosas entrevistas a los científicos y científicas del CONICET. Y las novedades son que ya se exportan y que el Polo Textil del Frente Popular Darío Santillán comenzó a elaborarlos a un precio “popular” gracias a la donación de la tela que hace la empresa KOVI.

Y es en esta empresa donde no se puso demasiado el foco: una Pyme que tiene sede en San Miguel y que gracias al desarrollo del superbarbijo logró mantener los puestos de trabajo de 100 personas. Alan Gontmaher tiene 45 años y hace 27 que creó KOVI, impulsado por su familia, histórica en el rubro textil. Antes de la pandemia, Alan venía desarrollando telas antibacteriales para las toallas. Cuando el COVID 19 desconcertó al mundo y cuando él creía que tendría que cerrar su fábrica porque no iba a subsistir penso “¿Y si creamos una tela para confeccionar un barbijo que proteja contra este virus?”. En diálogo con Nuestras Voces, ya con un desarrollo sostenido, la incipiente exportación y la creación de nuevos productos, Alan se emociona: “creo que este desarrollo fue lo único dulce entre tanto sabor amargo”. 

—¿Cómo y cuándo arrancó la empresa?

—Arrancó hace 27 años con una empresa unipersonal, con los años se fue armando la fábrica que es hoy. La familia era del rubro textil-comercial y yo me aboqué más al rubro industrial. Pasaron diferentes etapas y momentos de Argentina. Hubo que  reconvertirse, achicarse, a hundirse, volver a surgir. Pasó el 2001, pasaron los años de mucha inflación. Este contexto comenzó dificilísimo. Incluso para mí también. 

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—¿Qué productos fabricaba KOVI?

—Nosotros hacemos toallas tradicionalmente y el objetivo era eliminar el olor a toalla mojada, el que te queda de un día al otro en el bolso. Y eso es por la proliferación de bacterias y hongos sobre la superficie de un material natural orgánico, que empieza lentamente a descomponerse y es el olor que percibimos. Nosotros estábamos tras resolver este tema de las toallas. Y en medio de eso aparece el COVID y como tenemos más enfocada la cuestión preliminar de este tipo de patógenos, se readaptó la idea y surgió lo del barbijo antiviral. Lo empezamos a desarrollar por nuestra cuenta y hacemos contacto con el Conicet, decimos que tenemos más o menos una idea para cómo aplicarlo y necesitábamos un asesoramiento. Y ahí empieza el trabajo con Conicet. 

—O sea es una idea tuya…

—Sí, claro. Yo ya sabía que esta tela que nosotros hacíamos podía eliminar bacterias, hongos, gérmenes, este tipo de cuestiones, digamos, patógenas. Entonces les cuento la idea, ellos me dicen que se puede arrancar una fórmula, digamos, modificando alguna cuestión. Y eso se hizo. Y ahí empezamos un desarrollo de principio de abril hasta mediados de mayo más o menos de formulación, y después lo llevé a práctica de campo. Se hicieron ensayos en laboratorio para comprobar la efectividad con INTA se hizo la comprobación de coronavirus y con INTI se hizo la eliminación de bacterias y hongos. Cuando teníamos los resultados correctos ahí, digamos sabíamos que estábamos en el producto indicado, y la comprobación fue que en menos de cinco minutos se eliminaba el coronavirus. 

—¿Qué significó para vos como empresario fabricar estos barbijos?

—Para nosotros fue salvar el puesto de 100 personas y de poder mantener la fábrica marcha. Muchos meses lo textil estuvo prácticamente frenado, diezmado. Para nosotros fue directamente no cerrar la empresa. Una empresa después de 6 meses cerrada con tanta gente de sostener es muy difícil entre que estás endeudado y fundido. Así que esto fue doblemente bueno. 

—¿Existen estos barbijos en otra parte del mundo?

—Esto fue de lo primero que apareció en el mundo. Sabíamos de algo parecido en Israel y algo en Europa pero casi nada, fueron contemporáneos. 

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—¿Van a exportar?

—Sí, desde mediados de este mes. Lo primero que hicimos fue el abastecimiento del mercado interno y estamos abriendo hacia países de Latinoamérica. 

—¿Van a desarrollar nuevos productos?

—Sí, vamos a lanzar un barbijo que tiene las mismas características, pero además se suma un filtro 97 que es superior sobre todo para quienes padecen enfermedades prexistentes, puede ser aún más útil. 

—O sea un súper-súper barbijo

—Así es… Además ya estamos en la tramitación del ANMAT para que el sistema de salud pueda usarlos y además estamos haciendo barbijos de talles entre 6 y 12 años para el regreso a las clases presenciales de la forma que sea. 

—¿Sentís orgullo de haber creado esto? 

—Sí, me emociona saber que hice un producto transversal para toda la sociedad. No importa si sos grande, chico, rico, pobre, viejo, como sea, es transversal a todos y eso yo creo que es lo más dulce en este gran sabor amargo que es el COVID.  

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Tali Goldman

Tali Goldman

Es licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodista. Escribe crónicas en medios digitales como Anfibia, Nuestras Voces, Latfem, entre otros. Es columnista en el programa de radio Cheque en Blanco, que se emite en Futurock. Su primer libro La Marea Sindical, mujeres y gremios en la nueva era feminista de Editorial Octubre ya va por la segunda edición.

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