Norita y Lucía Cortiñas: memoria bien plantada y pelota bien pateada

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El Norita Fútbol Club entrelaza la militancia de Madres y Abuelas con el feminismo de la pibas y este 24 plantaron «la selva futbolera de la memoria». Allí juegan Lucía Cortiñas, nieta de Nora, y la autora de esta nota. Cómo es Norita abuela, Norita futbolera y Norita militante en palabras de su nieta goleadora, que la lleva tatuada en la pierna. El viaje de Lucía: de decir «sacate el pañuelo y quedate en casa» a militar las causas de su abuela.

Lucía Cortiñas parece muda. Llega, se baja de la moto, saluda tímidamente, entra en calor, se pone en el equipo que le indicamos y juega. No sabemos si le caemos bien o le parecemos unas taradas. Empezamos a patear y casi no pide la pelota. Antes le habíamos preguntado cuál era su puesto y dijo que delantera. Si no le consultábamos, capaz la mandábamos al arco y acataba. Pero no, ahora se para de 9 y espera, de espaldas al arco. Pone el cuerpo, aguanta, recibe y cuando gira: boooom. Bombazo. Nos miramos sorprendidas. En la cancha, entonces, grita.

De esto ya pasó tiempo, pero este 24 de marzo en el que Plantamos Memoria por el impulso de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, imaginamos -Lucía nunca nos lo dirá- que debe ser una fecha especial para ella. Y para su abuela, claro. Jugamos en el Norita Fútbol Club porque elegimos este nombre para homenajear a la otra Cortiñas, a Nora, la del pañuelo, la de las rondas en la Plaza. Lucía vino -llegó a este equipo- por carácter transitivo. El día que fuimos a conocer a su abuela, Norita nos contó que su nieta también jugaba al fútbol. Y la trajo.

Fotos Julieta Ferrario

Lucía nunca antes había militado. Tampoco había hablado mucho en su familia sobre Gustavo -el hijo de Norita que la Dictadura desapareció, su tío, el hermano de Marcelo, su papá- y cómo había lastimado el golpe que el Golpe -con mayúsculas- le hizo a su propia familia.

Las entrevistas los 24 de marzo son, en general, a las Madres o las Abuelas. ¿Pero qué hay detrás del dolor? ¿Qué dejan también esas mujeres a las que tenemos de ejemplo para patear las calles? ¿Y qué pasa con quienes las esperan en casa? ¿Qué ocurre cuando se sacan el pañuelo y se sientan en la mesa familiar?

“Cuando yo nací mi abuela ya era Norita -cuenta-. Ya usaba el pañuelo. Yo no sé cómo fui entendiendo, porque no preguntaba. Pero por ejemplo los fines de semana teníamos que comer muy temprano porque mi abuela se tenía que ir. Mi viejo la llevaba a todos lados, a Ezeiza, a Aeroparque, mi mamá se quedaba cuidándole la casa. Siempre se iba, siempre se estaba yendo. Y ahí para mí era una mierda la situación. Nunca sentí que no nos quería, pero se iba. Yo le decía: ‘Decí a algo que no, quedate. Sacate el pañuelo y quedate en casa’. Cuando vas creciendo empezás a comprender. Y te das cuenta qué representa todo esto para ella también”.

Lucía es nieta de la Madre de todas las batallas: así le dicen a su abuela. Tenía 9 años cuando empezó a consumir fútbol las 24 horas del día. Antes de eso, no recuerda exactamente la fecha, empezó a patear. Jugaba con Ezequiel, su hermano, que es tres años más grande. Se hizo fanática de River porque un primo había hecho hinchas a su papá y su tío. Su abuelo era de Independiente, pero simpatizaba por Lanús. Su abuela, Norita, era -es- de Boca.

“Nuestra primera unión futbolera fueron las gastadas. Si Boca ganaba el clásico, me llamaba y me decía. ‘Hola, ¿no me tenés que felicitar por nada? Me parece que jugaron ayer y que ganamos’. Con mi primo -Damián, también de River- hacía apuestas. El que ganaba le tenía que dar cincuenta besos al que perdía. Entonces si Boca ganaba ella le daba 50 besos. Era una forma de consuelo”, cuenta Lucía y se ríe.

A veces siento que no sabemos quién es Lucía. O sea: conocemos su remate de derecha, sufrimos por la que ataja cada vez que le pega al arco y observamos que cada vez juega mejor. De hecho, se fue a probar a otros clubes y ya es parte del Futsal de Independiente. Acá no es la “nieta de”: con el tiempo, y siempre hablando poco, empezó a tomar protagonismo. De golpe se encarga de algunas tareas, arenga para entrenar, es la más responsable para sostener los entrenamientos e impulsarnos a jugar torneos.

Dice que empezó a jugar con amigas en 2010 hasta que un día de 2018 su abuela la llamó. “¿Sabías que yo tengo un equipo de fútbol? Se llama Norita Fútbol Club”, le dijo. Y la convocó al asado en que la conocimos. El resto vino después. Lucía, sus silencios, el fútbol, su potencia.

Norita, Madre de todas las batallas

“Ahí dije: yo quiero jugar ahí -cuenta-. Necesito jugar ahí. Mi abuela se empezó a interiorizar más con el fútbol. Porque imaginate qué difícil querer al fútbol con lo que fue el Mundial del ‘78, por ejemplo. Pero me llama, pregunta ‘cómo salió mi equipo, cuándo juegan’. Yo lo disfruto mucho. Junté las dos mejores cosas del mundo, mis dos pasiones: el fútbol y mi abuela”.

En el Norita Fútbol Club hubo un día en que decidimos retirar la camiseta número 10. Norita, que nos había dicho que no entendía nada de fútbol, había elegido ese número para ella. A veces, quizá también por Lucía, viene a vernos jugar y da el puntapié inicial. En los torneos, las jugadoras de otros equipos -nosotras también, lo reconocemos- la rodean, le piden fotos, la abrazan, la tocan. Lucía la deja entre la multitud. Al rato le ofrece agua, le pregunta bajito, al oído, si está bien. “Sentate, abue”, escuchamos que le dice.

En los partidos en los que está de espectadora Norita se distrae. Por ahí la llama alguien y se pone a hablar por celular. Una vez Juli le avisó que Lucía, en la cancha, casi había hecho un gol. Entonces Norita cortó, se lamentó de su distracción, y empezó a filmar con su teléfono: seguía a Lucía con un primer plano vertical. Nuestra 27 -Lucía eligió ese número en su pequeño homenaje a Lucas Pratto- hizo un gol y señaló a Norita. Después tuve la suerte de hacer un gol yo y fui a abrazar a su abuela. Me pregunté -le pregunto ahora- por qué ella no hizo lo mismo.

“Para vos estaba Norita ahí, para mí estaba mi abuela”, marca la diferencia.

“Siento que hace un par de años mi abuela se volvió una rockstar -reflexiona-. Por ejemplo, a mí en la primaria no me preguntaban si era su nieta. Tengo 34 años y en Historia nunca llegábamos al Golpe de Estado. Se tocaba de oído. Por ahí los 24 se hacía algo. Sólo una maestra me preguntó una vez si me molestaba o me sentía incómoda al hablar del tema. Y bueno, después, ya de grande me enteré de cosas porque leo entrevistas que le hacen. O veo videos en las redes sociales. O escucho cosas que les cuenta a ustedes. En casa, de aquello mucho no se habla”.

Lucía dice que su timidez le bloqueó algunos sueños. Jugar en un club era uno. Ahora que se animó lo hace. Piensa -dice- que su abuela no debe disfrutar nada. La desaparición de un hijo, un hermano, un padre y un tío implanta un dolor eterno. No sólo en la abuela.

“Es loco ver lo que ella genera -dice, con sorpresa-. La emoción de la gente es tremenda. Se acercan, los ves que lloran, que le piden fotos o que la quieren besar. Ella se da cuenta de eso y a veces se agranda. Se la cree -hace silencio, piensa y sigue-. Y está bien, como para no creérsela, ¿no?”.

Lucía dice que milita porque juega en el Norita Fútbol Club y nosotras hacemos estas cosas: ir a marchas, participar en torneos en villas o por motivos sociales, pintar murales en honor a los 30 mil. Plantar árboles. Dice que es feminista también por este grupo. Que una vez delante de su abuela dijo que no era y ahora piensa: “Qué boluda, si yo siempre fui feminista, si discuto con mi novio defendiendo un montón de causas”.

Su abuela no le dice nada, pero ella se da cuenta: a Norita le encanta ver a su nieta comprometida.

En su gemelo derecho -la pierna de donde salen los bombazos- Lucía tiene tatuada una imagen que parece un cuadro. Es un dibujo de una foto que les tomaron a las dos, abrazadas, Norita con la número 10 y ella con la 27. El fondo es la cancha del barrio Güemes, en la Villa 31, donde juega el equipo La Nuestra Fútbol Feminista, ahí donde las pibas se empoderan con una pelota en los pies pero también donde militó Gustavo.

Cuando Norita recibió la foto del tatuaje por whatsapp le mandó un audio: “¡Lucía, estás loca! -le dijo con alegría-. Te amo, te amo, te amo. Sos in-cre-í-ble. ¿Qué vas a hacer ahora si nos peleamos? ¡Te vas a tener que arrancar la piel!”.

Este 24 de marzo el Norita Fútbol Club plantó árboles por la Memoria, como indicaron las Madres y las Abuelas. Vinieron amigos, vecinos, familiares, nenas de la escuelita de fútbol Las Fulbitas. Muchxs trajeron limoneros, ananás y paltas para sembrar. Hicimos la selva futbolera por los 30 mil para que Nunca Más.

La llamamos a Norita y la conectamos a un parlante para que hiciera su saludo y pudiéramos escucharla. Gritó: “‘¡30 mil detenidos y desaparecidos, presentes! Ahora y siempre. Ahora y siempre”.

Antes de cortar la videollamada, Lucía le dijo: “Chau, abue, gracias”.

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Ayelén Pujol

Ayelén Pujol

Ayelén Pujol es periodista deportiva y escribe para distintos medios: Nuestras Voces, La Nación, Página 12 y RED/ACCIÓN. Además es columnista de deportes en Radio Provincia y comenta los partidos de Boca y River en Radio Del Plata. Publicó dos libros sobre fútbol femenino, su especialidad: ¡Qué Jugadora! y Barriletas Cósmicas, ambos sobre la historia de las mujeres futbolistas. Hubiera querido ser jugadora y por eso despunta el vicio en el Norita Fútbol Club. A veces, hace goles.

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